Viernes 31 de octubre del 2014. Actualizado a las 17h22 (Gmt -4)

Buscar en lostiempos.com

Ed. Impresa Memoria

Teoponte: Patria o Muerte

Por Gustavo Rodríguez Ostria - Periodista Invitado - 1/08/2010


Grupo del Estado Mayor de la Guerrilla. Chato Peredo con un arma. A su derecha, Omar (Jorge Ruiz) y Martín, Luis Barriga (el de la gorra). A la izquierda, Alejandro (Estanislao Willka) y Felipe (Jorge Fernández). - Rodríguez Ostria Gustavo  Periodista Invitado

Grupo del Estado Mayor de la Guerrilla. Chato Peredo con un arma. A su derecha, Omar (Jorge Ruiz) y Martín, Luis Barriga (el de la gorra). A la izquierda, Alejandro (Estanislao Willka) y Felipe (Jorge Fernández). - Rodríguez Ostria Gustavo Periodista Invitado

La madrugada del sábado 18 de julio de 1970 un grupo de 67 hombres, arropados para combatir el invernal frío que secularmente golpea en La Paz, espera para partir a un destino que la mayoría ignora. Mientras, ultiman detalles y conversan.  Los días precedentes se les tomó muestras de sangre y archivos dentales por si acaso fuese necesario identificarlos. Ocultas, con el mismo propósito, penden del cuello identificaciones con el grupo sanguíneo y el respectivo nombre de guerra. Las han pulido en monedas de distinto tamaño.

Portan banderas blancas con una gran “A” azul y luce en los brazos distintivos de la “Campaña de Alfabetización” que ofrecen una momentánea cobertura. La pantalla es perfecta para la mirada ajena. Pero, fuera de su ángulo visual, desparramados en el suelo, bultos de cotense envuelven las mochilas cargadas de vituallas y uniformes verde olivo; en cajas se esconde una diversidad de armas, municiones, granadas hechizas y de las otras.

La caravana parte a las 8.30 de la mañana de las inmediaciones de la Plaza Villarroel en Miraflores, La Paz. En el serpenteante trayecto hacia la selva del norte paceño no se presentan problemas.  Los controles militares se sortean sin problema. El grupo se detiene unos momentos en el poblado de Caranavi, al norte de la ciudad de La Paz, sede del Batallón Román de Ingeniería; luego continúa sin problemas hasta la localidad de Alcoche. Desde allí, a las doce de la noche, tras una tensa espera de cinco horas, siguen hacia el norte, hacia su objetivo.

TOMA  DE  TEOPONTE

Corren las dos de la mañana del 19 de julio, cuando el grueso de los guerrilleros, fuertemente armados, interrumpe el sueño del poblado minero de Teoponte e inician su insurrección armada. La región esta cruzada de ríos, quebradas y monte alto, es inhóspita y plaga de alimañas. Justo dos años antes, el 19 de julio de 1968, Inti Peredo, lugarteniente del Che, proclamó en la prensa boliviana su desafío: “Volveremos a las montañas”. Bajo el mando de Chato Peredo, de 29 años, médico formado en Moscú en la Universidad Patricio Lumumba, hermano menor de Coco e Inti,  toman la población.  Allí tiene sus instalaciones a la SAPI, compañía aurífera norteamericana. Despiertan a sus habitantes con disparos al aire. Rápidamente desarman a la reducida y desprevenida guardia policial, a la que arrebatan dos fusiles ametralladora CK 365, una sub ametralladora CZ y cuatro revólveres. Saquean el hospital de la empresa. Inutilizan varias movilidades. Balean a una pequeña avioneta privada. Se destruye equipos de radio. Se “expropia” de la caja de la empresa cincuenta mil bolivianos (unos 4.200 dólares). Ni un solo gramo de refulgente oro.

Las arcas estaban vacías. La remesa ha sido enviada a La Paz el día anterior, pero aún hoy una leyenda recorre por los pueblos como un prometedor fantasma que siempre tiene oídos. Los guerrilleros -susurran- escondieron en su huída decenas de kilos del precioso metal en las playas del turbulento río Dinamarca. Más de un lugareño ha muerto buscando el tapado que lo sacaría de la sempiterna miseria

La columna armada se compone de 67 hombres, todos varones. Cincuenta y tres eran bolivianos. De los catorce extranjeros, ocho son chilenos. Predomina la clase media, apenas cuatro provienen de filas obreras y una docena de familias campesinas, aunque en su mayoría no trabajan en el campo y son universitarios. El mayor de todos bordea los 37 años y el menor aún no cumple los 18.  Del grupo local, el grueso militó en el Partido comunista, pero los hay también quien viene de los trotskistas de POR(Combate), del maoísmo. Once proceden de filas cristianas, entre ellos el más conocido, pero no el único, será Néstor Paz Zamora, ex seminarista. Un par de argentinos, seis chilenos ex integrante del Partido Socialistas, un peruano, un español/norteamericano  y un brasileño constituyen el núcleo extranjero.

PRIMERAS ACCIONES

Al amanecer del 19 de julio, cruzan el rio Kaka. La guerrilla se ha propuesto encarar tres fases. La primera es una caminata por terreno despoblado, con el objetivo de cohesionar el grupo y ambientar a quienes no tenían experiencia en la vida de selva; situación que alcanzaba al menos a dos tercios de la columna, la mayoría compuesta de estudiantes y universitarios bolivianos de clase media. La segunda de enfrentamiento y combates “con el enemigo” para probar la capacidad de fuego de tropa y, finalmente, la tercera de ingreso a la zona de operaciones, establecida en las proximidades de las poblaciones mineras auríferas de Caranavi y Tipuani. En ella se esperaba una mayor recepción que entre las comunidades campesinas. No se alcanzó nunca esta fase, pues fueron derrotados y muertos en su mayoría apenas concluía la primera.

Uno de los contratiempos iniciales se confrontó cuando tuvo que abandonarse el pesado generador del equipo de Radio, lo que dejó a la columna totalmente incomunicada de la red urbana en La Paz, que no supo que ocurrió con la guerrilla hasta que esta acabó. Sin embargo, la primera fase se cumplió con relativa tranquilidad salvo por un inesperado combate con la fuerza militar causándole una baja y ocho abandonos de las columna, en la mañana del 29 de julio. Los motivos son distintos, pero en todos hubo descontento, cansancio, hambre y nostalgia. Siete proceden del sector cristiano. Detenidos por las tropas del Ejército, tras ser obligados a cavar sus tumbas, los eliminaron con ráfagas de ametralladora el 30 de agosto. Fueron los primeros caidos.

La segunda fase comenzó a mediados de agosto una vez que la columna abandonó el pequeño y pobre poblado campesino de La Esperanza, a orillas del río Anten. Para entonces- en gran parte por el tiempo que imprudentemente le otorgó la guerrilla durante su caminata- la estrategia militar había logrado desplegarse totalmente. El mando guerrillero subestimó al Ejército. No tomó en cuenta que asumiría rápidamente la experiencia de la guerrilla contra el Che.  Unificaría por tanto el mando en la persona del coronel Constantino Valencia, quien se había destacado en las operaciones contra Guevara en la VIII División. Se dispuso también que las patrullas se movieran conservando una prudente distancia entre sus integrantes para no ofertar un inocente y continuo blanco y que los oficiales usaran seudónimos. También se impidió totalmente el  ingreso de la prensa, a fin que sus información no filtraran orientaciones a la guerrilla, tal como ocurrió en la época del Che.

 DESASTRE

Al principio la tropa militar rehusó el combate con la guerrilla, esperando que el cansancio y el hambre hicieran su parte, pero una vez que recibió el refuerzo de tropas especializada en antiguerrilla, la atacó con fuerza y decisión. Dos combates sellaron la suerte de la guerrilla. El primero de produjo en las proximidades de Chocopani el 28 de agosto. La guerrilla avanzaba lentamente pues debía cargar a Jorge Fernández (Felipe), norteamericano de padres republicanos españoles, que tenía el pie fracturado.  Sin prever que las fuerza militares se encontraban muy cerca, el mando permitió, mientras decidían dónde dejar a Felipe, que varios guerrilleros se dirigieran a un choza campesina cercana a procurase víveres. Cuando el tiroteo empezó fueron los primeros en caer presos o muertos. Bajo ráfagas de ametralladoras Browning P. 30, la columna guerrillera intentó retirarse desordenadamente.

Confundida, una parte de ella, intentó trepar por la lodosa ladera de un pequeño cerro ofreciendo el blanco ideal. Casiano, el popular cantor de protesta Benjo Cruz/Benjamín Inda Cordeiro, cayó allí herido. Había estudiado medicina en la Universidad de La Plata, donde integró el grupo “Siglo XX” y luego se sumó a la guerrilla boliviana.

Se dejó a dos guerrilleros para cuidar a Felipe y a otros tres, - dos médicos-, para hacer lo propio con Casiano. Sumados los siete a los cuatro caídos en el primer momento de la refriega, la columna perdió ese día once de sus integrantes. Quedó reducida a cuarenta y seis. (Un par habían desertado entre La Esperanza y el combate de Chocopani). Cabizbajos, y con el miedo carcomiéndoles las entrañas, continuaron rumbo al sur en pos de alcanzar su teatro de operaciones. Más el Ejercito no pensaba en darles descanso. Alertados por campesinos, que colaboraban frecuentemente con ellos, les dieron nuevamente alcance cuando la guerrilla se aprestaba a cruzar el Río Chimate.

DIVIDIDOS

Al atardecer del 1 de septiembre de 1970, las tropas atacaron a la columna guerrillera, ocasionándoles un quebranto irrecuperable. La mayor parte, al mando de Chato, logró cruzar bajo fuego de morteros y aviación, las caudalosos aguas. Otros trece, a la cabeza de Estanislao Wilka, Alejandro, el mismo que en febrero de 1968 sacó a Pombo y Benigno a Chile, se extravió y quedó en la otra orilla, la del sur. En la confusión reinante cuatro guerrilleros quedaron a la deriva y nunca más se juntaron con sus compañeros. Tampoco lograron contactarse el grupo de Alejandro y el de Chato. Allí en verdad acabó la guerrilla de Teoponte, a menos de un mes y medio de su inicio.

El grupo comandado por el boliviano Alejandro, tomó rumbo al Sur, posiblemente tratando de alejarse de la presencia del Ejército. Para eludirlo, se fraccionó en cuatro pequeños grupos. La estratagema no dio resultados. El Ejército copaba las rutas y centros poblados, a más que contaba con la colaboración campesina, que con frecuencia delataba a los campesinos. En menos de un mes todos resultaron muertos, la mayor parte luego capturados fueron fusilados.

En el grupo del Norte, la suerte también fue descaradamente adversa. La marcha de los veintiocho combatientes, estuvo plagada de hambre, deserciones y muerte. La guerrilla carecía de depósitos de aprovisionamiento de modo que dependía de la alimentación que podía cazar u obtener de los campesinos. En ninguno de los dos frentes obtuvo réditos, de manera que el hambre se convirtió en una proverbial compañera. Para mediados de septiembre, tenían que conformarse con hongos, alguna fruta silvestre y, muchas veces, engañar al estómago con una sopa de hierbas o simplemente con sueños de futuros banquetes. En esas condiciones los abandonos por desconfianza en el futuro de la columna o por agotamiento físico se hicieron frecuentes.

La presencia del Ejército, que contaba en la zona con unos mil hombres organizados en tres círculos de seguridad, indujo a nuevos combates. El 13 de septiembre la maltrecha guerrilla se dio modos de emboscar a una patrulla causándole una baja. Pero descuidaron luego la guardia, de modo que el Ejército pudo tomar venganza matando a dos guerrilleros. La columna de Chato quedó reducida a 14 combatientes, la mitad exacta que cruzara el río Chimate el primero de mes. “resulta lamentable tanto esfuerzo y esperanza puesta en nosotros(…) estamos prácticamente diezmados y, lo que es más grave, aislados. No hay capacidad de combate” confesó  Chato en su Diario el  mismo 13 de septiembre.

A partir de allí, la idea de constituir una vanguardia y una fuerza combatiente dejó de motorizar al grupo, que solamente trató de sobrevivir. Al finalizar Septiembre, luego de pasar largos periodos de hambruna, Chato y otros tres salieron en busca de contactos y alimentos. La conciencia de la derrota, el hambre, el desequilibrio emocional, hizo de esta fase la más dura de la guerrilla.

Las relaciones internas llegaron a tensos extremos. El 26 de septiembre Chato disparó contra dos de sus compañeros, un chileno y un boliviano, acusándolos de deserción y robo de una lata de sardina, pero en rigor porque a sus ojos habían vulnerado los códigos del honor, virilidad y heroicicidad que sustenta a un grupo armado. El 8 de octubre Néstor Paz, murió de hambre.

El 13 de octubre, el menor de los hermanos Peredo fue capturado en Tipuani, pero antes pudo enviar ayuda al famélico resto de sus compañeros. La colaboración de mineros y algunos campesinos, en parte facilitada por el asenso al poder del General izquierdista Juan José Torres el 7 de octubre, logró rescatar a seis de ellos, que el 4 de noviembre lograron salir a La Paz y al día siguiente, junto a Chato y otro sobreviviente (David, Mario Suárez), asilarse en Chile.

DE  RETORNO

Durante 1970 y  1971, el ELN intentó reagruparse y organizar nuevas acciones en Bolivia. Tras el derrocamiento de Torres, en agosto de 1971, el gobierno militar de Hugo Banzer concentró sus operaciones de represión en esta organización. Decenas fueron a la cárcel, a la tortura y la muerte. A mediados de 1972, decidieron replegarse a Chile, donde aun contaban buenos contactos operativos y una cierta solidaridad en las esferas gubernamentales donde sus ex compañeros chilenos se hallaban bien insertados en el Gobierno de Salvador Allende.

Fue durante ese agitado 1972, que las relaciones con Cuba se restablecieron; obvia consecuencia de la situación represiva en Bolivia. Chato viajó a La Habana donde se reunió con Fidel Castro. La organización decidió a enviar nuevos contingentes hasta Cuba  con el objetivo de entrenarlos para montar una nueva guerrilla en Bolivia. A mediados de ese año, alrededor de medio centenar de hombres y mujeres, la gran mayoría oriunda de Bolivia y un puñado de Chile y otro de Argentina, partieron desde Santiago y Lima a los campos de entrenamiento.

No requirieron el habitual viaje de enmascaramiento de los años 60. Cubana de Aviación los trasladó directamente desde Santiago a La Habana.  Una vez allí, se dividieron en dos grupos: urbano y rural. El primero, que traía la novedad de contar con una veintena de mujeres y apenas tres hombres. El entrenamiento urbano se desarrolló en Punto Cero y la Habana. Recibieron el programa consabido: manejo de armas, criptografía, embutidos, chequeo y contra chequeo, operaciones de logística. Mientras tanto, una treintena de varones, la mayor parte bolivianos y dos o tres chilenos, se concentraron, para el entrenamiento rural, en Pinar del Río, en la Cordillera de los Órganos. Fue en esta misma zona donde en 1966 el Che se preparó para instalarse en Bolivia.

Concluida la fase de entrenamiento para combate rural, asistieron a un sofisticado curso de lucha en la ciudad, que durante dos meses incluyó manejo de tanques, lanzamiento de cohetes antitanques y operaciones inteligencia y sabotaje.

El plan de retorno incluía organizar la cobertura en Chile y Bolivia, tal como había ocurrido entre 1969 y 1970. Un núcleo pequeño ya estaba en Chile -nuevamente concebido como zona de tránsito y refugio- y el grueso iniciaba la operación de retorno, cuando fue sorprendido por el golpe de Pinochet. Consumado el golpe, el ELN boliviano ya nada tenía que hacer allí. No era su lucha. Salieron clandestinos de Chile rumbo a Perú/ Argentina y de allí Cuba, o se refugiaron en embajadas europeas y latinoamericanas. La totalidad logró eludir las secuelas represivas del golpe, pero el dramático vuelco en la política chilena el 11 de septiembre de 1973, impidió que la guerrilla pudiera asentarse en Chile para trasladarse luego a Bolivia.

UN BREVE BALANCE

La guerrilla de Teoponte fue una repetición tendencial de la del Che, aunque su derrota fuera más vertiginosa y dramática. Concebida para durar 10 años, perdió en Teoponte a 58 de sus integrantes, mientras que el Ejército solamente tuvo 4 bajas, en poco más de 100 días de combate. En el balance posterior el ELN atribuiría su catastrófico desempeño a una subvaluación del aprendizaje del Ejército Boliviano luego de confrontación con las fuerzas de Guevara, a los errores tácticos cometidos por la inexperiencia del mando y al deficiente reclutamiento entre jóvenes estudiantes. La imprevisión en el equipamiento del aparato radio-eléctrico, pesado e inservible, sería también mencionada como uno de los factores de la desconexión con la red urbana, a lo que se sumó el aislamiento humano de la columna. El grupo operativo de las ciudades no tuvo tiempo ni presencia para torcer el curso de los acontecimientos y aliviar la presión sobre las fuerzas del monte. Pero esta vez se trataba de una red propia, que respondía al mando del ELN, por lo que, como en el caso del Che, no se pudo acusar a los comunistas de defección ni tampoco atribuirles el fracaso.

Más profundo que el quiebre de sus conexiones con el inoperante aparato urbano era, aunque sugestivamente no fuera ni mencionado en el balance aludido, exactamente tal como ocurrió en la caso del Che en 1967, el abismal divorcio con las luchas sociales que se intensificaron en Bolivia en 1970 en las ciudades y el campo. En mayo de 1970, apenas un par de meses previos al alzamiento de Teoponte, la emblemática Central Obrera Boliviana (COB) proclamó su medular tesis socialista, mientras que las señales de la fractura del pacto militar-campesino- soporte de cada gobierno boliviano- comenzaban a ser visibles, aunque no determinantes. El autismo del Estado Mayor del ELN, su autoproclamado vanguardismo y su obtusa seguridad en la “victoria final” cerraron el paso a toda vinculación con esas masas, a la par que se subestimaba su tradición y formas de lucha en las ciudades.

EPIÍLOGO

De los 58 caídos, en 1969 y 1970, el Ejército devolvió los restos de cerca de la mitad. El resto quedó en el abandonó hasta el año pasado, compartiendo una imagen de limbo, de eternos fluctuantes entre la vida y la muerte. ¿Acaso no dice Dante que “los cuerpos insepultos vagan en las tinieblas frías y no tienen descanso”? Trágica situación que persiste mientras el cadáver no se entierra; al que no se puede nombrar, que es un hueco en la memoria familiar. La ausencia del cuerpo impide celebrar el ritual de despedida, aceptar y humanizar la perdida. Sin tumba visible, sin espacio físico como morada final, el duelo entre los familiares es trágico e infinito.

Durante nuestra investigación, hallamos mapas militares que permitieron rastrear los restos de los caídos. Los validamos el 2005 en un par de visitas realizadas a la zona de Teoponte con Jorge Bayro, nuestro permanente colaborador y compañero de investigación. En base a esta indagación, e pesquisas realizadas posteriormente por ASFAMD,  el año pasado y este año, el Ministerio de Justicia con la colaboración del Equipo Argentino de Antropología Forense, ya halló nueve restos. Tras la pruebas de ADN, cuatro ya fueron identificados  y retornados a su familias. El ciclo iniciado cuarenta años atrás empieza a cerrarse.

(*Gustavo Rodríguez Ostria, es historiador. Investigó durante seis años sobre la guerrilla de Teoponte.)


Últimas noticias