Texto | Mónica Oblitas/ Ricardo Herrera/ Juan José Toro
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Homenaje | Nueve padres bajo la mirada de sus hijos que los recuerdan y dan testimonio.
Estos hijos cuentan cómo influyeron en sus vidas y en sus vocaciones actuales la figura de su padre. Son historias donde se deja traslucir el cariño, el respeto y la admiración que les tienen a sus progenitores, con experiencias y anécdotas que marcaron sus vidas para siempre
Genaro Joaquino legó su idealismo
El alcalde potosino, René Joaquino, habla de su relación con su padre y de su influencia.
Sencillo, delgado y con la piel tostada por el sol, un hombre que aparentaba 60 años se acercó al lugar en el que el alcalde de Potosí, René Joaquino, recibía informes de los técnicos acerca del asfaltado de la avenida del Tinkuy. Quizás el hombre que se acercaba al Alcalde conocía algo de eso, porque miró las obras con ojos de quien sabe. Cuando Joaquino lo vio, dejó lo que estaba haciendo y se acercó a él. "Papá, buenas tardes, ¿cómo está?", saludó el Alcalde en ese tono amable que sólo usa con su familia. Y mientras padre e hijo conversaban, el murmullo de "su papá es" creció entre la gente que se encontraba en la obra.
"Es idealista —dice Joaquino al hablar de su padre—. El hombre no tiene interés en cosas materiales, nunca ha tenido".
La pregunta de "¿qué fue lo que le marcó de su padre?" hizo que el Alcalde de la mayoría absoluta piense durante toda una noche y llegue a la conclusión de que él es como es debido al ejemplo de su progenitor.
"Cuando trabajaba de albañil no se preocupaba mucho en ganar. Hacía trabajos de primer nivel que valían más de lo que le pagaban, pero él nunca pedía que le aumenten", contó. René Joaquino vio el desprendimiento de su padre, porque trabajó con él. Genaro Joaquino Mamani, de 72 años, le enseñó el oficio de albañil y su poco apego a los bienes materiales. "No tiene una casa", dice el Alcalde y admite que él tampoco. Desde hace ya un buen tiempo, el Burgomaestre potosino alquila unos cuartos de un inmueble de la calle América y no se ha preocupado en comprarse uno propio. "Nunca he tenido ese interés hasta el día de hoy", agrega.
Y, al describir a su padre, René Joaquino parece hablar de sí mismo: "Es un hombre solitario. Vivía en Villazón, pero se vino aquí por razones de salud. No quiere vivir conmigo. Prefiere estar solo". En cierta forma, René Joaquino también es un solitario. Dedicado de lleno a la Alcaldía, es un hombre al que no le gusta aparecer en actos públicos ni en cócteles. "Sí. Ahora que me doy cuenta, él me ha marcado", confiesa.
Carlos Vaca Ribero, un regalo de talento
El artista plástico Lorgio Vaca evoca a su progenitor y de cómo él influyó en su vocación y destino.
“Yo tenía dos años cuando mi padre se fue a la Guerra del Chaco. Cuando volvió ya estaba muy frágil su matrimonio y a los siete años mis padres se separaron. Él era un pintor aficionado, que cuando retornó de la guerra trajo varios dibujos y pinturas del tiempo que le tocó estar prisionero en Paraguay. Recuerdo un momento muy especial para mí. Estaba por irse definitivamente de la casa y metía sus pertenencias en una maleta; cuando le tocó guardar sus pinceles y acuarelas, me vio a mí y me los regaló. Esos fueron mis primeros instrumentos de trabajo y con ellos hice mis primeros cuadros.
Luego mi madre me llevó a vivir a La Paz y regresaba a Santa Cruz sólo en vacaciones. Mi padre era muy alegre, le gustaba cantar y tocar la guitarra y eso tal vez haya influido en mis gustos, porque una vez le rogué tanto que me regalara su guitarra que, finalmente, me la dio y me acompañó por muchos años. Yo toco muy mal, apenas "araño" el instrumento, pero fue esa misma guitarra con la que encontramos, a los cuatro años, a mi hijo Piraí simulando que tocaba.
Tuve la suerte que papá viera mis pinturas expuestas. No olvido un encuentro con él en Venezuela. Asistió a la inauguración de una muestra mía y estaba muy contento que yo hubiese elegido la pintura. Tiempo después de su muerte una hermana me entregó los cuadernos en los que relataba su diario de campaña. Se los entregué al historiador Isaac Sandóval y, luego de algunos años, él me llamó para decirme que tenían un gran valor y en 2003 fue publicado en un libro por la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos de Santa Cruz.”
Jorge Ruiz, lecciones para toda la vida
Guillermo Ruiz, hijo de uno de los cineastas más importantes del cine nacional, Jorge Ruiz, que dirigió películas emblemáticas como Vuelve Sebastiana, siempre fue muy apegado a su padre y lo acompañó desde niño en varias de sus aventuras. Entre todas las anécdotas que todavía comparten, Guillermo escoge ésta que lo marcó desde que era adolescente.
“En una ocasión conversábamos con mi padre acerca de las razas, las culturas, las nacionalidades, las clases sociales... Mi padre me dijo que todos los seres humanos éramos iguales y que la única diferencia entre las personas está en la actitud. Me dijo que existen solamente dos clases: personas de primera clase y personas sin clase, eso marcó mucho mi vida.”
Manolo Molina, humor sobre todo
Manolo Molina Travesí es uno de los actores principales del grupo humorístico Tra la-lá. Su padre, del que, entre otras cosas heredó el nombre, comparte escenario con él. Manolo hijo es el menor de tres hermanos y nos cuenta su historia.
“Mi papá actúa desde hace 40 años, primero lo hizo en el teatro y ahora en el show de Tra-la-lá. Recuerdo cuando de niño lo veía actuar y, sobre todo, cuando hizo una vez de Drácula. No podía creer que mi padre era el mismo vampiro que aparecía en escena y que, además, me provocaba tanto miedo. Cuando tenía 15 años ya formaba parte del grupo juvenil de Tra-la-lá y fue mi padre el que me aconsejó que haga un personaje, eso me permitió luego participar en el elenco oficial y actuar junto a él.
En el aspecto familiar y en el trabajo siempre me aconseja. Creo que una de sus principales enseñanzas es ver cómo le pone cariño a todas las cosas que hace y su "chispa" para decirte hasta las cosas malas con humor.”
Juan Lechín, sin imposiciones
Juan Claudio Lechín es hijo del mítico líder sindical Juan Lechín Oquendo. Hombre de letras, él atesora varios recuerdos y lecciones de su padre. Entre todas las anécdotas, el Premio Nacional de Novela 2003 ha recogido ésta para compartir.
“Mi papá siempre me consintió, siempre buscó mi propio crecimiento con las menores imposiciones posibles. Fuera de una mirada de soslayo o de comprender alguna travesura con una sonrisa, pocas veces me dijo algo.
Durante cuatro años de mi infancia viví con una doctora alemana, Úrsula Beck, una mujer extraordinaria y buena a la que yo le decía "mami Úrsula". Es que mi padre andaba perseguido por la dictadura de Barrientos y mi madre vivía en EEUU con mis hermanos. Un día llegó mi padre semiclandestino a la casa de mi mami Úrsula y descubrió, por la empleada, que yo había robado una platita de algún anaquel. Fue una de las pocas veces que él montó en cólera. Me regañó duramente, mandó a traer un cuchillo, le dio la vuelta para que el filo no me dañara y lo posó repetidas veces en mi palma, diciendo que a los ladrones había que cortarles la mano, que robar era el peor de los delitos, que si quería ser un hombre completo jamás debería robar. Yo tendría siete u ocho años.”
Luis Galarza, de tal palo, tal astilla
Sergio Galarza es el mayor de los tres hijos del popular arquero de la Selección Nacional y de los principales equipos del fútbol boliviano. Sergio, que ataja en Oriente Petrolero, habla de su relación con el actual técnico de Unión Central
“A nivel profesional todo lo que soy se lo debo a mi padre. Desde chico lo acompañaba a los entrenamientos y me enseñó el abc para ser arquero. Tenía 17 años y estaba en cuarto medio cuando me propusieron jugar en primera división. Le dije a mi padre que quería seguir sus pasos y él me respondió: "Mirá hijo. No hay ningún problema, pero el fútbol es una profesión en la que hay que ser serio y lo único que te pido es que seas responsable y trates de ser el mejor. El día en que vea que tú eres uno del montón te saco y te dedicas a otra cosa". Eso se me quedó grabado y por eso es que sigo trabajando para no defraudarlo.
Lo curioso es que mi debut en el arco fue en un partido en el que nos enfrentamos. Él estaba muy nervioso, a tal punto que se le inflamó parte de la cara. Creo que para cualquier padre no es fácil ver empezar a su hijo en una actividad y menos aún en esa situación. Esa vez mi equipo perdió y pocas veces le pude ganar a él como jugador, pero ahora que es técnico creo que le he sacado ventaja en nuestros enfrentamientos. De todas maneras, lo respeto mucho. A mí y a mis hermanos nos inculcó valores y podemos contar con él cuando lo necesitamos.”
Huáscar Cajías y el amor a la libertad
Fernando Cajías recuerda a su padre, Huáscar, como el pilar de la familia que se mantuvo unida gracias a su fortaleza, aún tras la muerte de su esposa. No fue fácil criar a ocho hijos, pero el periodista, abogado, catedrático universitario, escritor y tratadista criminólogo, llevó adelante su tarea con magníficos resultados. De todos los momentos, Fernando hace un amasijo para recordar con amor a su padre.
“A diez años de la muerte de papá, las imágenes se mezclan como en un cuadro surrealista: la misa de once en el Montículo con mamá y toda la tribu; el helado de canela de los domingos en la tarde; la torre de exámenes de Criminología corregidos y por corregir; la hora silenciosa y sagrada para preparar la clase; el cigarrillo pegado en los labios, requisito indispensable para escribir el editorial de Presencia; un profundo amor a la libertad que le permitió, no sin dificultades, ser tolerante ante las diez opciones de sus hijos en la época de las utopías de los 60 y 70; un equilibrio entre la dimensión espiritual y material como para devorar las obras de Santo Tomás, Aristóteles y el picante mixto del día de su cumpleaños; una broma y una marraqueta, panes nuestros de cada día; unas obras inconclusas por dedicar la mayor parte de su tiempo a la educación y felicidad de sus hijos y nietos hasta el fin de sus días; tal vez, por ello y, por su Bolivia inconclusa, todavía no descansa en paz".
Gunnar Mendoza, un hombre sensible
Ignacio Mendoza es el menor de los tres hijos del historiador y director, durante 50 años, del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, Gunnar Mendoza. Ignacio dirige el Instituto de Sociología Boliviana y es docente universitario en Sucre. Él recuerda de esta manera a su padre.
“La relación entre los tres hijos y mi padre se caracterizó por una ejemplaridad constante, en el sentido de que estaba la impronta de mi abuelo Jaime Mendoza y ese tipo de herencia intelectual y moral establecía una huella indeleble en todos nosotros. A través de mi padre vibraba ese espíritu de amor a la patria, de compromiso social y de interés por los problemas de la comunidad. En los almuerzos y sobremesas siempre hacía un comentario general, como un balance de situaciones que se habían dado con amigos en el trabajo o en la ciudad. No estaba divorciada la preocupación histórica también en general, aunque era difícil llevarla al terreno doméstico. Recuerdo con mucha nostalgia los paseos con mi padre en los alrededores de la ciudad. A "los baños" como llamamos en Sucre. Íbamos mis hermanos y mis primas, entre ellas Matilde Cazasola. Disfrutábamos de la naturaleza y el paisaje. Esos momentos han sido los más plenos de vinculación familiar, de acercamiento.
Como hombre público tenía que ser bastante riguroso, incluso Ramiro Paz Cerruto, que fue un buen amigo de él, lo describió como un emperador en su reino, en el Archivo Nacional; pero eso le daba una imagen muy adusta, de una persona hermética e introvertida. La verdad es que mi padre era un hombre extremadamente sensible. Le gustaba mucho la música y tocar la guitarra. Su padre, Jaime Mendoza, fue el que le enseñó a tocarla y él me transmitió ese gusto. Disfrutaba también de la bohemia chuquisaqueña, porque participó y me introdujo en la Academia de la Mala Lengua, una agrupación de intelectuales transgresores que en medio de aficiones literarias y libaciones solíamos reunirnos para comentar la vida cotidiana. Por supuesto que allí menudeaban las bromas, las canciones de mi padre y esa fina ironía que lo caracterizaba a través de sus comentarios contundentes y mordaces. Le gustaba el tango e interpretaba huayños, yaravíes, bailecitos y taquiraris. No puedo olvidar aquellos años en los que yo era dirigente estudiantil y participaba en las marchas y movilizaciones. A veces me sentía muy incómodo, porque en medio del conflicto veía entre los que observaban la figura de mi padre, que estaba un poco, como quien dice, a la zaga de los acontecimientos viendo que no me pasara nada.”
Ángel Hermosa, un estricto cariño
El compositor e intérprete de los Kjarkas, Gonzalo Hermosa, tiene muchos recuerdos de su padre, Ángel Florencio Hermosa, un hombre rudo, pero tierno con sus hijos, que a pesar de ser estricto cumplió la mayoría de sus deseos. Gonzalo jamás olvidará las palabras de Ángel cuando le obsequió una guitarra.
“Mi padre no se enteró de que yo tocaba guitarra hasta que fui un adolescente. Aprendí desde muy niño, pero él no lo sabía, era estricto y no dejaba que los niños estemos con los adultos en fiestas o reuniones, así que no había oportunidad de que pudiera escucharme. Yo tocaba cuando conseguía que me presten una guitarra, pero tocar la guitarra parecía pecado, algo de borrachos de cantina.
Cuando dejé Capinota, para empezar la secundaria, me fui a Cochabamba. Allí me prestaba guitarras, hasta que mi padre se enteró. El había estado ahorrando para comprarle una hermosa vajilla de porcelana a mi madre y para hacer una fiesta especial; sin embargo, con ese dinero me compró una guitarra. El día que me la dio, me dijo: “Esto es tan peligroso como comprarte una pistola, si sabes usarla bien, puedes hacer muchas cosas; pero si no, sólo irás de cantina en cantina”.
Muchos años después puedo decir que cumplí con la promesa que le hice a mi padre de “usar bien” mi guitarra: jamás la he usado en una cantina.”