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Domingo, 26 de marzo de 2006
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Bolivianos en el reino de la ‘migra’ y los ‘coyotes’

Simbólicos ataúdes en la frontera cuentan las víctimas mortales del tráfico de personas.

Texto | Redacción ¡OH!

Fotos | Agencias

Desafío | No son pocos los bolivianos que se han atrevido a cruzar sin visa la frontera entre México y Estados Unidos; estas son algunas historias que reflejan las hazañas por lograr “el sueño americano”

Para la mayoría de los emigrantes bolivianos, el inicio del sueño americano ha precisado básicamente de un buen fajo de dólares y la suficiente dosis de astucia o suerte para demostrar que eran adinerados “turistas” o “estudiantes” que no pensaban quedarse más de de lo debido. Sin embargo, para Johnny Alcón, cristalizar la ilusión de los dólares y el trabajo seguro le significó pasar por “los 10 más putos días de mi vida”.

Johnny relata que había completado casi tres semanas de viaje y se hallaba entre Tecate y Tijuana, a más de 10 mil kilómetros de su Cochabamba natal. Había pasado los últimos días en una posada llena de huéspedes asustados y empleados neuróticos. Era la etapa final, y cuidaba al centavo el resto de los más de 3.000 dólares con los que había partido de Bolivia.

“Estuve alojado en una posada donde había un sólo baño como para 30 personas y que encima no tenía agua. Era un pueblo arenoso, seco y con unos boliches ruidosos, un poquito mejor a esos que ves en las películas. La gente del lugar te daba miedo porque no sabías si eran policías, mafiosos o delatores. El resto te daba pena porque uno se da cuenta de que están como tú, queriendo pasar la frontera”.

Johnny cuenta que entre sus contactos y trámites con “polleros”, (los mafiosos que dirigen el contrabando de gente), “coyotes” (quienes trasladan a los emigrantes en el borde fronterizo) y los taxistas ligados al negocio, apenas tuvo tiempo para comer y dormir. Cada enlace le significaba litros de copiosa transpiración y esquilmar sus cada vez más escasos dólares. Cuando ya se quedó con lo justo apareció un “juntador”, los que reúnen a quienes van a cruzar la frontera y los dejan con los “coyotes”. “Tras pagarle me quedé con menos plata de la necesaria. Tenía algunos dólares menos de los acordados para el último coyote y nada para el otro lado. Habría llegado a EEUU sin un solo dólar”.

El valor de un trago

Cargado de esa angustia, Alcón fue encomendado a un hombre mayor que lo trasladó hasta un escondite cercano a la frontera, en la oscuridad le pareció un taller en ruinas. Luego le pidió que esperara el momento en el que le diga que corra hacia el noroeste y sacó una botella de trago. “Pasamos una noche y un día, esperando no sé qué, casi sin movernos, soportando frío y calor. Empezamos a conversar y después hasta me invitaba de su trago. La segunda madrugada, cuando él estaba entre borracho y dormido, le puse la plata, en su bolsillo, pero guardándome 20 dólares y decidí correr hacia el noroeste”.

Johnny recuerda que a los pocos metros se estrelló contra una isla de cactus y espinas y que la atravesó, “tal vez porque también estaba medio borracho”. Caminó buscando algún punto de referencia, guardando distancias entre las primeras edificaciones, carreteras y casas; y temblando cada vez que oía ladrar un perro o el motor de un auto. Y una mañana de octubre de 1986, Johnny Alcón amaneció en San Diego, California.

Buscó un teléfono para llamar a sus primos que vivían en Virginia e inició el resto de su vida.

“Como el más mexicano”

Como varios otros bolivianos, Alcón repartió su creciente angustia ya desde el cruce de Kazani o el Desaguadero, al despedirse del Titicaca y de Bolivia. Luego al cruzar de extremo a extremo Perú, Ecuador y a veces Colombia y Centro América. Algunos ya lograron dar su salto aéreo desde Calí o Bogotá para llegar a la capital mexicana e iniciar allí la odisea final.

Órganos, Rumichaca, Tulcán, Ipiales… en cada frontera tuvieron que aprender velozmente las tretas de la emigración forzada. Las visas, el cambio de moneda y la compra de pasajes de ida y vuelta a fondo perdido o precio de circunstancia. Y en México más de uno también asimiló un curso acelerado de teatro. “En el DF había primero que comportarse como un platudo, alojarse en un hotel de tres o cuatro estrellas. Luego, para viajar a la frontera, recomiendan que uno hable como el más mexicano de los mexicanos”.

Meses antes, su trámite de visa ante la Embajada de EEUU había fracasado de manera inesperada. Para obtenerla no había olvidado nada, excepto que años antes en la universidad firmó duras críticas contra el gobierno de Ronald Reagan y hasta quemó banderas estadounidenses.

Pero “fundido” por la crisis de la UDP (Unión Democrática Popular), dentro de su propia crisis hizo de su intento de llegar a EEUU una obsesión. Hace algunos meses retornó al país por tercera vez. Ya no a visitar la tumba de su progenitor e ir al dentista, como la primera vez, hace 12 años. Tampoco a ver si vendía o compraba algún inmueble, como la segunda hace cuatro; sino a pasear con su nueva familia y con tiempo para contar su historia.

Viajando de “paquete”

Maribel, una paceña que ahora tiene apellido inglés, es recordada en su casa por una experiencia parecida a la de Johnny. A sus 20 años, con la memoria fresca de las dictaduras, intranquilizaba a la familia por su militancia en uno de los partidos comunistas. Pero un día la sedujo la oferta de una “agencia internacional” para llevarla a trabajar y estudiar en EEUU. Sin embargo los responsables de la empresa desaparecieron tras la puerta de un mostrador en el Distrito Federal de México y Maribel se quedó sola. Gente compadecida le planteó la alternativa: “volver a Bolivia o pasar como paquete”. Tras algunos días de “andar como una reina en México”, un viaje hacia Matamoros, a mediados de 1984, explicaba su decisión. Nadie conoce los detalles de las horas que pasó en la plena frontera. Pero se asegura que Maribel llegó a San Antonio, Texas, “casi muerta” en un compartimento adherido al tanque de gasolina de un camión.

Con el tiempo ha retornado varias veces a Bolivia. Antes logró llevar a uno de sus hermanos que ahora apuesta a ser un potentado de la plomería. “Sigue hablando de sus ideas socialistas, pero Maribel ya no piensa volver porque está casada con un gringo”, dicen sus conocidos.

El drama o la visa

Si Maribel llegó a EEUU sin saber que iba a enamorarse, la historia de Gonzalo Peredo habla de alguien desesperado por encontrar a su pareja en Washington. “En 1987 tuvimos una hija con mi novia. Planificamos irnos y poco después ellas lograron viajar y quedarse con unos parientes sin mayores problemas. Un mes más tarde, a mí me negaron la visa por un increíble error en mis papeles”.

Peredo, cochabambino, hoy de 35 años, relata que angustiado optó, unos meses más tarde, por seguir “la ruta de los coyotes”. En la frontera no midió gastos para asegurar su ingreso a EEUU. “Unos te dicen que es fácil, otros que te puedes secar en desierto, otros que te van a poner droga”. Pero estaba decidido a cruzar la frontera. Una redada de la patrulla fronteriza (“la Migra”) en pleno paso de Tijuana derivó en que lo detengan y luego a que vuelva a ser puesto en tierra mexicana. “En México fui acechado por policías corruptos, son de lo peor”, relata. Luego, con los últimos dólares que logró salvar, llegó hasta Lima. Desde allí apenas alcanzó a pedir ayuda a sus familiares para volver a Bolivia. Sólo un año más tarde logró reencontrarse con su novia y su hija, en esa ocasión gracias a la visa.

El reino de la migra

No son pocos, ni difíciles de hallar los testimonios de los bolivianos que conocieron el reino de “los polleros” y “la Migra”. La temible frontera norte entre México y Estados Unidos, de más 3.100 kilómetros de largo. Vigilada por 14 mil agentes federales y cámaras con sensores infrarrojos que le cuestan a EEUU un presupuesto de 18 mil millones de dólares, allá donde hoy se pretende levantar un muro y donde, según cifras oficiales, cada año mueren 350 emigrantes en su intento de pasar el desierto o el río Bravo.

No se sabe cuántos se fueron como Johnny, Maribel o Gonzalo. Ellos marcan otro capítulo más de la cotidiana sangría boliviana. Un capítulo afortunadamente menor, pero atenuado en otras latitudes. Allí donde el “sueño americano” es reemplazado por el “todo por el euro”, el “que nos “vaya yen” o el “salto del canguro australiano”.

 
 
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