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Boquerón, visita a las trincheras

Por Rafael Sagárnaga L. - Los Tiempos - 11/11/2010


 El cementerio boliviano, muchos soldados quedaron en Boquerón. - Archivo   Los Tiempos

El cementerio boliviano, muchos soldados quedaron en Boquerón. - Archivo Los Tiempos

    Texto y fotos    |    Rafael Sagárnaga y Archivo

AZAñA   |   Nunca antes en la historia de Bolivia hubo un episodio tan importante como el de la batalla de Boquerón. Visitar este lugar revive el heroísmo de un grupo de bolivianos que lo dieron todo por su patria.

 

A lo largo de la historia boliviana, no hay página de heroísmo que supere a la que se escribió en este lugar. Incluso, más de un autor la inscribe entre los seis mayores hitos militares del planeta. Sin duda, contados sitios fueron escenario de tanto sacrificio y bravura (1). Llegamos a Boquerón.


La memoria de los textos y documentales sobre la Guerra del Chaco, “la Guerra absurda”, ya conmueve a los visitantes mucho antes de arribar a este confín. Desde el trópico, desde los valles, desde los Andes, los defensores del fortín pasaron odiseas para llegar en semanas o meses sólo hasta Villamontes, la puerta del denominado ‘infierno verde’.


Descendieron lenta y tortuosamente de las cumbres o realizaron marchas forzadas por los llanos, abriendo sendas a machete. Y confluyeron en el Chaco, para avanzar por estas zonas donde normalmente, bajo un sol que calcina, no hay el consuelo de una sombra. 


El historiador Roberto Querejazu resume, en su célebre libro Masamaclay (2), la experiencia común de los movilizados al Chaco. Relata el traslado de Sucre a Tarija, apenas la primera etapa del viaje: "Durante dos meses y medio nos hicieron recorrer a pie, en pleno invierno, más de cien leguas". Tras pasar "la gélida altiplanicie andina", recuerda que fueron embarcados "como leños en varios camiones y (…) metidos al horno del Chaco en un frenético viaje de cuatro días". Horas después avanzaban disparando entre los árboles obedeciendo al grito de "¡Al asalto, viva Bolivia!".

LA CRUZ DEL FORTÍN


No muy distinta fue la experiencia de quienes llegaron a esta bocaza (3) de arbustos, espinos y árboles que inspiró el nombre de este célebre fortín. Casi en el centro del  descampado interior aparece, muy llamativa, una rústica cruz de cinco metros de alto. Fue construida con maderos semicarbonizados de los restos de aquella batalla. Está aislada por cuatro estacas semejantes que delimitan un área de cerca de 10 metros cuadrados.


Según el responsable del museo de Boquerón, el historiador Carlos Alberto Agüero, en diciembre de 1935, familiares de los combatientes de ambos países visitaron este lugar. Recorrieron los casi 3.800 metros que marcan la zona de trincheras y combates. Recogieron restos y pertenencias de mártires que los afanes de la guerra dejaron de lado, y erigieron una tumba común, señalada por la rústica cruz.


Este 29 de septiembre, representantes de la Embajada de Bolivia y la gobernación de Boquerón realizan al pie de los maderos una fraternal ceremonia de homenaje a los caídos. Los contados minutos de silencio, a 78 años de la tragedia, contraen las gargantas y humedecen los ojos de varios de los presentes (Ver nota adicional).      


Hacia el este, a unas decenas de pasos de la cruz conmemorativa, se halla una edificación de barro y madera. Cubre aproximadamente 10 metros cuadrados, es la Comandancia reconstruida. Allí el comandante boliviano del destacamento de Boquerón, Manuel Marzana Oroza, aguardaba el 6 de agosto de 1932 un comunicado esperanzador. La toma de fortines por parte de ambos países había llevado la crisis a su peor extremo. Sin embargo, él aún confiaba en que “los políticos harían algo para evitar la guerra”. La esperanza se disipó 16 días más tarde, el mensaje que le llegó decía: “Capitán General ordena y patria pide no abandonar Boquerón de ninguna manera, prefiriendo morir en su defensa antes que dar parte retirada”.


El riesgo para los defensores de Boquerón crecía de instante en instante. Mientras el Gobierno boliviano meses antes había frenado buena parte de la movilización, confiado en un acuerdo diplomático, Paraguay no cesaba en sus preparativos. El primer gran objetivo era el fortín.

CASAMATAS Y TRINCHERAS


Detrás de la precaria Comandancia, se encuentran los carteles que orientan hacia  el paseo por los senderos de las trincheras. Se advierte un notorio contraste entre la ondulante zona boscosa de los defensores y el pajonal abierto y llano que correspondió a los atacantes.


Entre la segunda quincena de agosto y la primera semana de septiembre de 1932, Marzana y sus oficiales organizaron  meticulosamente la defensa. Cavaron trincheras, abrieron sendas de conexión, tendieron líneas de alambradas, armaron “chapapas” (casamatas). Los diversos mandos deberían poderse comunicar con cada nido de ametralladores, con cada batería, con los francotiradores. Los 448 hombres que se encontraban a sus órdenes deberían dominar sus posiciones.


Hacia Boquerón se dirigían entonces 5.310 soldados paraguayos. La polvareda y el ruido de caballos y vehículos alertó a los vigías destacados por Marzana. “La Renconquista de Boquerón traerá la guerra? ¿Cómo reaccionará Bolivia? Eran las preguntas que todos nos hacíamos, pero sin que ellas perturbasen a los bisoños combatientes. Nadie admitía un posible rechazo, ni siquiera una larga resistencia.

Asistíanos la convicción de nuestra superioridad”, relata en sus memorias el coronel paraguayo Carlos José Fernández.  


Hacia el oeste, a unos 20 metros de la cruz conmemorativa, se halla el museo de Boquerón. Ahí se exhiben cientos de armas de artillería e infantería que pertenecieron a ambos ejércitos. Agüero describe la funcionalidad de cada pieza. “Estas ametralladoras Vickers, disparadas desde las casamatas causaban masacres, eran como segadoras de vidas”, explica al aproximarse a la memoria de la batalla.

 

En el sitio de Boquerón, los bolivianos contaban con tres cañones de 75 milímetros, dos piezas antiáreas, decenas de ametralladoras Vickers y Madsen y fusiles de reglamento Breno. Al frente la acumulación de piezas similares, stokes y obuses se incrementó sucesivamente en el curso de la batalla.   

LA GUERRA


Hacia el noroeste de la cruz, donde yacen los restos de los combatientes, se encuentra una de las granadas de mortero más afortunadas de la guerra. Nunca estalló. Está protegida por una rejilla que aleja toda intención de manipuleo. Lógicamente es una excepción.


El 8 de septiembre de 1932, una lluvia de proyectiles similares desató la masacre. A las 05.30 de la mañana, la artillería paraguaya abrió fuego provocando las primeras bajas bolivianas. Aproximadamente una hora más tarde en las trincheras del destacamento Marzana, se escuchó la carga enemiga a los gritos de "¡Aña memby....! ¡Viva el Paraguay! ¡Muerte a los bolí!".


Arremetían contra el fortín regimientos completos de caballería y artillería. Entre éstos destacaba en el centro el
Regimiento Curupayty que había sido desalojado de Boquerón el 31 de julio. Sus oficiales pidieron el honor de avanzar primero. Pero lo que se estimaba como una retoma que tardaría algunas horas derivó en una pesadilla.


La metralla y fusilería bolivianas frenaban a los atacantes. Cayeron centenares de jinetes con sus cabalgaduras. La carga había fracasado, decenas de muertos quedaron en el campo de nadie.


Las tropas paraguayas se reorganizaron y atacaron por segunda vez. Subsistía la idea de arrasar prontamente el fortín. Nuevamente se inició el estruendoso fuego de artillería. A media tarde lanzaron un nuevo asalto con la bayoneta calada. El ataque fue rechazado causando sucesivas bajas para los sitiadores. Ocho intentos desesperados sólo obtuvieron el mismo resultado: centenares de muertos paraguayos. En el fortín, mientras tanto, una veintena de efectivos bolivianos resultaron víctimas de la artillería enemiga.


Marzana en su diario de campaña recuerda conmovido los lamentos que los heridos paraguayos vertían abandonados en el campo abierto durante la noche. El frente de los atacantes se hallaba al borde del caos entre quienes buscaban desesperadamente agua, huir o hacerse entender.


El coronel paraguayo Arturo Bray relata en sus memorias: “Sólo cabe referirse a uno de los aspectos, por cierto, el más ingrato de todos: la tragedia de la sed. Desde el primer día se hicieron sentir sus efectos. (…) Grupos de soldados y aún de oficiales desertaban de la primera línea para volcarse camino de Isla Poí a Boquerón y asaltar a mano armada los camiones con tanques de agua. (…) Hubo quienes se abrieron las venas de su muñeca para succionar su propia sangre”. 

LA RESISTENCIA


En la ruta de trincheras, el lugar de las incesantes arremetidas paraguayas, hoy se observan los sitios de emplazamiento de ametralladoras y en especial un Bibosi, convertido en blindaje de los francotiradores bolivianos. Calado a hacha y bayoneta, el árbol resulta mudo testigo viviente de los instantes más cruentos de aquella confrontación. Atacantes y defensores bordearon los extremos de la tenacidad.


Pese al estruendoso fracaso de las primeras embestidas, los mandos paraguayos, encabezados por el coronel José Félix Estigarribia, asumían la retoma como vital para el destino de la guerra. Multiplicaron sus fuerzas hasta 12.000 e incluso 14.000 efectivos, según algunos historiadores.


Mientras tanto, los defensores recibieron escaso apoyo. Sus fuerzas llegaron a incrementarse a 619 efectivos en el fortín y alrededor de 2.000 en el entorno, en el mejor de los momentos. Sin embargo, paulatinamente los estrategas paraguayos impusieron un cerco infranqueable sobre los hombres de Marzana. Boquerón resistió las embestidas paraguayas durante 23 días, siempre a la espera de refuerzos, que nunca llegaron.  

La fiereza del enfrentamiento desató reacciones contradictorias e involucró a futuras celebridades. Marzana contó con el arrojo de oficiales como Víctor Ustárez y Germán Busch (futuro presidente de Bolivia). Igualmente recibió el voluntarioso apoyo del destacamento de Enrique Peñaranda (otro futuro Mandatario). Sin embargo, debió también lidiar con el mayor Cárdenas que huyó despavoridamente en caballo cuando se inició una de las avanzadas paraguayas hacia Boquerón.


“Demasiado mucho le reté a Stroessner (el futuro dictador de Paraguay) por correr y dejar su mortero”, cuenta hoy en Asunción, a sus 98 años, Carmelo Cisenado Maldonado, uno de los sobrevivientes de Boquerón. Con cuatro heridas de bala en el cuerpo, casi no escucha, pero desliza aún sus recuerdos de la guerra. Cisnedo fue uno de los soldados que se estrellaban contra las cortinas de plomo derretido vertido por los bolivianos. (4) Una avanzada cuasi suicida conducida por el coronel Estigarribia, quien gobernaría Paraguay entre 1939 y 1940.


La muerte empezó a ser una circunstancia asumida con clara previsión. La carta de un joven combatiente boliviano a su madre señala: “Adiós madrecita, reza por mí, consuela a mi padre. Dile que su hijo sabrá vencer o morir”.


 Una laguna, formada en estos días de 2010 por muy eventuales lluvias nocturnas cerca del centro del fortín, recuerda al pozo que desquició a los combatientes. Era la única fuente de agua para los defensores. Los paraguayos a medida que se acercaban impusieron una cortina de balas sobre ese codiciado pozo.


Querejazu en Masamaclay describe aquel drama. “Dos ametralladoras disparaban cada tres minutos una ráfaga sobre el tajamar.

Tiradores especiales tenían su puntería fija sobre el pozo. Los bolivianos llevaban furiosas acometidas y concentraban sus armas automáticas para despejar el sitio y proveer a los combatientes. El contorno del tajamar se llenó de cadáveres. Millares de moscas y mariposas blancas se posaban sobre los cadáveres que se hinchaban. (…) El cuerpo de un soldado vestido de caqui flotaba boca abajo en medio de un viaje macabro yendo y viniendo al impulso de las balas que recibía de los distintos costados”.

EL DEBER CUMPLIDO 


Casi al final del circuito de las trincheras se llega a la casamata y la “tuca” (puesto de combate) de Marzana. Allí el legendario comandante recibió la orden desde el lejano Comando General de “resistir 10 días más”. Mientras el agua, los alimentos, las medicinas y la munición se agotaban. Allí recibió los partes, el 28 de septiembre, de que los flancos cedían y que los soldados apenas podían moverse.

Y allí escribió la célebre proclama en la que insta a sus oficiales y soldados resistir hasta el último sacrificio.


La proverbial duración del combate atrajo la atención de la prensa internacional. Pese a que Argentina apoyaba a Paraguay en el conflicto, un diario de ese país escribió: " En Boquerón están escribiendo unos pocos soldados bolivianos la más bella página del heroísmo americano. Contados centenares de hombres luchan desde hace 15 días no solamente contra el enemigo mucho más numeroso, sino contra el hambre y la sed que les han impuesto los sitiadores. Antes que rendirse prefieren la muerte".


El final del sendero de trincheras deriva en los cementerios de los combatientes. Treinta y seis cruces blancas de 50 centímetros de alto alineadas simétricamente conforman el “cementerio boliviano”. Otra, rústica y de madera, tres veces más alta centra el lugar rodeado por una alambrada. Todas simbolizan, según relata Agüero, tumbas comunes de los defensores caídos.


NUESTROS MEJORES “ENEMIGOS”


Sin embargo, junto “cementerio boliviano” destaca una tumba singular. La raíz de un tronco señala el lugar donde yacen el capitán boliviano Tomás Manchego y su amigo el teniente paraguayo Fernando Velásquez. Sintetiza una de las decenas de historias profundamente humanas que surgieron en medio de la extrema crueldad de la guerra. Se habían hecho amigos cuatro años antes, cuando el boliviano cayó prisionero en un roce fronterizo y fue generosamente ayudado por el oficial guaraní. Durante el cerco, tras una de las embestidas sobre Boquerón, Velásquez quedó herido en manos de los defensores. A lo largo del cautiverio, Manchego compartía el agua de su cantimplora con Velásquez. Ambos agonizaron y murieron durante la batalla, pidieron ser enterrados en la misma tumba.


La sensibilidad de Manchego trascendió la historia de la guerra. Se lo recuerda como el oficial poeta. Cartas a su novia o su madre demuestran su particular personalidad y vocación.


Alrededor de 150 bolivianos y 2.000 paraguayos murieron en el combate.


A la salida del “Cementerio Boliviano”, se llega al monumento principal de Boquerón, ubicado a 200 metros al norte de la cruz central. La efigie metálica de un soldado paraguayo triunfante, destaca sobre una loma artificial. El fortín cayó el 29 de septiembre de 1932. La celebración de la victoria se apagó varias veces al contemplar a los defensores sobrevivientes.


El coronel Fernández describe el momento en que sus tropas ingresaron al fortín doblegado por el agotamiento. “La entrada victoriosa de nuestros soldados al recinto histórico de Boquerón fue empañada por la vista de la espantosa tragedia que envolvía a sus valientes defensores: 20 oficiales y 446 soldados, en el último extremo de miseria física, desfilaron silenciosos hasta Isla Poí. Por todas partes armamento, equipo, cadáveres y escombros. En un galpón oscuro, cubiertos de harapos, mugre, sangre y gusanos, se revolcaban más de 100 moribundos, sin curación, vendas y sin agua”.


Y partir de Boquerón rumbo a Asunción recuerda también al diario del ayudante de Marzana, el teniente Alberto Taborga. Los prisioneros fueron trasladados hasta la capital paraguaya, por río, en la cañonera Humaitá. Una multitud los esperaba con agrestes silbidos y gritos.

“Marzana, 10 barbudos y rengueantes oficiales y 200 soldados son empujados a tierra; pero no somos seres humanos, sino espectros.

(…) La debilidad física vence a la altivez. (…) La multitud dispuesta al ultraje se paralogiza, vacila…Ha cambiado en segundos la faz de su indignación…Grueso velo de lágrimas empaña las pupilas de hombres y mujeres. (…) El estupor y la consternación estrujan las gargantas.

Un mitai (niño) descubre a nuestro jefe y grita: ¡Bravo Marzana! Es la señal. La multitud rompe filas. Unos ofrecen agua, otros cigarrillos, otros chipas (pan de yuca). Las mujeres preguntan por nuestras madres, quieren saber si tenemos hijos…Idiotizados, maltrechos, malheridos, soñolientos no atinamos a responder. Dormir, dormir es lo que anhelamos. Ojala nos fuera dado dormir para siempre”.


Marzana murió en La Paz, el 4 de enero de 1980, a los 90 años de edad. El último de los defensores de Boquerón, Juan Blanco Sejas, falleció en Cochabamba en julio de 2002. En Paraguay sobrevive alrededor de una veintena de combatientes de la gran batalla. Todos hijos de una misma tierra, soldados de una misma patria, olvidadas por los políticos de entonces.


-Con datos de los libros Masmaclay (Roberto Qurejazu), Boquerón (Alberto Taborga), Boquerón (Alberto Taborga), Boquerón – 1932 (Luis Fernando Sánchez),  La Gran Batalla (Manuel Marzana) y El Cerco (Lucio E Loayza).

NOTA- Agradecemos la generosa colaboración del Embajador de Bolivia en Paraguay, Marcel Quezada, quien a tiempo de organizar la ceremonia de conmemoración de la batalla de Boquerón facilitó nuestra visita al fortín. El reconocimiento se hace extensivo al primer Secretario de aquella legación diplomática, Carlos Urquizo, al cónsul René Zamora y al funcionario Freddy Quisberth.  

 

 

 

FRATERNAL REMEMORACIÓN BINACIONAL

Este 29 de septiembre de 2010, una delegación oficial boliviana visitó el histórico fortín Boquerón. Cerca de las 11.00, los visitantes fueron recibidos por autoridades de la Gobernación del Departamento de Boquerón y autoridades militares del regimiento Rivarola.

Inmediatamente, el Primer Secretario de la Embajada de Bolivia, Carlos Urquizo,  y el Agregado Militar, Ernesto Urzagaste, depositaron una ofrenda floral con los colores de la bandera boliviana al pie de la cruz conmemorativa. Por su parte, el historiador responsable del museo y la zona del fortín, Carlos Alberto Agüero hizo un breve relato sobre la visita realizada hace 74 años por los familiares de los caídos. Señaló cómo aquellos deudos erigieron la rústica cruz sobre una virtual tumba común que conformaron con los restos hallados en el sitio. Las autoridades paraguayas fueron encabezadas por el secretario de Educación de la Gobernación de Boquerón, Daniel Falcon. 


Finalmente, un clarín de la banda militar presente tocó un emotivo silencio en homenaje de recordación a los caídos. Dentro del museo de Boquerón, Urzagaste entregó además una plaqueta “de admiración y respeto por los caídos en aquella guerra innecesaria e injusta para nuestros pueblos”. Auguró además una era de creciente y fraternidad y prosperidad para Bolivia y Paraguay.


Junto a Urquiza y Urzagaste, conformaron además la delegación boliviana el cónsul René Zamora, el adjunto Militar Naval, Germán Mamani, y el funcionario administrativo Freddy Quisberth.

ENTRE VILLAMONTES Y ASUNCIÓN

El fortín Boquerón se halla a aproximadamente 460 kilómetros al norte de Asunción. La distancia hacia Villamontes suma cerca de 440 kilómetros. El viaje desde Santa Cruz implica otros 1.000 kilómetros y hacia La Paz casi 1.890.


El recorrido que las tropas bolivianas realizaron en dos meses o más, hoy se lo puede efectuar, por vías regulares, en 18 a 30 horas, según el caso. Desde Asunción, el viaje que implicaba tres días para los combatientes paraguayos, hoy abarca entre seis y siete horas. 

Para llegar al fortín se debe seguir la ruta Transchaco hasta el desvío que conecta a la ciudad de Filadelfia. Desde esa intersección restan 30 kilómetros de vía de tierra rumbo al histórico lugar. No existe servicio de transporte regular hacia el fortín. Servicios expresos pueden ser contratados en Filadelfia. Debido a la masiva presencia menonita en la región Filadelfia es una ciudad trilingüe donde se reconoce y usa de manera oficial el alemán, el español y el guaraní.


La zona del fortín fue acondicionada para visitas hace aproximadamente siete años. Se encuentra debidamente señalizada. Sin embargo, restan por hallarse importantes elementos de la gran batalla. Entre estos cuentan, la bandera del fortín, el acta de fundación y la tumba del célebre capitán boliviano Víctor Ustárez.   

 


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