Texto | Anna Infantas Soto
Fotos | La Prensa y Diario Correo (Perú)
Mañana de un jueves lluvioso. En el lobby de un hotel cinco estrellas, el ex embajador nos espera... Allí, impecable, formal, de palabras seguras, tan afable como mesurado, luce una expresión tan serena que invita a charlar sin pausa. Jorge Gumucio (paceño, abogado, especializado en relaciones exteriores) tiene ganas de hablar, de repasar su vida y de recordar aquellos 126 días que le tocó ser rehén del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) en la residencia del embajador japonés (Morihisa Aoki) en Lima (Perú).
Un hecho que jamás olvidará y más ahora que el próximo 17 de diciembre se cumplen diez años de un episodio que terminó con 14 emerretistas, dos policías y uno de los 72 prisioneros muertos.
Si bien alguna vez sintió ganas de escribir un libro, sus apuntes se quemaron en la residencia el día del rescate, que fue comandado por el propio ex presidente peruano Alberto Fujimori. "El 22 de abril de 1997 tuvo lugar aquella operación militar sin precedentes ejecutada por un puñado de valerosos comandos (...). No ordené matar gente, ordené salvar vidas", justificaba así Fujimori la operación Chavín de Huantar, de la que hoy se conserva un museo (foto principal).
- Ése fue, sin duda, uno de los momentos más tensos, pero más gloriosos de Fujimori...
- "En Perú hubo hasta tres grupos levantados en armas y, finalmente, cuando se suponía que se habían logrado controlar, vino el secuestro en la residencia del embajador de Japón. Fue una total sorpresa... Y se tardó mucho: 126 días en lograr una solución, un tiempo bastante largo, una situación desesperante, porque tampoco allá dentro se estaba en un carnaval", responde el entonces embajador de Bolivia en ese país.
- Un pasaje que representa el riesgo íntimo al que están expuestos los diplomáticos, ¿no es cierto?
- Sí, en la vida diplomática existen posibilidades de secuestro u otros atentados; por eso, hay una convención de las Naciones Unidas sobre el tema. Se han dado más de 20 secuestrados en embajadas o de diplomáticos en el mundo. Cada vez vemos en Irak, en Medio Oriente, secuestrados o asesinados, de modo que no es cierta esa idea de que la diplomacia es un cargo lindo, simpático y lleno de fiestas; es un trabajo serio, que también tiene sus grandes riesgos.
- Considera hoy, después de diez años, que hubiera existido una salida pacífica...
- Las negociaciones que llevó el gobierno de Perú no llegaban a ningún resultado. En ese momento teníamos presente lo sucedido en la embajada dominicana en Bogotá (Colombia), que después de 60 días terminó con una transacción, llevando a todos los diplomáticos y a los captores a Cuba. También estaba el caso de la embajada de España en Guatemala, donde hubo una intervención militar y mataron a todos los rehenes y a los secuestradores. Entonces, eran los peligros que uno sabía que se podían venir. Además estaba el antecedente de que había habido tres ataques o secuestros en las embajadas de Japón, y en el Medio Oriente, incluso, fallecieron todos los funcionarios japoneses.
- Entonces, no había voluntad de llegar a una solución pacífica.
- La negociación no podía avanzar y no avanzaba por problemas de las dos partes. Había intransigencia tanto en Fujimori, como en los emerretistas. Ellos querían que se libere entre 300 y 400 presos y, al final, Fujimori sólo aceptó siete. Eso creó un problema de ajuste.
- ¿Cómo era el trato?
- Ellos tenían la sartén por el mango. Mantenían un control estricto hacia los rehenes. El trato era serio. No había nada del Síndrome de Estocolmo... A mí me trataron con respeto, salvo dos ocasiones, que tuvimos problemas por Bolivia en el término de mantener la dignidad del país, pero, aparte de eso, no había una relación de amistad. No se nos permitía hablar ni conversar con ellos", detalla Gumucio, que recuerda aquel sábado de marzo, a las 6:30 , cuando los terroristas empezaron a gritar contra Bolivia y contra su gobierno. "Me molesté, salí a la puerta, y le dije al guardián, un chico cusqueño, que no fueran maricones porque en Bolivia no les iban a escuchar desde tan lejos y que aquí me tenían a mí. A Salvador, que era el comandante más tremendo que había en el grupo, le había molestado que yo les llamara maricones y dijo que me iba a matar. Yo le dije que me matara, que no le tenía miedo. Me encañonó. Después Néstor Cerpa me echó un discurso. ‘Esta vez es la última que le voy a aguantar’, me recalcó”. Fue una de las anécdotas que contó Gumucio después de ser liberado.
- ¿Conversó varias veces con Néstor Cerpa Cartolini (líder del comando emerretista)?
- Sí... Cerpa era un dirigente con mucha experiencia sindical en Perú. Conversamos sobre Bolivia, había vivido en Santa Cruz y en Chapare. Tenía papeles de ciudadano boliviano, de Uyuni, que le permitían mimetizarse como colla. Me mostró su carné de identidad. Su señora también vivió en Bolivia, y fue ella la que, cuando sucedió el secuestro de Samuel Doria Medina, llevó el dinero a Perú. Cerpa conocía bastante bien el país. Era parte de sus estrategias, aunque tenía problema de habla… hablaba como limeño.
- ¿Qué le contó del país?
- Él vino en busca de nombres de empresarios para secuestrar. Elaboró una lista. Tenía gente de Santa Cruz y de La Paz, pero al final optaron por Doria Medina, porque vieron que era el más joven y por quien el padre podía pagar. Algo que me dijo es que cuando se secuestra a un empresario mayor, los hijos lo venden para cobrar el seguro. Por eso, prefirieron a un joven, porque el padre siempre da todo por salvar a su hijo.
- ¿Cómo pasaron esos 126 días de cautiverio?
- La Policía peruana cortó la electricidad la misma noche, pero la embajada tenía su servicio automático, que duró entre cuatro y cinco días, hasta que se le acabó la gasolina y en ese momento nos quedamos sin electricidad. Todos los muebles fueron llevados por el MRTA para crear barricadas en los corredores, de modo que la casa estaba prácticamente vacía. Después de 15 días complicados, entramos en una vida de rutina. Dormíamos en el suelo, uno a lado del otro, en los diferentes cuartos de las habitaciones superiores. La casa tenía dos pisos. Entre siete y nueve teníamos velas, después nos las apagaban. A las 21:00 había un toque de queda, pero dos o tres veces en la noche nos despertaban para tenernos cansados La rutina nuevamente empezaba a las seis de la mañana. Había turnos para entrar al baño. Éramos 72 rehenes y tres baños. Teníamos unas letrinas de emergencia, porque obviamente el sistema normal de los baños había colapsado. Había una hora para almorzar y otra para cenar, y nada más. Organizamos grupos para leer, hacer gimnasia. Algunos hacían juegos de carreras de caballos, como esos jueguitos de los niños; otros jugaban damas, ajedrez, naipes… Y así pasó día tras día. Era desesperante.
- ¿En qué parte de la casa estaba usted?
- En la habitación que se llamaba VIP, donde estaba el embajador de Japón, el canciller de Perú, el ministro de Agricultura, el hermano y el cuñado de Fujimori, un diplomático japonés, otro peruano y yo.
- ¿Tenían nombre los cuartos?
- Se llamaban pabellones como en la cárcel. El "pabellón C" era el VIP (había otro para los magistrados, los diplomáticos y congresistas, y en la estancia, para los policías y militares. Cerpa tenía un dormitorio reservado sólo para él).
- ¿Por qué estaba en ese grupo?
- El día que fui secuestrado, el propio Cerpa me dijo: “Embajador, sé que es una buena persona, pero usted se queda mientras no salgan mis compañeros de las cárceles de Bolivia: son cinco”. Al día siguiente le expliqué que eran cuatro, y me respondió: “No, no... el quinto es de (Jorge) Lonsdale”. Ahí supe que definitivamente me quedaba.
- Se dice que los emerretistas eran gente bastante joven...
- Cerpa debió de haber tenido unos 40 años, luego habían otros cuatro que debían tener 35, unos muchachos de 20 ó 22 años, y las chicas que tenían entre 17 y 22. En total eran 14 terroristas. Gente joven y humilde, que fueron reclutados de forma artera, engañados con ilusiones. No tenían gran conocimiento del mundo moderno (...). Estaban manipulados.
- ¿Se entabló alguna relación?
- No se podía hablar con ellos, porque sus mandos lo prohibieron, y nosotros teníamos que tener cierta cautela; pero, por ejemplo, a una de las chicas le gustaba la música boliviana, y en una radio peruana todas las mañanas ponían música, incluso tocaban canciones de Pando, que a ellos les gustaba mucho. No se olvide que eran de la selva y se habían entrenado allí. Solían escuchar radios de Trinidad, entonces sabían cantar Pandinita. Cuando tocaban una de las canciones del oriente, de Pando o de Beni, venían y me decían: "Embajador, embajador, ponga tal radio, están tocando nuestra música”.
- ¿Sabían que la prensa de todo el mundo estaba detrás de los muros de la residencia?
- Estábamos conscientes, porque veíamos a los periodistas en los techos...
- ¿Tenían radio o veían televisión?
- Se nos autorizó tener una radio por habitación. Mi esposa me envió una manual, de esas chiquitas, y era la que teníamos en el cuarto, ahí escuchábamos las noticias. En un par de radios hicieron programas de transmisión permanente para los rehenes y desde allí nuestros familiares nos enviaban saludos. A todos nos preocupaba lo que ellos estaban sufriendo.
-¿Escuchó a su familia?
- Una vez por semana a mi esposa.
- ¿Era aliciente o un tormento?
- Algunos no querían oírlos, pero algunas esposas e hijas desobedecían y hablaban. Pero yo sí escuchaba a mi esposa, aclara Gumucio.
El clima de tensión se fue incrementando con los días; por eso, Néstor Cerpa decidió levantar la moral de su gente con campeonatos de fulbito. El partido de aquel martes 22 de abril sería el último de sus vidas. Eran las tres de la tarde, cuando sólo tres guardias quedaron al mando de la seguridad, mientras el resto disfrutaba de la pelota. "Inmediatamente después de la primera explosión empezó el tiroteo. Rápidamente ingresaron los comandos por el segundo piso". Las negociaciones no habían dado resultado.
- ¿Pensó en el peor desenlace?
- Nos lo habían dicho, y todos los días lo repetían, de que si había un intento de liberación, ellos nos iban a ejecutar. Yo sabía quién me iba a matar, porque eran ellos o nosotros, y creo que no habría habido ningún tipo de contemplación. Nos organizaban para ser ejecutados en la hipótesis de una intervención. Ya cuando vino la intervención militar, el que tenía que ejecutar al canciller y a mí, lo hizo. El canciller (Tudela) recibió cuatro balazos...
- ¿Qué pasó?
- En el momento del escape, los servicios internos de los rehenes, que eran militares, me cambiaron de lugar, de modo que cuando empezó el rescate yo no estaba donde tenía que permanecer.
- ¿Cuándo supo de la operación?
- La Inteligencia peruana era altamente profesional y nos llenaron de micrófonos de toda clase. Sé que desde el cuarto día había contactos, pero los emerretistas jamás se dieron cuenta. Por ejemplo, había un señor que me asombraba cuán religioso era porque rezaba tres veces al día, con mucha devoción, a los pies del crucifijo, pero después supe que el clavo del crucifijo era un micrófono. También mandaron cinco guitarras, y en una de ellas había un micrófono. Todos los días nos hacían llegar termos con agua caliente para nuestros desayunos, allí también había micrófonos... Lo mismo pasó con los escapularios... En algunas cosas sí sabíamos que existían, pero en otras nunca, como en los termos.
- ¿Cree que los terroristas subestimaron a la Policía?
- Ellos tenían idea del trabajo de Inteligencia, pero no sabían que había progresos mucho más allá de lo que uno podía imaginarse.
- ¿Qué estaba haciendo cuando empezó Chavín de Huantar?
- En mi rutina, dormía entre 13:30 y 14:00. Como antiguamente en las minas, nos prestábamos el lugar uno a otro, porque había una colchoneta. Cuando desperté, el día que fuimos rescatados, escuché algunas conversaciones y de ahí me dijeron: "Hoy día nos van a liberar"."¿En cuánto tiempo? ¿Tengo tiempo de ir al baño?", pregunté. "Sí", me dijeron, “tiene 20 minutos". Me fui al baño, encontré a dos rehenes amigos que se estaban realizando el aseo con una esponjita —teníamos nuestra esponja y un litro de agua por día—. Entonces, les comenté: "Apúrense, van a venir a recogernos". Salimos, me fui al lugar donde estábamos entrenados para estar y de ahí vino un policía peruano, que era rehén, y me dijo: "Embajador, usted no se queda en este lugar". Me llevó a otro lado, me hizo tirar al suelo y me tapó con unas revistas Life en japonés para que no me vean. Vino el rescate, entraron las tropas bastante torpes contra todos. No nos conocían, así que todos éramos potenciales terroristas. Después fueron controlando habitación por habitación. Los militares entraron por varios lugares, unos por los techos, a través de una escalera de bomberos, y otros por los túneles. Eran oficiales de comando o de élite. Ellos disparaban a los terroristas, los terroristas disparaban a los policías y nosotros estábamos en medio. El fuego era cruzado. Murieron todos los terroristas, un rehén y dos militares, mientras que siete oficiales fueron heridos de gravedad.
- ¿Cómo escapó?
-Por una escalera auxiliar del dormitorio del embajador de Japón, ahí había una pequeña salita. Los militares nos fueron dando turnos.
- ¿Sintió temor?
- Había la incertidumbre de si llegaba a salir o no, porque sabía que estábamos en riesgo. Personalmente tenía la idea de la embajada española en Guatemala... Era una situación que tenía que afrontar. Mi reacción fue salir como sea. Recuerdo que los militares me gritaban: "Hay que rampear", pero yo no sabía lo que era ‘rampear’, y había sido arrastrarse, pero sin levantar el cuerpo.
- ¿Cuál fue su primera impresión ya en libertad?
- Cuando bajé, mi primera impresión fue pisar el pasto que estaba seco porque no se lo regaba, entonces tuve la reacción: "Ah, el pasto está seco" (risas), son de esas cosas automáticas.
- ¿Llegó a ver a Fujumori?
- Sí, a los pocos minutos. Días antes había anunciado el retiro de Perú de la Comunidad Andina. Incluso en ese momento había una reunión en Sucre... El Presidente se acercó, me dio un abrazo y me dijo: "He cumplido con Bolivia, está vivito y coleando". Entonces, le dije: "Pero usted debería estar en Sucre"… "Era Sucre o usted", me respondió, y eso fue todo.
- ¿Cómo se supera lo sucedido?
- Lleva cierto tiempo "reintroducirte". A los días me escapé a Bolivia. Estuve una semana en Cochabamba y me fui recuperando poco a poco…
- Tuvo suerte...
- Indudablemente, al haber visto a un rehén muerto y otros que fueron heridos, como al canciller Tudela, al que tuvieron que hacerle injertos porque perdió un centímetro del hueso del pie... sentí la fortuna de estar ileso... Un afortunado de Dios.
- ¿Todavía sigue pensando en escribir su libro?
- No sé, porque no deja de ser un tema desagradable.
- ¿Vio la película que se filmó de los hechos?
- Fue una película que la hicieron unos rusos sin saber nada de Perú... No tiene nada que ver con la realidad.
Regalo para Santa Cruz
Hace un par de meses, Jorge Gumucio donó a la biblioteca de la UPSA 2.000 libros de su colección privada. De ésos, 180 fueron publicados entre los siglos XIX y XX y dedicados a la diplomacia. “Decidí darle al cruceño esta colección para que él sepa que también fue parte de la historia de la diplomacia, pues ellos han intervenido como embajadores, diplomáticos, o entendidos en temas puntuales como el ferrocarril Corumbá-Santa Cruz y los tratados con Paraguay”, puntualizó el ex embajador.