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Domingo, 16 de julio de 2006
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Memorias

Las Madrinas del Chaco o el amor en la guerra

Así despedían las “madrinas de guerra” a los soldados del Chaco en la estación ferroviaria de Cochabamba.

Texto | Wilson García Mérida

Fotos | Archivo Iconográfico Datos & Análisis

RELATOS DE MONSEÑOR ROSALES | Entre los gestos de solidaridad y actos de pacificación que produjo la Guerra del Chaco en la sociedad civil boliviana, el nombramiento de “madrinas de guerra” era uno de los más emblemáticos en medio de una apasionada defensa del afecto familiar y comunitario. A contrapelo, el Estado militarizado generaba medidas policiacas como prohibir la inclusión de poemas o dibujos en las cartas dirigidas a los combatientes

El acto de nombrar madrinas de guerra por parte de los soldados que partían a combatir en el Chaco, fue el más significativo acto colectivo que generó la sociedad boliviana para crear una nueva trama de relaciones humanas en medio de la conflagración.

En el campo, el agricultor nombraba Madrina de Guerra a la dueña del fundo, o padrino al patrón, obligando a los latifundistas a proteger a la mujer e hijos del combatiente mientras duraba la ausencia, a veces sin retorno.

Las madrinas de guerra solían obsequiar a los soldados un gran escapulario con imágenes santas (los “detentes”) que los ahijados cosían en el bolsillo interior de sus chaquetas a modo de amuletos.

La prensa de la época publicaba anuncios de nombramientos y aceptación de madrinas de guerra cuando se cumplían las campañas de reclutamiento. Así se sabe que el soldado Rosendo Loayza nombró madrina a la señora Alinda S. de Chiarella; José Luis Arze nombró a doña Catalina Arze viuda de Ustariz; Julia Achá amadrinó a José Gonzáles; Angélica de Illanes a Luis Suárez Rojas, etcétera.

Etelvina Villanueva y Saavedra, una reconocida intelectual paceña que se destacó por sus batallas antibelicistas desde la emergente trinchera feminista, fue nombrada madrina de guerra por un grupo de universitarios cochabambinos que admiraban su labor pacifista, entre ellos los soldados Wálter Ponce, Jorge Mesa y Arturo Urquidi.

RECUERDOS DE WÁLTER ROSALES

La madrina de guerra del sargento-seminarista Wálter Rosales Claros fue la Virgen del Carmen, según nos narra el vicario de la Catedral en este tierno recuerdo:

“Me fui a la guerra cumpliendo 19 años, con el grado de sargento de Sanidad del Regimiento Loa. El día en que recibí mi uniforme de soldado, cambiando mi sotana de seminarista, corrí temprano a la Iglesia de Santa Teresa para hacerle una visita a la santísima Virgen del Carmen. No había nadie más en el templo. Y en medio del silencio conversamos, porque la oración es un diálogo. Después de rezarle, le nombré mi Madrina de Guerra; pero con una condicioncita que sólo Ella y yo sabíamos: le dije a la Virgen que si me conservaba la vida y también me conservaba la vocación, yo en retribución celebraría mi primera misa en su altar”.

Sabía el seminarista Rosales que no sólo podía, como cualquier combatiente, perder la vida en la guerra. El joven religioso corría además un inminente riesgo adicional: abandonar la sotana en medio de tentaciones y desmoralizaciones tan propias de una guerra. Y cuenta que cuando cayó prisionero tras un duro combate en Campo Carmen (zona que lleva el nombre de su santa Madrina), tuvo la fortuna de ser acogido por el arzobispo de Asunción, monseñor Sinforiano Bogarín, quien le destinó a prestar servicios pastorales en el seminario y varias parroquias de la capital paraguaya, lo más lejos posible de tentadoras guaraníes que se dieron a la caza de prisioneros bolivianos (tal como sucedía en nuestro país con los reos “pilas” que fueron empleados para barrer calles y construir caminos ante las coquetas miradas de nuestras desoladas y pacifistas damitas). “Eso me salvó la vocación”, recuerda. Años después de terminada la guerra, en 1939, monseñor Bogarín fue invitado a La Paz para ministrar la orden sacerdotal al excombatiente Walter Rosales:

“Al retornar del Chaco fui ordenado sacerdote y cumplí la promesa celebrando mi primera misa en el templo de mi Madrina de guerra, la Virgen del Carmen. Pero Ella también cumplió con creces, porque me conservó la vida y también me conservó la vocación”.

LAS FORMAS DEL DESAMOR

El repete Juan Bautista Tejada Sarmiento, hombre práctico, tuvo dos madrinas de guerra. La primera fue su enamorada de Cliza, una cholita de apellido Balderrama con quien planeaba casarse. La segunda una dama gamonal llamada Josefa Flores:

“La macana es que cuando volví del frente rompí con la chica de Cliza que también era mi Madrina de Guerra. Se había portado mal en mi ausencia y terminó casándose con un ricachón”.

Juan Bautista entonaba su nostalgia entrecortando su voz mientras dialogábamos en un banco de la plaza 14 de Septiembre, adonde acudía todas las tardes formando esa tertulia habitual de excombatientes que todavía adorna a nuestra plaza principal.

El repete Juan Bautista Tejada Sarmiento encontró desamor al volver de la guerra; pero otros se iban a las candentes arenas del Chaco para conjurar gélidas y viejas infidelidades.

Cuando el Regimiento Loa del sargento Wálter Rosales era despedido en el anden de Cochabamba, el seminarista conoció a un soldado capinoteño demasiado maduro para el servicio militar, quien se le apegó pulsando un charango y entonando, lloroso, una cueca que decía:

“Si vivo viviré | si muero moriré. | Cruel destino | suerte fatal, | la que idolatro | me pagó mal”.

Era el soldado Avilés, charanguero eximio. Tenía una curiosa enfermedad: cantaba compulsivamente aquella cueca y en el muro de su lamento halló los pacientes oídos del sargento Rosales:

“Me tuvo cargando con esa tonada durante todo el viaje. Me picó la curiosidad hasta que un día me negué a escuchar su canto, exigiéndole que me explique la causa de aquella queja convertida en cueca. ‘No te puedo decir padrecito, eres muy joven para saber esas cosas’, me respondió. Entonces yo me negué a escuchar su cueca, e insistí en saber las razones de su tristeza musicalizada. Cedió a mi presión y me contó…”.

Contó el soldado Avilés que en su pueblo natal de Capinota había descubierto que su mujer le engañaba con tres hombres, conocidos como Los Hombres de las Tres C’s porque se llamaban Carlos, Cecilio y César.

“Me explicó que él tenía hijas e hijos ya jóvenes y que decidió no tomar medidas contra los involucrados en aquella atroz infidelidad, por no mancillar el apellido y el honor de los muchachos. Fue entonces que, cuando vino la guerra, optó por alistarse en la tropa explicándole a su mujer las razones de aquella decisión, sin agredirle ni reprocharle por su deslealtad. ‘Prefiero morir en la guerra por mi patria, antes que ver mancillado el honor de mis hijos’, me dijo. Luego supe que murió en combate”.

Recuerda el padre Rosales que intentó averiguar entre los capinoteños sobre la veracidad de aquella historia de “Los Tres C’s” que había motivado tan heroico y digno acto de un padre de familia:

“Nadie podía darme una versión cabal, hasta que un día apareció una muchacha y me dijo, como confesando: ‘Sí, padre, es verdad, yo soy sobrina de ella’. Entonces oré una vez más por él y rogué por su eterno descanso”.

PROHIBIENDO VERSOS Y COLORES

Contraparte del espíritu pacifista y conciliador que emitía la sociedad civil durante la guerra, era la militarización ejercitada por un Estado extremadamente policiaco.

El 23 de febrero de 1934, el mayor Espectador Morales, Jefe de Mayoría de la Plaza Departamental, que concentraba todo el poder de la guerra en Cochabamba, emitió una orden prohibiendo el uso de tinta o lápices de dos colores, el subrayado de las palabras, entrecomillados, variación de letras “o cualquier otro signo que tienda a llamar la atención” en la redacción de cartas dirigidas a los campos de batalla.

Espectador Morales amenazaba con secuestrar toda correspondencia que infringiera esa disposición, “sin perjuicio de tomarse medidas severas contra el que la dirige, de acuerdo a leyes militares vigentes”, según advertía el comunicado publicado por “El Imparcial” aquel 23 de febrero.

Rosa Fernández de Carrasco, abnegada luchadora por los derechos civiles de las mujeres, gustaba adornar sus cartas dirigidas a su esposo incluyendo citas literarias entrecomilladas y dibujos a todo color. Al conocer la prohibición del mayor Morales, Rosa Fernández alzó el grito al cielo y protestó contra la censura en un artículo publicado por “El Tiempo”. El mayor Espectador Morales respondió públicamente a Rosa haciendo prevalecer su autoridad y explicando que su prohibición tenía el propósito de “detectar infidencias epistolares” a cargo de espías argentinos que trabajaban para los paraguayos, así como de bolivianos enemigos de la guerra que le hacían “el juego a Paraguay” con sus campañas pacifistas. En su edición del 25 de febrero de 1934, “El Imparcial” publicó la respuesta de Espectador Morales a Rosa Fernández con el siguiente tenor:

“No es problemático, señora, ni se necesita gran esfuerzo intelectual para comprender que la prohibición hecha por esta jefatura de usar comillas, lápices de dos colores, etcétera, se refiere a citas de autores en una epístola dirigida al Chaco, que entiendo no siempre será un trozo literario con numerosos dichos de los mismos ni los nombres de éstos, sino una carta familiar donde no será necesario proceder de la forma que Ud. anhela”.

Entonces las cartas de Rosa a su esposo que combatía en El Chaco se tornaron menos poéticas ante la aterrante posibilidad de ser acusada de espionaje por usar presuntos mensajes cifrados. Se resignó a escribirlas con tinta negra sobre blanco papel, con los colores sombríos de la guerra, omitiendo versos y citas de románticos célebres.

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llactacracia@yahoo.com

 
 
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