Sentí el ruido de un helicóptero volando sobre mi cabeza y salí aterrorizado del baño, donde me encontraba leyendo "El Código Da Vinci", para ver qué sucedía, y vi a pocos metros de altura a mi amigo venezolano Hermenegildo quien me dijo a gritos que sacara del jardín a la cholita para que él pudiera aterrizar con su aparato.
Me lancé sobre Winona quien regaba con su manguera mi pequeño espacio verde, y tirando de sus trenzas negras la metí al interior de la casa, evitando así que la aplastara el helicóptero o que las hélices la decapitaran, mientras la aborigen protestaba y me decía que debía seguir regando mi jardín porque después tenía que empezar a preparar el chairo nuestro de cada día.
En ese espacio reducido descendió el helicóptero y del aparato salió Hermenegildo, eufórico como siempre, y me abrazó cálidamente, para luego decirme: "Hola chico, mira el helicóptero que me compré para poder visitarte pues el otro día que vine en mi avión tuve que aterrizar en la avenida Roma y se armó un embotellamiento del carajo". Le pregunté qué había hecho con su avión y me dijo que lo dejó parqueado en el aeropuerto.
Agradecí la visita de Hermenegildo y él, que es muy caballeroso, me dijo: "mira, chico, he decidido alojarme en tu casa porque sé que vives solo pues tu esposa viajó a España, ¿puedo bajar mi equipaje del helicóptero y a dos hombres de seguridad que me protegen? Te aseguro, chico, que trataremos de molestar lo menos posible y nos acomodaremos en tu casa sin ninguna exigencia".
Hermenegildo se fue hasta su helicóptero, bajó varias maletas y me presentó a sus dos guardaespaldas que le protegían, los que me abrazaron como viejos amigos, diciéndome uno de ellos: "gusto de conocerte, chico, ya verás que la pasaremos chévere, reforzaremos la comunidad venezolana-boliviana, protegeremos tu casa, y si hay que ir a comprar pan, carne, coca cola, u otros artículos, lo haremos en el helicóptero de Hermenegildo".
Coloqué a mis amigos caribes en un dormitorio para huéspedes y decidimos compartir mi casa, aunque la Winona me previno: "tendrás que aumentarme el sueldo si tengo que cocinar para tantos".
Me encerré en mi escritorio no sin antes decir a mis inesperados huéspedes: "les pido respetar mi dormitorio, mi escritorio y mi cuarto de baño porque el ingreso esta prohibido para extraños", condición que aceptaron entre risas y palmadas en la espalda, iniciando así nuestra convivencia boliviana-venezolana.
Cuando nos sentamos a la mesa para almorzar, me dijo uno de los guardaespaldas de Hermenegildo: "sabes, chico, esta mañana, mientras escribías, vino a buscarte un periodista cochabambino diciendo que era colega tuyo, le pedí sus credenciales y como no las tenía a mano, le dije que se fuera al carajo".
Me atraganté con el chairo, pero luego comprendí que la amistad entre los pueblos de Bolivia y Venezuela, era más importante.