Vivian Forrester, célebre autora de "El Horror Económico" , habla en uno de sus últimos libros de los "empleos placebo", algo así como esos 500.000 empleos que Sánchez de Lozada aseguró que tendríamos gracias a su "capitalización". En "Una Extraña Dictadura" , ella afirma que estos trabajos son postizos y, si existen, son cínicos embauques pagados con miseria y explotación salvaje, sin remuneración estable y digna. Son pasantías temporales o falsas que usurpan a las nuevas generaciones el mejor tiempo de su vida con ofertas corrosivas de su futuro y, como en el régimen de Goni, se dan en un intolerable contexto sin servicios sociales ni educativos y con abundancia de diputados, ministros, viceministros, y gordos funcionarios. Sin embargo, la ilusoria perspectiva de un salario precario e irrisorio es un eficaz anzuelo político.
"Placebo" es un término médico referido a una droga o brebaje ficticio, de mentiritas, con presunta capacidad de curar y que sólo influye en la mente del paciente. Es usualmente una píldora de azúcar, sin valor terapéutico en sí misma, que se usa para producir un efecto psicológico en el enfermo. Muchas veces, la pildorita, mejunje o pócima funciona, sobre todo en pacientes hipocondríacos, gracias al poder de la sugestión. Hay inclusive una cirugía placebo o falsa: se abre barrigas sólo para hacer creer a los pacientes que se les ha extirpado, digamos, una úlcera. No deja de ser un engaño; pero es de buena fe, y funciona.
¿Hasta qué punto es apropiado hablar de "empleos placebo"? El fundamento del placebo está en la fe --del médico y del paciente- pues se lo receta con la intención de curar, con la misma convicción con que se usa un medicamento convencional; y se lo toma persuadido de que la fórmula es buena. En medicina, si un placebo no funciona, es por lo menos inocuo; pero, en política, cuanto más aparatosa la receta, mayor la desilusión y el descalabro. Así fue la cacareada "capitalización".
Todo político dice tener remedios infalibles para los males sociales, y practica un curanderismo con un lenguaje médico-farmacéutico forzado y engañoso. Víctor Paz habló de un "tratamiento del shock" antes de propinarnos el 21060, y los candidatos en campaña diagnosticaban una "bedregalitis" , una "gonitis" o una "gonirrea" , que ellos erradicarían con algún placebo demagógico. Los criminales estrategas de la Guerra del Irak describían sus bombardeos como una "destrucción quirúrgica" . Mucha gente cree en estas recetas tramposas; y la desilusión agrava siempre la enfermedad.
Grandes placebos nos han hecho tragar, y todos han empeorado nuestra maltrecha economía. Globalización, libre mercado, libre competencia, inversión de capitales, privatización, reformas, etc. no eran simples pildoritas de azúcar destinadas a influir en nuestros mecanismos mentales y en nuestro metabolismo, sino venenos concentrados que nos están matando implacablemente, poco a poco. El placebo más dañino fue sin duda la "capitalización", milagroso emplasto que atraería inversiones y, por tanto, empleos y riqueza. No nos dijeron que los inversionistas buscan sobre todo el lucro, y que deben reducir gastos despidiendo personal y evadiendo impuestos.
Ningún placebo funciona sin la fe de quién lo da y de quién lo recibe. Nuestros curanderos nunca han creído en sus propias recetas, y nosotros ya hemos perdido la fe en ellos. Pero, ¿qué me dicen de la Constituyente? ¿No estará concebida sólo para tener un efecto placebo, o sea para actuar en la mente de los ciudadanos con un acción adormecedora y diversiva?