Texto | Mauricio Belmonte Pijuán
Fotos | Regina Belmonte H
Destino | Bajo su suelo y en la extensión de sus senderos ocultos, se halla presente la silueta de un pasado histórico, deslumbrante y misterioso
La recua de mulas aceleraba la marcha por el camino del Taquesi mientras la niebla se diluía entre las siluetas de sikilis y helechos. Los uches, desde lo alto de su nido colgante, delataron la presencia de los forasteros con sus graznidos estridentes. Diego Ortiz, fraile agustino y doctrinero de la Iglesia, hizo su arribo a la región montañosa de Vilcabamba, más conocida en ese entonces como la “Universidad de la idolatría”. El religioso español tenía desde un principio la misión específica de salvaguardar, por medio de la fe católica, las mentes y espíritus de los indígenas de esta región subtropical. Fray Ortiz descendió con su escasa comitiva hasta traspasar el umbral de “La Puerta de Vilcabamba” (hoy la población yungueña de Yanacachi), y dar, en un principio, descanso a su cuerpo afligido para posteriormente iniciar su trabajo evangelizador en las distintas comunidades de herejes. Ortiz tuvo que levantar iglesias donde antes se adoraban a dioses nativos y bautizar a niños, hombres y mujeres con latinajos y responsos dominicales. La tarea nunca dejó de ser complicada.
Hoy, a más de 500 años de estos sucesos, Yanacachi duerme plácida y distante en uno de los muchos balcones de los cerros yungueños. Sus habitantes descansan indiferentes bajo la sombra tibia y refrescante de las araucarias de la plaza, mientras que el visitante ocasional se deleita con un paisaje de montañas verdes y cristalinas caídas de agua.
Sin embargo, el recuerdo precolombino interrumpe de vez en cuando el adormecimiento del pueblo para reiterarle con precisión el pasado incaico de la región. Así lo explica Teresa Guisbert, arquitecta e historiadora, quién señala que en la misma plaza principal de Yanacachi se hallaron enterradas piezas de cerámica incaica; un pequeño aríbalo y dos platos con apéndice de cabeza de pato.
Según Guisbert, el doctrinero agustino Diego Ortiz no pudo culminar con éxito su trabajo extirpador de ídolos, ya que encontró la muerte bajo el yugo protector del inca Tupac Amaru, quién defendía celoso la veneración del ídolo Punchao. Bajo esas circunstancias históricas, esta localidad yungueña se presenta como escenario inédito para destapar las ceremonias prehispánicas de la “Universidad de la idolatría” y el “depósito de hechiceros” antes y durante la colonia.
La entrada a Los Yungas
Es difícil imaginarse a esta bella y pacífica región como teatro de rituales ancestrales, donde caciques y súbditos danzaban por sus ídolos sin detenerse, quedando, incluso, en trance de manera continua.
Muchos de los visitantes que se aventuran hasta Yanacachi ignoran las terribles ejecuciones que padecieron indígenas y peninsulares durante la época de la conquista española, luchando ambos por imponer sus respectivas religiones. Ahora, los únicos testigos oculares parecen esconderse bajo la fría capa pétrea de las rocas del camino que une los Yungas con el altiplano paceño.
Fue, sin duda, el camino del Taquesi, con sus senderos angostos y sus gradas pedregosas, una de las rutas más utilizadas durante la etapa precolombina. La historiadora María Luisa Soux relata que en esta zona no sólo se produjo el encuentro de culturas diferentes, sino que se asentaron culturas indígenas importantes como las de los Yuncas y los Mitmas. “Desde Yanacachi —pasando por Chulumani— hasta Chicaloma, se estableció una verdadera zona de interrelación entre pueblos indígenas. Prueba de ello, es la aparición de restos arqueológicos andinos en tierras bajas, muy cerca al Amazonas”.
Las comunidades de la región que más se beneficiaron con este camino incaico fueron las de Sirupaya, Cacapi, Taquesi y Marka. En estas zonas, y, dependiendo de sus pisos ecológicos, se sembraba coca, maíz, y en las tierras más altas se podía cultivar diversidad de papas y pastizales para el consumo del ganado. Lo cual, a decir de Soux, permitía el intercambio de productos agrícolas.
En la Colonia, la ruta del Taquesi – ahora Camino del Inca- fue utilizada para enlazar la zona del altiplano con los valles subtropicales de La Paz. Muchos hacendados viajaban días enteros, montados en jumentos y mulas, transportando fruta y coca a los diversos poblados de la región. Hoy, el viejo camino prehispánico abre sus senderos y atajos a todos los turistas y aventureros que desean desentrañar el recorrido histórico de Los Yungas.
El mirador de los Incas
Como todo pueblo yungueño, Yanacachi fue edificada bajo los cánones de la época colonial. Su organización urbana estuvo guiada bajo el estilo Dalméro, forma cuadricular, donde la iglesia y las oficinas administrativas rodeaban la plaza central del pueblo.
A un costado se erguían las residencias de las familias notables de la comarca, a tras mano, y lanzados a su suerte, quedaban estampados los hogares de la plebe.
En cada ámbito de esta región, los vestigios coloniales marcan la pauta. Las fachadas ásperas de las casas antiguas revelan su estatus colonial; balcones inhabilitados y balaustradas desvencijadas son una muestra más del inclemente paso del tiempo y las variaciones climatológicas. Tan sólo mirar el revoque gastado y descascarado de algunas construcciones, o el desarme continúo de las calaminas oxidadas, produce esa extraña y misteriosa sensación de abandono obligado.
Y es en una de estas casas, lugar de regocijos permanentes entre colibríes iridiscentes y mariposas bicolores, Ricardo Criales cosecha la nostalgia de sus años vividos en Yanacachi. Ochenta y dos años no son suficientes para narrar la historia de un pueblo. Sin embargo, don Ricardo, hombre de tez morena y canas amarillentas planchadas por el sol yungueño, deja deslizar la historia de sus recuerdos en los pétalos cárdenos de una Flor del Inca. “Yo me acuerdo muy bien que en este pueblo había una festividad grande, la fiesta del Espíritu Santo con danzas y agasajos por todo lado, pero, lastimosamente con el curso de los años va decayendo su organización. Ahora, la atracción de Yanacachi se centra en los días de Semana Santa, ya que los viajeros y algunos extranjeros deciden venir hasta acá por el Camino del Inca”, recuerda el anciano mientras sus dedos aprietan la hebilla de su reloj.
Ricardo no se cansa de explicar las características particulares del pueblo que le vio nacer. “Yanacachi es uno de los poblados más antiguos de la zona de los Yungas de La Paz, mis padres me decían que esta zona fue desde el principio la puerta de ingreso a Sur Yungas, además, está próxima a la Sede de Gobierno, sólo la separan 70 kilómetros”. Para que no queden dudas en cuanto al conocimiento que alberga su memoria, Ricardo desvela con lucidez el significado del nombre del pueblo. “Yanacachi es una palabra de origen quechua, y en esa lengua significa ´sal negra´”, apunta.
Un sueño de olvido
El recorrido continúa por el vecindario. Debajo de la plaza principal y descendiendo bruscamente dos largas cuadras, donde musgos y helechos extienden sus mantos verdes sobre las frágiles fachadas coloniales de las casa circundantes, se halla oculta entre platanales inhiestos y muros de piedra pizarra la residencia de Gonzalo Silva, médico pediatra que dedicó parte de su vida a la veneración del suelo yungueño. Él, al igual que muchos, decide comentar sus experiencias de vida en este jardín paceño. “Desde 1956, yo fui médico durante largos años de lo que se llamaba La Colonia de Vacaciones de los Niños del Patronato Nacional de Menores”, que existía en ese entonces en Yanacachi. Yo acepté eso de inmediato y bajo cualquier condición, debo reiterar que yo amé siempre Los Yungas, por lo tanto viajaba a este pueblo todos los fines de semana”.
El doctor Silva acude con precisión a cada uno de los recuerdos que le dejó aquella época en la colonia de vacaciones. “La Colonia estaba a cargo de unas monjas, las cuales pertenecían a la congregación de la Madre Teresa de Calcuta. Ellas se encargaban de esparcir el orden y la disciplina dentro de las instalaciones de este centro recreativo. Por lo que sé, todo eso dejó de existir y ahora existe la famosa congregación de monjitas aymaras, ellas, de manera abnegada, se encargan de llevar adelante los oficios religiosos en el pueblo”, sostiene.
Es tal la pasión que brota de Silva hacía Yanacachi, que el médico no duda ni un segundo en señalar a esta comarca como “El mirador de los Yungas”. “Es tan diferente de los demás pueblos de Los Yungas, que uno se sorprende de encontrar la mucha armonía entre el verdor subtropical y las construcciones que el hombre ha establecido”. Este sentimiento engendrado en tierras húmedas de exuberante vegetación produjo la publicación de un texto de cuentos y relatos que ahora descansa en un lugar privilegiado del anaquel de los Silva.
Entonces, no es extraño asombrarse de la fascinación que este lugar genera en las mentes y espíritus de quienes lo visitan por vez primera. Sus calles y casas exhiben la importancia de una época que dejó de existir en los suspiros de las montañas colindantes. Ahora, Yanacachi parece dormir el sueño del olvido, sin embargo, el esplendor de su pasado cobra vida cada vez que el monte devuelve con premura el eco de los tañidos campaneros.