Texto | Wilson García Mérida
Fotos | Archivo Iconográfico Datos & Análisis
TESTIMONIO | Novelista de dramas nacionales y narradora de cuentos para niños, poetisa y educadora, ex charanguista y siempre viajera por los continentes que la traducen, es esta escritora maternal que dignifica a las mujeres bolivianas.
Esta educadora de cochabambinos que cuando la ven en la calle, sin que ella los reconozca, no dejan de saludarla recordándole anécdotas que les restituye la identidad de niños bullangueros, es a la vez una trabajadora de la memoria colectiva y creadora de una significativa obra literaria que por propio peso ancla en el cine, en el teatro y otras artes que se nutren de sus novelas y cuentos.
Su vida es una fragua de inquebrantable abanderada por la ética y la tolerancia, a lo Juana de Arco, obstinada en medio de la indolencia organizada. Y es que nació en un tiempo en que se nacía para resistir y para luchar:
“Nací en 1941 en la antigua calle Perú, esquina Lanza. Soy la menor de mis cuatro hermanos. La habitación en que me parió mi madre fue demolida por ordenanza municipal en los años 70 para abrir la Avenida Heroínas. Millares de personas y autos pasan hoy por aquel lugar donde fui dada a luz”.
¿Qué recuerda de su infancia doña Gaby? es la pregunta básica que se nos ocurre al escucharla narrar su vida. Aquellos son recuerdos que avivan su mirada porque nunca se fueron, están presentes en su retina y eternizados en su obra de escritora:
“Mi infancia tuvo mucho que ver con Tarata y Mamanaca. Mis padres, Oscar Vallejo Guevara y Carmela Canedo Arze, ambos tarateños de nacimiento, nos llevaban a sus cinco hijos, en todas las vacaciones escolares, a pasar con ellos en uno de ambos lugares”.
Mamanaca y Tarata, dos importantes pueblos vecinos en la provincia Estéban Arze de nuestro valle cochabambino, serán para Gaby Vallejo el Macondo necesario a toda pluma innata. Allí se gestaron los personajes y lugares que forman parte de su famosa novela “Hijo de Opa”, llevada al cine por Paolo Agazzi con el título de “Los hermanos Cartagena”. También hay asomos de esos recuerdos infancia en su relato para niños “Juvenal Nina” que recientemente fue adaptado a una obra de ballet por el coreógrafo Edson Ontiveros.
“Una escribe cargada de su infancia” —dice la escritora—. “En Mamanaca, al comenzar la revolución del 52, fui testigo de la invasión de los ucureños a la casa de mis padres, del miedo, y de aquel escondite en el lecho de la acequia que cavó mi hermano mayor para ocultar las pequeñas cosas con valor que teníamos y entre ellas un rifle. Y oí el tiroteo y las explosiones en Tarata, a cinco kilómetros de Mamanaca, durante esa misma noche en que se produjo una matanza. Los indígenas mataron a muchos tarateños. Es parte de la historia. Todos lo saben. A la mañana siguiente huimos a la ciudad de Cochabamba en el tren que pasó vacío. Viajamos echados en el pasillo porque temíamos que los campesinos de los pueblos por donde pasara el tren lo detendrían y nos matarían. Las imágenes de aquel día y de aquella noche, y el miedo, quedaron en mi memoria hasta que salieron en ‘Hijo de Opa’”.
EL ARTE: UN JUEGO DE SEDUCCIONES
Pero mucho antes de abrazar la literatura, Gaby Vallejo se dejó seducir por la música y tuvo amores furtivos con el teatro:
“Fui una niña muy plena, muy diversa. Cuando tenía once o doce años, descubrí que podía imitar con facilidad diversos personaje típicos; me subía a los bancos del curso y entretenía con mucho éxito a mis compañeras… Aprendí a tocar charango y tuve una presentación con el nombre de ‘Amparito Mistral’ en el cine Rex, que tampoco existe ya. Mi afición por nuestra música siguió hasta que me casé. Formé el primer grupo de mujeres en el folklore, se llamó ‘Wayrasonko’ y éramos: Ivón Canedo que tocaba la quena, Clara Mendoza hacía la percusión, Ana María Pérez la guitarrista y yo seguía con el charango. Clara murió, Ivón vive en La Paz y Ana María en Tarija. Actuamos como teloneras de ‘Los Chalchaleros’ en el recién estrenado Cine Astor y con los primeros ‘Iracundos’ del Uruguay cuando llegaron al Hotel Ambasador. El grupo se desintegró porque me tuve que casar…”.
Fue estudiante de secundaria en el prestigioso Liceo Adela Zamudio. “Más tarde, ya más madura, hice teatro con Ninón Dávalos, Jorge Vargas y Beatriz de la Parra. Incluso gané el premio ‘Llama de Plata’ a la ‘Mejor Actriz de Carácter’ en uno de los primeros festivales de teatro nacional, auspiciado por el ya desaparecido gran actor y escritor de teatro Guido Calavi. Tendría yo unos 25 años y encarnaba el papel de una mujer muy mayor. Era la obra ‘Cartas boca bajo’ del español Antonio Buero Vallejo. Durante toda la obra permanecía en escenario expresando con mis movimientos y gestos el furor, la risa, la envidia, el odio que me causaban las palabras de la otra, la hermana menor. Sólo al final, invado el escenario con una carcajada cruel, dura, y con mi cuerpo. El premio fue a mi silencio y la contundencia de mis gestos y movimientos corporales”.
LA ESCRITURA COMO ZONA DE EMERGENCIA
Entre las artes aprendidas, aprender el arte de novelar y narrar implicaba ante todo desarrollar el gusto por la lectura:
“Siendo todavía adolescente, descubrí en la biblioteca de mi padre la novela ‘Madame Bovary’ de Flaubert y me fascinó. Acaso el pecado, las tentaciones del adulterio y todas esas cosas me aproximaron a la sexualidad antes de conocerla realmente. Posteriormente, Borges y Vargas Llosa, tan antagónicos, fueron mis escritores preferidos…”.
Escribir, que es otro arte nacido de la sensibilidad, fue y es para Gaby Vallejo una catarsis natural:
“A mis quince años tuve un imposible amor inocente; me vi presa y dolorida. Entonces escribí por primera vez algo así como un poema. Lo más importante es que aprendí la fuerza que tiene la escritura para descargar el dolor… Entonces me entregué a ese río de escribir mis íntimas vivencias. Todavía pervive en mí esa práctica cuando es necesaria….”.
Antes de publicar su primera novela, Gaby Vallejo escribía comentarios literarios en “Presencia Literaria”. Son los tiempos en que el proceso posterior a la guerrilla del Che, Teoponte, la persecución de jóvenes militantes del ELN, la muerte de Elmo Catalán o de Rita Valdivia, son los materiales que alimentarán el primer capítulo de “Los Vulnerables”:
“Las noticias en voz baja, dichas con miedo y no publicadas sobre allanamientos, asesinatos de jóvenes bajo los puentes, me llevaron a llorar frente a mi máquina de escribir y a empezar el primer capítulo de ‘Los Vulnerables’. Los demás capítulos llegaron por su propio peso. Estaba cargada de mucha rabia, mucho dolor”.
Yolanda Bedregal la invita a integrarse a la Unión Nacional de Poetas y Escritores; en el selecto cenáculo conoce a don Jesús Lara y bajo tal influjo nace su inclinación por la literatura quechua, tan llena de inocencia que es un paso para convertirse en escritora para niños. “Mi aislamiento como escritora empezó a romperse y de pronto me vi rodeada y querida por escritores como Gonzalo Vásquez Méndez, Antonio Terán Cavero y tantos otros…”.
Como para todo escritor comprometido con la democracia y la ética social, los peligros de la censura no estaban exentos de su trabajo literario: “Durante la dictadura de Banzer recibí una llamada de Werner Guttentag advirtiéndome que alguien le había comunicado que yo estaba en una lista negra por mi libro ‘Los Vulnerables’ y que escondiera todo lo que tuviera que ver con política. Fue la época en que quemaron el ‘Guerrillero Inti’ de Jesús Lara. Pero no pasó nada. Jamás llegaron a mi casa. Siempre pienso que los militares de entonces no leían nada, mucho menos libros escritos por mujeres”.
ENSEÑANDO LO QUE LA VIDA ENSEÑA
Sobre su vida docente, que la consagró dictando la materia de Lenguaje en varios colegios de Cochabamba, recuerda ella una anécdota muy curiosa. La profesora Delma Terán, jefe Distrital de Educación, le había citado para llamarle la atención sobre un escándalo que se produjo en el Colegio Abaroa: “Los padres fueron a quejarse sobre la lectura de ‘Hijo te Opa’. Me dijo que siendo mujer debía guardar compostura con relación a lo que escribía… Claro que me defendí. Posteriormente, unos años después, ella misma me condecoró con una medalla de honor de los clubes del libro. Cuando fui maestra en el Mejillones, peleaba con frecuencia con el famoso director del colegio, el socialista Joselín Pereira. Con los años, nos hemos conocido mejor y ahora nos guardamos un alto respeto mutuo”.
En la madurez plena de su trayectoria, se vinculó a la Facultad de Humanidades de la Universidad Mayor de San Simón, además de la Normal Católica, trabajando con Literatura Latinoamericana y Universal. “Allí he compartido el trabajo docente con escritores como Adolfo Cáceres, Renato Prada, Waldo Peña, Antonio Mitre, Carlos Vera. La cátedra y la escritura me vincularon con organismos internacionales que trabajan por la literatura y de pronto me vi invitada a dar charlas y cursos en el exterior…”.
Gaby Vallejo es una de las escritoras más conocidas de Bolivia en los demás continentes. Compartió tertulias con Mario Vargas Llosa, Gunter Grass, Homero Aridjis, Salman Rushdie, Gloria Guardia, etcétera; pero su mérito mayor está en casa y se resume en la creación, impulsada por ella, de un Taller de Experiencias Pedagógicas que de Cochabamba se expandió a todo el país, para mantener una red nacional de profesores motivados con la lectura y en pro de los derechos de los niños a leer buenos libros.
Pero en ese curso ascendente, tocando ya la cúspide de su largo batallar, vino un derrumbe cruel e inesperado, llegó el dolor de todos los dolores: la pérdida de un hijo, de los tres que crió dándoles profesiones y garantías en la vida. “Esa pérdida es un territorio ocupado por el dolor y me cuesta mucho abrirlo. Es mi costado sagrado”, dice la madre, no la escritora.
Pero madre y escritora son la misma. Son la mujer integral que blande la escritura como el arma maternal en la lucha contra la muerte, o en la resignación y la fe…
“Sin mi escritura como un refugio del alma, no hubiera podido sobrevivir a la muerte de mi hijo Américo. Le hablé a él por un año sostenido a través de cartas póstumas que le escribí. Y he editado esas misivas en forma de un libro titulado ‘Cartas a un Ángel Muerto’; pero no fue una edición comercial sino muy limitada. Sólo regalé un ejemplar a cada uno de sus amigos y de los míos. Ahí se encuentra mi relación con Dios a partir de ese día. No me separé de Él. Lo acepté, porque se valió de la muerte de mi hijo para poner un ángel protector en mi vida. Desde entonces camino blindada por el amor de ambos: Dios y mi hijo”.
Y la vida continúa, los relatos de la escritora no dejan de fluir y los cuentos para niños siguen enseñando sus lecciones de paz y dignidad, con el suave son de un charango oculto entre los recuerdos que no mueren.
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