Texto | Mónica Oblitas
Fotos | Jorge Landaeta/ Archivo Yolanda Montenegro
Un siglo no es nada para Yolanda Céspedes, esposa de Carlos Montenegro y hermana de Augusto Céspedes | Los recuerdos se agolpan en la memoria de esta singular mujer que aprendió a sobrevivir con la ingratitud. Hoy no sólo llora la muerte de su compañero, sino también de su hijo Wáskar
“Ésta soy yo”, dice Yolanda, como queriendo desafiar al tiempo, mientras nos muestra el retrato de una mujer que, elegante, luce un abrigo de piel en las puertas del Gran Teatro Colón en Buenos Aires. Han pasado casi ocho décadas de esa foto y la señora que hoy tenemos delante tiene 100 años y dos días para ser exactos. De la joven que ilustra la fotografía quedan la distinción, la vivacidad de la mirada y los mismos ademanes para posar en las fotos, pero una centuria no pasa en vano ni en el cuerpo, ni en la mente, ni en el corazón, y eso lo sabe bien Yolanda Céspedes Patzi-Iturri, hermana del genial escritor Augusto Céspedes, ‘El Chueco’, y esposa de quien fuera uno de los principales ideólogos del Movimiento Nacionalista Revolucionario, Carlos Montenegro.
Yolanda vive sola en un pequeño departamento lleno de sol en el barrio paceño de Los Pinos, un lugar que ya heredó su única nieta, que vive en México y es madre de su también único bisnieto, con la condición de que guarde los recuerdos que la abuela ha tardado toda una vida en reunir con la ayuda de una fiel compañera, Mery, que suele acompañarla hasta cuando ella no soporta el frío y busca el tibio cobijo de su cama.
Son pocos los amigos que ahora la visitan y de las autoridades que en un momento se llenaron la boca con homenajes y distinciones no quedan más que los recortes de algunos diarios y promesas sin cumplir. En la mente de Yolanda está clavado como una espina el recuerdo de la biblioteca con los miles de libros que fueran la pasión de Carlos Montenegro y que legara para todos los bolivianos, pero que jamás fue aprovechada.
La mujer da nombres y apellidos de los supuestos responsables y muestra el archivo donde describe todos y cada uno de los libros que Montenegro juntó en su vida, también los recortes de noticias que muestran a su hijo Wáskar haciendo entrega de la biblioteca a personeros de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos en 1986 y hasta los recibos que acusan la conformidad de la empresa. "Yo sé que fue Rolando Prada" (entonces a cargo de YPFB), dice la frágil mujer que no piensa ceder en su reclamo hasta encontrar el paradero de los libros de su marido. "Son para los bolivianos, ellos tienen que disfrutarlos. La biblioteca de Carlos era su gran pasión", afirma muy molesta. Como molesta está con quienes le prometieron que no la olvidarían, que el trabajo de Montenegro sería respetado y honrado. "¿Has visto lo que ha hecho Goni con el MNR? Carlos se volvería a morir si lo viera. Aquí no debe haber MNR, que le pongan otro nombre, no ha habido una cabeza como la de Carlos, a todos les gustó llenarse los bolsillos, eso querían los del MNR de Goni", afirma exaltada. La vida de Yolanda, aun en el ocaso, sigue siendo un mar de pasiones que, entre recuerdos y fantasmas, llena sus días.
La niña enamorada
Yolanda Céspedes nació el 9 de junio de 1906 en Cochabamba, donde creció hasta convertirse en una preciosa niña de 12 años, luego fallecería su padre y la familia debió trasladarse a La Paz. En Cochabamba, Yolanda y sus hermanas, Aida y Agar, estudiaron en una escuela que regentaba Adela Zamudio, que influyó mucho en el espíritu independiente de la joven.
Su hermano Augusto, para ese entonces un experto declamador de poemas, aunque no prestaba mucha atención a sus hermanas menores, las tenía como su público más devoto. Vivían pendientes de las aventuras del hermano mayor, así como de los amigos que iban a visitarlo, entre ellos el más íntimo, Carlos Montenegro. "Nunca pensé que Carlos pudiera fijarse en mí", recuerda Yolanda con una sonrisa pícara, "al fin y al cabo yo era la hermana chica de Augusto. Cuando Carlos venía a visitarnos, yo me sentaba a escucharlo, no quería hablar para que no pensara que era una tonta, él estaba acostumbrado a reunirse con intelectuales. Pensaba que él era el hombre más inteligente y guapo del mundo, con ese mechón rubio que le adornaba la frente. Él simplemente me saludaba y se despedía dándome un golpecito en la cabeza, nada más", rememora Yolanda.
Llega Él
Amiga y compañera de colegio de Marina Montenegro, la hermana menor de Carlos, Yolanda estaba al tanto de las andanzas del joven que ya revolucionaba con sus ideas el conservador círculo cochabambino, hasta que los Céspedes se trasladaron a La Paz, de donde la madre de Yolanda era oriunda. La niña conoció a varios amigos, siempre cuidada por el halo severo y protector de la abuela materna que les dio cobijo.
Mientras tanto, Augusto ya empezaba con sus escritos, y la Guerra del Chaco se anidaba en la sociedad boliviana. "Me acuerdo de mi hermano Augusto que siempre era atento con mi madre, muy educado, caballero... siempre leyendo. Nos recitaba poemas con ademanes de poeta. Nosotros los aprendíamos de memoria. Todo el mundo lo quería, era el favorito". Yolanda dice que no sabe quién le enseñó a leer, pero que lo hacía desde que era una niña, "quizá nacimos sabiendo". Y cómo no, las largas tertulias también influyeron en el despertar del intelecto de la familia Céspedes. "Eran visitas entre familias que duraban hasta la noche. Nos moríamos de aburrimiento, así que escuchábamos todo lo que se hablaba. Las conversaciones eran de mucha cultura”.
Carlos y Augusto se hicieron más amigos en las aulas del colegio Sucre. "Nunca vi una amistad más limpia ni más interesante que la de esos dos: el uno admiraba profundamente al otro y viceversa. Fue una amistad como de hermanos. Para Augusto no había otro hombre más talentoso que Carlos y para mí tampoco”.
El primer amor de Yolanda no fue Montenegro, sino un joven caballero inglés llamado Sherlock Holmes, a quien descubrió entre los libros que sus manos de niña de siete años podían alcanzar. “Lo empecé a leer en la biblioteca de mi padre. Recuerdo que en un libro leí que Sherlock moría y ese día fue uno de los más tristes de mi vida. Lloré inconsolablemente hasta que mi hermano Augusto consiguió otro libro que hablaba de su reaparición. Soñaba que Sherlock venía a visitarme. Era mi pasión, aunque debo admitir que cuando crecí, nunca me faltaron los enamorados reales", se confiesa coqueta.
Crecer de golpe
Uno de esos pretendientes, un joven de apellido Patiño, fue quien despertó sus sentimientos adolescentes. "Era la época de la Guerra del Chaco y las jóvenes llorábamos porque se iban al frente nuestros hermanos y amigos. Tuvimos que madurar de golpe. Yo sabía por Augusto que Carlos se había casado y tenía dos hijos, también por él me enteré que se había divorciado a los cuatro años de casado. De esa época fue su comedia Divorcio Absoluto que se estrenó en el teatro Achá. Fue el primer divorcio que firmó el presidente Salamanca. Entre todo eso conocí a Jorge Patiño".
En ese entonces, los caballeros mostraban su amor persiguiéndolas de lejos y apostándose en las esquinas de las casas con el balcón de la amada como objetivo. Lloviese o hiciera sol, el enamorado mostraba su interés al permanecer firme en su puesto, y así lo hizo Jorge, que cuando pudo cruzar un par de palabras con Yolanda la nombró su madrina de guerra. "Los chicos pedían un beso antes de partir, pero a nosotras nos daba mucha vergüenza. Ser madrina significaba contestar sus cartas, interesarse por ellos y yo acepté ser la suya, aunque sin el beso”·
Jorge partió a la guerra y al poco tiempo se perdió en el frente de batalla. Días después llegó la noticia de que había sido hallado muerto apoyado contra un árbol como conteniendo la hemorragia que le brotaba del pecho. "Lloré muchísimo, sin consuelo, y en ese momento tocaron el timbre, era Carlos Montenegro". No podía haber llegado en mejor momento, la abrazó y ella desahogó su pena. Desde ese día las visitas se hicieron más constantes. Carlos llamaba a Yolanda para pasear por El Prado paceño con la excusa de que el sol haría bien a la muchacha. Días antes de ir al frente, él le preguntó: "¿Te gustaría ser Yolanda de Montenegro?". La joven que tenía la boca llena de pastel, sólo asintió asombrada.
Se casaron después de un año y medio de que Carlos Montenegro estuviera en la Guerra del Chaco donde conoció a Germán Busch. De allí llegó cambiado en cuerpo y alma. Una úlcera, que terminaría años después con su vida, se había instalado en su cuerpo, como también estaba arraigada en su mente la idea de una revolución que cambiaría Bolivia y les daría igualdad a todos los bolivianos. "El me enseñó a amar y defender la patria. Nunca conocí a un hombre que ame más a Bolivia", cuenta su viuda. Una vez terminada la guerra, Carlos puso su bufete de abogado y siguió escribiendo en distintos periódicos.
La primera partida
La enfermedad de Carlos estuvo presente casi toda la vida que compartió la pareja. Aunque él no quería más hijos, ella lo convenció y así nació Wáskar. La mujer hace un paréntesis en la charla: a dos años de la muerte de su hijo, la madre no puede hablar sin evitar que broten las lágrimas. Wáskar fue el compañero de su vida desde que su padre murió cuando él apenas tenía 11 años. "Era un bebé bellísimo, rubio y de ojos azules. Era el amor de mi vida".
Luego, Yolanda vuelve al pasado, a cuando Carlos Montenegro, junto a Armando Arce, director del periódico La Calle y casado con la hermana de Yolanda, estaba gestando el movimiento civil que derrocaría al presidente Tejada Sorzano y que estableció el gobierno socialista de David Toro, coadyuvado por Germán Busch. A sugerencia de Montenegro, el presidente creó el Ministerio de Trabajo donde se nombró por primera vez a un obrero como titular, se nacionalizó el petróleo y se decretaron medidas previas a la Reforma Agraria. A insistencia de Toro, presionado por quienes veían en Montenegro una peligrosa influencia, Carlos y su familia formaron parte de la delegación que representó al país en Buenos Aires.
Luego que Busch tomó el poder, Montenegro fue víctima nuevamente de sus detractores y no formó parte del gabinete, tal como se lo había prometido el militar. Desde Buenos Aires, Carlos mantenía correspondencia con el mandatario, a quien le advirtió sobre los peligros de las medidas que había tomado contra la oligarquía. "Carlos sabía que Germán estaba solo, que no tenía amigos leales. La última vez que estuvimos con el presidente, Carlos volvió a insistir en su deseo de regresar al país. Germán me puso la mano en el hombro, me preguntó si quería volver y nos dijo: "No se preocupen, pronto volverán". Fue la última vez que lo vimos, poco después nos enteramos de su suicidio".
Nace el MNR
Tras la muerte de Busch, Carlos Quintanilla asumió el poder y permitió el regreso de Montenegro. Llamó a elecciones en las que triunfó un militar muy cercano a los partidos tradicionales apoyados por la ‘rosca’ minera, el general Enrique Peñaranda. En el fragor electoral, un grupo de jóvenes decidió formar un partido. En 1941 nació el Movimiento Nacionalista Revolucionario a la cabeza de Carlos Montenegro, Augusto Céspedes, José Cuadros Quiroga, Hernán Siles Zuazo, Rigoberto Armanza, Fernando Iturralde, Jorge Lavandez, Rafael Otazo y Víctor Paz Estenssoro.
Montenegro fue encargado de convencer a Paz Estenssoro, “cuyas cualidades políticas eran reconocidas por todos”, de asumir su jefatura. “Carlos alejó de sí mismo la gloria que se reservaba para Paz". La oligarquía minera, consciente del peligro que representaba este partido, empezó a moverse en su contra. "Fue algo tenebroso", recuerda la viuda, que tampoco olvida el atentado que cometió Tristán Marof contra su marido. "Caminábamos por la calle Jenaro Sanjinés, Carlos, dos amigas y yo. Con una de ellas ingresé a un negocio y de pronto escuché un alboroto. Cuando salí, vi a Carlos tendido. Un hombre lo había insultado, y le había dado un puñete. De pronto, sacó un revólver y lo apuntó. Salté a abrazar a mi marido, pensando que no dispararía, pero igual lo hizo. La bala pasó a dos centímetros de la cabeza de Carlos. El hombre escapó y lo seguí por la calle gritándole: "Asesino comunista". Fue grande la sorpresa al ver que era Tristán Marof. Llamé a mi hermano Augusto y de inmediato se reunieron todos los fundadores del partido. Esa noche atacaron la imprenta de Marof". La persecución había comenzado. Poco tiempo después Montenegro, Céspedes, Siles Zuazo y otros fueron confinados a la frontera con Brasil, castigo que duró cuatro meses. La úlcera de Carlos empeoraba.
Nacionalismo y Coloniaje
Corría 1943 cuando la Asociación de Periodistas de La Paz convocó a un concurso sobre la importancia del periodismo nacional en el proceso histórico de Bolivia. Aunque Montenegro, de 39 años, estaba sobre la fecha límite, decidió presentarse bajo el pseudónimo de Kisiabó (en referencia al lugar donde había sido exiliado). El jurado lo conformaban Demetrio Canelas, Víctor Paz, Augusto Guzmán, Humberto Palza, Mario Flores y Rodolfo Salamanca La Fuente. La obra de Montenegro titulada Nacionalismo y coloniaje, fue la ganadora. A partir de ella nació la verdadera doctrina del MNR en la que se basó la revolución de abril del 52. Montenegro no pudo esquivar el afecto y en la dedicatoria escribió unas líneas a su esposa: "A Yola, compañera dulce y heroica de mi vida, y cuya alma animó la ilusión, la inquietud y la certeza con la que escribí este libro”. Ella conserva esa primera edición y la dedicatoria escrita a mano por su marido.
Con el triunfo del MNR, el presidente Gualberto Villarroel accedió al poder. Carlos Montenegro fue nombrado Ministro de Agricultura y Augusto Céspedes Secretario General. Estados Unidos rechazó de inmediato al nuevo régimen, alegando que en el gabinete existían dos conocidos antiimperialistas: Montenegro y Céspedes. Ellos presentaron sus renuncias para dilatar conflictos con la potencia. El presidente Villarroel las aceptó, sabiendo que perdía a dos de sus intelectuales y compañeros más notorios, pero los designó como embajadores. Montenegro fue enviado a México y Céspedes a Paraguay. Aun así, Estados Unidos no reconoció al recién instaurado gobierno.
La catástrofe
La familia Montenegro llegó a México y comenzó la tarea para atraer simpatía al nuevo régimen. Carlos visitó los periódicos que lo atacaban. Fue tanto su éxito que se convirtió en columnista de una de las revistas más importantes: Tiempo, que publicaría en su portada el retrato a color de Villarroel. Al poco tiempo el periodismo mexicano ya hablaba de Montenegro como el ‘embajador de Latinoamérica’, mientras Yolanda se afanaba en el hogar, la embajada y las tareas culturales, conservando los más de tres mil libros de su esposo.
En su viaje a Bolivia para visitar a su madre, ella pudo observar el malestar que iba cundiendo en torno a Villarroel. Desde México, Carlos empezó a enviar órdenes a sus correligionarios, mientras era nombrado representante ante el Congreso Internacional de Trabajadores, donde su moción del fuero sindical daba un vuelco en la condición de los obreros.
En Bolivia los conspiradores extendían sus tentáculos, hasta que ese fatal 21 de julio de 1946 se cometió el asesinato de Gualberto Villarroel y de algunos de sus colaboradores. Para Montenegro fue fatal. Confinado en tierras extrañas, poco podía hacer para defender su causa. Los movimientistas eran perseguidos por el nuevo régimen e intentaban pedir asilo en las embajadas. "Los que sufrieron esa persecución no podrán jamás olvidar la valentía de los funcionarios argentinos que impidieron el asalto a la embajada donde muchos se habían refugiado", cuenta Yolanda.
La vida en Argentina
Aunque las autoridades mexicanas invitaron a Montenegro a permanecer en el país, él escogió Argentina donde ya tenía varios amigos. La familia pudo encontrarse con muchos exiliados bolivianos como Augusto Céspedes. Desde su llegada a Buenos Aires, Montenegro tenía entre sus planes la creación de una revista, la misma que se publicaría con el nombre de Síntesis Económica Americana y en la que escribirían intelectuales latinoamericanos. Para Yolanda, los mejores amigos que tuvieron los encontraron en Buenos Aires. Los ayudaron a conseguir trabajo, vivienda y los defendieron de la persecución que el gobierno de Perón quería hacer de los movimientistas asilados, a instancias del régimen instaurado en Bolivia por Néstor Guillén.
Muchos de ellos tuvieron que trabajar en el puerto como cargadores. Yolanda vio cómo los trabajadores argentinos les cedieron sus puestos sabiendo lo que había sucedido con el presidente. Carlos y Augusto fueron tomados presos, aunque liberados gracias a las gestiones de amigos porteños. Tanto interés terminó por despertar la curiosidad del general Perón, que entendió lo sucedido en Bolivia leyendo los escritos de Montenegro. De esa forma invitó al boliviano y a su cuñado a formar parte de los editorialistas de La Prensa, un diario que fue muy popular en Argentina.
El final
El 9 de abril es un día que está marcado en el espíritu de Yolanda Montenegro: ese día triunfó la revolución del MNR y la salud de Carlos comenzó a decaer. Tuvo que ser internado en un hospital y esperó dos meses para que lo operaran. En medio de su convalecencia recibió un cable donde Paz Estenssoro lo nombraba embajador en Chile. Su primera reacción fue no aceptar, no concebía estar lejos del triunfo que él había gestado, pero ella lo convenció. "Acéptala por mi tranquilidad, porque puedo cuidarte mejor hasta que te restablezcas", le rogó. Carlos aceptó con la condición de pasar unos días en Bolivia. "Cuando llegó al aeropuerto, lo esperaba una comisión de bienvenida, aunque su sorpresa fue mayúscula cuando en la garita de Lima vio a la juventud del MNR que se había reunido para recibirlo". Pese a estar convaleciente, Montenegro brindó algunas charlas, incluso daría la base para la Nacionalización de las Minas. Presionado por el presidente, Montenegro accedió ir a Santiago, aunque su esposa se quedó en Bolivia para ultimar detalles del traslado. "De La Paz volví a Buenos Aires para recoger algunas cosas y allí me enteré que Carlos había pasado en busca de un médico amigo que le aconsejó una nueva intervención antes de ir a Chile. La juventud del MNR exigió que fuera trasladado al mejor centro hospitalario en Washington y luego a Nueva York”.
Para Yolanda, el ver decaer al hombre que tanto amaba fueron momentos duros, pero aun en medio de la enfermedad de su marido, ella atesora recuerdos graciosos que muestran el espíritu de Montenegro: "Él odiaba a los estadounidenses, no quería ni ver sus edificios, así que me hizo poner su cama contra la pared. Yo nunca lo dejé solo”. El 11 de marzo, tomado de la mano de su esposa, Carlos Montenegro fallecía lejos de su patria.
Yolanda, la mujer
Viuda, con un hijo de 11 años y lejos de casa, Yolanda se vio sola, pero rehizo su alma y encontró la fortaleza para salir adelante. Paz Estenssoro le ofreció ser agregada cultural en la embajada de Buenos Aires, cargo que ocupó desde la muerte de su esposo hasta 1964. Dictó varias conferencias, redactó artículos y dio a conocer los valores culturales de Bolivia. Incluso escribió el libro Carlos Montenegro, un nombre para la historia, en el que relata sus vivencias y deja en claro su amor y admiración absoluta a su esposo. Ahora, con 100 años a cuestas, dice que sólo espera el momento para reunirse con sus amados Carlos y Wáskar, aunque luchadora hasta el final, asegura que no se rendirá hasta saber dónde está la biblioteca de Carlos Montenegro. Las autoridades tienen la palabra.