Texto | Roberto Navia De el Extra, El Deber para ¡OH!
Fotos | Max Toranzos
Una garúa perpetua hace apetecible las chimeneas que se ven en los cafés desde el patio forrado de adoquines de la Plaza Mayor, donde existe un hombrecito pintando aquella realidad señorial. | Las siluetas de los edificios milenarios congelan las miradas que nunca se cansan. Mujeres de otro tiempo caminan esbeltas y bellas, como la ciudad cosmopolita que las cobija
Al llegar a la Plaza Mayor de Bruselas (capital de Bélgica) se siente una sensación mágica, como si se estuviera llegando a un lugar donde descansan los ángeles y los dioses se eternizan en los cimientos y en las paredes de los castillos levantados en tiempos inmemoriales alrededor de aquel patio grande de piedras rectangulares. Un hombre de ojos azules y cabellos dorados, algo avanzado en edad, dibuja y pinta en papel aquella realidad señorial, mientras cae una garúa armónica que hace juego con las mujeres bellas que caminan a paso lento, esbeltas, como si fueran las dueñas del mundo.
En enero hacía frío y desde el patio grande de la Plaza Mayor se percibía la calidez que emanaba del fuego lento de las chimeneas de los cafés instalados en las plantas bajas de esos palacios que nunca mueren. Ahí comentan que cuando llega la primavera aquel encanto se multiplica por siete, porque el gris de los abrigos, que ayudan a soportar el invierno, se desvanece y brotan los colores vivos. Incluso, dicen que ese patio grande es decorado con rosas naturales en homenaje a todos los mortales que viven ahí, a los que se fueron y a los tantos que llegan del otro lado del mar (Bruselas cuenta con alrededor de un millón de habitantes de los que una buena parte proceden de otros países. Ciudad bilingüe; una mayoría tiene como lengua materna el francés y el flamenco, que deriva del neerlandés).
Para llegar a este escenario, sin prisa, hay que pasar por los salones de té de los hindúes, donde han aprendido a cultivar el arte de la contemplación. "Los amigos se dan cita en estos sitios sólo para quedarse callados, mirando la nada, viendo cómo pasa la vida", me comenta una colega parisina que estaba también de visita por esta ciudad cuya historia se remonta a más de mil años. "Es que con el silencio se puede decir mucho. Llega un momento en que dos amigos ya se han dicho todo que sólo queda callar", remata con su español afrancesado que salía de sus labios perfectos.
Los habitantes de la capital belga, los turistas, los pocos mendigos rubios y barbados que contemplan la vida amodorrados en los asientos perpetuos sembrados a lo largo de las ocho mil hectáreas de áreas verdes, (cerca de la mitad de la superficie de la región), coinciden en que la Plaza Mayor es la más bella del mundo. Es que la silueta del Ayuntamiento, construido en el siglo XVII, que dispara por todos sus poros una exquisita cultura gótica, sumado a eso los museos del chocolate y de la cerveza, entre otros, hacen de Bruselas un destino indiscutible para conocer cuando se visita Europa.
Si en el crudo invierno los cafés con sus chimeneas empotradas son la gran tarjeta de invitación para quedarse a soñar en la Plaza Mayor, en el verano exquisito de sol anaranjado brotan las terrazas y los restaurantes donde pueden comer, a cuerpo de rey, desde un chino hasta un esquimal.
Los hombrecitos regordetes de blanco impecable se ubican en la puerta de los restaurantes y observan los gestos de los transeúntes: se fijan en los ojos, en los ademanes, en el color de piel y en el movimiento de los ojos. Cuando están seguros de haber dado con las nacionalidades, acuden a esa gente de a pie y le hablan en su idioma. "Tenemos la enchilada que le gusta y esos tacos tan buenos como los que hace muy bien doña Guadalupe en México", nos dice uno de ellos. Lo cierto es que en el grupo al que el caballero regordete se dirigió sólo había un chileno, un nicaragüense y este boliviano. Ni un mexicano. Días después, la francesita me comentó que es común que en Bruselas confundan a los mexicanos con los sudamericanos y que a todos los asiáticos los pongan en la misma bolsa. "Chino y japonés es la misma cosa", dice, y yo le informo de que en Bolivia también sucede lo mismo. "Pero nunca se equivocan en darle en el clavo cuando se dirigen a un español", aclara, y añade: "es que a ellos se los identifica por las manotadas que dan en el aire cuando hablan y sus famosos "coños" y "gilipollas"y "tío". Eso los hace inconfundibles".
Una librería se abre paso y entre medio de los libros escritos en francés y holandés, que forman parte de las dos comunidades lingüísticas principales que tiene Bruselas, llama la atención uno que trata sobre el Che Guevara. La moda del guerrillero sigue dos cuadras más allá. Es que la gente que camina por las calles de Bruselas sabe quién es el Che. Eso me lo dijo la francesita, que está enterada de muchos locales donde se venden otros pedazos de la historia de nuestro país.
Antes de llegar
Ubicación: Bruselas es la capital de Bélgica y sede de las principales instituciones de la Unión Europea (UE), por lo que comúnmente se la denomina ‘capital de Europa’, aunque oficialmente no es considerada como tal. La ciudad, que se desarrolló después del año 580 de la era cristiana, está sobre una isla pantanosa del río Senne.
Costo: Bruselas es una capital donde se vive bien, y la región se ha convertido en sinónimo de ‘home sweet home’. No por nada se dice que es una de las tres ciudades del mundo donde mejor se come. Todo depende del presupuesto. Hay desde restaurantes hasta viejos almacenes.
Paseo: Hay metro, tranvía y autobús. Cualquier oficina de turismo proporciona un plano de transporte urbano. Se pueden comprar abonos que, incluso, dan la posibilidad de usarlos sin límites.