Debo estar realmente a contramano. Por eso, entre otras cosas, tendré que mostrar pierna o morir. Hay un señor de nombre gringo -rating le dicen- que quiero conocer para echarle en cara todo este rollo atorado en la garganta como alegato final de mi paso por la televisión.
Conocí a Luz hace varios años en un evento surrealista, como no podía ser de otra manera de la mano de María Galindo que por inercia tenía los papeles invertidos: vestida con velo y ramo de rosas en el regazo más parecía una virgen que una loca (hoy es, por fortuna, la virgen de los deseos). La loca era Luz que vestía tan formal que la confundí con la amiga abogada que para tal ocasión (presentaban la serie televisiva Mamá no me lo dijo) se había ofrecido para hacer de maestra de ceremonias y ataviada de lentejuelas y ombligo al aire creímos que era Luz, la puta. Un evento maravilloso que me enamoró de Luz cuando dijo: "Si nos van a mirar con lástima, no nos miren".
Desde entonces que la busco para hacer un programa. Hoy que me necesita porque las trabajadoras sexuales están en apronte, finalmente me busca y me dejo. Me empapo, las sigo, las acompaño en sus trámites reivindicativos cargados de revuelo al estilo de Mujeres Creando y como yo no cubro informativos, el escándalo que acabo de televisar con alguna autoridad no servirá para el noticiero central, sino para la complejidad de mi relato con que armo Contramano y, encima, ni es para hoy. Por eso Luz dice, medio decepcionada, medio entusiasmada: "Vámonos al 2, allí les gusta el sensacionalismo". Y se va. Por fortuna me quedo con Mayra y Vanessa que vinieron desde lejos y aceptan hablar. A cambio, unos buenos pesos. Obvio. No me están cobrando, me están pidiendo un favor. Una por otra, dicen. Se ríen y nos vamos al alojamiento de la Buenos Aires.
Acepto aún pensando en Luz que se ofrece a los medios a cambio de espectáculo y yo pagando porque no es lo mismo, porque yo, madrina de los descarriados, les echo una mano y atamos complicidades. Pero hoy tengo ganas de tirar la toalla.
Porque en el mundo televisivo actual, sexual, carnal y carnívoro, el periodismo en serio queda fuera de lugar y de rating. Una medida reducida a la demanda carnicera, por lo general inversamente proporcional a la calidad del producto. No importa. Los publicistas y hombres de marketing justifican números, sin demasiados argumentos. Por eso hace un par de años entramos provocando con eso de hacer televisión inteligente. Era una ironía, una crítica, era un desafío, una certeza. Una televisión capaz de hacer periodismo de buena calidad con muy pocos recursos (una cámara doméstica, un editor cama adentro, un camarógrafo gratis, un primo músico y toda la creatividad del mundo), pero sobre todo en un formato capaz de competir con el lenguaje televisivo del acelere visual que mama adrenalina; sin degradarse, sin perder el norte, sin extraviar el compromiso.
Hicimos, como dijo Carlos Valverde de nosotros, un "pro-gra-món" Ajá. Reconocidos en boca de una estrella, tuvimos nuestro cuarto de hora premiado en horario reservado para las divas de la televisión. Nos alegramos tanto cuando los estudiantes de la UMSA y San Francisco aplaudieron nuestro demo como a videoclip de rock intelectual cargado de bolivianidad. Aplicados, fuimos invitados por la embajada americana junto al periodista Michael Cowan para hablar de Contramano, y a la Asociación de Periodistas una y otra vez, y al ILDIS y a la bienal de arte femenino y a una reunión de 36 ONG y así. Digo, qué maravilla, algo bueno hicimos y estamos haciendo desde el fondo, desde abajo, con la gente, para la sociedad, pero nada de eso cuenta para quienes miden el rating y alimentan el círculo vicioso del deterioro de la televisión boliviana que se ha creído el cuento de que la gente prefiere, además de informativos, sexo, tonteras y goles. Peor aún, los empresarios les creen. Y como vivimos de ellos, sin ellos sobrevivimos, morimos o mostramos pierna. El rating es un yuppi que habla inglés, en un país que ahora más que nunca se mide con todo, menos con regla.
En medio de la paradoja habitual acabamos de ganar una de las becas para periodismo de investigación de la fundación UNIR, como pañuelito blanco que nos devuelva la esperanza y el aliento. Dice mi primo Nico Suárez que para cantar en el Capotraste tienes que hacer tu año de provincia en el Thelonius. Que éstos sean los míos para algún día hacer televisión en serio sin tener que pagar a nadie.