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Revista de Domingo Para Toda La Familia
Domingo, 16 de julio de 2006
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Ese toque italiano en las construcciones bolivianas

Texto y Fotos | Mauricio Belmonte Pijuán

Arquitectura | Muchas de las obras arquitectónicas más importantes del país han sido realizadas por profesionales italianos que terminaron radicando en Bolivia

En el puerto de La Boca, los vestigios de la migración italiana se esconden tras el rostro taciturno de un anciano que pasea curioso ante el aluvión de turistas que llega a la calle de Caminito. Por su parte, los cuerpos desguazados de los viejos vapores, en un costado del muelle, son una muestra evidente de las cantidades ingentes de piamonteses, lombardos, napolitanos, genoveses y toscanos, que “hicieron la América” en busca del territorio colmado de promisión y futuro. Las huellas italianas también se manifiestan en el deporte argentino, lugar preferido por algunos emigrantes para depositar el extremismo de su pasión. Aquí, por donde se mire, se encuentra un pedazo de Italia. Sin embargo, esta diáspora masiva de italianos no sólo iba a tener como destino final el Río de la Plata, un puñado reducido de estos hombres encontraría residencia en territorio boliviano.

País de vasta llanura tropical y elevadas mesetas altiplánicas, Bolivia se convirtió en el hogar de artistas, ingenieros, comerciantes y arquitectos, quienes, acuñando esfuerzo, contribuyeron al desarrollo de una nación hasta ese momento desconocida para ellos.

De a poco, los profesionales y artistas encontraron oficio en las distintas regiones donde les tocó vivir. En 1915, el constructor italiano Vittorio Querezolo culminó con éxito la Catedral de Santa Cruz o Basílica Menor de San Lorenzo, obra que en un principio había sido diseñada por el arquitecto francés Felipe Bertrés. Unos años después, en el occidente del país, Bruno Campaiola será contratado por el gobierno para tallar las puertas de la Catedral de Nuestra Señora de La Paz. Su trabajo se caracterizó por el detalle preciso de sus figuras, compuestas en su mayoría por pasajes bíblicos. El artista de San Remo también tendría la posibilidad de erigir el monumento de Alexander von Humbolt en la zona Sur de La Paz. En esta misma urbe, Enrico León, proveniente de Turín, levantará, bajo encargo de la municipalidad paceña, el obelisco, ornamento distintivo de la Sede de Gobierno. Y no hay tarijeño que no se jacte de los atractivos de la avenida Costanera, vía que bordea la ribera del río Guadalquivir y tiene a un italiano como su gestor: Giácomo De Col, veneciano que llegó a Bolivia para trabajar en la minería y acabó seducido por el encanto de la “Andalucía” boliviana.

El ingeniero del Art Deco

A las 18:30, hora de tráfico intenso y atascos ensordecedores en El Prado, las puertas del colegio Don Bosco en la ciudad de La Paz están abiertas de par en par y los escolares rezagados abandonan el recinto sin antes detenerse frente al viejo portón de la iglesia de María Auxiliadora para llevar a cabo la rutina de siempre. Allí, los estudiantes terminan la jornada entre risotadas y bisbiseos, agrupados los unos, dispersos los otros, y la bulla acaba por inundar el lugar. Sin embargo, son pocos los que se animan a descifrar las letras esculpidas en el muro derecho del templo mariano, donde una V antecede a la palabra Aloisio. Exultantes, dos jóvenes escudriñan las letras tratando de dar respuesta a esta interrogante, ellos ignoran que su descubrimiento es apenas el eslabón de una cadena grande de proyectos y edificaciones realizadas por la voluntad y el emprendimiento de un italiano que innovó la rama de la construcción boliviana.

Vittorio Aloisio Molinari arribó a Bolivia convencido de poder ejecutar obras de gran alcance dentro de su campo de estudio, la ingeniería. El joven napolitano decidió a temprana edad dejar su país porque nunca estuvo de acuerdo con el fanatismo imperante en la Italia fascista. “Mi padre tenía un espíritu libre, emprendedor, por ello se encontraba agobiado con el dogmatismo vigente en su tierra. Él, a diferencia de muchos de sus compatriotas, no tenía por qué migrar ya que la situación económica de su familia era bastante estable en Italia. Además, mi abuelo era propietario de una empresa constructora en Nápoles, por lo tanto, papá pudo desarrollar sus actividades profesionales en su propio país antes de viajar a América”, explica emocionado Víctor José Aloisio, mientras sostiene con las manos la “Cruz al Mérito de Guerra” de su padre, condecoración otorgada por su participación como Subteniente de Artillería durante la Primera Guerra Mundial.

Una vez instalado en suelo boliviano, el ingeniero Aloisio emprende una carrera veloz y ascendente dentro de la sociedad paceña. Suyas serán las construcciones de caminos, puentes, instalaciones eléctricas, iglesias y edificaciones particulares, todas bajo la firma de la nueva empresa constructora “Vittorio Aloisio”. Pero, será la Iglesia de María Auxiliadora su obra cumbre. Construido por encargo de la comunidad salesiana, este templo acapara la atención de propios y extraños, ya que su estilo original y diseño único, le permiten figurar en el libro de los récords Guiness. “Si algo marcó el trabajo de mi padre, fue su apego constante al ‘Art Deco’, esto permitió que sus diferentes trabajos sean motivo de estudio dentro y fuera de Bolivia”, agrega Víctor José.

Sin duda, el esfuerzo y la dedicación de este ingeniero egresado de la Scuola Superiore Politécnica di Napoli se ven registrados en muchas edificaciones importantes de la urbe paceña. Su rubrica está esculpida en los muros del colegio Don Bosco, la Iglesia del Cementerio General, los templos del colegio Inglés Católico y del Lanificio Domingo Soligno, junto a innumerables casas residenciales en el barrio de Sopocachi. Hoy, los descendientes de “Don Vito” miran con orgullo la condecoración al Mérito de la República Italiana con el grado de Commendatore, entregada por su contribución al desarrollo de Bolivia y a la dignificación del pueblo italiano en el exterior.

Una familia de constructores

Fumando el cuarto cigarrillo de la mañana, Battista Todesco se ajusta la bufanda al cuello y sale de su oficina para inspeccionar las piedras depositadas el día anterior en el amplio patio de la fábrica. No se le escapa ningún detalle cuando se trata de revisar el mármol que será trabajado por los picapedreros. Su misión es la misma y sólo varía cuando surge algún imprevisto. En la actualidad, Battista—Titi para quienes lo conocen mejor —es el gerente de “La Marmolera”, empresa que heredó de sus ancestros cuando éstos llegaron de Italia.

“En realidad yo también soy italiano, nací en Cerdeña, tierra de mi madre. Mi padre, Eldo Todesco, me trajo cuando tenía cinco años, él vino a Bolivia para trabajar con sus tíos Giovanni y Giácomo De Col, quienes se habían establecido con anterioridad en esta tierra, trabajando como peritos de minas en las propiedades del empresario Mauricio Hoschild”, aclara Battista, a tiempo de encender otro cigarro.

La sociedad entre las familias De Col y Todesco dio lugar a las empresas “La Marmolera”, fundada en 1933, y “La Constructora De Col”, establecida en 1938.

La fusión de ambos negocios permitió la realización de una serie de proyectos y construcciones de prestigio en diferentes escenarios del país. Entre los más sobresalientes se encuentran la remodelación del Banco de Cochabamba; la apertura del camino Tarija-Padcaya; el levantamiento del puente Ustari en el río Pilcomayo; la edificación, junto al arquitecto Emilio Villanueva, de la Universidad Mayor de San Andrés, y la construcción y diseño del Ministerio de Salud. Este último fue construido en 1943 con el propósito de albergar la sede social del Círculo Italiano. Sin embargo, la coyuntura política de Italia se presentaba desfavorable a los intereses del gobierno norteamericano (Bolivia se alió al país de norte durante la Segunda Guerra Mundial), por lo tanto, la misión estadounidense se encargó de confiscar el inmueble para después donarlo a las autoridades oficiales de la época. “Nunca llegamos a estrenar la nueva sede, por ello, se tuvo que esperar a que el arquitecto Marco Bertoldo concluya la casa de la avenida 6 de Agosto” agrega José Fusi, actual presidente del Círculo Italiano.

Los vitrales de Gismondi

En uno de los pasillos oscuros de la Iglesia de La Exaltación en Obrajes, un niño curioso contempla aterrorizado el rostro iracundo y desencajado de Lucifer. El menor respira aliviado cuando la imagen infernal sucumbe estéril bajo los pies y la espada protectora de San Miguel Arcángel. Una vez más, la paz y la tranquilidad vuelven a posesionarse de cada ámbito en el templo de los pasionistas.

Escenas como ésta deben repetirse a menudo en los distintos vitrales de los templos y edificios donde Antonio Gismondi instaló su obra. Vírgenes, santos, héroes y mártires parecen cobrar vida cuando los rayos del sol se filtran a través de los cristales; dando, de esta manera, un detalle exquisito a la obra del artista italo-boliviano, la cual destella con luces propias a la hora de ser observada.

De pequeño, Antonio heredó la “receta mediterránea” de sus mayores para llevar a cabo su obra. En el hogar de los Gismondi, Luigi Doménico, su padre, se encargó de revelar y perpetuar rostros distintos, paisajes agrestes y acontecimientos diversos en su célebre estudio fotográfico. Bajo esta influencia y movido por desentrañar su talento, Antonio supo que lo suyo estaba desde el inicio en esmerilar cristales para dar a conocer su vocación de vitralista. Ahora, la obra del primogénito de los Gismondi es expuesta permanentemente en distintos lugares del país, como lo señala Graciela, su sobrina: “Los vitrales son apreciados en importantes edificios públicos como el Palacio de Gobierno, la Casa de la Libertad en Sucre, la Escuela de Guerra en Cochabamba y la Subalcaldía de la zona sur en La Paz. También se destacan en distintos templos religiosos como la Catedral de Potosí, la Basílica de Copacabana y en algunas residencias particulares de La Paz”.

(Con datos de: Arquitectos Italianos en Bolivia.

Jorge Traverso V.)

 
 
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