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Cochabamba - Bolivia Martes, 31 de octubre de 2006

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La pipa perdida

Por:BERNARDO ELLEFSEN

Los rusos cantan. Cuando se apaciguaban los combates en Stalingrado, los alemanes escuchaban a los soldados rusos en los edificios de enfrente, que cantaban acompañados por acordeones. Y los rusos cultos aman la música clásica, así que Stalin también era aficionado a ir a ballets y conciertos. El prefería a los grandes compositores del siglo XIX, Tchaikovsky, Moussorgsky; pero la era staliniana produjo una pléyade de compositores

De joven Stalin había sido seminarista. Su madre, que tenía un humor seco y pícaro, llegó a decirle que mejor hubiese sido pope ortodoxo y que Trotsky hubiese gobernado y no él. Desde joven Stalin leyó mucho y, excepto durante la guerra, siempre dedicó varias horas diarias a la lectura. Se ha publicado el catálogo de su biblioteca: más de veinte mil volúmenes, todos leídos por él u ojeados. Recuerdo lo narrado por un comunista que estuvo preso en la cárcel política de Moscú, la Lubianka, en engorde antes de ser liberado en 1939 porque era de origen alemán y en ese entonces la Alemania de Hitler era aliada de la Unión Soviética. Le dijeron en la Lubianka que pidiese el libro que quisiese, que se lo entregarían impreso en ruso. Pidió cosas raras y efectivamente al día siguiente tuvo los libros en su poder. Parece que había un sistema metódico de traducciones de obras extranjeras, buena parte de las cuales no estaban destinadas a circular. Es de entenderse que a Stalin le proporcionaban de esos libros. Pero no leía sobre ciencias, porque el marxismo dogmático está reñido con el pensamiento científico verdadero; esto por cuanto el marxismo es una ideología cuasi-religiosa que sus adeptos dicen que es ciencia.

Stalin amaba la literatura y no como cosa personal, sino como reflejo de una debilidad generalizada en Rusia; de ahí que protegía a los literatos. Algunos acabaron con una bala en la nuca, pero no fue la norma. En su entorno estuvo Boris Pasternak, que fue galardonado con el Nobel de literatura años después de la muerte del Padre de los Pueblos. Y más tarde aún, en 1965, fue laureado con el Nobel un escritor preferido de Stalin: Mikhaíl Sholokhov. Stalin y los del Politburó gustaban caer en las casas de los grandes escritores e incluso llevaban a sus nietos, para que allí jugasen con los niños de la casa. Ser protegido de estos magnates arreglaba la vida, como le ocurrió a Maxim Gorki, que tuvo un palacete en Moscú, otro en las afueras y otro más en Crimea, con un disciplinado servicio doméstico provisto por la policía política, la temida GPU, luego llamada NKVD. Los libros de Gorki eran textos para los estudiantes, así que las ventas estaban aseguradas y también las regalías por derechos de autor.

Los rusos cantan. Cuando se apaciguaban los combates en Stalingrado, los alemanes escuchaban a los soldados rusos en los edificios de enfrente, que cantaban acompañados por acordeones. Y los rusos cultos aman la música clásica, así que Stalin también era aficionado a ir a ballets y conciertos. El prefería a los grandes compositores del siglo XIX, Tchaikovsky, Moussorgsky; pero la era staliniana produjo una pléyade de compositores. En el siglo XX diversos países europeos produjeron uno, dos o hasta tres buenos compositores, pero Alemania y Austria dejaron de producirlos como antes y los Estados Unidos no se dieron la molestia. Melosine, la melosa Musa de la música se fue hacia el Volga. Con el armenio Aram Kachaturian vinieron Prokofiev, Shostákovich y Rashmáninov. Hay que escuchar esa sonata para violín compuesta por el italiano Tartini en el siglo XVIII, luego arreglada por Paganini y finalmente transcrita para piano por Rashmáninov; en cada paso mejoró. Empero el que quizá haya sido el más grande compositor del siglo XX y bien en sus principios, fue finlandés: Jan Sibelius. Escuchen al ruso Maxim Vengerov tocando en un Stradivarius el concierto para violín de Sibelius, acompañado por la sinfónica de Chicago dirigida por el porteño israelita Daniel Barenboim, y habrán oído algo así como un coro de ángeles o dioses girando alrededor del trono del Altísimo.

A César lo que es de César. Stalin protegió a los músicos. Pero veamos a Stalin en otra faceta, la amenazante, la del tigre que acecha. Estando cenando con los miembros del Politburó, Stalin contó que había perdido su pipa favorita, así que había llamado por teléfono a su paisano Lavrenti Beria, entonces a cargo de la policía política, la NKVD, y le pidió que averiguase dónde podía estar. Tres días más tarde volvió a llamar a Beria y le dijo que no buscase más, que habían encontrado su pipa bajo el sofá; a lo que Beria le contestó: "¡Eso es imposible! ¡Ya tengo a tres que han confesado el robo!". Todos rieron de la ocurrencia, que si la NKVD acusaba los inculpados confesaban a pedido. Pero Stalin cambió de tono de voz y dijo que no era gracioso, que en la MVD, una rama de la NKVD, había muchos que debían ser inculpados. Y ya no lo serían por la pipa.

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