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Religión

Testimonios Cuando la fe cambia vidas

AYUDA. Este es el comedor que fundó Virginia Blanco, donde se alberga a los más pobres de Cochabamba. Ahora es atendido por sus seguidoras

Texto | Anna Infantas

Fotos | Los Tiempos

Los ‘favores divinos’ también suceden en nuestros días. Virginia blanco | Puede ser la primera beata boliviana. Un camino parecido se iniciará con Tito Yupanqui. Eilen Jiménez es el testimonio de que la fe cambia vidas. Éstas son experiencias que valen la pena conocer

Cuesta creer que existen los milagros y los santos, aunque estemos a horas de la magia de la Navidad. Pero, contrariamente a lo que se pueda pensar, en un mundo tan frenético, materialista y sobre todo incrédulo, sí se tejen historias como la de Victoria Blanco o la de Eilen Natalí Jiménez Cardozo, que nos comprueban que hay cosas que escapan de nuestras manos y que existen seres humanos que han sabido marcar diferencias, que han roto esquemas y que tuvieron una fe inquebrantable… Porque, si no, ¿cómo explicaría que una niña pueda volver a caminar, pese a los desalentadores diagnósticos médicos que lo daban por descartado, o que la oración a una laica cochabambina permita "favores" inexplicables, como los que da fe Elva Retamozo, a sus 80 años. "A una de mis hijas tenían que operarla de emergencia, pero recé tanto a mi señorita del alma (por Virginia), que intercedió y me concedió la gracia. No hubo necesidad de intervenirla, bastó un tratamiento", cuenta la mujer. Estas vivencias no son de hace siglos, son experiencias de fe que suceden en nuestros tiempos. ¿Quiere pruebas? Aquí, a falta de uno, le van cuatro testimonios… Al final nos dirá qué piensa.

PRUEBA I

La hermana Juana Betancourt aún se emociona cuando piensa en el día en que Eilen tocó las puertas del colegio Eugenia Ravasco en la capital del valle. A los tres años, la niña había dejado de caminar y era imposible, al menos clínicamente, que lo hiciera otra vez. Había sido internada hasta diez veces por parálisis hipokalémica, mal que produce la disminución de potasio en los huesos. Perdió fuerza en sus extremidades, sus huesos eran como cristales y, como recuerda la hermana, "parecían gelatinas. Era algo increíble". Sus síntomas eran incurables. Vivía postrada en su cama o en un coche de bebé.

Sin esperanzas, su madre pidió a las religiosas que la recibieran y ellas lo hicieron. Tenía ocho años, pero Eilen parecía atrapada en el cuerpo de una niña aún más pequeña. La comunidad educativa se preparó para recibirla, capacitaron a una maestra, que solía tomarla de la mano para escribir en el pizarrón, mientras que sus mismos compañeritos aprendieron a acompañarla en los recreos. "La acogieron muy bien. Ellos la llevaban en su cochecito", recuerda la religiosa.

Fue tanto el cariño que se ganó Eilen, que se convirtió en el centro de las oraciones de sus amigos. Todos los días, con gran devoción, pequeñas voces elevaban sus rezos al cielo con un solo pedido: que Eilen pueda volver a caminar y a correr. Luego se decidió unir más personas a esta cruzada, para lo cual las hermanas pusieron en los 25 cursos del colegio la oración a la madre italiana Eugenia Ravasco (1845-1900). Por todo un año, el rezo se repitió: "Eterno Padre, por los méritos de los dulcísimos corazones de Jesús y de María, dígnate glorificar en la tierra a tu humilde sierva Eugenia Ravasco, escuchando nuestra súplica. Por Cristo nuestro Señor. Amén".

Corría 1996 y parecía que, pese al esfuerzo y los deseos de toda una comunidad educativa, las oraciones no estaban funcionando porque los informes médicos ratificaban que lo de Eilen era una enfermedad incurable. En agosto su salud volvió a decaer y se ordenó su internación. Una junta de especialistas esclarecería aún más el diagnóstico que hasta entonces era un tanto difuso: la niña adolecía de osteomalacia severa, raquitismo renal, acidosis tubular renal y parálisis hipokalémica.

Pero, fue casi a finales de ese año que la vida de Eilen dio un giro de 180 grados gracias a un sueño. Fue cuando Jesús, recuerda Betancourt, se le apareció y la llamó por su nombre. Era un 31 de diciembre, cuando Él, en la visión de Eilen, le preguntó: "¿Quieres caminar?". Atónita, ella respondió: "Sí, quiero caminar y correr como mis otros compañeritos". Apenas la niña abrió sus ojos, le contó a su madre aquel hecho anecdótico. Sin caer en cuenta lo que vendría después, la mamá curioseó: "¿Y qué te respondió Él?"… "Que sí iba a caminar, pero que no tenía que tener miedo". Al rato de haberle contado, Eilen Natalí Jiménez Cardozo se levantó de su eterna silla y dijo: "Quiero decirle a mi abuelo que ya sé caminar".

Aquellas piernas inertes comenzaron a moverse entre el asombro y la emoción de su madre, que iba detrás de ella con miedo a que se caiga. "No me agarres, yo ya sé caminar", le repitió. Cuando llegó donde el abuelo, Eilen le recordó una vieja promesa: "Tú me has prometido que si caminaba me ibas a regalar una Barbie. Me la debes".

La noticia se propagó rápido entre sus seres queridos. Para todos era algo imposible de creer. A la ciencia le costó comprender la recuperación en tan poco tiempo, mientras que para las religiosas la clave estuvo en la intercesión de la madre Eugenia Ravasco.

"Fueron las oraciones y un buen tratamiento médico lo que hizo que esta niña se curara de una manera, llamémosla, milagrosa". Las palabras corresponden al padre Miguel Manzanera, el juez que designó la Iglesia para comprobar lo que le había pasado a Eilen. Lo mismo opina Betancourt: "¡Claro que sí existen los milagros!".

Esta prueba fehaciente, concedida por la intercesión de la entonces venerable, sería la última pieza en el camino de santidad que había iniciado la fundadora de la congregación religiosa de las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María (también trabajan en Warnes); un proceso que terminó en 1998, cuando se llevó toda la documentación a Roma, después de examinar no sólo a la pequeña, sino también de tomar juramento a varios testigos. En Roma, una junta médica ratificó lo dicho por sus similares bolivianos. No se explicaban una mejora tan rápida. El 5 de julio de 2002, el propio Juan Pablo II firmó el decreto de aprobación del milagro —la curación de Eilen— obtenido por la intercesión de la madre Eugenia, pero sólo se beatificaría el domingo 27 de abril de 2003, durante una misa celebrada en la plaza San Pedro en Roma, ante la presencia de la niña cochabambina. Ese mismo día, Juan Pablo II le daría la primera comunión a Eilen. "Siempre digo que ella, en parte, también es una beata boliviana, porque el milagro sucedió aquí", acota Miguel Manzanera, vicario judicial del Arzobispado cochabambino.

PRUEBA II

En la puerta del templo La Merced, en Santa Cruz, aparece la foto de una señora con una leyenda que dice: "Causa de beatificación de una mujer boliviana. Se distinguió por su espíritu de oración y amor al hermano, en especial a los pobres".

Con un ángel especial, Virginia Blanco Tardío tiene muchas virtudes a su favor, aunque los feligreses cruceños la conozcan muy poco. Veamos. Ella nació el 18 de abril de 1916, era la segunda de cuatro hijas del matrimonio Luis Blanco Unzueta y Daría Tardío Quiroga. Su familia era conocida en su natal Cochabamba: dos de sus ancestros fueron ex presidentes y su abuelo, Benjamín Blanco, fue miembro de la Real Academia Española.

A quienes la conocieron, como el hermano Salvador Sanchis y Elva Retamozo, les sobran calificativos para definirla. Según el religioso era sencilla, alegre, respetuosa y apegada a la misa diaria, mientras que para Elva era una persona muy sabia y caritativa. "A veces no tenía ni ropa para ponerse, porque todo era para los pobres. Tenía una enorme casa y los alquileres servían para dar de comer a los más necesitados", rememora Retamozo, que compartió con la "señorita Virginia", como la llama, casi 40 años de su vida. "Ella me ha hecho varios favores, sobre todo en mi salud. Tengo 80 años y sigo caminando", enfatiza la anciana que está empeñada en propagar la causa de su beatificación.

Claro que ella no está sola: la familia Blanco, en especial sus sobrinos, y la propia Iglesia le han puesto mucho interés, porque, de concretarse, Virginia sería la primera beata laica del país. Ya se han dado varios pasos en ese camino, aunque todavía falta lo más difícil: certificar un milagro ocurrido después de su muerte, el 23 de julio de 1990. "Roma la mira con mucha simpatía", aclara el vicario judicial, que no sólo le dio el sacramento de la Santa Unción a Blanco, sino que también escuchó sus últimas palabras: "Que me ayude nuestro Señor".

La historia de esta devota es apasionante y para Manzanera representa a una generación de mujeres muy sacrificadas, dedicadas en cuerpo y alma al servicio de los pobres. "Gente muy generosa, por eso digo que el homenaje que le estamos haciendo a ella, de alguna manera, es para todas las mujeres".

Virginia sintió especial vocación para ser catequista en español y en quechua, fue presidenta de la Asociación de Mujeres de Acción Católica, profesora de religión en varias escuelas fiscales durante más de 40 años y una fiel creyente del poder de la oración. Como premio a su piadosa vida y fecunda en buenas obras, hoy el caso de Virginia está en la Congregación para las Causas de los Santos en Roma. Cerca de 45 testigos se han sucedido ante las autoridades correspondientes, tanto judiciales como eclesiásticas. Ellos han reafirmado "las virtudes teologales, humanas y la fama de santidad" de esta laica.

Desde el 21 de enero de 2005 se espera el dictamen para saber si las virtudes de Virginia son heroicas. Si esto se logra demostrar será declarada venerable. "Calculo que para febrero de 2007 estaré retornando a Roma llevando la documentación que nos falta. Luego sólo quedaría la cuestión del milagro para ser nombrada beata. Lo que tenemos hasta ahora sólo son ‘favores’ que ha hecho a personas en situaciones difíciles, con problemas de salud, trabajo o familiares. Para que pueda existir un milagro tiene que haber un examen médico antes y después de que éste suceda", así explica Manzanera parte del proceso para el cual han conformado un grupo promotor de la causa de Blanco.

PRUEBA III

Monseñor Jesús Juárez, obispo de El Alto, ha puesto sobre la mesa el nombre de Francisco Tito Yupanqui para seguir los pasos de Blanco y Ravasco. "Estamos viendo de iniciar el proceso", asegura Manzanera.

Para quienes no lo conocen, Tito fue uno de los maestros indígenas más importantes de la región, que perteneció a la Escuela del Lago Titicaca, a la comunidad de Kota Kawana y que pintó, en 1583, la Virgen de Copacabana. "Tito Yupanqui fue un santo", relata el vicario judicial.

Aún durante la época de la influencia española, este miembro del ayllu Lupaka decidió romper con sus creencias y se convirtió a la fe católica. Se sintió maravillado, pero también apenado porque sus hermanos, que eran quechuas y aymaras, no valoraban esta nueva creencia; por el contrario, seguían apegados a los sacrificios ancestrales.

Yupanqui pensó que tenía una deuda pendiente con los suyos: quería que se cristianicen y vio que era importante tener una imagen de la Virgen María, pero con rostro indio. No había estudiado. Fue a Potosí a aprender artes plásticas, porque ahí había escuelas especializadas. Jamás tuvo miedo de confesar la torpeza de sus manos para el dibujo y la escultura.

Con fe y devoción se sometió a duras lecciones y varios intentos. Su interés contrastaba con las miradas de burla e incredulidad de gente que no creía posible que un indio retratara a la Virgen. "Pero él lo hizo con mucha perseverancia y humildad. La llevó a La Paz para que la "doren" en paneles de oro (en San Francisco), a fin de que esté más bonita la imagen. Luego se fue a Copacabana, donde había nacido.

Gracias a la Virgen y a la catequesis logró difundir la doctrina cristiana en su pueblo", resume Manzanera la historia de Tito Yupanqui y una devoción que ganó tanta fama que Calderón de la Barca, uno de los grandes literatos españoles del Siglo de Oro, le dedicó el poema La aurora de Copacabana. Se dice, por ejemplo, que un sacerdote dio testimonio del "primer milagro": creyó advertir en la obra de Tito un resplandor divino. "Estamos queriendo desempolvar su historia para comprobar que en los tiempos primeros de la conquista, pues ya había verdaderos santos, además que eran originarios... Yo creo que lo vamos a conseguir", acota, confiado, Miguel Manzanera.

PRUEBA IV

Hace varios meses, en la más absoluta discreción, las Siervas de María recibieron a una comisión española conformada, entre otros, por un tribunal de Madrid, notarios y médicos, además de representantes de la Iglesia local, como el franciscano Aurelio Pessoa, que actuó como juez delegado. La congregación, que había iniciado hace tiempo el proceso de beatificación de sor María Catalina Irigoyen Echegaray, esperaba un milagro para su beatificación. Y todo parecía indicar que ese "presunto milagro" había sucedido en La Paz en 2004. Claro que antes recogieron el testimonio de 18 personas, todas paceñas, que tuvieron que venir a Santa Cruz a prestar las declaraciones de rigor.

Fue durante la enfermedad de un médico que las hermanas se apiadaron del sufrimiento de la esposa y del desafortunado destino que tenía al hombre postrado en la cama. El diagnóstico, a líneas generales, decía: complicaciones en el cerebro. Lo internaron por hidrocefalia, el cuadro se complicó con una infección, meningitis y pulmonía. "Tenía dos caminos: o moría o quedaba con secuelas", recuerda Pessoa. Tres intervenciones en el cerebro echaron por el piso cualquier esperanza. Pero las Siervas de María se encargaron de elevar oraciones y novenas a María Catalina para que lo ayudara... De seguro a los galenos les costó comprender el mejoramiento de este paceño.

El caso, sin duda, trascendió al extremo de que las seguidoras de Irigoyen Echegaray esperan hoy los resultados de Roma. Pessoa, cauto, remarca el hecho de que este proceso lleva su tiempo. Al igual que el ejemplo de María Catalina, que murió el 10 de octubre de 1918, las hermanas prefieren mantener el silencio y dejar que las cosas sigan su curso. Ahora, querido lector, le volvemos a preguntar: ¿Cree en los "favores divinos"?

 
 
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