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Domingo, 2 de julio de 2006
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Arte

La historia del cine boliviano hecha CARTEL

Texto | Mónica Oblitas de OH para extra

Fotos | Catálogo

Estos carteles compendian el valor de las obras cinematográficas en Bolivia | Esa capacidad de síntesis, sumada a su valor estético, los convierte en obras de arte. Un catálogo y una muestra itinerante es el resultado de dos años de arduo trabajo

De las paredes del Espacio Patiño, en La Paz, cuelgan más de 40 afiches que recorren, capítulo por capítulo, la historia del cine boliviano. La exposición, titulada El lugar de la seducción, es una verdadera inversión de pasión y amor por el séptimo arte que ha reunido obras que datan de 1930, como la película Wara Wara, de José María Velasco Maidana, a 2005, como American Visa, de Juan Carlos Valdivia.

El esfuerzo por reunir estos carteles ha sido impresionante, confiesa Patricia Flores, directora ejecutiva del Consejo Nacional de Cine (Conacine), que, junto a la Cinemateca Boliviana y con el auspicio de la Fundación Patiño, se dio a la tarea de encontrar los distintos afiches que han dado cuerpo a esta muestra realizada por primera vez en el país. La idea inicial era recuperar la gráfica y la música del cine boliviano, un proyecto que Flores tenía en mente desde 2004. Pero primero fueron los carteles, "un paso a la vez", justifica Patricia, una labor lenta y morosa, sobre todo porque muchas obras anteriores a la década de los 50 se han perdido. Sólo subsiste el afiche de la película Wara Wara, de 1930, que marca la pauta del trabajo cuidadoso y artístico que impusieron los directores en todos los detalles.

Anécdotas de papel

Las anécdotas alrededor de los carteles de cine son varias y una de ellas la protagoniza el cubano, ahora radicado en Bolivia, Ernesto Azcuy. Siendo un joven diseñador, allá por 1969, conoció al director boliviano Jorge Sanjinés, el cual le pidió que hiciera el afiche de Yawar Mallku. Años después, el mismo Azcuy trabajaría en el bosquejo del cartel de Jonás y la ballena rosada.

Ahora, Ernesto es uno de los diseñadores más reconocidos del medio, aunque su primer trabajo para el país lo hiciera desde Cuba y, por ese entonces, sin intenciones de trasladarse a esta nación.

Pedro Susz fue el encargado de recopilar varios de los carteles con los que cuenta hoy el archivo de la Cinemateca. El estudioso narra cómo en una ocasión, mientras pasaba por una sastrería, encontró uno de los afiches, amarillento por el tiempo, decorando las paredes del local, junto a las fotos de artistas actuales. Susz pudo convencer al sastre para que se lo vendiera. "Recuerdo todavía el relato de Raúl Durán Crespo, uno de los autores de Hacia la Gloria, diciendo de qué manera los afiches promocionales eran impresos uno a uno, manualmente, a dos tintas y mediante plantillas"... Todo era realizado" por los propios productores, que hacían al mismo tiempo el papel de realizadores y laboratoristas. Luego, ellos se ocupaban de pegar los carteles en las calles o de distribuirlos a los pocos locales públicos existentes entonces, en una La Paz que apenas se desperezaba en aquellos albores de la década de los 30", describe Susz en el prólogo del catálogo.

Patricia Flores añade divertida otro hecho que involucra a un empresario de medios, que llamó al Conacine para averiguar si había afiches disponibles del cine boliviano, porque quería ponerlos como decoración en su ‘parrillero’. "Imagínate, justo cuando nosotros estábamos en el afán de recopilarlos y darles su lugar como obras de arte... Pero el señor los quería para adornar su parrilla. Me pareció paradójico e irrisorio".

Marcando épocas

A partir de las obras de Jorge Ruiz, es más sencillo ubicar a los diseñadores de los carteles cinematográficos. El veterano director de las películas Vuelve Sebastiana y Mina Alaska, entre otras, tuvo el cuidado de documentar los nombres de quienes crearon los carteles para sus filmes.

Aunque en la mayoría de los casos se trató de diseñadores extranjeros, no faltaron los directores que también hicieron uso de su imaginación para diseñar sus propios afiches, como Jorge Sanjinés, Antonio Eguino, Julia Vargas-Weise y Mauricio Calderón.

Hay que marcar una diferencia a partir de la década de los 90, puesto que gracias a las nuevas tecnologías se hizo más fácil recuperar los afiches. De acuerdo a Flores, fue complejo rescatar los carteles anteriores a los años 80, como sucedió con la versión en negro de Chuquiago, poco conocida en el país e incluida en la muestra, sobre todo porque fue realizada en Cuba y tiene un valor especial al jugar con tres colores que se combinaron en el proceso de duplicación serigráfica, a diferencia de otros afiches en los que se utilizó la imprenta. Lo mismo sucedió con Yawar Mallku, donde sólo se emplearon dos colores: el rojo y amarillo, que juegan con un fondo blanco.

Sin duda, los carteles tienen una clara relación con las corrientes artísticas de las distintas épocas en las que fueron trabajados. El criterio con el que se ha elaborado esta muestra busca resaltar su estética, que de por sí son reliquias. También se quiso reconocer a los directores de las películas que forman parte de la cinematografía del país.

El lugar de la seducción es un mecanismo más para coadyuvar a la preservación y difusión de las obras gráficas de la cinematografía boliviana con una muestra que pronto recorrerá distintos escenarios del país. “Hemos querido rendir un homenaje al compromiso y sacrificio de los directores, verdaderos quijotes bolivianos que, al sortear un sinnúmero de dificultades, han logrado escribir capítulos fundamentales en la historia de la cinematografía boliviana y del continente”, puntualizó Susz.

Invitado

El lugar de la seducción

Desde que llega el cinematógrafo a Bolivia, en 1897, la magia del cine cautiva a los espectadores a lo largo del país y desde entonces la tenacidad, el esfuerzo y la pasión de sus creadores han sido incontables para registrar, en las láminas de nitrato y celuloide, la cotidianidad y las historias que se tejen en la diversidad cultural boliviana.

Cinematografía que se ha convertido en emblemática y, sin duda, en una de nuestras mejores embajadoras, ganadora de numerosos reconocimientos merced a su calidad, compromiso y riqueza temática. Imágenes en movimiento que, además de haber dejado huellas indelebles en nuestros imaginarios y en la construcción de nuestras identidades desde la pantalla, también han escrito páginas importantes en nuestra historia gráfica, con trazos y registros imborrables desde Wara Wara, magnífico testimonio fílmico de la época silente, a las miradas interpeladoras de la pequeña en Vuelve Sebastiana, hasta la profundidad de los rostros de Ukamau o Yawar Mallku, así como de esas miradas que resumen nuestras diferencias y diversidad en Chuquiago (...).

Arte surgido de otro arte, el cartel de cine traduce y sintetiza creativamente la trama y el sentido de las películas, configurando otra de las dimensiones del patrimonio cinematográfico del país. Los afiches del cine boliviano se han convertido en obras de arte autónomas y merecen transitar en exposiciones para que el público los descubra, los recuerde y los disfrute, gracias al trabajo de recuperación y conservación de la Fundación Cinemateca Boliviana y del Consejo Nacional del Cine. Imágenes que hoy quedan impresas en este primer plano de la cinematografía boliviana a través de la gráfica, gracias al apoyo generoso de Jaime Cisneros, que realizó el registro fotográfico de los carteles seleccionados. Esta publicación abre pistas de investigación y plantea para el futuro la necesidad de rescatar esa parte de la gráfica cinematográfica que aún sigue guardada en los archivos familiares de los cineastas o en colecciones particulares. Lugar de la seducción, el cartel de cine hechiza el deseo, nos invita a cruzar el umbral hacia un mundo de encantamiento, que es promesa de gloria y aventura, de historia y leyenda, de luz y sombra, de encuentros con héroes y villanos, de estadías en butacas y tronos. Bienvenidos, entonces, al lugar de la seducción”. (Extracto del prólogo que acompañará el catálogo)

 
 
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