Si lo que queremos los bolivianos es volver a una economía dirigida desde un Estado que por esencia es corrupto e ineficiente, para vivir de las rentas provenientes de la explotación de nuestros recursos naturales (rentas que no duran para siempre), nos estaremos condenando a un subdesarrollo (económico y mental) permanente
Con la revolución tecnológica que vivimos la década pasada (universalización de la informática y el Internet, masificación de la telefonía móvil, democratización del acceso a las principales bolsas de valores, develamiento de los secretos de la genética, etc.), nos encontramos con un nuevo escenario mundial, el del desarrollo de un mercado globalizado y altamente competitivo, donde la innovación es condición indispensable para diferenciarse de los competidores, premisa válida en cualquier rincón de la tierra.
Esta revolución, que se ha originado y hoy sigue sustentándose en los sectores privados de la economía, exige para su éxito una total libertad para los factores económicos, donde la iniciativa individual, la libre competencia entre empresas y el libre mercado de intercambio de bienes y servicios permiten generar las diferencias que hacen a unas naciones más exitosas que otras. Estos axiomas han sido entendidos y aplicados aún por regímenes políticos teóricamente adversos al libre mercado, como es el caso de la China y el Brasil, cuyas economías están entre las más dinámicas del planeta. Entretanto, aquellos países cuyos gobiernos se aferran a lógicas estatistas y de freno a la iniciativa individual, ven sus indicadores económicos y de bienestar en franco retroceso.
De estos cambios surge una nueva definición de conservador, en contraposición a la tradicional, con la que se estigmatizaba a quienes buscaban que se mantenga el "statu quo", o sea, las clases dominantes, ricos propietarios industriales y rurales, temerosos de perder sus privilegios. Hoy en día, conservador es aquel que pretende impedir el avance de la revolución tecnológica y la competencia con innovación, aquel que le teme al cambio, porque sabe que por razones de incapacidad personal o ausencia de educación, le es imposible ser parte de esas transformaciones.
Así, nos encontramos que los que componen los llamados "movimientos sociales" y sus mentores, son los paradigmas de ese nuevo ser conservador, que quiere impedir a toda costa la consolidación de un modelo económico liberal e innovador, con la excusa de ser excluyente, pidiendo a gritos que el Estado intervenga para evitar su propagación. Ciertamente, la revolución económica que vivimos es excluyente, deja afuera al mediocre y al ineficiente; empero, acoge al emprendedor y a todo aquel que está dispuesto a arriesgar su patrimonio y su esfuerzo personal para competir con parámetros elevados de eficiencia (como hoy lo hacen miles de microempresarios y empresarios medianos y grandes, en nuestro mercado y, más difícil aún, en mercados externos).
Pero qué terrible nuestra suerte. Justamente cuando ese esfuerzo empresarial está dando frutos y nuestras exportaciones se han incrementado a tales niveles, que se está generando un excedente de divisas muy importantes, las que en condiciones normales deben convertirse en recursos para nuevas inversiones que consoliden el crecimiento sostenido de la economía nacional, cada vez con mayor valor agregado y en rubros de actividad de demanda más estable que las de los "commodities", estas condiciones no pueden darse por el incierto panorama político que vivimos, el que obliga a los agentes económicos a no tomar decisiones de inversión, mientras no se aclare esa incertidumbre.
Y, por si lo anterior no fuera suficiente, nos encontramos con que los candidatos a la presidencia de la República, a contramano de las tendencias mundiales, descreen de los axiomas antes arriba señalados, proponiendo opciones que incluso gobiernos que subieron con discursos de "izquierda", hoy las desechan. Tales son los casos de las proclamas electorales por mayor intervención estatal en la economía, participación de empresas públicas en la cadena de producción de hidrocarburos y sus derivados, creación de bancos estatales y subvención a la producción nacional. Todas esas propuestas, fruto de un conservadurismo timorato y peleado con la realidad económica que hoy impera en el mundo, de ser aplicadas conllevarán un retroceso severo en nuestra competitividad y consolidarán el tan perverso "síndrome del rentista", entre nuestros habitantes.
En esas condiciones, el sector privado se verá desincentivado, matando con ello la inventiva e iniciativa individual, que tan buenos resultados ha dado para el país desde las reformas estructurales del hace veinte años, reflejadas en mercados internos con gran diversidad de oferta de bienes y servicios y en el crecimiento en montos, volúmenes y variedad de nuestras exportaciones no tradicionales.
Si lo que queremos los bolivianos es volver a una economía dirigida desde un Estado que por esencia es corrupto e ineficiente, para vivir de las rentas provenientes de la explotación de nuestros recursos naturales (rentas que no duran para siempre), nos estaremos condenando a un subdesarrollo (económico y mental) permanente, pues no existe un solo caso en la historia de una nación que haya alcanzando el desarrollo sostenible en base a la sola explotación de sus recursos naturales y en una economía estatal, despreciando la capacidad e iniciativa individual de sus habitantes.