Texto | Mauricio Belmonte Pijuán
Fotos | Gentileza de las familias
Visionarios | La unión y el respeto marcaron la pauta en la conducta de los inmigrantes alemanes que llegaron a Bolivia. Muchos de ellos conformaron algunas de las más sólidas empresas del país. Estas son sus historias...
Sentado en un banco de la plaza 24 de Septiembre, bajo la sombra refrescante de un cupesí, Georg Banzer Schwieterin —oficial del ejército alemán— descansaba satisfecho ante la fachada imponente de la Catedral. Él, junto al comerciante José Lino Tórrez, se encargaron de darle voz y canto a la principal iglesia de Santa Cruz. En 1901, cuando la capital cruceña tenía sus calles arenosas con horcones de cuchi y carretones de madera, el joven militar europeo importó las campanas catedralicias desde su Alemania natal.
Años más tarde, los residentes teutones registrarán otro acontecimiento importante en el occidente del país. Guillermo Killmann, empresario de Hamburgo y presidente de la colonia alemana en Bolivia, aprovechando el centenario de la fundación de la República, da alas a un sueño largamente esperado, obsequia el primer avión del Lloyd Aéreo Boliviano (LAB).
“Mi abuelo Guillermo llegó al país en 1907, a su arribo fundó la sucursal de la firma comercial E&W, Hard, que con el transcurso del tiempo se convertiría en Hansa Ltda. Una vez instalada esta empresa, se dedicó a llevar a cabo labores de beneficencia junto a la colonia alemana. Una de estas labores está registrada con la donación del avión ‘Junker’ al gobierno, iniciándose de esta manera la era de los vuelos comerciales en Bolivia”, señala orgulloso Fernando Killmann, ingeniero de minas, mientras sostiene con su mirada azul la foto color sepia de su abuelo.
Guillermo Killmann, buscó, de esta manera, consolidar un proyecto filantrópico en el interior de la colonia. La inmigración alemana en Bolivia cobra vigor durante las primeras décadas del siglo XX. La mayoría de los viajeros germánicos traía bajo el brazo el soporte de un título académico o simplemente un contrato de trabajo para emplearse en alguna de las muchas empresas comerciales establecidas con anterioridad en suelo boliviano. Ingenieros, empresarios, técnicos, políticos y mineros llegaban insuflando energía y esperanza en cada uno de los proyectos trazados. Entonces, la colectividad se organiza en el país receptor y sus miembros empiezan a crecer. “Es tan importante la presencia de los alemanes en Bolivia, que, incluso se encuentran personajes como Kurt Schumacher, alto dirigente del Partido Socialdemócrata Alemán, quién obtiene refugio en La Paz a finales de la década del 40. Él publicó en esta ciudad el semanario ‘Panorama visto desde el Illimani’, publicación que se distribuía en alemán a todos los residentes de la colonia”, explica Guillermo Wiener, escritor y cineasta de origen judío austriaco.
Una empresa boliviana con apellido alemán
En 1910, Jorge Stege, acompañado por su familia, decide incursionar en la elaboración artesanal de fiambres y embutidos. Para llevar a cabo este proyecto elige como sede de operaciones la ciudad de La Paz. “Los Stege instalan su primera cocina para elaborar embutidos en la Sede de Gobierno. En ese época, la demanda local no era muy grande, por lo tanto, también incursionan en la elaboración de conservas cárnicas. De esta manera forman su empresa antes que estalle el conflicto del Chaco. Durante la guerra, la solicitud de estos productos creció y esta familia alemana se vio ampliamente favorecida”, aclara Peter Bauer, gerente y actual propietario de la empresa Stege. Ya en 1940, la fábrica paceña de conservas y embutidos pasa a manos de los descendientes de Jorge. Éstos continuarán con la obra del padre hasta la década del 70, cuando la tercera generación de Stege decide retornar a la tierra de sus ancestros. La empresa de las famosas salchichas vienesas pasa a manos de otra familia germana, los Bauer.
En un rincón de la plaza de San Pedro, Peter Bauer recrea la mirada desde la amplia ventana de su despacho. De ojos claros y estampa rubicunda, Bauer recuerda con nostalgia el legado alemán. “Entre las dos guerras —Primera y Segunda Guerra Mundial— se instaló en Bolivia una colonia bastante pujante de alemanes. Estas personas formaron varias empresas de renombre como la Cervecería Boliviana Nacional, el Lloyd Aéreo Boliviano, La Papelera y Laboratorios INTI, entre otras. Lo interesante es que estas empresas siguen vigentes hasta hoy, lo cual permite evidenciar el aporte invalorable de la colectividad alemana en territorio boliviano” apunta el gerente de Stege.
Tanto en el occidente como en el oriente del país, los negocios alemanes lograron aplacar la crisis económica y subsistieron con valor a los duros reveses que infligía la realidad política y social de Bolivia. Los herederos de la Prusia magnánima nunca cedieron, menos bajaron los brazos. De esta forma, persistentes y laboriosos, muchos de los teutones afincados en Bolivia decidieron buscar las sendas del progreso y desarrollo colectivo como agradecimiento al país que los había recibido. Entre éstos se encontraba Guillermo Bauer.
“Mi padre llegó a Bolivia después de la Primera Guerra Mundial; lo primero que hizo, estando en un país nuevo y desconocido, fue buscar trabajo en las cálidas tierras del oriente. En un principio trabajó en la Casa Elsner, empresa importadora alemana reconocida sobre todo en Santa Cruz y Beni. En esa región, los alemanes trabajaban extrayendo caucho y posteriormente se dedicaron a la ganadería”, recuerda Peter. Si bien la mayoría de los residentes germanos tuvo la predisposición innata de organizar almacenes que importaban mercadería desde su país, un grupo minoritario apuntó hacía el terreno de la agricultura y la ganadería. “En la zona del Izozo, la familia Elsner arma una planta dedicada a la producción de carne y leche. Ellos procesaban los distintos derivados lácteos con tecnología de punta, prueba de ello, es la buena aceptación que tuvo la mantequilla en la ciudad de Santa Cruz. Con el transcurso del tiempo, Guillermo Bauer adquiere las acciones mayoritarias de las Estancias Elsner. De allí para adelante, trabajará exclusivamente en el procesamiento de carne, lo cual dará paso a la adquisición total de la fábrica Stege de La Paz en 1982”, complementa el empresario.
El laboratorio de la soberanía nacional
Seguramente el joven soldado Ernesto Schilling quedó, como muchos de sus compatriotas, desalentado al enterarse de la derrota alemana en la batalla del Marne, durante la Primera Guerra Mundial. Schilling contaba en esa época con 16 años, y sus manos temblorosas sostenían dubitativas el pesado y oscuro cuerpo del fusil asignado. A raíz de este conflicto, la hiperinflación se apoderó del país de Goethe, causando hambre y zozobra entre sus habitantes.
Los tiempos se tornaron difíciles y el camino forzoso de la migración obligó al adolescente a dejar su patria y probar fortuna al otro lado del Atlántico. Su destino lo aguardaba en las puertas de una droguería en la calle Comercio de La Paz, propiedad de un viejo farmacéutico alemán. “Papá trabajaba como droguista en este negocio, es decir, estudiaba y realizaba, a la vez, la importación y exportación de sustancias vegetales”, comenta Dieter, hijo de Ernesto y actual gerente general de Laboratorios INTI.
Una vez establecida la residencia, Ernesto Schilling inició una veloz y ascendente carrera dentro de la colectividad alemana. Por más de 25 años estuvo a cargo de la tesorería del Centro Cultural Alemán. Pero su proyecto de vida estaba centrado en consolidar su carrera, es así que un 15 de marzo de 1936, acuñando esfuerzo y sacrificio, Schilling logra edificar su propio laboratorio en la Sede de Gobierno.
Sin embargo, el destino y los conflictos bélicos se empeñaron en jugarle una mala pasada. En 1942, cuando Europa vivía nuevamente el drama de otra guerra mundial, Ernesto, junto a sus hijos, decide salir del país para buscar asilo en la ciudad de Buenos Aires. En ese entonces, el gobierno norteamericano había extendido a su par boliviano la orden de captura de todos los ciudadanos alemanes que residían en Bolivia. “Nosotros logramos escapar a Argentina justo un día antes de que capturen a mi padre. Estuvimos allí hasta el año 46”, sostiene nostálgico el doctor Dieter Schilling.
A su retorno, Ernesto ve conveniente innovar la industrialización en el campo de la farmacología nacional. Durante sus años de exilio en el exterior, había encontrado la forma de mejorar la competencia en la elaboración de medicamentos y generar —asimismo— mayor cantidad de empleos.
Ahora, con 70 años cumplidos, Laboratorios INTI distribuye puntualmente sus productos a lo largo y ancho del territorio nacional.
El “Tata” Von Bergen
Según la escritora mexicana Margo Glantz: “Toda inmigración conlleva una paradoja: la amenaza de la pérdida de las tradiciones y de valores propios para adaptarse a una cultura diferente; y la esperanza de continuar y evolucionar la cultura a la que se pertenece en un territorio ajeno al de nuestro nacimiento”.
Lo cierto es que Jhonny von Bergen —natural de Hamburgo— prefirió cambiar la brisa armoniosa del río Elba y la vistosidad de las campiñas verdes que lo rodean, por los llamativos y desconcertantes paisajes del altiplano boliviano. Él vino como representante de una firma comercial alemana dedicada a vender maquinaria pesada a los países limítrofes. Una vez acostumbrado al medio, Jhonny, movido por los atractivos que Bolivia le ofrecía, decide independizarse y monta, en 1930, su propia empresa exportadora de papel y cartón. Los primeros pasos se dieron utilizando paja brava como materia prima en la elaboración de las planchas de cartón gris. Von Bergen tenía todo controlado.
“Alrededor de 1933, mi padre ve una gran oportunidad al comprar una fábrica productora de cartón, con esta adquisición logra incrementar la producción papelera en el país. Posteriormente instalará máquinas off set, manufacturas de cuadernos, sobres y, finalmente, equipos para elaborar cartón corrugado. Así va naciendo La Papelera SA” explica Emilio von Bergen, heredero y actual gerente de la empresa.
A medida que se elaboraba papel y cartón, la relación laboral entre el empresario alemán y sus operarios fluía afable y respetuosa. “Fue sensible y solidario con los trabajadores, éstos lo llamaban ‘tata’ cariñosamente”, agrega Emilio.
Los años siguieron su curso y la fábrica adquirió prestigio en todos los ámbitos comerciales bolivianos. Pero la principal industria de papel tuvo que sostener un reto más: lidiar con la mano negra del contrabando. De esta forma se decide reorganizar la empresa enviando la producción de material escolar y de escritorio a la planta Madepa de Santa Cruz y la elaboración de envases plásticos a la ciudad de Cochabamba. Además, La Papelera SA instaló oficinas de representación en Perú.
Con todo, Jhonny von Bergen pudo cumplir dos sueños añorados: levantar un verdadero imperio de papel y cartón, y consolidar un hogar en Bolivia.
Árbitro, cineasta y funcionario
“Danke Don Alfonso”, exclama satisfecho, con un acento frío y carrasposo, el diplomático alemán, a tiempo de cerrar la puerta del despacho. Adentro, resguardado por anaqueles atestados de libros y un amplio escritorio colmado de papeles, Alfonso Seligmann no encuentra reposo ante el aluvión de llamadas telefónicas y continúa sumergido en la rutina habitual de sus funciones. Hace 30 años que trabaja en la Embajada alemana como relacionista público, labor de la que se enorgullece cada vez que tiene la oportunidad de recordarla. “Tuve la suerte de emplearme en esta misión diplomática el año 76, después de haber culminado mis cursos de especialización en cinematografía y televisión en la República Federal de Alemania”, explica Alfonso.
Cuidadoso y detallista, Seligmann no descuida en ningún momento la minucia en el relato. “A mi regreso, y antes de ingresar a la Embajada, pude trabajar con los padres salesianos en la construcción del Cine Teatro 16 de julio. Posteriormente, recibí el Premio Nacional ‘Llama de Plata’ por haber fundado, junto al padre Renzo Cotta, el Festival Cinematográfico Cóndor de Plata”, recuerda.
Pero la vida de Alfonso no fue sencilla. Desde un inicio, tuvo que batírselas para poder sobrellevar la tristeza de sus años infantiles. En 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, la familia Seligmann se ve obligada a dejar Alemania por tener ascendencia judía. Bajo estas circunstancias, los padres de Alfonso pierden su hogar y la prospera fábrica de sombreros que tenían en Berlín. “Mis padres zarparon en el último barco que salió de Alemania, fueron momentos difíciles, ya que mi madre rescató a mi papá de un campo de concentración. Ellos perdieron la fábrica de sombreros y decidieron, en el acto, abandonar su patria para llegar a suelo chileno. Desde allí se transportaron en ferrocarril hasta La Paz, para luego viajar a Cochabamba”, recuerda Seligmann.
Alfonso nació en un caserón humilde de la calle Baptista en Cochabamba. Creció bajo la mirada atenta y abnegada de su madre —su padre lo abandonó cuando él tenía un año— y pudo culminar su carrera en la tierra de sus antepasados. Allí supo combinar el estudio con el arbitraje de fútbol.
Más tarde presidiría el Colegio de Árbitros de La Paz. Hoy, en un lugar espacioso de su sala, exhibe orgulloso el diploma con ‘la Cruz al mérito del gobierno y pueblo alemán’, expedido por los favores prestados a esa nación desde suelo boliviano.