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Parcas, escobas de bruja, máscaras de fantasmas, calabazas y hasta el cetro de Lucifer se abren un espacio entre los cochabambinos, que se muestran más entusiastas a celebrar Halloween, una tradición de raíces europeas y reimpulsada en Estados Unidos a través de los medios de comunicación.
A pocas horas de que la ventana por la que se cree que los muertos regresan al mundo de los vivos quede abierta, el comercio de artículos propios de esta temporada se intensifica en los mercados, galerías y puntos estratégicos de la ciudad, como rotondas y puentes.
La fiebre por Halloween cunde en las escuelas, pero, sobre todo, en las urbanizaciones o condominios, donde los vecinos, aprovechando el ambiente cerrado planifican recorridos para que sus niños disfrazados, como en las películas, toquen las puertas gritando "el truco o la golosina". Así, el anfitrión puede librarse de un mal rato o un susto a cambio de un caramelo.
El pedido se asemeja al origen de la tradición hace unos 3 mil años en los pueblos de cultura celta, en lo que hoy se conoce como Irlanda y Gran Bretaña. Entonces, se tenía la creencia de que los muertos y brujas que estaban de paso por la tierra demandaban alimentos a cambio de no aterrar a los vivos.
Así, los mortales espantaban a los muertos. Aunque también recurrían a las fogatas, los caballos y los sacrificios para alejar a las almas que estaban de visita por su mundo.
Un intenso comercio
La llegada de Halloween ha trastocado el comercio de cotillones y disfraces. Hoy, los escaparates han reemplazado los trajes infantiles del Hombre Araña, payasos o la Caperucita Roja por los de esqueletos, brujas, fantasmas y calabazas.
El comercio apuesta por conquistar a los niños, pero no descuida a los adultos, a quienes les ofrece un sinfín de capas y máscaras con expresiones de horror. La máscara más económica se cotiza en 15 bolivianos y la más cara puede sobrepasar los 50. Por lo general, se trata de los artículos más elaborados, que incluyen sombrero y peluca. El presupuesto para armar una indumentaria completa que incluya el maquillaje demanda unos 100 bolivianos. También hay alquileres de trajes.
La celebración también ha servido para que los artesanos diversifiquen su oferta y lancen al mercado cotillones infantiles, como las calabazas que representan la linterna que usaba Jack, un alma condenada a vagar entre los vivos, ya que ni el cielo ni el infierno aceptaban recibirlo. La muestra incluye prendedores, placas dentales plásticas, canastas, insectos y globos.