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Palacio Portales un regalo de amor

Por Mónica Oblitas Zamora - Los Tiempos - 12/02/2012


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Palacio Portales un regalo de amor - Alvaro Gumucio Periodista Invitado

Palacio Portales un regalo de amor - Alvaro Gumucio Periodista Invitado

ESTE IMPORTANTE PATRIMONIO NACIONAL | SE CONSTRUYÓ POR LA PROMESA DE UN ESPOSO ENAMORADO.

Cuesta imaginar al que ha sido hasta ahora el hombre más rico de Bolivia como un romántico empedernido. Y es más difícil aún si se toma en cuenta que este hombre, de origen humilde, hizo su riqueza arañando la tierra con sus propias manos, que no fue sino hasta casi sus 40 años que conoció la fortuna y que, pese a su fortuna, no siempre fue bienvenido en la rancia aristocracia boliviana.

Pero Simón I. Patiño sí era un romántico, y desde que tuvo los medios le quiso demostrar a su esposa, Albina, cuánto la amaba y admiraba. Con ella, con quien se casó cuando la joven tenía 16 años y él 29, Patiño construyó su imperio: Albina luchó junto a su marido para defender su mina, incluso empuñando la escopeta, y le dio dos hijas y un hijo. Siempre estuvo a su lado. En las buenas y en las malas.

PROMESA CUMPLIDA

Entre los muchos regalos que Patiño le hizo a su mujer, el Palacio Portales en Cochabamba (que se empezó a construir en 1912) es uno de los más lujosos; sin embargo, la familia nunca llegó a vivir ahí. A la muerte del empresario minero, su viuda se mudó a Villa Albina.

El Palacio Portales, en la zona de Queru Queru, fue diseñado por el arquitecto francés Eugène Bliault. La construcción, de estilo ecléctico, mezcla la tendencia árabe, la francesa y la italiana en los diferentes salones. Uno de los pasillos es una réplica de parte de la biblioteca en el Vaticano, por ejemplo. Estatuas de emperadores romanos, de figuras femeninas simulando las cuatro estaciones del año, los signos zodiacales, además de querubines y ángeles, se combinan en el decorado de los salones, dando la impresión de que uno se encuentra dentro de un enorme calidoscopio.

Los espejos y los dorados se multiplican por todas partes, y pareciera que los salones se disputasen cuál es más fastuoso. En el salón principal se hacen presentaciones, congresos, conciertos, homenajes, etc. Este enorme salón tiene una acústica privilegiada, por lo que la mayoría de recitales de piano se realizan ahí.

La madera tanto de los adornos como de los objetos más sencillos (gradas, etc), fue traída desde el Líbano, los tapices son de Damasco, los mármoles de Italia, las arañas son de cristal de Roca… La mayoría de los salones, menos el principal donde entra mucha luz del sol que ha gastado la tela, conservan las paredes originales cubiertas de tapices de seda. Las puertas pintadas a mano también se mantienen, así como los muebles de baño.

Llama especialmente la atención la entrada, donde el lema “Amor al trabajo, respeto a la ley” resume la filosofía de vida de Simón I. Patiño.  El enorme escritorio, donde el empresario imaginó cerrar más negocios aunque no pudo, es una réplica del de Napoleón Bonaparte.

En el palacio actualmente se tienen abiertas al público las tres primeras plantas, el sótano como sala de exhibiciones y galería de arte, y el primer y segundo piso como museo y como salones de eventos especiales. En el cuarto piso funcionan oficinas de la Fundación y en el último se ha habilitado un departamento que recibe a huéspedes importantes, como los parientes de Simón I. Patiño, nietos o bisnietos que llegan esporádicamente, o los altos ejecutivos de la Fundación. Originalmente en estos espacios estaban ubicadas las habitaciones de los hijos de Simón y Albina Patiño.

La enorme mansión, considerada uno de los patrimonios culturales más importantes del país, y que tardó seis años en construirse, nunca fue propiamente habitada, aunque sí planeada con detalle por Patiño que incluso construyó duchas públicas para que los habitantes de la zona, que en ese entonces era de sembradíos, pudieran usarlas y así congraciarse con ellos.

Poco antes de morir, y ya sabiendo que tenía una enfermedad al corazón, Patiño decidió crear la Fundación que hoy lleva su nombre, sobre todo para dar gusto a sus dos hijas que estaban muy apegadas a la cultura.

El Palacio Portales funciona como museo, y la Fundación ha creado en los predios un centro pedagógico-cultural para la enseñanza, el desarrollo y promoción de las artes.

Aunque Patiño quería vivir en Portales, y lo construyó en agradecimiento para su esposa quien en un momento de crisis del minero vendió todas sus joyas, nunca pudo hacerlo. Diagnosticado en Buenos Aires de una afección cardiaca, la altura de Cochabamba y la falta de buenos servicios médicos en ese entonces, impidieron que el empresario pudiera estrenar su palacio. A su muerte, su esposa prefirió el retiro de Villa Albina, otro de los regalos de su marido.

El jardín de Portales merece un espacio aparte porque fue creado como jardín botánico con diferentes especies de flora, cada una marcada con los letreros que se conservan originales. Al ser una zona rica en vertientes, los jardines se mantienen frescos, y además están cuidados constantemente por un equipo de jardineros. Los pájaros hacen un concierto aparte y acompañan mágicamente el recorrido.

LA FUNDACIÓN

35 personas, entre administrativos y personal de mantenimiento trabajan en el Palacio Portales y en la Fundación, que a su vez aglutina al Centro. Desde acá se manejan además las bibliotecas y aledaños que la Fundación tiene en diferentes regiones del país. Dentro de la Fundación funciona una de las mayores bibliotecas del país, con la colección de autoría nacional más grande.

La conservación del edificio, prácticamente impecable, está financiada por la Fundación Simón I. Patiño, con sede en Ginebra.

La Fundación aprovecha cada espacio para desarrollar sus actividades culturales, por lo que lo que fueran originalmente baños turcos y duchas públicas, son ahora camerinos para los artistas por ejemplo.

De martes a viernes el Palacio recibe visitantes en su condición de museo, y las visitas son guiadas por voluntarios especialmente capacitados en la historia y en la arquitectura del lugar. Los sábados y domingos se atiende en las mañanas.

Alrededor de 1.000 personas al mes llegan para conocer el Palacio con un costo de Bs.5 para los nacionales y Bs.10 para los extranjeros. La entrada a los jardines y a las actividades culturales es gratuita.

A través de los años, el Palacio y todo  lo que ha crecido alrededor de él se han convertido en la forma en que la familia Patiño comparte un regalo de amor que es hoy una obra de arte.

Patiño en el país

• Cochabamba
Centro de Pediatría Albina R. de Patiño
Centro Pedagógico y Cultural
Centro de Semillas Pairumani
Granja Modelo Pairumani
Centro de Investigaciones Fitoecogenéticas Pairumani

• Santa Cruz
Centro Simón I. Patiño
Centro de Ecología - Difusión
Centro de Ecología Aplicada

• La Paz

Espacio Simón I. Patiño

¿Quién fue Patiño?


Simón I. Patiño nació en Cochabamba en 1860. Su padre, Eugenio, de origen vasco español, nunca lo reconoció, por lo que Patiño usó siempre el apellido de su madre, María


Su primer empleo conocido, de 1882 a 1884, fue de vendedor en un negocio de importaciones en Oruro.  El joven Patiño se trasladó de Oruro a Huanchaca, donde obtuvo un puesto en la sección administrativa.  De ahí regresó a Cochabamba.  A su regreso a Oruro consiguió empleo en la firma comercial de Hermann Fricke y Compañía. Se casó en 1889 con Albina Rodríguez Ocampo. 


Juan del Valle (1564), uno de los conquistadores españoles fue el primero que llegó a la montaña de Llallagua.  La veta descubierta por el español fue la misma que Honorato Blacutt redescubrió en la década de 1870. Blacutt, envejecido por sus preocupaciones y fracasos, vendió la mina a David Olivares. Este la hizo trabajar con el empírico Sergio Oporto, pero sus recursos se le agotaron en pocos meses. 


Patiño hizo una proposición formal a Oporto para aportar todos sus ahorros en la mina. Oporto aceptó y ambos formaron una sociedad legal para explotar La Salvadora.  Patiño había adelantado previamente algún dinero.  Después de tres años de trabajo infructuoso, Oporto propuso a Patiño que vendieran la concesión. Patiño se negó y se convirtió en dueño absoluto de La Salvadora el 16 de agosto de 1897 y se preparó a cambiar las relativas comodidades que le ofrecía Oruro por la inhóspita cumbre del cerro Espíritu Santo. El campamento estaba a unos 4.400 metros sobre el nivel del mar.

 

Un día llegaron en mulas una joven y sus hijos.  Era Albina, quien había vendido las pocas joyas que poseía y traía consigo unos miles de bolivianos para ayudar a su marido. Patiño se conmovió con el gesto de su esposa y le prometió que algún día le construiría un palacio.


Cierto día los esposos oyeron que el capataz venía corriendo hacia ellos. "Don Simón venga a ver lo que hemos encontrado. Debe ser plata pura. ¡Es una veta ancha!". Patiño llevó a Huanuni muestras del material obtenido. Los resultados indicaban que una de las muestras contenía 58 por ciento de estaño, otra 56 por ciento y una tercera 47 por ciento.  Era la veta de estaño más rica de la región y del mundo.


La explotación de la mina comenzó en gran escala. Patiño obtuvo nuevas concesiones de terrenos adyacentes a La Salvadora. Con los beneficios generados compró otras minas de estaño. Los precios de los minerales en Europa lo llevaron a convertirse en millonario a nivel internacional. Logró también el dominio de los refinadores europeos y acabó teniendo el control de la mayor fundidora de estaño boliviano en el mundo. Con un capital de quince millones de Bolivianos estableció el Banco Mercantil de Bolivia.


Luego de vivir mucho tiempo en el extranjero, a los 86 años de edad, murió mientras dormía en las primeras horas del 20 de abril de 1947. No alcanzó a volver vivo a Bolivia, pero su esposa y sus hijos trajeron los restos por ferrocarril.  El gobierno decretó duelo nacional. Su esposa murió el 27 de marzo de 1953.  Uno de los dos grandes deseos de la vida de ambos -ser enterrados juntos en Pairumani- pudo ser cumplido. (www.oocities.org)

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