Parapente para no envidiar a los pájaros

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Parapente para no envidiar a las a las aves

Publicado el 22/04/2019 a las 0h00

La vela reposa en el suelo, extendida sin pliegues, igual que las finas cuerdas que se reúnen en dos haces cada uno de los cuales se une a una de las anillas de la estructura ligera que sostiene los arneses del piloto, y del mío.

Estamos de pie, parados encima de la hierba de este lugar llano, sin piedras ni matas, ligeramente inclinado, en la ladera de la cordillera del Tunari, cerca de Saphanani, Sacaba, a más de 3.300 metros sobre el nivel del mar.

Detrás está el camino empedrado que une la planicie del valle con los altos de la montaña. Adelante, la suave pendiente verde que se extiende unos 30 metros, hasta que desaparece, y el vacío: el espacio encima de los maizales, las casas, las calles, caminos, encima de la avenida que une Sacaba a Cochabamba con su multitud de vehículos recorriéndola, apurados… unos 500 metros más abajo.

 

DESPEGUE

“¿Listo?”, me pregunta el piloto justo antes de decir: “¡Ahora!” Y arrancamos nuestra carrera hacia adelante. Pocos pasos después, siento un freno que casi detiene nuestro impulso: es la vela que se ha puesto en posición horizontal, comienza a llenarse de aire, y éste casi impide avanzar. Pero apenas un instante.

Recuperamos velocidad y corremos tan rápido como podemos —unos cuantos segundos— hasta que el suelo desaparece de los pies, las piernas pataleando en el vacío, el tiempo parece detenerse, la realidad es otra… estamos volando.

 

EN EL CIELO

Suspendidos, flotamos en el cielo colgados de un puñado de finos hilos que nos sujetan al parapente: el ala flexible, la aeronave primaria más simple inventada por el hombre para dejar de envidiar, así sea un poquito, a las aves.

Volamos. El rumor del viento corre a cada lado de mi cabeza cantando, en cada uno de mis oídos, con su voz ronca y casi gentil. No hay otro sonido, aparte de la voz del piloto detrás de mí. Y la mía que traduce la indecible sensación con un asombrado: “¡Qué maravilla…!” .

Porque es una maravilla estar así, cómodo en la silla, asegurado a ella, colgado de la gran tela de colores, compartiendo ese inmenso pedazo de cielo con otros siete pilotos, y un pasajero, suspendidos todos de sus alas de colores, en el aire azul, medio kilómetro encima de la tierra y sus habitantes pegados al suelo, casi invisibles desde aquí. Ese aquí que parece ninguna parte y todas a la vez, sin tiempos ni espacios ordinarios.

“Para mí, volar en parapente es sentir el presente absoluto”, me dice Marcelo Blanco, el piloto sentado en mi detrás, que conduce este vuelo biplaza. “Nada más existe, sólo el viento, la vela, la concentración total en el vuelo”, completa.

Eso da la idea de un tiempo detenido… y la sensación que se tiene flotando así en el aire es la de estar inmóvil en el espacio. Hasta que uno mira hacia abajo y ve su sombra desplazándose, tan o más rápido que los autos, sobre la superficie del suelo.

“Vamos a unos 60 kilómetros por hora. En ningún momento vamos a menos de 30”, explica el piloto. Es decir que nos desplazamos por el aire en una trayectoria casi horizontal. Como lo hace un avión, sólo que éste está impulsado por sus hélices o sus turbinas. El parapente carece de impulso propio, planea: es decir vuela desplazándose en sentido horizontal una distancia mayor que la de su descenso.

Pero puede elevarse aprovechando las corrientes de aire caliente, que ascienden. El piloto las busca manejando el parapente mediante dos anillas, una para cada mano, que sujetan un haz de líneas, hilos, cuyos extremos superiores están unidos a la parte de atrás del ala (borde de fuga). Al bajar la mano izquierda, desciende la parte izquierda del borde de fuga. Esto hace que la parte izquierda del ala se frene y gire a la izquierda. Tirando de las dos anillas al mismo tiempo se disminuye la velocidad, y volviendo a levantar las manos se acelera.

 

VOLAR

El vuelo en parapente es una práctica que tiene menos de 30 años, deriva en principio del paracaidismo y se originó en Francia. En Cochabamba, los primeros parapentistas aparecieron a finales de la década de los 90 del siglo pasado. Y varios de ellos eran paracaidistas. Como Gustavo Jaime Böhrt Niño de Guzmán (39), ingeniero comercial cuando no vuela.

“Éramos de la asociación de paracaidismo, pero en esa práctica siempre faltaba algo: la avioneta o el piloto, o los equipos. No teníamos equipos propios, nos rentábamos del CITE, a veces, los paracaídas redondos. No todos tenían paracaídas rectangulares. Siempre había algún problema, aparte de que era caro. Entonces no podíamos tener actividades regulares”.

“Hasta que uno de los paracaidistas viajó a Chile, con el propósito de ir a ver el tema del parapente, que le parecía interesante. Y compró parapentes, aprendió a volar allá y regresó. Y nos enseñó a volar a todos”.

“Al principio, volar en parapente era mal visto en el círculo de los paracaidistas. Decían: ‘Esos están locos, se van a la montaña a botarse, es muy peligroso’. Pero resultó ser al revés. El parapente es más seguro, más fácil y más divertido. Eso ocurrió entre 1998 y 2002 más o menos, cuando apareció Marcelo Blanco, con un grupo bien constituido, AndesXtremo”, cuenta Böhrt.

 

“A TUS 15”

Juan Pablo Vergara (34), estudiante de Medicina, viene también —de cierta manera— del paracaidismo aunque jamás hizo un salto. “Mi papá, Juan Carlos Vergara, era paracaidista deportivo y yo crecí en ese ámbito de paracaídas y aviones, y siempre súper emocionado con la idea de saltar. Y mi padre me decía: ‘Cuando tengas 15 años, cuando tengas 15’. Cuando cumplí 15 años, me dijo: ‘Imposible, es demasiado peligroso’”.

“Y justo ese tiempo apareció el parapente en Bolivia. Uno de sus antiguos alumnos de paracaidismo llegó del exterior y le dijo que quería armar un grupito de parapente. Él se había formado como instructor en España”.

“Entonces, mi papá me llevó y me dijo: ‘Si quieres algo parecido al paracaidismo, te acepto el parapente, pero otra cosa no’, y yo me dije: ‘Es mejor que nada’, y empecé a volar y desde entonces nunca paré”, cuenta el futuro médico.

 

RIESGO Y PASIÓN

Ocho parapentes vuelan esta mañana de abril en el cielo luminoso y casi sin nubes de San Jacinto. Ocho pilotos experimentados, uno de ellos mujer, al mando de otros tantos aparatos. Todos comparten la misma pasión: volar.

Algunos los hacen cada fin de semana, como Saúl Santa Cruz (40), ingeniero comercial que trabaja en publicidad. “Vuelo desde hace unos dos años y medio. Soy el más novato del grupo. Conocí el parapente por un amigo y una vez que comencé ya no pude dejar”, cuenta él.

Entre ellos hay abogados, ingenieros en diversas ramas, un médico en formación, dos instructores a tiempo completo, uno de ellos cochabambino, la otra es mujer, de madre boliviana, padre francés, nacida en Colombia y radicada en una ciudad de los Pirineos franceses.

Todos ellos comparten el mismo intenso entusiasmo por el vuelo. Entusiasmo tan intenso, como la convicción de que esta es una práctica de grupo y que exige precaución.

“Algo que es de destacar es que nos cuidamos mucho. Es un deporte de riesgo: estás en el aire y, definitivamente, se está a merced de los vientos. Entonces lo que hacemos es tomar todas las medidas de seguridad posibles. Lo primero que hacemos es tener excelentes equipos. Todos: la vela, la silla, el paracaídas. Y utilizamos equipos de comunicación para estar conectados entre nosotros. Y además practicamos siempre en grupo, con amigos, porque así se garantiza un vuelo seguro, de una forma súper responsable”, señala Fernando Senzano, abogado de profesión y parapentista desde hace una década.

 

SEGURIDAD

Desde el inicio de la práctica del parapente en Cochabamba, las cosas han cambiado mucho. “Mi grupo volaba en parapente, pero volábamos parapentes viejos o antiguos, no conocíamos de tallas adecuadas al peso de las personas ni de marcas. No lo practicábamos de una manera ortodoxa ni con reglas claras, y tampoco existían en esa época”, recuerda Jaime Gustavo Böhrt, uno de los fundadores de la Asociación Departamental de Parapente Cochabamba, y su primer presidente.

“Antes de crear la asociación y de proveernos de equipos modernos, en los inicios hubo accidentes, algunos fatales”, agrega.

“El parapente, hoy en día, gracias al avance tecnológico, a los años que se lleva practicando y a las regulaciones que se han establecido —principalmente en Europa que es la cuna del parapente— ha llegado a un punto en el que se puede practicar con casi cero de riesgo. Pero es indispensable observar una serie de lineamientos, procedimientos o reglas que se aplican en tres áreas específicas”, explica Marcelo Blanco (40), ingeniero civil de profesión, piloto e instructor de parapente.

 

EQUIPO

“Tiene que ser uno adecuado para el nivel de pericia del piloto. Pues los hay para todos los niveles: principiante, avanzado, competidor, acróbata. Es importante su mantenimiento y los chequeos regulares para asegurarse de que está en buenas condiciones y, si no es el caso, efectuar las reparaciones necesarias”, explica.

 

EL VIENTO

Y continúa, “el segundo aspecto es la meteorología, las condiciones atmosféricas, principalmente el viento. El viento es un elemento sumamente complejo”.

Porque ese riesgo casi cero en el parapente, cuando se trata de las condiciones atmosféricas, se da solamente en ciertas circunstancias, determinadas por la geografía, altitud, velocidad del viento, densidad del aire, humedad, etc.

Las nubes, su forma y abundancia son un buen indicador de lo que se puede esperar del viento y del tiempo en general, cuando se está volando, y es necesario conocerlas.

 

ACTITUD

“La parte más complicada de todas es la actitud. Como seres humanos estamos expuestos a nuestras vanidades y otras debilidades. Porque cualquiera sea la causa de un incidente en el vuelo: el equipo o las condiciones atmosféricas, es el piloto que ha decidido despegar en esas condiciones. A medida que vamos infringiendo los procedimientos, el riesgo crece y puede volverse un deporte extremadamente riesgoso”.

Eso no ocurre esta mañana. Es casi cerca de las 11, hace calor y el segundo vuelo es menos sereno que el primero, debido a las turbulencias. El piloto se aleja del flanco de la montaña para evitarlas y nos acercamos en suaves curvas al lugar de aterrizaje. Y tocamos tierra, suavemente. Un ligero trotecito y listo, terminó el vuelo.

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