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| Rafael Sagárnaga L. |
| Fotos |
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Vassil Anastasov |
La
viuda de uno de los escritores y periodistas más importantes
de Bolivia, Porfirio Díaz Machicao, cumplió hace
poco 100 años, este es su testimonio de amor, intensidad
y coraje.
“Fue
la primera vez que lo vi”, recuerda doña Maruja
sonriendo y con una chispita en los ojos, al iniciar su relato.
Corrían los años 30, tres jóvenes artistas
llegaron a Cochabamba a representar una obra de teatro. Eran
nada menos que José Aguirre Gainsborg, Guillermo Viscarra
Monje (1) y Porfirio Díaz Machicao. Luego de la obra,
muchos de los asistentes fueron a saludar y felicitar a los
actores.
Horas más tarde, las visitas fueron menos gratas. Díaz
Machicao, Viscarra y Aguirre fueron arrestados “por difundir
ideas comunistas”. Eran tiempos en los que el gobierno
republicano y la Iglesia estigmatizaban toda idea de izquierda
como una señal del caos y el infierno. Para Maruja la
noticia fue como una especie de premonición sobre el
resto de su vida.
Pasaron algunos días, en casa, a Maruja le pidieron que
vaya a averiguar al domicilio Quiroga el estado de una prima
que había enfermado. La visita motivó una reunión
espontánea y en ella aparecieron Díaz Machicao,
Viscarra y Aguirre. “¿Y de dónde ha llegado
usted?”, le pregunté. “De todas partes, me
responde”, recuerda doña Maruja las primeras palabras
que intercambiaron.
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Desde
entonces, cuando no estaba escribiendo notas periodísticas
o en riesgosos afanes por sus ideas políticas, Porfirio
Díaz Machicao pedía permiso para visitar a Maruja.
El 28 de diciembre de 1932 se casaron.
Amor
en tiempos de guerra
Pero el amor y los ideales eran una mala fórmula en tiempos
de guerra. Seis meses antes el presidente Salamanca había
ordenado la toma de fortines paraguayos en el Chaco boreal.
En plena movilización de reservistas y discursos bélicos,
Díaz Machicao dictó una encendida conferencia
a favor de la paz. “Era un pacifista, les dijo: ´nosotros
no estamos preparados para la guerra, somos como ovejas, en
cambio los paraguayos ya se han hecho guerreros´”,
cuenta su esposa.
Y la primera separación forzada llegó poco después
de la boda. Por ese ataque a los belicistas, en el transcurso
de pocos meses, Díaz Machicao fue primero detenido, luego
confinado y finalmente enviado a los más furiosos frentes
de batalla. Viajó con uno de los destacamentos chilenos
que participaron en la contienda bélica. Antes de su
partida el pacifista se enteró de que tres oficiales,
encabezados por el capitán Álvarez, tenían
la orden de vigilarlo y fusilarlo.
Para la pareja vinieron tres años de continua angustia.
En un principio Porfirio debía lidiar con la muerte desde
todos los flancos. La orden de su eliminación así
lo imponía. Afortunadamente, el capitán Álvarez
se hizo su amigo y la orden quedó postergada indefinidamente.
Maruja sólo vivía a la espera de las cartas de
Porfirio.
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Forzado
por la orden de ser enviado a las zonas más críticas,
poco a poco, Díaz Machicao ganó predicamento en
el frente. En 1934 ayudó a sacar la artillería
de Picuiba a Santa Fe (2) en un operativo por demás temerario.
En otra oportunidad se cuenta que, pasando en medio de tropas
paraguayas, rescató un camión con agua para las
sedientos soldados bolivianos. Doña Maruja relata: “me
contó que la sed los mataba, que algunos de desesperación
se mordían el pecho. Y dijo que cuando llegó con
el camión de agua abrieron los turriles a balazos y bebieron
desesperados”.
“Los
Invencibles”
Un día los papeles en buena manera se invirtieron, a
Maruja no le llegó precisamente una carta. “He
escrito un libro sobre la guerra. Estoy enviando los papeles
para que los puedan publicar”, le escribió Porfirio
en la anticipación. Poco después el original de
“Los Invencibles”, una tesis pacifista de incisiva
crítica contra los militares, llegó a manos de
la esposa del escritor. Entonces Maruja asumió la riesgosa
misión de hacer imprimir la obra en una editorial extranjera.
“La esposa de mi vecino, José Sarhue, era argentina
y estaba por viajar a Buenos Aires. Le pedí si podía
llevar una encomienda a mi hermano. Armé una cajita con
tostado de arveja. En la base estaban los originales de ´Los
Invencibles´. Pasé rezando toda la noche para que
la censura de guerra no descubriera el libro. Dos días
después el señor Sarhue me avisó que su
esposa ya había pasado La Quiaca”.
En 1936 “Los Invencibles” fue publicada por la editorial
Claridad de Buenos Aires. La obra mereció varias ediciones,
incluso una en inglés que fue vendida en Estados Unidos.
En Bolivia el libro fue prohibido y hasta la fecha no se ha
editado.
Llega
El País
Díaz Machicao sólo volvió a Cochabamba
tras el armisticio del 14 de junio de 1935. Pudo hacerlo antes
pues se ganó el derecho del retorno temporal. Había
tomado tres prisioneros paraguayos y con ese mérito podía
solicitar una licencia para visitar a su familia. Sin embargo
el coronel que atestiguó su acción se adjudicó
la captura para sí.
“Una vez que llegó Porfirio de la guerra, me dice:
-¿Y ahora qué vamos a hacer?, ¿De qué
vamos a vivir?.
- Yo le respondo: como tú tienes dedicación al
periodismo y escribes, haremos un periódico
-Pero si no tenemos dinero
-No importa. Yo me presto”, cuenta doña Maruja.
La empresa no fue fácil. Maruja consiguió el préstamo
para el periódico de parte de una de sus mejores amigas:
Aurora Luizaga de Quiroga. Compraron los equipos ya usados del
diario El País. La imprenta funcionaba por el sistema
de cajas, vale decir que los textos se armaban letra por letra
con moldes de plomo.
Y así, letra por letra, empezó otra larga etapa
de lucha para los esposos Díaz Machicao. Maruja era la
admistradora y Porfirio el director. Seis obreros y seis periodistas
(3) completaban el equipo del pujante El País, diario
que en 1937, con el añadido de un flamante equipo de
linotipo (también a crédito), emitió su
número de gala. La linotipo y el producto colmaron de
dicha a Porfirio Díaz Machicao.
La edición implicaba extenuantes horas de sacrificio.
“Le tenía un gran cariño a mi esposo, al
periodismo, a lo que escribía. Por eso yo iba a comprar
la tinta, el papel, todo lo que se necesitaba”, relata
la viuda de Porfirio Díaz Machicao.
Las compras no eran sencillas. Maruja tuvo que viajar una infinidad
de veces a Oruro para conseguir plomo, estaño y antimonio.
Luego dirigía el fundido, la aleación en el crisol
y el vaciado en los moldes. Con el paso de los meses la tinta
y el papel le significaron viajes a Chile y EEUU. Esto porque
uno de los distribuidores nacionales de la empresa Grace, simpatizaba
con los nazis y Porfirio era demócrata.
Así, fundir las letras e imprimirlas significaba la mitad
del sacrificio. El País se ganó progresivamente
una variada serie de poderosos enemigos. Desde los comandantes
de los ejércitos de la guerra del Chaco, algunos ya ejerciendo
el poder político, hasta los alcaldes cochabambinos y
un obispo que hizo negociados con los terrenos de un convento.
Con
las maletas siempre listas
Por dichas urgentes razones Porfirio Díaz Machicao aprendió
a tener siempre listas las maletas. “Constantemente era
arrestado, perdimos la cuenta de cuántas veces fue confinado”.
En 1946 Díaz Machicao salió del país exiliado
a Argentina.
Los confinamientos significaban duras pruebas. En uno de ellos
Porfirio fue trasladado hasta Puerto Suárez. Allí
sólo había una pista y una caseta con un guardia.
El piloto dejó a Díaz Machicao esa tarde. Porfirio
tuvo que improvisar con arbustos y cañas una especie
de cabaña para protegerse. Durante la noche el guardia
murió a causa de una malaria avanzada.
Pese a las ausencias forzadas del Director, El País no
se dejó de imprimir ningún día hasta su
cierre. Los días de los arrestos, confinamientos y el
exilio de su esposo, Maruja cuidaba de dejar vacío el
espacio de la nota editorial. “El Director está
confinado”, explicaba.
Es más, durante el exilio de su esposo, un día
llegó un artículo contra el gobierno escrito por
Pedro Silvetty. Dada su extensión, la primera parte del
documento fue publicada, entonces los militares remitieron una
prohibición de publicar la segunda parte. Esa noche,
Maruja optó por anular una página del avisario.
Al día siguiente El País presentaba una página
con la prohibición reproducida y la página contigua
con la segunda parte del artículo antigubernamental.
El
atentado
En 1946, tras el derrocamiento de Gualberto Villarroel, Díaz
Machicao retornó a Bolivia. Casi un año más
tarde fue elegido diputado por el Partido de la Izquierda Revolucionaria
(PIR). En 1949 y hasta 1951 fue primer secretario de la Embajada
de Bolivia en México. A su retorno al país el
fragor de la lucha política era intenso. La Revolución
Nacional se aproximaba.
Durante todos esos años, Porfirio se dio modos para escribir
11 de los 40 libros que dejó. Doña Maruja recuerda
las veces en las que les anunciaban que grupos de agentes se
dirigían a arrestarlo mientras él seguía
puliendo sus textos en un escritorio de la finca familiar.
Sin embargo, algunos meses después de la Revolución
del 9 de Abril de 1952, se anunció el final de la vida
periodística de Porfirio Díaz Machicao. El Canciller
de Víctor Paz, Wálter Guevara Arce, visitó
un día El País. “Porfirio, tienes que darnos
tu diario para que promovamos la Reforma Agraria y la Nacionalización
de las Minas (...). No pongas piedras en el camino, mañana
vamos a enviar unos tasadores”, le advirtió al
escritor delante de su esposa.
Ambos se negaron. “Yo le dije: ¿va usted a poner
precio al diario donde mi marido ha puesto toda su emoción
y yo mi sacrificio?”, recuerda que le respondió
doña Maruja.
Algunos días más tarde, las instalaciones de El
País fueron dinamitadas.
El
recibimiento en La Paz
Díaz Machicao y su esposa optaron por irse a vivir a
La Paz, la tierra natal del escritor. Algún tiempo después,
sus cualidades le permitieron ser el Director de la Biblioteca
de la Universidad Mayor de San Andrés. Luego, su ya notable
legado bibliográfico hizo que le ofrecieran la Dirección
de la Academia de la Lengua española.
Durante los siguientes años se convirtió en un
destacado conferencista internacional. En una ocasión
le tocó visitar el Paraguay. Tras su alocución,
un general se quitó la medalla que recibió tras
la guerra del Chaco y se la puso en el pecho del escritor. “Esto
le corresponde a usted”, sentenció
Paralelamente, su producción literaria llegó a
las 40 obras. Maruja desde entonces, y hasta hoy, apuntaló
la edición de los volúmenes de las obras de Porfirio.
El escritor recibió diversas distinciones y reconocimientos,
incluidos el Premio Nacional de Cultura, la medalla de Gregorio
Magno y el Cóndor de los Andes.
“Una vez visitamos la Biblioteca central de Washington.
El director, que era su amigo, le llevó hasta cerca de
su escritorio, tocó un timbre y entonces bajó
automáticamente una caja con todos los libros que escribió
Porfirio. En la Biblioteca Panamericana tenían una colección
con todos sus artículos de prensa. En Harvard igual estaban
todos sus libros, ¿se imagina qué emoción?”,
festeja doña Maruja, Recuerda, sonriendo y con la mirada
brillante, tal vez, el momento que ambos sintieron el mayor
reconocimiento a su obra.
Maruja
Alcoba de Díaz Machicao cumplió hace dos semanas,
100 años. Su notable labor de empresaria y mujer le ha
sido reconocida por varias organizaciones.
Desde la muerte de Díaz Machicao, en 1980, su labor se
ha orientado a preservar el legado de su esposo. Con ese fin
ha realizado importantes donaciones a Bibliotecas centros culturales.
Junto a la única hija que tuvo con el escritor, María,
hace gala de una memoria y elocuencia notables mientras hilan
la infinidad de anécdotas y sucesos que marcan su singular
historia familiar.