Volver a Los Tiempos
Edición Semanal
ACTUALIDAD
Cochabamba - Bolivia
Revista de Domingo Para Toda La Familia
Domingo, 16 de julio de 2006
CONTENIDO
Actualidad
Illimani El guardián de La Paz
Potrerillo El cielo de las serpientes
Las Madrinas del Chaco o el amor en la guerra
Entrevista
Edmundo Paz Soldán: Pasión por la literatura
Tendencias
Ese toque italiano en las construcciones bolivianas
Magia hindú
Para aliviar la gripe
Paparazzi
Quince años:Vanesa Canelas Somaré
Matrimonio:Valdés Morales & Arze Barrenechea
Bodas de Oro: René Urquidi & Horty Blanco de Urquidi

Staff

PRESIDENTE EJECUTIVO
| Gonzalo Canelas

CONSEJO EDITORIAL
| Fernando Canelas
| Alfonso Canelas

DIRECTORA EDITORIAL
| Maria Reneé Canelas


EDITORA DE ACTUALIDAD
| Mónica Oblitas

EDITORA DE TENDENCIAS
| Mónica Luján

EDITOR DE HABITAR
| Leonardo Terán



Galería de Fotos Miss Bolivia 2008
Elección Miss Universo 2008

Naturaleza

Potrerillo El cielo de las serpientes

Hay más de 300 hectáreas protegidas para la investigación científica | Más de un centenar de serpientes son la atracción principal. es un mariposario natural. en la zona se une la vegetación de tipo amazónico y la del cerrado. Eso sorprende a los naturalistas, que encuentran también fauna de cada uno de esos sistemas. Ahí fueron llevados los perezosos de la plaza y de los barrios, que sufrían de malos tratos. Hasta ese lugar llegó el autor de una teoría de la evolución de las hormigas

El hombre tiene un sueño, pero no sabe que empezará a realizarse después de su muerte. Lo único que quiere es estar a cargo de un pedazo de la tierra prometida. Desde su natal Italia llegó a Bolivia y consiguió un lugar a 46 kilómetros de Santa Cruz. Más de 300 hectáreas que tienen el carácter de reserva están protegidas por al menos 50 años. Para llegar a eso, hacía falta una personalidad como la de Paolo Bettella.

Julieta Ledezma, directora del departamento de Entomología del Museo Noel Kempff, lo recuerda como un naturalista enamorado de los insectos y de los reptiles: "Él promovió que existan departamentos de entomología y herpetología en el Museo. Incentivó a la gente para crear y fortalecer este centro, a mediados de los años 80. Fue uno de los fundadores de esta institución". Paolo fue compadre del traductor y catedrático Claudio Tygier, que guarda las fechas como si todo hubiera pasado ayer. "Murió en febrero de 1999. Nació el 28 de junio de 1956, o sea que murió a los 43 años. Sabía clasificar especies y, aunque no estudió formalmente, sus conocimientos eran más amplios que los de muchos especialistas", cuenta.

Con su hermano (Tiziano), otro bioquímico italiano, y Antonio Bonasso adquirieron la propiedad en Potrerillo del Güendá. Ahí recibieron a Phil Ward, uno de los cinco científicos más importantes a escala mundial en el estudio de las hormigas (Ward es autor de una teoría de la evolución de esta especie). "Me contó que en el Museo de Historia Natural de Venecia hay una mosca llamada Bettella. Paolo clasificó una nueva especie de mosca", recuerda Tygier.

La increíble muerte de Paolo fue narrada por Antonio Bonasso, su amigo de la infancia. Que se conocieran a los cinco años de edad (en Padova, a 35 kilómetros de Venecia) explica por qué Bonasso, cansado de la Italia corrupta que exigía contactos políticos para hacer sus negocios, abandonó todo y siguió a su amigo.

Con la propiedad ya comprada, los sueños empezaron a tomar forma. Ambos viajaron a Madidi y, al retornar, una persistente fiebre comenzó a debilitar a Paolo. Meses antes, Paolo había sido mordido por una serpiente, así que su organismo no estaba del todo fuerte. Los médicos nunca supieron de qué padecía. Después de varios días, Paolo falleció y Bonasso empezó a sentir la misma fiebre. Asustados, los amigos lo llevaron a Brasil, donde le diagnosticaron paludismo. "No hay una versión oficial de la muerte de Paolo, pero si yo tuve la misma fiebre, se puede suponer que padecía lo mismo que yo". Después de tantas mordidas de serpiente, este hombre enamorado de Latinoamérica, del baile y de la naturaleza, murió a raíz de la picadura de un mosquito.

CERRADO Y AMAZONAS

El continuador de este proyecto (Antonio Bonasso) pasa varios días a la semana en este lugar poco accesible. Sólo un vehículo con doble tracción es capaz de cruzar los riachuelos y el hermoso río Güendá. Por la zona de Terebinto, los árboles son algo bajos y están torcidos. Es la vegetación típica del cerrado; a pocos kilómetros, el monte gana altura y el paisaje es ya típicamente amazónico. Suaves ondulaciones, pampas y al fondo de todo, el imponente Amboró. Cada uno de estos sistemas, que confluyen en la zona, tiene sus propios animales, plantas e insectos. Esto maravilla a los botánicos y a los entomólogos. Por eso, el interés de Bonasso es el turismo científico. Con materiales del lugar ha construido cuartos rústicos donde pueden trabajar los observadores. El baño luce impecable y las hamacas son perfectas para planear todo lo que se puede hacer en este sitio.

A unos 50 metros de la casa principal hay un galpón que luce rústico porque no se han talado árboles para conseguir las vigas de la estructura; se aprovecharon los árboles caídos. Hay decenas de bañeras plásticas con ratas blancas. Es el alimento de las serpientes. Sobre las bañeras hay una malla que contiene el alimento, que ellas mismas se sirven; una botella invertida con una bolilla de acero que las ratas empujan les permite beber. Más de un centenar de serpientes espera, cada dos semanas, su alimento. No es posible soltar al roedor dentro de un ambiente donde hay varios reptiles. Es posible que alguno de ellos devore dos, y deje sin comida al otro. Para evitarlo y tener un mejor control, se ha construido lo que puede llamarse el restaurante de las víboras. Consiste en una serie de fosos de cemento de un metro de lado, que permite a los cuidadores saber cuándo y cuánto comió cada ejemplar.

Quizá la menos peligrosa es una boa constrictor, más conocida como boyé. Mide casi dos metros y ni bien se la posa en el suelo, comienza a reptar buscando el refugio del bosque, donde tantas veces dio a sus víctimas un abrazo mortal. Le falta un ojo. Cuando la trajeron, ya estaba así. Es frecuente que lleguen al lugar lastimadas o heridas. Aquí se las cura, lo cual es un proceso bastante peligroso, porque el animal se enfurece por el dolor de las curaciones.

No le cuesta mucho enfurecerse a la Crotalus durissus terrificus. La cascabel chonono agita la cola y se enrosca, lista para atacar. Es el momento de devolverla a su siesta invernal. Felizmente, el clima está fresco y, por ahora, sus reflejos están lentos. Bonasso ha visto saltar a un ejemplar y alcanzar todo el largo de su cuerpo, que puede llegar fácilmente a los dos metros. Daniela Rivera, una estudiante de Cochabamba que hizo una tesis acerca de las técnicas de captura y sujeción de las presas de estas especies, sabe que bastan 18 miligramos de veneno seco de cascabel para matar a un hombre de 60 kilos en pocas horas. Es la más letal de las serpientes de Bolivia, aunque el veneno de las corales es muy tóxico.

La joven trabajó con tres especies: Bothrops neuwiedi (yope, yoperojobobo), Lachesis muta (cascabel púa, cascabel puga, diamante, pucarara) y Crotalus durissus terrificus (cascabel chonono).¿Por qué eligió estas tres especies? Porque sólo la yope y la cascabel protagonizan el 96 % de los accidentes ofídicos en el país. La cascabel chonono y la yope muerden a su presa y la sueltan rápidamente. En cambio, la cascabel púa, que es la favorita de Daniela Rivera (por su tamaño y la forma de camuflarse) es la única que muerde y no suelta a la presa hasta que ésta muere.

Hay mucho para estudiar en Bolivia, según la información que maneja Rivera. En nuestro país se han descrito 164 especies, de las cuales 27 son venenosas. Bothrops (yope) está ampliamente distribuida en toda Bolivia, desde las llanuras hasta las zonas altas y frías. La cascabel púa es de lugares boscosos y tupidos como los bosques primarios de tierras bajas, aunque en ocasiones puede ser encontrada en bosques secundarios o en áreas recientemente abiertas. Y la cascabel púa o chonono prefiere las zonas secas o pedregosas de climas cálidos.

Rivera sabe que el trabajo de Potrerillo no es sencillo. El tema de su tesis contemplaba, inicialmente, la reproducción, pero en la época en que empezó sus observaciones, ningún reptil puso huevos.

SUERO ‘ANTIESTAFA’

En Potrerillo se extrae veneno a estas serpientes y hasta se lo puede liofilizar, es decir, convertir en polvo. Lo que no se fabrica es el suero antiofídico. Bonasso resume el largo proceso explicando que el polvo se disuelve y se aplica a un caballo, cuyo organismo produce anticuerpos después de algunas aplicaciones. Luego se centrifuga la sangre del animal hasta obtener el suero. Bettella y Bonasso tenían un proyecto para producir suero y acogieron a un brasileño que conocía el proceso. Invirtieron en la compra de caballos y en el equipo necesario. El brasileño desapareció con el dinero y el proyecto se truncó.

Casi todo el suero que se usa en el país se fabrica en el Instituto Nacional de Laboratorios de Salud (Inlasa) de La Paz. Ahí trabaja el bioquímico farmacéutico Gil Fernández, un francés con acento cruceño (por los años vividos en este departamento) que es jefe del laboratorio de suero antiofídico. Desde hace tres años se produce este suero, que aún no tiene canales de distribución expeditos, al punto que en Santa Cruz no hay un punto de venta. Los números, a pesar de ser conservadores, sorprenden: 728 casos hace cinco años, sin tomar en cuenta a las personas que mueren y no son reportadas o a los que son atendidos por otras instituciones. Hay cerca de 1.200 mordidas cada año en todo el país. El lugar con más casos es Cochabamba, asegura Fernández, principalmente en la zona de colonización de Chapare. En Pando hay, quizá, más serpientes, pero hay menos población. Cada año, el país demanda 4.000 ampollas de suero. Cada una contiene 10 ml y cuesta $us 12. Tomando en cuenta el delicado proceso de elaboración del antiofídico, el precio es muy accesible… excepto para los campesinos de Chapare, que incluyeron entre sus demandas la provisión de suero antiofídico. Una niña de dos años, mordida por una cascabel, se salvó hace muy poco, gracias a que este suero estaba disponible en su comunidad y se lo aplicaron antes de que transcurran tres horas. Ése fue una de los 80 casos que hay cada año en ese lugar.

En alguna ocasión, cuenta el francés, Potrerillo proveyó veneno a Inlasa, que, como retribución, le envió suero antiofídico. Hay tres clases de suero, según se trate de combatir la ponzoña de yope y cascabel chonono, yope y cascabel púa o sólo yope. Enumerarlos suena como un trabalenguas: suero antibotrópico crotálico, antibotrópico lachésico y anticrotálico.

BRADYPUS VARIEGATUS

Que levante la mano quien nunca se ha enternecido al ver a un Bradypus variegatus. Se trata de los perezosos. A Nicole Martínez, funcionaria de WWF, le pasó algo más que eso. Hace seis años vivía en el barrio Jorori. Ahí vio que una perezosa, que tenía una cría, se electrocutó. No murió, pero tenía las extremidades muy lastimadas. Preguntó en el Museo Noel Kempff y en el zoológico, pero nadie sabía cómo cuidarlos ni qué comían. Martínez comenzó a investigar y se puso en contacto con un centro de rescate de perezosos en Costa Rica. Así se enteró de que no comen lechuga ni plátanos, como se podría suponer. "Sólo comen hojas de ambaibo", dice. Poco después, supo que se habían retirado los perezosos de la plaza 24 de Septiembre para llevarlos al Jardín Botánico. No se hizo ninguna evaluación de su estado de salud. El traslado se realizó en la época seca, por lo tanto, varios de ellos estaban deshidratados y murieron.

Nicole no resistió más y elaboró un proyecto para rescatar a los perezosos de la plaza y llevarlos a Potrerillo. El proyecto fue aprobado por la Dirección de Biodiversidad en La Paz y el trabajo comenzó, en coordinación con la Prefectura. En Potrerillo se les puso radiocollares para hacerles un seguimiento estricto y asegurarse de que se estaban adaptando. "La idea de llevarlos a una reserva privada era la redacción de una estrategia que puede ser aplicada por la Prefectura, apoyada por otras instituciones, cuando se encuentren animales en la ciudad", dice Martínez. Con dinero propio y sin involucrar a su institución, Martínez apoyó a la estudiante de biología Carola Antelo, encargada de monitorear a los perezosos para su tesis de grado.

"Paolo y Fernando fueron los dos perezosos que estaban en la plaza. Durante la primera semana en Potrerillo estuvieron casi inmóviles, pero después se adaptaron. Una de las dos hembras que llevamos estaba bastante estresada, porque la gente le arrojó piedras y se le hinchó la cara. También fue llevada la cría de año y medio que rescató Nicole", cuenta Carola Antelo.

El proyecto ha terminado y los perezosos, de vez en cuando, vuelven al lugar donde se los dejó. Por ahí deben estar, mordisqueando hojas de ambaibo. Tal vez el Paolo humano, desde algún lugar que desconocemos, mira a Potrerillo y sonríe, viendo que avanza lento pero seguro, como su tocayo perezoso, convirtiéndose en uno de los pocos centros que esconde, aún intacta, la naturaleza a la que entregó su existencia.

Oasis para investigadores

No todos los países pueden darse el lujo de tener, a tres horas de viaje, un santuario natural donde se combinen dos o más clases de bosque. En Potrerillo del Güendá existen también las instalaciones para que trabajen grupos reducidos de científicos.

Quien se encarga de mimarlos con pizzas cocinadas en un horno tradicional o pastas al estilo de Venecia, además de un café destilado con una sencilla máquina italiana, es Antonio Bonasso. Si hay tiempo, pasearán en un carretón que ponen en movimiento dos gordos bueyes, acostumbrados a las caminatas por el Güendá, que en esta época esconde la furia del tiempo de lluvias, pero hace necesario el uso de vehículos fuertes (foto izquierda) para llegar.

Sorprendente es la variedad de fotografías de mariposas que Bonasso ha reunido en todos estos años. Abundan en la zona, que se es uno de los mariposarios más importantes del departamento. Ni bien se ve a la Chorinea amazon, la mandíbula cae y los ojos se abren, desmesurados como sus alas. Todas son dignas de un reportaje especial. Había un pequeño mariposario, pero puesto que todas están libres, es cuestión de tomar una red y empezar a caminar para observarlas de cerca.

Las pausas en el trabajo son acompañadas por una delicia que se hace en la zona. Son los licores de leche y limón o el aromático licor de guabirá (necesarios para calmar la emoción que produce ver cómo se extrae el veneno de las serpientes).

Florencio Romero y su familia fabrican adornos de semillas como cedro, yesquero y bejucos. Cerca de ahí, una máquina para destilar aceites esenciales para el uso en aromaterapia. La máquina, por ahora, no se usa, porque no hay mucho mercado para estos aceites.

Los habitantes de la zona saben que no es posible realizar cultivos intensivos, como el pasto africano que comen las vacas. La opción es la fruticultura. José Algarañaz, poblador de El Hondo, que está a unos 4 kilómetros de Potrerillo, ha trabajado con un proyecto de procesamiento de frutas que costó $us 75.000. “Tanto dinero y ni siquiera la despulpadora, que apenas cuesta 300 dólares, se quedó con nosotros. Mucho menos la licuadora”, lamenta. Ahora, espera ilusionado los nuevos proyectos que se realizarán con el municipio de Porongo y que incluyen la apicultura. Todo eso consolidará la labor de Potrerillo.

 
 
Untitled Document
© Cochabamba - Bolivia