Texto | Wilson García Mérida
Fotos | Cortesía Fundación Arnoldo Schwimmer (FAS)
TESTIMONIO | Esta es la historia de una mujer trashumante, sin patria ni fronteras como el arte y su música, que nació en Cochabamba y entregó a este pueblo todas sus energías e incluso su patrimonio familiar, renunciando a otras patrias, a otras culturas
La imagen de aquella niña nacida en Cochabamba —“probablemente de dos años” dice ella— jugando con un títere de trapo al que intenta darle vida proyectando en el juguete la intensa luz de su mirada tierna, era como el augurio de una existencia que estaba destinada para servir al arte, en ese sentido de humildad, entrega y renunciamiento que implica ser artista de cuerpo y alma.
Elizabeth Schwimmer no es solamente el nombre de una de las más brillantes pianistas que enaltece a la cultura boliviana en otras latitudes del planeta, sino es además un símbolo de universalidad y de humanismo puro en esta diversa cultura nuestra, más allá de la sangre, muy lejos de las identidades parciales y los nacionalismos efímeros. Sí, nació en Cochabamba, es boliviana y ama serlo, como ama a la humanidad que le rodea, como ama su arte; pero sus orígenes latentes y su memoria trashumante nacieron en Hungría, fueron confinados a la Siberia, se fugaron a Alemania y Austria, tocaron México y acariciaron Londres, sin ir lejos. Por eso, además de artista, Elizabeth es una auténtica humanista y una inclaudicable internacionalista por fuerza de la profunda historia que lleva en sus venas. De esa historia que hemos tenido el privilegio de conocer en su propio testimonio:
“Mi vida está marcada por la diáspora desde que mi abuelo, el húngaro Ernö Schwimmer, nacido en Temesvar, hoy Timisoara, fue tomado prisionero por el ejército ruso durante la Primera Guerra Mundial y lo confinaron a Irkutsk, Siberia, para cumplir trabajos forzados. Mi abuelo Ernö era doctor en Química, estudió en la Universidad de Zurich, Suiza, y en virtud a ello los rusos le obligaron a trabajar en una fábrica de tinta para escribir. Fue allí donde conoció a mi abuela Raquel Gamza, nacida en Pinsk, en un ‘schtetel’ ahora en la región de Bielorrusia. (Los ‘schtetel’ son pequeñas aldeas judías que se encontraban en la Europa del Este, se ve una en ‘El violinista en el tejado’). Ella había emigrado a Siberia junto a su hermana Lisa para estudiar Química. Mi abuela trabajaba en la misma fábrica que mi abuelo, se conocieron y se casaron. Tuvieron dos hijos, mi tío Arnoldo y mi padre Alejandro, que nacieron en Irkutsk”.
Los cuatro Schwimmer, ya asentados en la Rusia soviética, vivieron las purgas bolcheviques después de la muerte de Lenin, fueron testigos junto a todo el pueblo soviético del exilio de Trostsky y soportaron durante 10 años el fortalecimiento monstruoso del estalinismo, del que huyeron hacia Alemania y Austria con ayuda de la Cruz Roja Internacional. En la región germana fueron sorprendidos por la inminencia del nazismo y otra vez el éxodo forzado. Fue cuando entonces América comenzaba a ser vista como la tierra prometida:
“Mis abuelos, mi padre y mi tío Arnoldo tomaron el penúltimo barco que salió de Italia con refugiados hacia Sudamérica, el ‘Virgilio’. Llegaron a Arica e inmediatamente tomaron el tren a La Paz, Bolivia, donde las autoridades enviaron a los nuevos inmigrantes a Chulumani, en Los Yungas. Vivieron unos meses allí hasta lograr trasladarse a Cochabamba”.
Fue así que la familia Schwimmer, Ernö y Raquel, más sus hijos adolescentes Arnoldo y Alejandro, llegaron a Cochabamba en 1940, sentaron aquí sus reales y formaron parte vital de la compulsión cosmopolita que esta ciudad desplegaba en aquellos años dorados. “Una vez instalados, mis abuelos abrieron un hotel, el ‘Hotel Esplanada’, en la acera oeste de la plaza 14 de Septiembre, exactamente donde ahora se encuentran las oficinas de la Alcaldía Municipal”.
El Hotel de los Schwimmer funcionaba en la planta alta de aquel edificio; era un punto de encuentro de europeos inmigrados, ya que además en la planta baja, “si mal no recuerdo” —dice Elizabeth—, “era la sede del Rotary Club”.
AMORES QUÍMICAMENTE PUROS
Alejandro Schwimmer, padre de Elizabeth, tenía 13 años cuando llegó a Cochabamba. Salió bachiller del Instituto Americano hablando alemán, inglés y español. Hizo la carrera de Bioquímica y Farmacia en la Universidad Mayor de San Simón, siguiendo los pasos del patriarca Ernö, en una gran época para la universidad cochabambina que se preciaba de tener catedráticos de altísimo nivel, en gran parte inmigrantes europeos que huyeron de la Segunda Guerra Mundial.
Al graduarse como doctor en Química, Alejandro Schwimmer se asoció con dos compañeros de estudios, Demetrio Pessoa y Gaby Alcocer, instalando el “Laboratorio Cochabamba” que funcionó en la calle Perú, hoy avenida Heroínas.
El doctor Schwimmer se enamoró de una hermosa cruceña llamada Raquel, la otra Raquel. Hay dos Raqueles en la vida de Elizabeth Schwimmer: la cruceña Raquel Carrillo, su madre, y la rusa Raquel Gamza, su abuela. “No creo que mi padre se haya enamorado de mi madre sólo por el nombre, que sin duda tenía una fuerza afectiva importante para él” —dice—. “Lo cierto que mi madre era muy bella en todo sentido. Trabajaba como secretaria de la empresa maderera sueca ‘Johansson’ que funcionaba en la misma calle Perú, cerca del laboratorio de papá. Ella era muy sentimental y sensible, fue huérfana de padre, pues éste murió en la Guerra del Chaco pocos meses antes que ella naciera, con tres hermanos y una joven madre, mi abuela Juana Justiniano de Carrillo, que enviudando a sus 28 años se vino de Santa Cruz a Cochabamba para educar a sus hijos. Como ven, también por parte materna la diáspora me persigue”.
Raquel Carrillo de Schwimmer, sensible y sentimental como era, llevaba música latiendo en el corazón e inculcó en sus cinco hijos, todos nacidos en Cochabamba, el aprendizaje de algún instrumento; y en el caso de Elizabeth el cultivo de aquel arte pasó la prueba de fuego de la trasgresión:
“Mi madre tocaba acordeón, creo yo bastante bien. Guardaba su acordeón bajo llave en un mueble antiguo en el cuarto llamado ‘El Escritorio’ de nuestra casa en la calle Junín. Un día descubrí dónde ocultaba la llave y saqué el acordeón. Debo haber tenido yo unos cinco o seis años. Me puse a tocar ‘de oído’; lo hacía todos los días cuando mis padres estaban fuera de la casa, hasta que me descubrieron. Pero no hubo castigo sino que, a los ocho años, un día llego de la escuela y encuentro un piano en la sala de la casa. Ni me consultaron, sólo hicieron una sabia decisión y al día siguiente empecé mis clases con Norah Gil, alumna de Eduardo Laredo que era amigo y vecino nuestro en la calle Junín. Norah Gil se fue a Argentina y cambié mis clases con María D’Angelo de Gómez, a quién debo darle infinitas gracias, pues ella es quien me condujo desde el principio al amor por la música”.
Maria D’Angelo era una maestra italiana “bastante dura”, según la recuerda su precoz alumna. Fue con ella que aprendió a ejecutar las complicadas partituras de Chopin y Liszt. “Para meterte a esa edad con la música de semejantes genios había que ser muy valiente y estudiar mucho”.
OTRA VEZ EL ÉXODO
No había cumplido Elizabeth aún sus 12 años, cuando el fantasma de la diáspora rondó otra vez sobre el hogar de los Schwimmer. Era 1971, Bolivia ingresaba en un periodo de inestabilidad política, de incertidumbre y de miedo colectivo, de querer irse:
“Inicialmente mis padres deciden irse a Australia; pero un mes antes de partir cambia el plan, lo piensan mejor y emigramos a México. Primero vivimos en Cuernavaca, Estado de Morelos; sin embargo mi padre prefiere una ciudad más grande y de mayor beneficio para sus hijos, y nos mudamos a Guadalajara, donde el resto de mi familia vive y trabaja allá hasta estos días”.
Era necesario dar continuidad a su formación artística iniciada en Cochabamba con las maestras Gil y D’Angelo:
“Durante mis años de preparatoria ingresé a la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara y logré graduarme al mismo tiempo como Instructora de Música. Los tres años en esa Universidad fueron determinantes para decidir que ésa era la carrera que quería seguir. Desde los 14 años formé parte de grupos de cámara, fui parte de dos dúos importantísimos en esa época: uno con Rosalía Solís, saxofonista que me introdujo a la música contemporánea y al jazz, dimos giras innumerables por varios estados de México; y el otro con el pianista Pablo Jiménez, con quien fuimos contratados por la Secretaría de Bellas Artes del Estado de Jalisco para tocar conciertos en todos los pueblitos posibles. La Secretaría de Bellas Artes enviaba un piano a los pueblos unas horas antes de nuestra llegada y tocábamos repertorio a cuatro manos. Pablo murió en un accidente de tránsito cuando yo cursaba mi primer año de estudios en Texas, y por muchos años me fue imposible volver a tocar a cuatro manos. Rosalía Solís se fue a estudiar jazz a Boston y se convirtió en bailarina de tap, dejó el saxofón y por muchos años no supimos una de la otra hasta que hace cinco años apareció frente a la puerta de mi casa, aquí en Cochabamba, ella estaba de gira con su familia y su grupo en varios países de Latinoamérica; pero no logró concertar una actuación en Bolivia. Fue un gran encuentro de todos modos”.
Sin embargo en Cochabamba pudimos conocer a otros condiscípulos mexicanos de Schwimmer, asociados en el grupo de música medieval “Ars Antiqua”, de agradable memoria para los melómanos cochabambinos. “Ese grupo lo formó Eduardo Arámbula mientras yo estudiaba en Estados Unidos” —recuerda—. “Me asocié a ellos como intérprete y como co-productora. Tocaba el clavecín y el arpa”.
Apenas un mes después de graduarse en la Universidad de Guadalajara, sin más pérdida de tiempo, Elizabeth partió a Fort Worth, Texas, en la Christian University, para especializarse en piano; y luego obtiene una maestría dentro la misma especialidad en el Hartt School of Music, de la Universidad de Hartford, Connecticut. A partir de entonces, fiel a su herencia trashumante, la artista da una vuelta al mundo en 80 acordes:
“Estuve en Viena gracias a una beca durante mi tercer año de universidad en Texas; y allí fue cuando decidí que probaría vivir en diferentes culturas. Después estuve un medio año en Puerto Rico y otro medio año en Aruba, Antillas Holandesas. En 1987 viví un año en Londres para finalmente retornar sin haberlo planeado a Bolivia, en 1989”.
BUSCANDO LA CASA DEL CANTO
Debió volver a Londres al terminar su contrato con la Fundación Patiño, en 1991; pero dice en su fuero interno: “Creo que puedo hacer algo más por mi país; sus niños y jóvenes tienen potenciales que no están desarrollándose adecuadamente, y eso no puede ser”.
Bolivia es un país donde vivir del arte resulta un tirarse al aire sin colchón donde caer. “Fue entonces que se me ocurrió abrir un Café Concert al que llamé Cuicacalli, que lengua azteca significa la Casa del Canto. Fue una época muy linda, era un café muy artístico donde había buena música, teatro, exposiciones itinerantes de arte y los miércoles proyecciones de Cine de Arte. Además servíamos fondués y algunos platos mexicanos. Después de esos dos años, acabé muy cansada y decidí cerrarlo”.
Durante los tres años siguientes consigue una plaza de profesora de música en el Colegio Calvert y al cabo de ese tiempo el destino le pone frente a una herencia familiar socializada que se llamará Fundación Arnoldo Schwimmer, la FAS, que tanto hizo por el arte y la cultura de Bolivia en los últimos 10 años:
“Durante mi último año en el Calvert, mi tío Arnoldo, que como mi padre era también químico, petroquímico y físico-matemático, dueño de un laboratorio de reactivos químicos en Santiago, muere en esa ciudad y deja un testamento donde indica que su dinero va para dos fundaciones, una en Bolivia y otra en Chile. Ambas debían ser educativas y con una duración de máximo de 10 años. Así es como yo me hago cargo de la Fundación que lleva el nombre de mi tío y este año justo, en el 2006, se cumplieron los 10 años del Testamento”.
La familia Schwimmer es hoy mayoritariamente mexicana. “Soy la única que me quedé en Bolivia y si lo hice fue porque sentí que me tenía que quedar”, dice esta singular cochabambina sin ocultar en su luminosa mirada unas ganas naturales de irse, ahora quizá más que antes.
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