El anuncio del pasado fin de semana de que los legisladores iraquíes finalmente formaron un gobierno de unidad es una noticia bienvenida, tanto para Irak como para George W. Bush y Tony Blair. Los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, cada vez menos populares en sus países, necesitaban desesperadamente alguna evidencia tangible de progreso para calmar a sus críticos internos y empezar a hablar abiertamente de una estrategia de salida. Sin embargo, los mayores desafíos de Irak están por delante. Si Bush y Blair declaran la victoria antes de que hayan comenzado las verdaderas batallas, socavarán el proceso con el que ambos se comprometieron tanto y a tan alto costo.
Durante semanas, Bush esperó un desarrollo positivo que le permitiera sugerir que está en condiciones de reducir los niveles de tropas en Irak de 133.000 a 100.000 para fines de 2006. Blair, todavía herido por la derrota de su Partido Laborista en las elecciones locales a principios de mayo, también recibió con beneplácito la buena noticia proveniente de Irak. Durante una sorpresiva visita triunfal a Bagdad el 22 de mayo, dijo que esperaba que las fuerzas iraquíes asumieran las responsabilidad de la "seguridad territorial" en gran parte del país para fin de año. "Es la violencia lo que nos retiene aquí", dijo. "Es la paz lo que nos permite irnos".
El optimismo es prematuro. La formación de un gobierno de unidad no es más que el primero de muchos obstáculos que el nuevo gobierno de Irak debe erradicar si pretende construir una paz duradera. Su primera tarea consistirá en eliminar las cláusulas de la constitución iraquí que enfrentan entre sí a los sunitas, los chiítas y los kurdos de Irak. Según la actual ley iraquí, la comisión parlamentaria que se encarga de hacer estos cambios constitucionales tiene cuatro meses para completar su tarea. El reloj de los cuatro meses comenzó a correr el 3 de mayo, después de la primera reunión del nuevo parlamento iraquí.
Los cambios son extremadamente necesarios. La comisión debe promulgar una nueva ley de hidrocarburos que le garantice a cada una de las facciones de Irak una porción justa de la riqueza petrolera del país, que representa el 97% del total de ingresos por exportaciones. Según la constitución actual, los gobiernos locales tienen el derecho de explotar y sacar provecho del petróleo extraído de sitios nuevos debajo de su territorio, mientras que sólo una porción del ingreso de los sitios existentes debe recaer en manos del gobierno central de Irak.
El 15 de mayo, dos pequeñas compañías energéticas independientes (Genel Enerji de Turquía y Addax Petroleum de Canadá) se convirtieron en las últimas firmas extranjeras en comenzar a hacer perforaciones en territorio controlado por los kurdos, tras la firma de un convenio con el gobierno local. Los políticos kurdos dentro del nuevo parlamento tienen buenos motivos para proteger estos acuerdos lucrativos cuando comience el debate por los cambios constitucionales.
Sin embargo, el gobierno central necesitará una porción importante de ese ingreso para financiar la construcción de nuevas instituciones de gobernancia, invertir en infraestructura crítica, emprender reformas onerosas destinadas a la liberalización económica y proporcionar a los sunitas del centro de Irak, pobres en recursos y ya ingobernables, una porción mayor de la riqueza del país.
También debe enmendarse la constitución para revertir los peores efectos de un proceso de de-Baathificación que apuntó a desmantelar los vestigios del régimen de Saddam Hussein. En la práctica, la de-Baathificación excluyó a miles de iraquíes -la mayoría de ellos sunitas que se unieron al partido durante la era de Saddam sólo para conseguir buenos empleos- de la vida política y económica del país.
Finalmente, el gobierno iraquí debe comenzar a desmantelar a las milicias que todavía superan en armas al inexperto ejército iraquí y derrotar a la insurgencia liderada ampliamente por los sunitas. Cada una de estas tareas es muy relevante. Si Bush y Blair retiran prematuramente cantidades importantes de las tropas que resguardan la estabilidad iraquí, el nuevo gobierno del país tendrá pocas posibilidades de éxito.
El optimismo de que los esfuerzos destinados a detener la ola de violencia puedan tener éxito está en parte fundamentado. Los informes periodísticos sobre el derramamiento de sangre iraquí se centran, abrumadoramente, en Bagdad -donde hace base la gran mayoría de los periodistas extranjeros-, lo que crea la impresión de que la desesperada situación de seguridad allí es representativa del país en su totalidad. Sin embargo, en las zonas del norte controladas por los kurdos y las provincias del sur dominadas por los chiítas, los niveles de crimen y violencia mortal, en comparación, son mejores que en muchas ciudades de Estados Unidos.
En cambio, los ataques en el "triángulo sunita" de Irak (y Bagdad en particular) se producen a un ritmo comparable con el de Chechenia y el Delta del Níger. Desde que los militantes sunitas destruyeron la mezquita chiíta de Askariya en febrero, cientos de iraquíes fueron asesinados en una serie de ataques sectarios golpe por golpe. Decenas de miles huyeron de las ciudades con poblaciones mezcladas de sunitas y chiítas hacia reductos más seguros en enclaves étnicamente homogéneos, controlados de manera efectiva por milicias sunitas y chiítas. Sólo la presencia de las tropas extranjeras retarda la mayor balcanización de la política ya indócil del país.
Es por eso que resulta tan peligrosa la tentación de Buh y Blair de limitar un mayor daño político fronteras adentro al declarar prematuramente la victoria en Irak. Si utilizan las buenas noticias para empezar a retirar cantidades significativas de las tropas extranjeras que refuerzan la estabilidad de Irak en un momento crucial y vulnerable, habrán socavado el proyecto al cual ambos han dedicado tanto capital político. Y dejarán al nuevo gobierno iraquí a merced de las fuerzas que, llegado el caso, terminarán dividiendo al país.
Ian Bremmer es presidente de Eurasia Group, la consultora de riesgo político global. Su último libro, The J Curve: A New Way to Understand Why Nations Rise and Fall (La curva J: Una nueva manera de entender por qué las naciones suben y caen), será publicado en septiembre.
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Traducción de Claudia Martínez