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Un oficio y varios Estilos

Por Infantas Anna - Periodista Invitado - 14/03/2010


Un oficio y varios Estilos - Redacción ¡ Oh ! Los Tiempos

Un oficio y varios Estilos - Redacción ¡ Oh ! Los Tiempos

    Texto    |    Anna Infantas

Son considerados los reyes de la casa   |   Pero no todos ejercen el mismo tipo de reinado. Hay cómplices, consejeros, muy sobreprotectores y hasta autoritarios. Pero para sus hijos son los mejores del mundo y gracias a su rol, al lado de mamá, logran construir hogares armoniosos

Aque nunca se ha preguntando qué tipo de padre es usted. ¿De los cascarrabias? ¿De los modernos o de los tradicionales? Hay papás que son cómplices, otros ejercen la democracia; no faltan los sobreprotectores ni los que consienten. Eso sí, desde ya le adelantamos que no hay un padre ideal. Para el psicólogo Javier Villa, existen muchas formas de clasificar a los papás, pero, en su experiencia, hay de dos tipos: los padres que realmente son padres y los que no son.

“Para ser papá no basta con poner una semillita. Lo importante es actuar como papá y eso implica no sólo ocuparse de los hijos (de los pañales, de la ropa, de darle cariño, de los juegos, de la crianza), sino también de la mamá. El que se encarga de respetarla, de apoyarla, de quererla y de serle fiel, está siendo buen papá. Le está dando al niño un hogar firme y seguro, y eso es lo que le ayudará a tener una buena vida en el futuro. El otro es un padre que simplemente trae dinero a la casa”.

Villa considera que pueden haber progenitores más permisivos o estrictos, pero la clave está en preguntarse qué es lo que tengo que hacer yo, como papá, para que mi hijo sea feliz. La respuesta está en el equilibrio. “Ni prohibir, ni dar demasiado. Ni enojarse, ni ser demasiado bueno. Ni ser demasiado amigo, ni ser demasiado papá. Buscar el punto medio, aunque, insiste Villa, el mejor papá es el mejor marido”.

El psicólogo Oliver Silva agrega otra arista: “Nosotros somos de padres, lo que fuimos de hijos. ¿Qué quiere decir eso? Cuando somos niños creemos que el mundo es nuestra casa. Entonces, lo que yo veo en mi familia lo asumo como cierto. Le doy un ejemplo: si de niño veo que mi padre llega borracho y le pega a mi madre, pienso que es normal. Y es más, creo que debo hacer lo mismo. Si mi padre me castigaba, también voy a ser rígido con mis hijos. Por lo tanto, no son cosas que se heredan, sino que se aprenden. Entonces, ¿qué te queda? O imitas un modelo, o asumes que ese modelo no era el correcto. Para eso tienes que trabajar contigo mismo”.

Según Silva, es necesario hacer una autoevaluación, en la que cada quien analice cómo vivió su infancia, su adolescencia, cómo se sintió en la relación con su propio padre, si sufrió o fue feliz. “Si sientes que fueron cosas positivas, entonces puedes asumir que ese modelo de padre era el adecuado y lo puedes replicar. Pero si como hijo te sentías mal, inseguro, inhibido y hostigado, porque, por ejemplo, no podías sacarte un 68, sino un 70, o no podías ensuciarte porque tenías que ir a la clase de piano y luego ensayar cuatro horas en casa. Ahí tienes que ser crítico y preguntarte si es bueno hacer lo mismo”, explica Silva.

Un secreto es la flexibilidad. Un progenitor tiene que ir ‘calibrando’ sus acciones. “Un papá que es amoroso con sus hijos, es un padre que por el cariño que les tiene va evaluarse, va a ser objetivo y mesurado. Cuando soy objetivo, soy afectuoso con mi hijo; cuando soy subjetivo, soy afectuoso conmigo mismo, porque me pongo a pensar en lo que van a decir los demás de mí”.

Pero, ¿cómo se sabe que una persona es un buen padre? “Porque crea las condiciones para que ese niño, en el mañana, sea un adulto responsable, un adulto que vive en armonía con su sociedad”. La respuesta de Silva se complementa con la de Villa: “No hay felicidad más grande que saber que uno está contribuyendo a que crezca un ser humano”.

Pero asumir la responsabilidad implica no maltratar a los hijos. Y para Villa, no sólo se debe entender esta palabra como violencia, sino también omitir cosas buenas: no darle tiempo a los hijos, no escucharlos o no respetar a su mamá. “No basta con no pegarles o no insultarlos, sino que un hijo necesita ser escuchado, ser entendido, tener tiempo para jugar. A los hijos hay que cuidarlos, enseñarles, ponerles límites y educarlos. Sin olvidarse de la mamá, porque no hay mayor felicidad para un niño que ver que sus padres se amen”, apunta Villa.

No cabe duda que la figura paterna es fundamental y se diferencia de la madre en algo muy puntual: “La madre nos provee el afecto para sentirnos cómodos y contentos, pero el padre nos da las herramientas para estar en la calle y lidiar con el mundo. Dentro de la psicología profunda, el padre es un representante de la sociedad, él lleva incorporado lo que es la norma social”, asegura Silva.

Según los psicólogos, padre y madre no son conceptos que se oponen, sino que, por el contrario, se complementan. “El equilibrio, la armonía es lo que permite que yo sea una persona adecuada en el contexto de la familia y en la sociedad. Ahora, la madre tiende a ser etiquetada como buena y el padre como malo, porque exige. Tenemos que aprender a equilibrar las cosas”, acota Silva.

No perdamos de vista que para muchos niños sus padres son sus héroes y además su entorno se lo hace ver así; por lo tanto, tendrá sobreestimadas sus cualidades. Cuando el padre defrauda estos ideales con un comportamiento inadecuado o no existe ese comportamiento que el hijo espera, sus esquemas se van a romper y va a generar mecanismos de defensa.

Es verdad que nadie nos enseña a ser padres, pero el reto está ahí: en recordar que para nuestros hijos somos los mejores del mundo.

1
Los padres tienen que evaluarse cómo han sido como hijos.

 
2
Ser autocrítico. No pensar que todo lo que haces está bien.


3
Hay que ser objetivo en las apreciaciones.


4
Se tiene que saber contextualizar y adecuar sus decisiones a la realidad.


5
Nunca debe medir el afecto a sus hijos, sin importar su edad.

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