Basty Gumucio: “Una sobreviviente, eso es lo que soy”

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Publicado el 22/01/2018 a las 0h00

Los ojos de Basty Gumucio emanan una energía que impacta. Esta mujer de “66 orgullosos años” trasmite, toda ella, una fuerza luminosa como sus ojos, que se evidencia aún más en sus palabras. Ella cuenta, sin el menor asomo de autocomplacencia, sin la sombra de una queja, las adversidades que desde muy joven enfrentó y venció.

Y lo hace con la emoción de “una sobreviviente”, como se define ella. Escucharla fue como un baño de energía positiva. Las preguntas fueron casi innecesarias, como innecesarias son otras palabras además de las suyas. He aquí el testimonio digno y sereno de una triunfadora que enfrentó el abandono de su primer esposo, la bancarrota familiar, la viudez, un cáncer de médula, otro de seno y el fatal y dramático desenlace del matrimonio de su hija menor.

 

Abandono y viudez

“Cuando tuve mi primera hija, su padre se fue cuando yo tenía siete meses de embarazo. No sé si esto es importante. Yo tenía 24 años, fue un golpe duro.

Más tarde, cuando ya tuve a mis otros dos hijos y estaba casada, muy bien casada, supuestamente, de acuerdo con las conveniencias de aquel tiempo, perdimos todo económicamente. Y tuve que pasar de ser una mamá doméstica, totalmente hogareña, que hacía tortas, tejía, cuidaba a los niños, los acostaba a la hora… pasé a ser la ejecutiva de la familia. Pasé a trabajar saliendo de mi casa para poder subsistir.

Eso es parte de mi historia y, vuelvo a decir, una de las cosas que me ayudó a seguir adelante, a vencer, fue que acepté plenamente la situación, y lo hice adquiriendo muchas habilidades para poder sobrevivir. Una de ellas, yo me defendía agresivamente de ese mundo que se me venía encima por ser yo una mujer que sólo salí bachiller y que tenía que salir a trabajar por los tres niños.

Luego, las cosas cambiaron. Abrimos un restaurante. Mi esposo me enseñó todo lo que yo sé en materia de cómo manejar un restaurante, de cómo entrar en el mercado. Y entre ambos nos encontramos abandonados, los dos, por la sociedad. Pero nos impusimos, impusimos nuestra fuerza, nuestro estilo, nuestra fuerza, nuestra valentía para no dejarnos vencer. Yo lo ayudé a él en cierta forma, y él me ayudó a mí. Todo lo que yo soy, en materia de trabajo y en materia emocional se lo debo a él.

Él fue un compañero en toda la extensión de la palabra, hasta el último día. Estando él muy enfermo, me decía: ‘Yo sé que vas a sobrevivir, sólo me da pena dejarte sola’. Eso he tratado de trasmitir a los niños, para que ellos sepan que su padre fue un valiente. En determinado momento. Porque luego vino mi cáncer.

Él murió, salí a trabajar como una loca, en las noches, a veces me despertaba y me decía ¡Oh Dios mío! Soy viuda con tres hijos que no han salido profesionales… La mayor estaba en su primer año de universidad y los otros dos seguían en el colegio”.

 

“¿Cómo lo hice?”

“Cuando rememoro esa época, me pregunto: ‘¿Cómo lo hice?’ Trato de acordarme cómo lo hice y no puedo hacerlo.  A veces ellos mismos me dicen: ‘Mamá, cómo hiciste. Cómo hiciste para que cumplamos nuestros sueños’.

No sé cómo hice. Hubo mucha gente que me ayudó. Mucha gente. A ellos les hago un homenaje. Ellos saben quiénes son. Mucha gente anónima, que no era parte de mi familia que me ayudó.

Mi hijo estuvo becado en EEUU y consiguió otra beca para estudiar en Francia y  ahora está allí. Mi última hija fue a Italia, mi sobrina que vive allá nos ayudó para ese viaje.

Mi hija mayor estuvo becada en la Universidad Privada, por una persona que pagó con un cheque personal la carrera entera, cuando murió mi marido. Al terminar, no encontraba trabajo, postuló a una beca en Francia y lo logró, se fue a Francia e hizo una maestría en Ingeniería de Alimentos, allí conoció al que ahora es su esposo y se quedó.

Ellos, ahora ven hacia atrás y me preguntan: ‘¿Cómo hacías?’ No sé cómo hacía (suspira), pero hubo mucha gente que me ayudó. Una cosa que me ha ayudado es que tengo mucho sentido del humor. En las noches, a veces, cuando estábamos todos con las luces apagadas decían: ‘Ma…, ma…, ma...’, entonces yo les decía: ‘No me digan ma, por el día de mañana quiero que me digan tía, no quiero oír ma’.

Entonces, así fue esa lucha que culminó. Fue una etapa”.

 

Leucemia

 “Y empezó otra, cuando me dijeron que tenía leucemia y que tenía totalmente afectada toda mi médula. Cuando me dieron el veredicto (diagnóstico) lo primero que sentí fue… –con razón dicen que cuando está a punto de morir le viene toda su vida al pensamiento– lo primero que pensé fue: ‘Ya está, es tiempo, porque he vivido mucho’. Sin embargo, la última de mis hijas aún no había salido profesional, había vuelto hacia poco de Europa, aún estaba en la universidad… y mi primera nieta acababa de anunciarse. Entonces, lo que sentí fue que tenía que terminar de formar a mi hija y conocer a mi nieta. Y el médico que me salvó fue el doctor José Macías, una persona extraordinaria. Él me dijo: ‘Usted tiene leucemia y necesita 30 quimioterapias, no sabemos si va a resistir’. Después me contó que me veía tan delgada y frágil que pensó: ‘Esta señora no aguanta una quimioterapia’. He aguantado 36 quimioterapias.

Se paró a mi lado y lo único que él me dijo fue: ‘¿Usted es católica?’ Le respondí que sí. ‘Rece señora’, me dijo, ‘el poder de la oración es muy grande’. Y pues sí. Tenía razón.

Yo me puse en sus manos. Él me advirtió que donde vaya me darían el mismo veredicto. Yo le respondí que me quedaba en Cochabamba y confiaba en él.

Cada uno de mis hijos venía a verme en la medida de lo posible. Mi hija en Francia estaba empezando, esperando su primera wawa, ella quería que yo me vaya allá, para hacerme el tratamiento y ella cuidarme. Yo le dije no. Aún no estoy incapacitada, me quedo aquí a hacer todo mi tratamiento y ver qué pasa. Así que me quedé. Iba una vez al año a Francia. Iba, volvía. Iba, volvía. Llegaba aquí, me hacían el tratamiento, quedaba liquidada con la quimioterapia. Acabé el tratamiento de la leucemia, exitosamente, todo se había remitido.

 

“Una bolita”

Y luego me encontraron  una pequeña bolita, de cuatro milímetros de diámetro, en el pecho. Era cancerosa. Esa sí me destruyó, porque pensé: estoy completamente invadida por el cáncer, ya no voy a poder recuperarme y me puse a llorar. El doctor me dijo: ‘No llore, no quiero que llore, porque en seis meses la voy a ver aquí en la clínica otra vez correteando, saludando a todos. Y así fue. Me aplicaron seis quimioterapias más, por supuesto con todo lo que implica: se pierde el pelo, las cejas, las pestañas… pero eso es lo mínimo al lado de lo terrible que es. Había veces que yo estaba con uno de mis ángeles: mi prima Kitinga (Parada) que se quedaba de día y una amiga, Cristina López, que me ha cuidado de noche durante todo el tratamiento. Y a veces venían y se sentaban al borde de mi cama y me hablaban para que yo esté alerta. Y yo les decía: ‘Háblenme no más, pero yo no puedo abrir mis ojos’, porque no tenía valor ni para levantar mis párpados.

Venía el acceso de vómitos, mi hija Varinia –que estaba conmigo en la casa y me atendía– lloraba tanto cuando me indisponía. Y yo le decía: ‘No importa Varinia, tráeme otro plato de sopa, voy a volver a comer, hasta que mi estómago resista’. Por eso digo: ‘Las quimios son terribles, pero uno puede superarlas y puede más  si se alimenta, porque el cuerpo tiene que resistir’.

Cuando me anunciaron las quimios, el médico me dijo que iban a internarme muchas veces, que iba a tener infecciones intestinales, neumonías… Nunca me dio nada, nunca tuve una sola infección.

Algunas veces me daba fiebre. Yo ya había aprendido que  cuando me ocurría eso tenía que bajarla con paños fríos, porque el médico me había advertido que si la fiebre subía a más de 38 grados tenían que internarme. Y mi terror de que me internen era tal que me hacía bajar la fiebre. Aprendí a hacerlo usando paños fríos. Usé mucho mi mente, la descubrí. Descubrí que la tenía conmigo y que me servía. Descubrí que era muy bueno ponerse una meta para el día siguiente, pero no más allá. Nunca pensé más allá del siguiente día. Nunca. Pensaba, bueno, este es el primer día: dentro de dos ya vuelvo a casa, porque me internaban por tres días. El segundo día pensaba: bueno, ya sólo falta uno. Y cuando entraba a la clínica, siempre pensaba: yo no sé si estoy aquí porque soy loca o porque soy muy valiente. A veces iba con Varinia que me acompañaba llevando mi maleta y entraba al cuarto y me decía: ‘Mejor ya no nos quedaremos, nos iremos, llevémonos tu maleta, ya no te quedes’. Era esa veleidad de querer escapar ¿no?

Cuando se me cayó el pelo me traían pelucas, yo decía no, no quiero usar peluca. Se me ha caído el pelo y así voy a estar, voy a ponerme pañuelos… qué se yo. Y así fue, o sea que no traté de ocultar mi mal nunca. Me encontraba con gente en la calle y tú sabes, es la reacción de las personas, te miran con pena,  te dicen cómo estás, con un tono apenado. Respondía: ‘Me siento bien, estoy resistiendo’.  Mientras mi cuerpo resista lo voy a lograr. O sino, les decía: ‘Reza por mí, me va a ayudar’.

Nunca escapé, me sometí y así pasó esta etapa tan terrible de mi vida y sobreviví.  Luego vinieron las cosas lindas, mi hija menor se casó, mis nietas nacieron. Y vino, entonces, el golpe de mi yerno, que fue un golpe muy duro y que me agarra de otra forma, yo ya estaba más cansada, más escéptica, para comprender las cosas, para comprender las esperanzas que todavía se pueden tener. Con mi hombro más cansado para apoyar otras cabezas que necesitan consuelo… Pero siempre aquí”.

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Madre de tres hijos. Basty en la actualidad.
Hernán Andia

 

“Asumí todo”

“Para no dejarme vencer, nunca escondí lo que pasaba. Nunca escondí nada de lo que me pasó a lo largo de mi vida.

Recuerdo una frase que siempre me decía mi madre: ‘La mujer puede perder todo, belleza, plata, salud… pero lo que nunca se debe perder es la dignidad’. Y yo he tratado de mantenerla, y pienso que lo he logrado, en la medida de lo posible, por mí y por mis tres hijos: tengo dos hijas mujeres y un hijo varón, que es del medio.

Y bueno, la vida sigue. Comprendo que sigue. Y, como me dice mi hijo: ‘Ahora es otra etapa, es tu etapa. Ya no es la etapa de tus hijos, ahora tú tienes que vivir’. Pero los años han pasado y mis expectativas para la vida son diferentes, completamente diferentes.

Nunca me pregunté: ‘¿Por qué a mí?’ Nunca, sobre nada de lo que me pasó me hice esa pregunta. Yo asumí todo y lo sobrellevé hasta poder vencer: la viudez, la bancarrota –que fue terrible–, el rechazo de mi entorno social.

Yo me casé muy joven la primera vez, a los 20 años. Y cuando me divorcié, la gente me marginó, en el sentido  de que la gente ya no te invita, tiene miedo del qué dirán. Yo era una chica joven, bien parecida y, además, estaba divorciada.

Nunca me sometí a ese rechazo. Nunca me importó. Un amigo me decía que yo fui una rebelde para mi época, que a mí no me importaba la aprobación de los demás.

Con la enfermedad, toda esa seguridad que yo tenía se vino un poco para abajo, sobre todo después de la enfermedad. Viene esa cosa que dice: ‘Ya no quiero nada’. Pero me levanté y me impuse. Y cada mañana... es una lucha diaria. Es una lucha de levantarse y decirse, bueno, qué horror, qué miedo. Tengo que salir a enfrentar el mundo. Ya no estoy enferma, ya no tengo quiebra, ya mis hijos son grandes, ahora tengo que enfrentar yo solita el mundo para mí solita. Es otra etapa. Y tengo el apoyo grande de mis tres hijos. Sobre todo el apoyo de mi hijo que es un ser excepcional: claro, conciso, que a veces me dice que está siendo duro conmigo, pero que tiene que serlo, porque a veces uno se siente decaer.

El pensar, el sentir que ya no se es tan necesaria, importante para ellos es también un golpe porque he vivido en torno a eso. Y mi fuerza, mi energía no disminuyen, pero sí mis opciones, eso es lo terrible. El problema ahora es adónde dirigir mi energía”.

 

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Basty con sus dos hijas y sus nietos.
Familia Arauco Gumucio

 

GRAVÍSIMO

Una leucemia linfoblástica –el tipo de cáncer más común durante la niñez– la atacó a sus 54 años, edad en la que el mal es fácilmente fatal.

Vencida la leucemia, otro cáncer la atacó, esta vez en un seno. Y otra vez se impuso a la fatalidad.

 

 

VOLUNTAD

”Usé mucho mi mente, la descubrí. Descubrí que la tenía conmigo y que me servía. Descubrí que era muy bueno ponerse una meta para el día siguiente, pero no más allá.

Las quimioterapias son terribles, pero uno puede superarlas y puede más si se alimenta, porque el cuerpo tiene que resistir”.

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Sus tres hijos, que le dieron “la fuerza para luchar”.
Familia Arauco Gumucio
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