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Cochabamba - Bolivia
Domingo Para Toda La Familia
Domingo, 27 de Febrero 2005 | Año VI, Número 301
 
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Maruja de Díaz Machicao

Recuerda al amor de sus 100 años

Texto

| Rafael Sagárnaga L.
Fotos | Vassil Anastasov

La viuda de uno de los escritores y periodistas más importantes de Bolivia, Porfirio Díaz Machicao, cumplió hace poco 100 años, este es su testimonio de amor, intensidad y coraje.

“Fue la primera vez que lo vi”, recuerda doña Maruja sonriendo y con una chispita en los ojos, al iniciar su relato.

Corrían los años 30, tres jóvenes artistas llegaron a Cochabamba a representar una obra de teatro. Eran nada menos que José Aguirre Gainsborg, Guillermo Viscarra Monje (1) y Porfirio Díaz Machicao. Luego de la obra, muchos de los asistentes fueron a saludar y felicitar a los actores.
Horas más tarde, las visitas fueron menos gratas. Díaz Machicao, Viscarra y Aguirre fueron arrestados “por difundir ideas comunistas”. Eran tiempos en los que el gobierno republicano y la Iglesia estigmatizaban toda idea de izquierda como una señal del caos y el infierno. Para Maruja la noticia fue como una especie de premonición sobre el resto de su vida.

Pasaron algunos días, en casa, a Maruja le pidieron que vaya a averiguar al domicilio Quiroga el estado de una prima que había enfermado. La visita motivó una reunión espontánea y en ella aparecieron Díaz Machicao, Viscarra y Aguirre. “¿Y de dónde ha llegado usted?”, le pregunté. “De todas partes, me responde”, recuerda doña Maruja las primeras palabras que intercambiaron.

Desde entonces, cuando no estaba escribiendo notas periodísticas o en riesgosos afanes por sus ideas políticas, Porfirio Díaz Machicao pedía permiso para visitar a Maruja. El 28 de diciembre de 1932 se casaron.

Amor en tiempos de guerra

Pero el amor y los ideales eran una mala fórmula en tiempos de guerra. Seis meses antes el presidente Salamanca había ordenado la toma de fortines paraguayos en el Chaco boreal. En plena movilización de reservistas y discursos bélicos, Díaz Machicao dictó una encendida conferencia a favor de la paz. “Era un pacifista, les dijo: ´nosotros no estamos preparados para la guerra, somos como ovejas, en cambio los paraguayos ya se han hecho guerreros´”, cuenta su esposa.

Y la primera separación forzada llegó poco después de la boda. Por ese ataque a los belicistas, en el transcurso de pocos meses, Díaz Machicao fue primero detenido, luego confinado y finalmente enviado a los más furiosos frentes de batalla. Viajó con uno de los destacamentos chilenos que participaron en la contienda bélica. Antes de su partida el pacifista se enteró de que tres oficiales, encabezados por el capitán Álvarez, tenían la orden de vigilarlo y fusilarlo.

Para la pareja vinieron tres años de continua angustia. En un principio Porfirio debía lidiar con la muerte desde todos los flancos. La orden de su eliminación así lo imponía. Afortunadamente, el capitán Álvarez se hizo su amigo y la orden quedó postergada indefinidamente. Maruja sólo vivía a la espera de las cartas de Porfirio.

Forzado por la orden de ser enviado a las zonas más críticas, poco a poco, Díaz Machicao ganó predicamento en el frente. En 1934 ayudó a sacar la artillería de Picuiba a Santa Fe (2) en un operativo por demás temerario. En otra oportunidad se cuenta que, pasando en medio de tropas paraguayas, rescató un camión con agua para las sedientos soldados bolivianos. Doña Maruja relata: “me contó que la sed los mataba, que algunos de desesperación se mordían el pecho. Y dijo que cuando llegó con el camión de agua abrieron los turriles a balazos y bebieron desesperados”.

“Los Invencibles”

Un día los papeles en buena manera se invirtieron, a Maruja no le llegó precisamente una carta. “He escrito un libro sobre la guerra. Estoy enviando los papeles para que los puedan publicar”, le escribió Porfirio en la anticipación. Poco después el original de “Los Invencibles”, una tesis pacifista de incisiva crítica contra los militares, llegó a manos de la esposa del escritor. Entonces Maruja asumió la riesgosa misión de hacer imprimir la obra en una editorial extranjera.

“La esposa de mi vecino, José Sarhue, era argentina y estaba por viajar a Buenos Aires. Le pedí si podía llevar una encomienda a mi hermano. Armé una cajita con tostado de arveja. En la base estaban los originales de ´Los Invencibles´. Pasé rezando toda la noche para que la censura de guerra no descubriera el libro. Dos días después el señor Sarhue me avisó que su esposa ya había pasado La Quiaca”.

En 1936 “Los Invencibles” fue publicada por la editorial Claridad de Buenos Aires. La obra mereció varias ediciones, incluso una en inglés que fue vendida en Estados Unidos. En Bolivia el libro fue prohibido y hasta la fecha no se ha editado.

Llega El País

Díaz Machicao sólo volvió a Cochabamba tras el armisticio del 14 de junio de 1935. Pudo hacerlo antes pues se ganó el derecho del retorno temporal. Había tomado tres prisioneros paraguayos y con ese mérito podía solicitar una licencia para visitar a su familia. Sin embargo el coronel que atestiguó su acción se adjudicó la captura para sí.

“Una vez que llegó Porfirio de la guerra, me dice:

-¿Y ahora qué vamos a hacer?, ¿De qué vamos a vivir?.

- Yo le respondo: como tú tienes dedicación al periodismo y escribes, haremos un periódico

-Pero si no tenemos dinero

-No importa. Yo me presto”, cuenta doña Maruja.

La empresa no fue fácil. Maruja consiguió el préstamo para el periódico de parte de una de sus mejores amigas: Aurora Luizaga de Quiroga. Compraron los equipos ya usados del diario El País. La imprenta funcionaba por el sistema de cajas, vale decir que los textos se armaban letra por letra con moldes de plomo.

Y así, letra por letra, empezó otra larga etapa de lucha para los esposos Díaz Machicao. Maruja era la admistradora y Porfirio el director. Seis obreros y seis periodistas (3) completaban el equipo del pujante El País, diario que en 1937, con el añadido de un flamante equipo de linotipo (también a crédito), emitió su número de gala. La linotipo y el producto colmaron de dicha a Porfirio Díaz Machicao.

La edición implicaba extenuantes horas de sacrificio. “Le tenía un gran cariño a mi esposo, al periodismo, a lo que escribía. Por eso yo iba a comprar la tinta, el papel, todo lo que se necesitaba”, relata la viuda de Porfirio Díaz Machicao.

Las compras no eran sencillas. Maruja tuvo que viajar una infinidad de veces a Oruro para conseguir plomo, estaño y antimonio. Luego dirigía el fundido, la aleación en el crisol y el vaciado en los moldes. Con el paso de los meses la tinta y el papel le significaron viajes a Chile y EEUU. Esto porque uno de los distribuidores nacionales de la empresa Grace, simpatizaba con los nazis y Porfirio era demócrata.

Así, fundir las letras e imprimirlas significaba la mitad del sacrificio. El País se ganó progresivamente una variada serie de poderosos enemigos. Desde los comandantes de los ejércitos de la guerra del Chaco, algunos ya ejerciendo el poder político, hasta los alcaldes cochabambinos y un obispo que hizo negociados con los terrenos de un convento.

Con las maletas siempre listas

Por dichas urgentes razones Porfirio Díaz Machicao aprendió a tener siempre listas las maletas. “Constantemente era arrestado, perdimos la cuenta de cuántas veces fue confinado”. En 1946 Díaz Machicao salió del país exiliado a Argentina.

Los confinamientos significaban duras pruebas. En uno de ellos Porfirio fue trasladado hasta Puerto Suárez. Allí sólo había una pista y una caseta con un guardia. El piloto dejó a Díaz Machicao esa tarde. Porfirio tuvo que improvisar con arbustos y cañas una especie de cabaña para protegerse. Durante la noche el guardia murió a causa de una malaria avanzada.

Pese a las ausencias forzadas del Director, El País no se dejó de imprimir ningún día hasta su cierre. Los días de los arrestos, confinamientos y el exilio de su esposo, Maruja cuidaba de dejar vacío el espacio de la nota editorial. “El Director está confinado”, explicaba.

Es más, durante el exilio de su esposo, un día llegó un artículo contra el gobierno escrito por Pedro Silvetty. Dada su extensión, la primera parte del documento fue publicada, entonces los militares remitieron una prohibición de publicar la segunda parte. Esa noche, Maruja optó por anular una página del avisario. Al día siguiente El País presentaba una página con la prohibición reproducida y la página contigua con la segunda parte del artículo antigubernamental.

El atentado

En 1946, tras el derrocamiento de Gualberto Villarroel, Díaz Machicao retornó a Bolivia. Casi un año más tarde fue elegido diputado por el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR). En 1949 y hasta 1951 fue primer secretario de la Embajada de Bolivia en México. A su retorno al país el fragor de la lucha política era intenso. La Revolución Nacional se aproximaba.

Durante todos esos años, Porfirio se dio modos para escribir 11 de los 40 libros que dejó. Doña Maruja recuerda las veces en las que les anunciaban que grupos de agentes se dirigían a arrestarlo mientras él seguía puliendo sus textos en un escritorio de la finca familiar.

Sin embargo, algunos meses después de la Revolución del 9 de Abril de 1952, se anunció el final de la vida periodística de Porfirio Díaz Machicao. El Canciller de Víctor Paz, Wálter Guevara Arce, visitó un día El País. “Porfirio, tienes que darnos tu diario para que promovamos la Reforma Agraria y la Nacionalización de las Minas (...). No pongas piedras en el camino, mañana vamos a enviar unos tasadores”, le advirtió al escritor delante de su esposa.

Ambos se negaron. “Yo le dije: ¿va usted a poner precio al diario donde mi marido ha puesto toda su emoción y yo mi sacrificio?”, recuerda que le respondió doña Maruja.

Algunos días más tarde, las instalaciones de El País fueron dinamitadas.

El recibimiento en La Paz

Díaz Machicao y su esposa optaron por irse a vivir a La Paz, la tierra natal del escritor. Algún tiempo después, sus cualidades le permitieron ser el Director de la Biblioteca de la Universidad Mayor de San Andrés. Luego, su ya notable legado bibliográfico hizo que le ofrecieran la Dirección de la Academia de la Lengua española.

Durante los siguientes años se convirtió en un destacado conferencista internacional. En una ocasión le tocó visitar el Paraguay. Tras su alocución, un general se quitó la medalla que recibió tras la guerra del Chaco y se la puso en el pecho del escritor. “Esto le corresponde a usted”, sentenció

Paralelamente, su producción literaria llegó a las 40 obras. Maruja desde entonces, y hasta hoy, apuntaló la edición de los volúmenes de las obras de Porfirio. El escritor recibió diversas distinciones y reconocimientos, incluidos el Premio Nacional de Cultura, la medalla de Gregorio Magno y el Cóndor de los Andes.

“Una vez visitamos la Biblioteca central de Washington. El director, que era su amigo, le llevó hasta cerca de su escritorio, tocó un timbre y entonces bajó automáticamente una caja con todos los libros que escribió Porfirio. En la Biblioteca Panamericana tenían una colección con todos sus artículos de prensa. En Harvard igual estaban todos sus libros, ¿se imagina qué emoción?”, festeja doña Maruja, Recuerda, sonriendo y con la mirada brillante, tal vez, el momento que ambos sintieron el mayor reconocimiento a su obra.

Maruja Alcoba de Díaz Machicao cumplió hace dos semanas, 100 años. Su notable labor de empresaria y mujer le ha sido reconocida por varias organizaciones.

Desde la muerte de Díaz Machicao, en 1980, su labor se ha orientado a preservar el legado de su esposo. Con ese fin ha realizado importantes donaciones a Bibliotecas centros culturales.

Junto a la única hija que tuvo con el escritor, María, hace gala de una memoria y elocuencia notables mientras hilan la infinidad de anécdotas y sucesos que marcan su singular historia familiar.

 

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