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ENTREVISTA
Cochabamba - Bolivia
Revista de Domingo Para Toda La Familia
Domingo, 11 de junio de 2006
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Entrevista
POR SIEMPRE BORGES
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Una pasión llamada Yolanda
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Entrevista

POR SIEMPRE BORGES

“Madre, aquí estamos hablando los dos, y todo lo demás es literatura”.

Texto y Fotos | Rolando López Herbas

A 20 AÑOS DE SU MUERTE | Acaecida en Ginebra el 14 de junio de 1986, evocamos al insigne escritor argentino mediante las memorias de quién lo conoció personalmente en Buenos Aires a principios de la década de los 80, hoy universalmente admirado y reconocido como la más prominente figura de la literatura latinoamericana y universal

Fue en marzo de 1979 cuando en un denso texto de Filosofía de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires me encontré con un epígrafe que decía:

“En vano te hemos prodigado el océano,

En vano el sol que vieron los maravillados ojos de Whitman;

Has gastado los años y te han gastado,

Y todavía no has escrito el poema”.

Era un epígrafe tomado del poema MATEO XXV – 30. Desde entonces sentí un extraordinario interés por conocer la obra de Borges. Así fue que ávidamente leí El otro, el mismo. Después, en el “verano porteño” del 80 tendría la suerte de conocerlo personalmente, y la fortuna de frecuentar durante tres años aquel modesto departamento de la calle Maipú 994 P.6º “B”, cerca de la plaza San Martín de Buenos Aires, donde hasta antes de partir a Ginebra vivió Borges en compañía de su “fiel servidora” Epifanía Uveda de Robledo (doña Fanny).

Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899, cuando el pasado siglo ya daba sus últimos estertores. Supo crecer, educarse y orientarse en los laberintos de la biblioteca paterna tras las rejas de una antigua casona de Palermo. Fueron precoces su cultura literaria y su lucidez; pues antes de cumplidos los 10 años ya había leído en inglés una versión del Quijote. Dictó cátedras en las universidades de Buenos Aires, de Texas y de Harvard, sin más título académico que un simple bachillerato ginebrino. Llegó a ser Doctor Honoris Causa de Cuyo, de Michigan y de Oxford.

En 1923 publicó su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires y en su prólogo se declara devoto de Shopenhauer, de Stevenson y de Whitman. Luego aparecieron Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín”(1929), constituyéndose en la trilogía borgesiana clásica de la década del 20. De esa trilogía bibliográfica pletórica de lirismo, pasa a escribir ensayos y cuentos que producen la mayor renovación literaria de nuestro tiempo. Posteriormente escribió Evaristo Carriego (1930), Discusión (1932), Historia Universal de la Infamia (1935) e Historia de la Eternidad (1936), insinuando ya una vasta producción literaria.

Con su libro Ficciones obtuvo en 1944 el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, y por su magnífico cuento policial El jardín de los senderos que se bifurcan (1949) se hizo merecedor de un premio que le otorga el “Mister Magazine” de Estados Unidos. Con otro estupendo cuento El Aleph (1949), Borges llegó a perfilarse como el genio de la literatura contemporánea.

Finalmente aparecería Otras Inquisiciones (1952), El hacedor (1964), Elogio de la sombra (1970), El informe de Brodie (1972), La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976), Libro de sueños (1976), Historia de la Noche (1977), La cifra (1982), y Los conjurados (1985).

EL BORGES ORAL

Borges fascinaba por la riqueza imaginativa y fantástica de su universo literario. Antes de conocerlo personalmente, algunas de sus obras me suscitaban determinado rechazo; pues, ese énfasis erudito y frío puesto por él en otros mundos, otros lugares y otras épocas, me hacían vivirlos como el gran ausente de la realidad. El gran ausente que, refugiado en su ceguera, sólo adivinaba senderos en su memoria, en sus espejos, en sus laberintos, en sus tiempos circulares, en sus juegos de “simétricas porfías” donde todo es nada.

Cuando lo conocí aquella calurosa tarde de febrero del 80, sentado en ese viejo sillón verde (indigno de contener tanta humanidad), quedé conmovido por la sencillez de su aposento y, sobre todo, maravillado por el Borges que habla más que por el que escribe. Y es que entre el Borges que habla y el que escribe hay sutiles diferencias. Empero, en ambos discursos se degusta la misma belleza y sencillez de expresión. Sólo que en aquél Borges oral las palabras adquirían un sentido distinto. En Borges lo siempre dicho podía resultar lo nunca dicho; él era el anti-lugar-común en un mundo donde todo tiende a un lugar común.

Aquel Borges oral de entonces vivía destinado y resignado a ser Borges. En cada encuentro, en cada conversación sentía que emergía su angustia ante la vida, su obsesión por la muerte, el deseo de su muerte. Solía repetir muy a menudo aquellos sentidos versos de la segunda parte del poema 1964.

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.

Hay tantas otras cosas en el mundo:

Un instante cualquiera es más profundo

Y diverso que el mar. La vida es corta

Y aunque las horas son tan largas, una

Oscura maravilla nos acecha,

La muerte, ese otro mar, esa otra flecha

que nos libra del sol y de la luna

y del amor...

Percibido en sus lúcidos instantes de dolor (por las noches que le aseguraban el día, por la prisión en un tiempo de insomnio y desesperación; en fin, por las sombras), era siempre una acuciante tentación a conocerlo con más afecto y ternura. Escondido tras la máscara de ese hombre desmedidamente ilustrado, que parecía un museo ambulante como aquel de Ray Bradbury, imaginaba un niño desesperado que desde hace ochenta y tantos años venía preguntándose: ¿quién soy?

Me parecía una especie de Aleph doloroso y grávido, que insistía que pocos argumentos le habían hostigado a lo largo del tiempo y que era decididamente monótono. Es que si había algo que me sorprendía en Borges, era, precisamente, la reiteración (casi como si fueran situaciones onírico - traumáticas) de temas que remitían a una larga agonía. La de alguien que se busca así mismo, que busca desde siempre y desde una nebulosa emerger como un sujeto deseado y deseante. Así se explica esa búsqueda obstinada de reconocimiento a través de los espejos.

BORGES Y LOS ESPEJOS

El tema de los espejos (junto al de los laberintos y los tigres) fue siempre una obsesión para Borges. Revisando sus “Obras Completas” (1974), nos encontramos con casi 50 menciones al espejo, obviando otros tantos como la del agua, acaso tan insistente como aquellos, los cristales, los mármoles, las superficies bruñidas y aquellos objetos que, por su material y condiciones, reflejan a otros y especialmente a los rostros humanos.

Sin duda esa reiteración sintomática era una búsqueda inconsciente e infatigable tendiente a develar su singular relación especular. Pero, en lugar de asumir esa imagen con la mímica gozosa que lo acompaña y la lógica complacencia lúdica en el control de la identificación, Borges se horrorizaba ante los espejos. Al respecto, decía: “Yo conocí de chico ese horror de una duplicación o multiplicación espectral de la realidad, pero ante los grandes espejos. Su infalible y continuo funcionamiento. Su persecución de mis actos. Su pantomima cósmica eran sobrenaturales. Entonces, desde que anochecía, uno de mis insistentes ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con los espejos. Yo sé que los vigilaba con inquietud. Temí unas veces que empezaran a divergir de la realidad; otras veces, desfigurando en ellos mi rostro por adversidades extrañas. He sabido que ese temor está otra vez prodigiosamente en el mundo. La Historia es harto simple y desagradable”.

En el poema “Los espejos”, él mismo se interroga:

Hoy, al cabo de tantos y perplejos

años de errar bajo la varia luna,

me pregunto qué azar de la fortuna

hizo que yo temiera los espejos.

Y en “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius”, sostiene: “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”. Y continúa diciendo: “Dios puso empeño en toda esa inasible arquitectura, que edifica la luz con la tersura del cristal y la sombra con el sueño. Dios ha creado las noches que se arman de sueños y las formas del espejo para que el hombre sienta que es reflejo y vanidad, por eso nos alarman los espejos”.

A él lo alarmaban por sentirse frustrado en su búsqueda. Al ser sorprendido por una duplicación o multiplicación de su unidad corporal, insistía “errando bajo la varia luna” en encontrar aquella relación que ha sido en él “de una inasible arquitectura”.

BORGES, EL MEMORIOSO

Hay hijos que nacen para el olvido de la historia traumática de sus padres, los cuales se sienten obligados a mirar de una manera casi compulsiva hacia el futuro para renegar del pasado. En cambio, Borges había nacido para la memoria de sus progenitores. Renegaba del presente y del futuro siendo su objetivo inverso: recuperar —decía— “el pasado cobarde y fatuo” de sus ilustres antepasados. De ahí que su expectativa familiar era represiva y no progresiva. Conservador y no revolucionario. No tendía al cambio ni a la diferenciación y todo se eternizaba dentro de él. Él era la memoria.

En el primer encuentro que tuve con Borges, al saber que era boliviano, me dio la bienvenida recitando los versos de Ricardo Jaimes Freyre:

Peregrina paloma imaginaria

que enardeces los últimos amores;

alma de luz, de música y de flores

peregrina paloma imaginaria

Vuele sobre la roca solitaria

(…) peregrina paloma imaginaria

Evocaba a Jaimes Freyre como el insigne profesor de la Universidad de Tucumán, como el gran poeta iniciador del modernismo y de la poesía libérrima. Me dijo que no tuvo el honor de conocerlo pero que había disfrutado de su obra, sobre todo del libro de poemas Castalia Bárbara.

También llamaba la atención su “memoria personal”, su capacidad individual de fijar, conservar, evocar y reconocer experiencias pasadas. Recuerdo como recitaba largos pasajes de la segunda parte de Don Quijote de La Mancha, para él la mejor parte, ya que allí está el verdadero argumento de la obra de Cervantes, donde además —según Borges— personajes y lectores somos cómplices de la locura de Don Quijote. Con idéntica pasión y fidelidad repetía también pasajes de la obra de Ruyard Kipling, especialmente, de aquel cuento titulado La puerta de cien pesares. Hacía lo mismo con los sonetos de Francisco Quevedo, con los poemas de Leopoldo Lugones y, desde luego, con el Martín Fierro de José Hernández.

Pero su memoria no sólo estaba poblada de literatura. De ella también surgían increíbles anécdotas de gauchos, de orilleros y saineteros que, por la nostalgia del destino épico de sus mayores, estaban impregnados de valor. No olvidemos que pese a su declarada satisfacción por pertenecer a la burguesía, su culto al valor lo llevó “a la veneración atolondrada de los hombres del hampa”.

No había duda, él era la memoria de los Borges; de la Biblioteca Nacional; de los arrabales porteños, de las casonas con patios, zaguanes y aljibes con perfume de jazmines y madreselvas. El era la memoria del Buenos Aires de ayer y hasta de la “mitología de un Buenos Aires, que jamás existió”, pero que él tramó y que entrañablemente amó:

(…) No nos une el amor sino el espanto;

Será por eso que la quiero tanto.

Más, la vida es corta! La eternidad del ser es imposible para nosotros, por suerte. Sin la muerte la vida sería intolerable. Ciertamente la muerte era una esperanza para Borges, él envidiaba a los que ya habían muerto porque estaban en paz; en cambio él –desde principios de la década del 80- se sentía un hombre cada vez más atormentado, con dolores físicos fuertes, sufría de insomnio, se desesperaba fácilmente y se sentía amenazado:

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir (…)

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo (…)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Aquel 14 de junio 1986, en Ginebra, lejos de Buenos Aires y a lado de una mujer a quién nunca amó, por fin encontró la muerte. ¡Por fin Borges!: Libre del sol y de la luna. Y del amor.

Entonces te dije: adiós Borges, escritor genial. Te conocí tan afable y sin soberbia. Llegaste íntegro hasta el final. Me quedan las ingeniosas estratagemas de tus cuentos, la hondura de tus versos y de tus ensayos y, sobre todo, el recuerdo de tus candorosos coloquios plenos de sabiduría y sencillez.

Muy a pesar tuyo, tu nombre no se escribió en el agua.

A Leonor Acevedo de Borges

Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos. Estoy hablando de algo ya remoto y perdido, los días de mi santo, los más antiguos. Yo recibía los regalos y yo pensaba que no era más que un chico y que no había hecho nada, absolutamente nada, para merecerlos. Por supuesto, nunca lo dije; la niñez es tímida. Desde entonces me has dado tantas cosas y son tantos los años y los recuerdos. Padre, Norah, los abuelos, tu memoria y en ella la memoria de los mayores –los patios, los esclavos, el aguatero, la carga de los húsares del Perú y el oprobio de Rosas– tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos, a las mañanas del Paso del Molino, de Ginebra y de Austin, las compartidas claridades y sombras, tu fresca ancianidad, tu amor a Dickens y a Eça de Queiroz, Madre, vos misma.

Aquí estamos hablando los dos, et tout le reste est littérature, como escribió, con excelente literatura, Verlaine.

Jorge Luis Borges.

 
 
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