Texto | Rafael Sagárnaga
Fotos | Archivo y Google
Klaus Barbie era mundialmente conocido como el líder de la Gestapo en Francia. Se le condenó como autor intelectual de la muerte de miles de personas. Su peso en el espionaje mundial le permitió refugiarse con otra identidad en Bolivia | Los días más lóbregos y postreros del ‘Carnicero de Lyon’, como se lo llamaba, tuvieron como testigo a una mujer cochabambina, su ama de llaves, que hoy —en el anonimato— relata algo de la intimidad de Barbie. No quiso tomarse fotos
Aprincipios de 1978 a Claudina C.* le llegaron buenas noticias. Sus vecinas, un grupo de voluntarias católicas, le anoticiaron que una pareja de alemanes precisaba de un ama de llaves... y ellas podían recomendarla. Fue un año difícil para esta mujer, porque el trabajo se había hecho esquivo, pese a su experiencia en cocina internacional y en atención a familias extranjeras. Por eso, la promesa de las religiosas europeas era alentadora: "Personas mayores, amables, cumplidas y acostumbradas a realizar, con frecuencia, largos viajes". Claudina no imaginó que a sus futuros empleadores les esperaban sus últimas y más duras travesías. También para ella venían cambios. Pese a las apariencias, ése no iba a ser un trabajo ni apacible, ni rutinario, ni mucho menos duradero. Ya el día en el que la "señora Guelly" le abrió las puertas de su casa en el barrio cochabambino de Cala Cala, el nombre de Claudina empezó a sonar distinto. Con un tono y un acento francés, pasaron a llamarla "Clodine". "Lo primero que me sorprendió era su extremada educación y amabilidad entre ellos y con todos. Me comunicaron una regla de la casa: "prohibido tener jetas", y siempre había mucho silencio".
Recuerda que ingresó en una casa de dos pulcros pisos en la que progresivamente iría conociendo lugares sorprendentes. "Arriba tenían su departamento muy bien arreglado, abajo eran más depósitos y su jardín. Nunca supe qué había en algunos cuartos". Pero el trabajo de cualquier ama de llaves siempre espera extravagancias. Lo que de principio Claudina no sabía era que su nuevo jefe tenía destacada presencia en una infinidad de libros de historia. "¡Qué fama la que había tenido don Klaus!, pero él y su esposa eran demasiado amables. No he conocido personas tan buenas y que traten mejor al empleado".
Claudina cuenta que, ajena a los secretos de los dueños de casa, se hizo parte de la vida de los Altmann, como le dijeron que apellidaban. Poco a poco, se le fue confiando la escrupulosa limpieza de las habitaciones. "Al cabo de un tiempo me enseñaron cómo cuidar la vajilla. Tenían una hermosa cristalería... muy fina y variada. Casi siempre usaban bandejas de plata. ¿Qué habrá sido de esa vajilla?", se pregunta.
En aquel primer tiempo de gratas sorpresas, "Clodine" pasó de estar impactada por la sala de la vajilla, a conocer el cuarto con el baúl de las joyas. El trato afable de la señora Altmann había alcanzado matices de confianza. "Doña Guelly tenía bellas joyas. A veces abría su caja y me llamaba para que vea cómo le quedaban. También me las hacía probar, era muy educada. ¿Qué habrá sido de esas joyas?. ¿Qué habrá pasado con tanta riqueza?". Las siguientes sorpresas que custodiaban los Altmann estaban en los roperos y en las repisas. Cuando doña Claudina accedió a ellos ya se informó de que "el señor Klaus" era militar. Dejó entonces de sorprenderse por alguna boina y "una especie de uniforme" que él atesoraba. Pero hubo un abrigo, que le despertó un interés particular. Altmann poseía un grueso impermeable, cuyo peso sorprendió a Claudina la primera vez que tuvo que ordenar el ropero. Algún tiempo después, cuando la pareja viajó, le encargaron un embalaje y ella se animó a una travesura: "Estaba ordenando el ropero y encontré el abrigo. Me lo probé. Tenía bolsillos por todos lados y de todos los tamaños, hasta en las mangas. Seguro eran para llevar balas. Lo peor fue que no podía sacármelo. Siempre pensé qué hubiera sucedido si me encontraban".
Pero Altmann también sorprendió a su empleada con un singular ofrecimiento. Ella cuenta que un día llegó, como siempre, a las 07:00, pero tenía los ojos hinchados. Los días previos, una malhumorada familia vecina se había ensañado con sus cuatro hijos mientras Claudina trabajaba. Les impedían jugar y en un arranque de perversidad mutilaron la cola del gato de la familia. Tras el hecho, mantenían amenazados a todos. "Fue cuando don Klaus me dijo: "Si alguien la molesta, tiene que avisarme... me avisa nomás". Más bien que no me quejé mucho, tal vez después a mis hijos y a mí nos hubiesen perseguido". Hasta hoy le queda la duda si Altmann tuvo que ver con el cambio que se dio en el vecindario, ya que no sólo se ganó armonía, sino que también la mascota volvió a transitar por techos y patios, aunque sin cola.
La experiencia le sirvió a Claudina para enterarse, por boca de los guardias, que su empleador "era quien pisaba fuerte en "la Séptima" (VII División del Ejército)". Otras personas también le empezaron a contar que hasta había peleado en una guerra y que varios extranjeros querían juzgarlo.
Cuando alguna vez le tocó el tema, la esposa de Altmann reafirmó dos sentencias: "Así es la política" y "Hay veces en que se deben cumplir órdenes superiores".
Pronto el destino hizo que el ama de llaves compruebe la influencia de "don Klaus" en las dependencias castrenses. Era cada vez más frecuente la llegada de periodistas que querían entrevistarlo. La negativa empezó a precisar de guardias y, luego, de operativos. "El señor Altmann llamaba a la VII División, mientras yo tenía que mirar a través de las cortinas y avisarle". Los problemas se acentuaron a principios de 1981, el año en que las sorpresas ensombrecieron la casa. Una mañana se presentaron en la puerta dos periodistas e insistieron en entrevistar a Klaus Altmann. Después se sabría que se trataba de Peter Mc Farren y una reportera del New York Times. Claudina señala que, mientras iban y venían las consultas, Altmann llamó a la VII División de Ejército y se puso a dar órdenes. Poco después irrumpieron en el barrio un jeep y un camión militar ocupados por civiles armados. Los periodistas fueron trasladados a la "Séptima", donde se les sometió a un rudo interrogatorio. A Claudina le contaron que "a los molestosos los llevaron a dormir a las caballerizas del regimiento". A las preocupaciones se sumó el dolor extremo. Klaus Georg, de aproximadamente 35 años, uno de los dos hijos de los Altmann, aficionado al paracaidismo y a los deportes extremos, llegó de Santa Cruz trayendo un ala-delta para probarlo en las pendientes que delimitan el valle alto. Lo que debía ser un día de campo familiar se convirtió en tragedia. Antes del vuelo abrieron una botella de vino y los tres compartieron un brindis. Los Altmann vieron quebrarse en el aire la estructura del ala-delta y caer fatalmente a su hijo.
"Lloraron durante mucho tiempo y nunca se pudieron recuperar. Desde entonces encendían velas junto a una bandeja de plata y a la botella de vino del último brindis. Lo hacían todos los días. Querían sentir la presencia de su hijo". Definitivamente, no eran buenos tiempos, Regine Guelly Altmann empezó a padecer de cáncer y a precisar la ayuda de una enfermera. Algunos meses más tarde, Klaus le informó a Claudina de que la señora Guelly había sido internada en La Paz. Le explicó, además, que había conseguido un trabajo en la sede de Gobierno. La relación con la singular pareja finalizó con la ayuda al embalaje y traslado de sus pertenencias.
A mediados de 1982, la visita de Klaus al nuevo presidente y ex comandante de la "Séptima", general Guido Vildoso, fue destacada por la prensa. Jamás olvidará esa mañana en la que una vecina buscó a la ex ama de llaves para mostrarle unas fotografías y unos recortes. ""¡A ver, mirá para quién has estado trabajando. Éste había sido un matón!", me dijo la señora de la tienda. Así me enteré de que apellidaba Barbie y lo acusaban de haber matado a miles de personas en la Guerra Mundial". A mediados de 1982, ya en la distancia, Claudina C. supo que doña Guelly había muerto. A principios de enero de 1983 se enteró de que la casa de Cala Cala fue tomada por fuerzas policiales. Volvió también a ver a su ex empleador, pero en las pantallas de televisión. Klaus Barbie, el ex jefe de las SS, era trasladado a Francia en calidad de prisionero.
Hoy, casi octogenaria, Claudina hace gala de su aire solemne y de amables modales. Su figura se muestra aún robusta y recuerda a la pujante mujer trigueña que conquistó el afecto de los Altmann. Ofrece preparar refinadas combinaciones de puré de manzanas que aprendió de Guelly.
Eventualmente acepta recordar con sus hijos aquel agitado tiempo con los Altmann o, mejor dicho, los Barbie. Tiempo en el que el país era conmovido por la represión, las torturas sistemáticas y el crimen político furtivo. Es cuando la familia C. recuerda que no sospechaban que aún se toparía con otro eslabón de las huellas que había dejado "don Klaus". En 1986, Margarita, la hija mayor de Claudina, emigró a la ciudad de Rosario (Argentina). Sus estudios de normalista le permitieron ser contratada por una empresa dedicada al soporte pedagógico. Al cabo de un tiempo, los dueños le contaron que habían inmigrado desde Europa en los años 40. Algunas fotografías los mostraban con una delgadez casi cadavérica. Fue en 1987, cuando desde Lyon se informó sobre la condena de Klaus Barbie a cadena perpetua, que los jefes de la empresa pedagógica le contaron a Margarita que por él habían huido cinco décadas atrás.
Pese a todo, Claudina dice que reza allí donde las hermanas la recomendaron con los Altmann, pide "que por todo lo bueno que también hicieron y lo que sufrieron, Dios un día los lleve al cielo". Advierte, llevándose un dedo a los labios, que "hay cosas de las que no se deben hablar y, en especial, de los muertos".
• Claudina aceptó contar su historia, pero nos pidió reserva en su nombre, tampoco quiso sacarse fotografías.
La vida de Barbie
Nikolaus, ‘Klaus’, Barbie Hees nació en Berlín el 25 de octubre de 1913. A los 20 años se unió a las SS en 1934, inmediatamente después de graduarse en la universidad se convirtió en miembro del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (Nsdap) en 1937. Su apego a la causa nazi, su habilidad para las pesquisas y los idiomas (hablaba cuatro) hizo que se le asignasen labores de ‘limpieza’ y contrainteligencia. En ese nivel, sus primeros trabajos los desempeñó en el propio Berlín localizando reuniones clandestinas de judíos, homosexuales y prostitutas.
En 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, Barbie fue destinado a la Oficina de Asuntos Judíos y enviado a Amsterdam. Más tarde, en mayo de 1942, se le asignó misiones en Lyon (Francia). Allí se ganó el apodo de ‘El Carnicero de Lyon’, como jefe de la Gestapo local. Fue acusado de numerosos crímenes, incluyendo la captura de 44 niños judíos escondidos en la villa de Izieu. También se ha establecido que torturó, en persona, hasta la muerte a Jean Moulin, miembro de la Resistencia Francesa de más alto rango jamás atrapado por los nazis. Envió a campos de exterminio a 7.500 personas, ordenó 4.432 asesinatos, además el arresto y tortura de 14.311 combatientes de la Resistencia Francesa son también atribuidos a su accionar y al de sus subordinados.
Tras la derrota final del régimen nazi, Francia condenó a Barbie en ausencia a la pena de muerte. Sin embargo, fue protegido y empleado entre 1945 y 1955 por las agencias de inteligencia británica y estadounidense. El agravamiento de la Guerra Fría con los soviéticos hizo que Barbie actuase como adjunto de un esquema de contraespionaje antiizquierdista en Alemania liderado por Reinhart Gehlen. El equipo de ex espías nazis empezó a hacerse incontrolable y fue desestructurado.
Las fuerzas aliadas analizaron la posibilidad de asesinar a Barbie, o trasladarlo a un confín del planeta. En 1955, Barbie huyó a Bolivia junto a su familia a través de una gestión canalizada por religiosos. Se estableció en La Paz, donde fungió como empresario, asesor de diversas dictaduras e incluso de espía contratado por la CIA.
Tras ser detenido y expulsado de Bolivia, en 1983, fue juzgado durante tres años y condenado a cadena perpetua. El cáncer lo mató en prisión en 1991.
Con datos de: Barbie-Altmann - De la GESTAPO a la CIA (Carlos Soria) y El esquema Gehlen - (H.S. Krauf)