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Cochabamba - Bolivia
Revista de Domingo Para Toda La Familia
Domingo, 3 de diciembre de 2006
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Sociedad

Antonio Reconstruir una vida

PROTAGONISTAS Antonito, disfrutando del fútbol, de sus amigos en la escuela Picasso y de Dulce y Antonio, sus grandes benefactores.

Texto | Anna Infantas

Fotos | Rolando Villegas y Antonio Chuvé

Ocho meses fueron suficientes para devolverle sus manos a este niño de 11 años | El milagro se dio en españa gracias a la solidaridad de muchos. Hoy siente que disfruta de una nueva vida

La historia de Antonio Chuvé Poñez es el mejor ejemplo de que la solidaridad teje una red inimaginable, de que se puede desafiar a la adversidad y de que es posible mover corazones fraternos que están cuando hay que estar… La risa, los ojos y el espíritu del pequeño son las mejores señales para entender que la peor deformidad es no tener ilusiones en la vida. Por eso, el sueño de Antonito empezó a cumplirse casi en silencio, cuando por casualidad conoció a Lidia Mayser. Ella tiene grabada en su mente las manos quemadas del niño, que se avergonzaba de mostrarlas. "Eran dos muñones", precisa, mientras muestra un par de fotos antiguas de Antonio. Al verlas, una pregunta se hace inevitable: ¿qué paso?... "Dice mi madre que una vez trabajaban (con su padre) en una estancia y se escapó el ganado. Ella fue a atajarlos y me dejó durmiendo. Pero me desperté y fui a traer unas loritas, que son bonitas. Me fui tras ellas, pero había fuego en el patio y puse mis manos encima de él. No tenía ni un año...", responde Antonio.

A los ocho meses, para ser exactos, Antonio se quedó sin esa parte del cuerpo. Aquel accidente le dejó no sólo un muñón en la mano derecha y poco más en la izquierda, sino también una dura batalla por delante. Cuando Lidia lo conoció, habían pasado dos años desde el accidente. La ex campeona de voleibol pidió permiso a sus padres para traerlo a la ciudad, pero ellos no quisieron. "Me dijeron que era muy pequeño", recuerda Lidia.

Tendrían que pasar nueve largos años para que don José Dagoberto y doña Asunta se animaran a que su hijo dejara la comunidad de San Simón, un cantón de San Ignacio de Velasco, en busca de un milagro para él. Así, de improviso, tocó las puertas de Lidia con una maleta cargada de coraje e ilusión. Lamentablemente, aquí los médicos no dieron muchas respuestas. "Uno me decía que tenía que verlo el traumatólogo y otro, un cirujano plástico. Me hicieron "pingponear". Por eso busqué ayuda con mis amigos españoles".

Fue en ese momento que Lidia se lanzó en una campaña, donde fue sumando voces. La respuesta, en muy poco tiempo, fue conmovedora. Unos correos electrónicos y el deseo de ayudar fueron suficientes para que en España y en la Fundación Hombres Nuevos, aquí en Santa Cruz, pensaran en darle la oportunidad de su vida a Antonio.

La pediatra Dulce Morón Mejía, la amiga con quien Lidia había compartido largas jornadas de voluntariado en los campos zafreros, fue una de las primeras que extendió sus manos. El informe médico, después de muchos análisis y radiografías, era contundente: "tenía secuelas de quemaduras, una importante pérdida de masa ósea y muscular en las mismas, con cicatrices retráctiles, que le provocan un déficit funcional casi absoluto en sus manos". Tenía que ser operado. El dinero, la autorización de los padres de Antonio y un tedioso papeleo (porque el niño no tenía documentos) serían las grandes limitaciones que, a un comienzo, los frenarían.

Pero con una voluntad y una fe a toda prueba, su historia venció todas las barreras. Por paradójico que parezca, sus padres no entendían que lejos, muy lejos de casa había un destino que convertiría al mayor de sus cuatro hijos en un verdadero sobreviviente. "Don Luis (Mayser) le dio consejos a mi padre, le dio ánimo para que yo pueda irme. Le decía que si no venía era posible que yo hubiera seguido así nomás", recuerda Antonio y luego añade: "Al comienzo estaba nervioso. No decía ni sí ni no. Hasta que ellos me dijeron: "Andá". Y les hice caso. Doña Lidia me decía que iba a estar bien, que mi vida iba a ser mejor, que iba a trabajar, que iba a poder agarrar las cosas. Yo confío en las personas".

Después de un cabildo indígena en su pueblo, donde los padres finalmente dieron su consentimiento, se consiguió volcar la página. Dulce lo cobijaría casi un año en su casa en Málaga; el doctor Miguel Cuadros, jefe de la Unidad de la Mano, lo operaría, junto a su equipo, en el hospital Virgen de la Victoria, y Aviación sin Fronteras, que recoge niños de diferentes países para hacerlos curar en España, correría con el costo total de sus pasajes. Más de $us 10 mil hubieran necesitado los Chuvé sólo para la operación si el pedido de solidaridad hubiera caído en saco roto.

Quienes conocen a Antonio, quienes lo aman, no pueden más que emocionarse al recordar esta lucha. Lo que sigue después no sólo fue un reto incluso para los mejores especialistas de España (algo así como seis doctores que se reunieron en la clínica para operarlo), sino un despertar a muchas cosas. En ese país, que a Antonio le parecía tan ancho y ajeno, su menuda existencia tendría un antes y un después de ese viaje iniciado el 9 de marzo y que concluyó hace unos días.

En Málaga conocería el mar, estaría cerca de Ronaldinho, su ídolo; jugaría Play Station, aprendería a manejar bicicleta, escribiría su nombre por primera vez y descubriría que las palabras de Dulce y de su esposo, el anestesista Antonio Gómez, eran muy ciertas. "Te damos la oportunidad (…) Depende de ti si quieres regresar para atrás o si quieres seguir adelante", le dijeron. Obviamente, a sus 11 años, Antonio decidió no detenerse. "Quería mover mis manos", acota.

Cinco operaciones -la primera de ellas duró 11 horas, "el tiempo que viajamos en un avión", cuenta, entre chistes, Antonito- han hecho que hoy nos muestre sus dedos sin miedo ni vergüenza. Le reconstruyeron los tendones y le injertaron nervios. Gracias a ello, ha recuperado la opción de hacer cosas, pero también parte de su sentido del tacto y de la capacidad cerebral de dar órdenes a sus extremidades superiores.

Claro que aun con sus muñones, Antonio siempre se las ingeniaba para ser el mejor alumno de su escuelita, para ayudar a sus padres en el campo y para jugar con sus amigos. Esa misma vivacidad la supo acrecentar en España, más ahora que sus manos tienen más movilidad… "Y se hubiese podido hacer más, pero parece que tuvo una infección muy fuerte. No se desarrollaron sus dedos. Tiene hasta los 14 años para que crezcan ciertos dedos y ahí se queda, es lo máximo. Le han ofrecido volver a llevarlo y hacerle una nueva operación", cuenta Lidia, que ha hecho una carpeta con todos los e-mails que Antonio y sus amigos españoles le escribieron contando los avances, incluso tiene el informe del colegio Picasso, donde él estudió, allí su maestra de turno decía: "Tiene predisposición para aprender y ha trabajado con mucho aprovechamiento. Ha hecho grandes avances y progresos".

El niño, que el 21 de enero cumple 12 años, no puede evitar ponerse triste al recordar sus días en Málaga; un álbum de fotos, con sus mejores momentos, es para él el aliciente para seguir adelante y buscar mejores días porque, como dice, tuvo "la suerte de encontrar buenas personas. No olvidaré lo que me aconsejaban"… ¿Y qué te decían, Antonio? "Que hay que seguir para adelante, con ánimo, con gusto, haciendo las cosas bien… porque el que intenta, lo consigue. Hay que ser bien educado, responsable recibir con alegría los consejos de las personas mayores", resume con sus palabras las lecciones que no sólo están escritas en su cabeza, sino también en su corazón.

"Me siento orgulloso de tener mis manos", agrega mientras las extiende y escribe su nombre en un cuaderno. "Sé que no están tan bien, pero por lo menos ahora las uso para muchas cosas normales; las tengo más abiertas para agarrar todo". Tan abiertas como sus anhelos e ilusiones, porque como le dijo Dulce Morón: "Ahora te toca a ti ayudar a que otras personas puedan tener una vida mejor". Por eso, Antonio no encontró mejor oficio que ser maestro. "Quiero estudiar para ser profesor. Me gusta enseñar". Lidia siente el sabor del deber cumplido, aunque ya tiene en carpeta el nombre de Raquel Bellido para demostrar, una vez más, que el circuito de la solidaridad es capaz de mover corazones como el de ella, y tan necesitados y agradecidos como el del pequeño Chuvé.

 
 
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