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Domingo 04 de Diciembre 2005 | Año VI, Número 341

 
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Murillo, la plaza de los fantasmas


Texto

| Rafael Sagárnaga
Fotos | Vassil Anastasov

 

 

Por la emblemática plaza transitan los fantasmas de la

intriga | o los de los tiranos que convirtieron Palacio en

un antro. En la Plaza se anunciaron victorias y alivios y

se vislumbraron los más preclaros ideales de patria y

libertad

 


Los esoteristas dicen que los fantasmas son las más intensas emociones humanas convertidas en ecos y reflejos eternos de voces, imágenes y sombras. De ser así, esas vibraciones colman esta plaza desde hace por lo menos 447 años. Como ha dicho Jaime Saenz, “cada centímetro de sus aceras y calles, cada ventana y cada puerta de los edificios que la circundan, cada árbol y cada poste, en sus cuatro costados, conocen la sangre que los paceños han vertido...” (1)

Se cuenta que el alarife Paniagua diseñó por primera vez la actual plaza Murillo en 1558, por encargo del corregidor Juan Ignacio de Aranda. Se llamaba solamente Plaza Mayor y en ella se desarrollaban los acontecimientos de mayor trascendencia (2). Así gran parte de su vibrante historia se ha escrito a sangre y fuego.

El año 1614 el estallido de un polvorín en lo que hoy es la calle Sucre desató una reyerta entre bandos españoles que se saldó con decenas de muertos. Algunos de ellos fueron victimados dentro del templo (3) en lo que hoy es la catedral. Poco después empezaron las rebeliones indígenas. En 1661, en lo que ahora es el Palacio de Gobierno, fue asesinado el corregidor Cristóbal de Canedo. En 1781 se realizaron en sus patios innumerables ejecuciones por ajustes de cuentas o incipientes sublevaciones.

El 29 de enero de 1810 en el centro de la plaza, después de frustrarse la arremetida de los patriotas, se balancearon, colgando de la horca, los cuerpos de Pedro Domingo Murillo, Juan Bautista Sagárnaga, Gregorio Lanza, Antonio Figueroa y los demás protomártires.

Poco a poco las guerras civiles de la historia boliviana le aportaron fantasmas a la plaza. A partir de la propia gesta de Murillo y sus camaradas, durante el siglo XIX, fue atrincherada en siete ocasiones (1809, 1811, 1814, 1862, 1865, 1871 y 1898).

Cuando ardió el Palacio

En Palacio de Gobierno a los crímenes de los últimos realistas les sucedieron los de los primeros tiranos. Por ejemplo, en 1865 el presidente Belzu perecía a manos de Melgarejo y en 1872 Federico Lafaye mató en el mismo sitio al presidente Agustín Morales. Otros militares —Batista, Calvo y Salinas— cayeron en la asonada del 20 de marzo de 1875, cuando la Casa de Gobierno fue quemada íntegramente. (2)

El 15 de diciembre de 1917, en medio de la agravada pugna entre liberales y republicanos, una movilización enorme y vociferante sitió la entrada a la plaza. Quería ser testigo de la interpelación al ex presidente Montes, pero era contenida por tropas militares en las bocacalles. De pronto el cuestionado caudillo liberal abandonó palacio y su carruaje enfiló hacia la calle Ballivián. Una parte de la muchedumbre le abrió paso, otra optó por bloquearlo. Empezaron a caer pedrones y se multiplicaron las voces airadas. Poco después, alguien salió a los balcones de la sede del poder y dio la orden de disparar. La arremetida militar desató tanto pánico como ira. Decenas de ciudadanos fueron heridos inicialmente con culatazos, luego con bayonetas y finalmente con el plomo de los disparos. Tras una sinfonía aterradora de gritos y explosiones la jornada concluyó en una orgía de muerte y sangre (2).

Nunca se supo cuántas decenas de ciudadanos quedaron sin vida entre las calles Colón, Illimani y Ballivián. Sus cadáveres desaparecieron misteriosamente. Se murmuró que por la noche, el Palacio Legislativo era mudo testigo de entierros clandestinos. (2)

Ha muerto el poeta

En 1930 gobernaba Hernando Siles Reyes, la propuesta republicana cosechaba su mayor rechazo. La mañana de un domingo de abril un grupo de estudiantes realizó una manifestación reacia ante las amenazas de las fuerzas policiales. Entonces un disparo de los uniformados mató al poeta Eduardo Román Paz. Luego, cientos de personas, de toda clase social, entre gritos de protesta, maldiciones y cantos patrióticos pasearon el cadáver por las calles.

Esa tarde se anunció la prórroga del mandato de Siles, poco después una multitud rodeó la plaza. Pedía la dimisión del Presidente y justicia para Román. Cuando el vocerío se intensificaba y los oradores populares se aprestaban a discursar, desde los tejados del frente del Congreso emergieron ametralladoras. Se desató el mortífero tableteo mientras surgió un asesino que disparaba otra arma automática desde el “side car” de una motocicleta.

El 1 de julio de 1931 la plaza se llenó de gritos de guerra. El presidente Daniel Salamanaca pedía “pisar fuerte en el Chaco”. Decenas de miles de jóvenes se lanzaron a una guerra fratricida. Quince años más tarde, en los albores del nacionalismo, varios de ellos se sumaron a los mártires que rondan por esta singular hectárea. Entre julio y septiembre de 1946 otros 15 crímenes políticos se produjeron entre las cuatro trágicas esquinas.


El lenguaje de las balas

Las protestas universitarias, agitadas por una poderosa conspiración, demandaban frente al Palacio un gobierno civil, las respuestas eran disparos. Entre las 7 y las 8 de la noche del 10 de julio de 1946 una bala mata al estudiante de apellido Camberos. La tarde del 19 cae fatalmente herida, portando una bandera boliviana, la joven Arminda Juana. Dos días después, por la mañana, multitudes rodean la plaza, el palacio y otros edificios son virtuales fortalezas militares.

Más tarde suenan cientos de disparos, decenas de militares se rebelan contra el Palacio y, cerca del mediodía, desde un balcón surge una bandera blanca. Cuando todo parecía concluir, una ráfaga disparada desde el interior mata al diputado Maximiliano Ortiz, quien encabezaba a los mediadores. La reacción se precipita incontenible. A las 14:00 todos los ataques se concentran en el Palacio de Gobierno, el fuego caótico causa más muertos. Adentro el presidente Villarroel pide a sus subordinados no disparar. (4)

A las 15.00 del 21 de julio de 1946 los cuerpos de Gualberto Villarroel, Luis Uría de la Oliva, Waldo Ballivián y Roberto Hinojosa cuelgan de los faroles de la plaza. Durante la hora previa recibieron disparos, cuchillazos, golpes y finalmente fueron arrojados desde los balcones de palacio que dan a la calle Ayacucho. Ajusticiamientos similares se produjeron el 26 de septiembre contra otros tres ex colaboradores de Villarroel: Oblitas, Eguino y Escobar. La turba azuzada con discursos comunistoides consolidó la venganza de la rosca minero-feudal.

Las tanquetas

Cuatro años y nueve meses más tarde otra turba se acercó a la plaza para tomar Palacio de Gobierno, esta vez coreaba el nombre de Villarroel. El mismo 9 de abril, obreros y activistas del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) asaltaron la plaza Murillo. Dos días más tarde la Revolución Nacional consumaba su victoria (5). Fue tan cruenta la lucha que milicianos y policías reemplazaron a la tradicional guardia del regimiento Colorados durante meses en Palacio.

Durante los 12 años del régimen emenerista, la plaza vio cambiar de a poco las marchas de mineros y campesinos armados por las reyertas intestinas. Paulatinamente también los militares regresaban a la casa de gobierno.

Sintió además una represión inmisericorde contra los opositores al régimen. En abril de 1959, en el cuartel Sucre, murieron masacrados 18 líderes de Falange Socialista Boliviana (FSB), el principal partido opositor, al fracasar su asonada (4).

El 6 de agosto de 1964, la plaza Murillo fue escenario del que parecía ser el último discurso presidencial de Víctor Paz Estenssoro. Tres meses más tarde fue tomada por algunas tanquetas y tropas leales al vicepresidente René Barrientos. Empezó lo que sería una constante apenas interrumpida durante 18 años: en la Plaza y especialmente en Palacio predominaban los uniformados, mientras el Congreso permanecía cerrado. De vez en cuando, una tanqueta en plaza Murillo, a veces más, anunciaba cambios en la presidencia.

Y fueron tanquetas del regimiento Tarapacá las que el 21 de agosto de 1971 desplazaron al general izquierdista Juan José Torres. En el entorno de la plaza cayeron estudiantes y sindicalistas. Por encima pasaron los cazas Mustang que vomitaron metralla sobre la plaza del estadio y el cerro Laikakota. Nuevamente la guardia de los colorados, el único regimiento leal a Torres, fue reemplazada, esta vez por los alienados “rangers” de Montero y el regimiento Castrillo. El coronel Banzer se presentó en los balcones. (6)

Once intentos de golpes de Estado por parte de sus camaradas resistió Banzer. La Plaza volvió a sentirtanquetas en contra o a favor. Durante siete años no hubo crímenes ni sangre en el entorno de los Palacios. Sin embargo las órdenes de muerte viajaban hacia los barrios paceños, el interior e incluso el exterior del país partiendo desde el despacho presidencial.

En 1977 cayó Banzer, pero no cesó en su intento de volver, por lo menos para no ser juzgado. Mes tras mes la democracia intentaba restaurarse como un enfermo convaleciente. Desde el Congreso hacia la plaza llegaba otra vez el eco de grandes oradores como Marcelo Quiroga Santa Cruz o Wálter Guevara Arce. En 1979 la sangre volvió a la plaza como cobrando una factura acumulada.

“¡Fuera asesinos!”

El renovado armamento con el que durante la dictadura se potenciaron las FFAA “para defender la patria” se estrenó en las calles paceñas a las 02:30 de la madrugada del 1 de noviembre. Ya no eran algunas tanquetas, sino decenas de pesados tanques los que se apostaron contra el Congreso. Por encima de la plaza sobrevolaban los jet caza T-33 y un helicóptero con francotiradores. En la calles Yanacocha y Ayacucho los gritos decían “¡fuera asesinos! ¡militares a las fronteras!” (7). Allí, en las esquinas de la plaza, empezaron a caer los primeros de la lista de 500 muertos que se llevó el coronel Natush en su aborrecida gestión de 15 días.

Nueve meses más tarde, la cocaína parió otro tirano. Luis García Meza perfeccionó el ensayo de Natush. Los tanques volvieron reiteradamente a la plaza. Las órdenes de muerte se multiplicaron en manos nazis y singulares neonazis criollos. El Congreso y el juicio a Banzer quedaron paralizados. Sin embargo el imitador de tiranos apenas pudo sostenerse algo más de un año. El 10 de octubre de 1982 se inició la era democrática. Durante casi 20 años los vaivenes del ejercicio de las libertades ciudadanas parecieron conjurar la llegada de más fantasmas a la plaza. Pero febrero y octubre de 2003 sumaron todos los ingredientes de las recurrentes jornadas de cuatro siglos y medio. Tanques, tropas enfrentadas, multitudes vociferantes y francotiradores se encargaron de explicar otro aplazo de la historia.

Sin duda, esta amalgama de voluntades, ideas y sentimientos cuajados en sangre y llamaradas trae en el reverso otras historias. Por la plaza transitan los fantasmas de la intriga, o los de los tiranos que convirtieron palacio en un antro de bacanales. En la plaza se anunciaron victorias y alivios. Se vislumbraron los más preclaros ideales de patria y libertad. Aquí se anunció en 1943 a aymaras y quechuas el fin del pongueaje y aquí llegó triunfante la marcha por la Dignidad y la Soberanía de los indígenas del oriente en 1991. Aquí, en medio de vítores y guirnaldas, hace 180 años, llegó, por ese umbral de la calle Comercio, el coloso llamado Simón Bolívar.

Son incontables los fantasmas de la plaza, y muy posiblemente nunca serán suficientes. Habrán nuevas ideas y conflictos, cambiarán las formas de ornamentos y edificios, pero, como dijo Saenz, “hay algo que no ha variado ni podrá variar jamás y es el espíritu por el que este sitio de la patria constituye, hoy y siempre, el símbolo más alto de la bolivianidad” (1).

(1) Imágenes Paceñas – Jaime Saenz

(2)Las calles de La Paz - Humberto Viscarra Monje

(3) Tradiciones y Anécdotas - Elías Sallez

(4) El presidente colgado – Augusto Céspedes

(5) Historia de Bolivia – José, Teresa y Carlos Mesa

(6) Culminación del Modelo Nacional Revoluconario – Issac Sandoval

(7) La Masacre de Todos Santos – Asamblea de DDHH

Luis Verástegui.

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