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La quimera del oro chileno

Por Ariel Marinkovic / EFE-REPORTAJES - Periodista Invitado - 5/08/2012


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 • 1. Detalle de una roca con un alto porcentaje de oro, en la localidad de Inca de Oro, en la cordillera de los Andes.  - Efe  Reportajes Agencia

• 1. Detalle de una roca con un alto porcentaje de oro, en la localidad de Inca de Oro, en la cordillera de los Andes. - Efe Reportajes Agencia

HACE DOS AÑOS | EL SILENCIO DEL DESIERTO DE ATACAMA SALTÓ EN PEDAZOS. UNA ROCA DE CIEN MIL TONELADAS SACUDIÓ LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA.  EL CERRO SE HABÍA HUNDIDO. 33 HOMBRES EMPEZABAN A VIVIR LA EXPERIENCIA MÁS OSCURA DE SU VIDA EN LA PROFUNDIDAD DE LA MINA SAN JOSÉ. ESTE YACIMIENTO SERÍA SU MORADA HASTA QUE FUERON RESCATADOS, DESPUÉS DE 70 DÍAS, EN MEDIO DE UNA EXPECTACIÓN MUNDIAL JAMÁS VISTA EN LA HISTORIA.

Dos años más tarde, a cien kilómetros de la mina San José, una línea azul quiebra la escarcha negra del horizonte. Está amaneciendo en el caserío Inca de Oro, uno de los últimos vestigios del auge aurífero del siglo pasado. En el Norte Grande chileno un puñado de mineros sale “a rascar” la cordillera que rodea el pueblo. Uno de ellos es Rubenson Araya.

En su rostro duro, silencioso y moreno, como los cerros que destripa desde hace medio siglo, los ojos de este minero artesanal resaltan como dos vetas brillantes. Araya es uno de los últimos “pirquineros” del desierto y lo sabe. 

“Este trabajo va a morir con nosotros, con esta generación”, comenta mientras baja por una escalera de metal casi tan vieja como él.  

“Antes los papás pasaban el conocimiento a la siguiente generación, pero ahora ya no ¡poh!, ahora los cabros (muchachos) pueden trabajar en cualquier cosa”.

Rubenson mira fijamente su vieja lámpara de carburo, un artículo que haría las delicias de cualquier anticuario, y remata: “era un conocimiento práctico, para ganarse los porotos (la comida) y nada más; por eso yo nunca aprendí a leer”. 

El padre de Rubenson llegó a Inca de Oro en 1937, cuando el pueblo estaba en pleno apogeo de la “fiebre del oro” y los mineros excavaban túneles en los patios de las casas que luego se transformaban en locales clandestinos donde apostaban los gramos de oro. 

Por entonces era habitual que los hijos heredasen el oficio.  Rubenson apenas tenía siete años cuando aprendió a descubrir las vetas bajo el haz de luz de la lámpara de su padre. 

“Pero a mis hijos no los dejé. Yo quería que estudiaran y aprendieran a hacer otra cosa, porque a nosotros ya nos queda muy poco”.

Rubenson hace una parada. Todavía le faltan 45 metros en vertical para llegar a la veta y la temperatura sube conforme va descendiendo por la maltrecha escalera. En el silencio de la mina sólo se escucha el rebote contra la roca de las piedras que desprenden sus bototos acerados. 

La linterna apenas ilumina unos metros, lo suficiente para distinguir en la pared las tonalidades verdosas de una veta rica en cobre y oro. Una de estas franjas con buena ley (porcentaje de mineral) puede esconder hasta 32 gramos de oro por tonelada de roca.

 

HERRAMIENTAS ARTESANALES

El contraste entre los equipos de extracción del pirquinero y los que se emplean en la minería a gran escala es abismal. 

Todas las rocas que el pirquinero ha extraído en un mes, la mochila de cuero de cabrito donde las transporta, la gastada picota, los martillos con mango de hierro y el mismo Rubenson Araya caben dentro de una sola rueda de los gigantescos camiones de 340 toneladas que se emplean en los grandes yacimientos.

A comienzos de este año, el ministro chileno de Minería, Hernán de Solminihac, pronosticó que la extracción de oro se triplicaría para el año 2015. Chile entrará en la lista de los diez principales productores mundiales, con alrededor de 120 toneladas por año. Y todo esto en medio de una subida del metal precioso, que durante 2012 alcanzará precios récord que fluctuarán entre 1.600 y 2.000 dólares la onza (31 gramos). 

A Rubenson Araya, todo esto le tiene sin cuidado. La cantidad de mineral que extraen los cerca de 3.000 mineros artesanales del Norte Grande fue importante en la producción nacional años atrás, pero hoy está en un pronunciado declive. El porcentaje de ganancia en comparación con los gastos es de apenas un diez por ciento. 

A 60 metros de profundidad, mientras raja la veta con el cincel, el pirquinero se queja de que ya no hay espacio para la pequeña minería.

“Ahora todos tienen que trabajar para las grandes empresas porque el gasto se come las ganancias”. 

Los materiales que emplean los pirquineros para su trabajo cada vez son más costosos. Pero la principal causa de la ruina de estos mineros artesanales es la inspección detallada del mineral por parte de los compradores, que sólo aceptan material con buena ley, sin impurezas en las muestras.

Al recibir mayor cantidad de mineral proveniente de las medianas explotaciones, en las plantas de procesamiento de la Empresa Nacional de Minería cada vez son más rigurosos con el material a medio procesar y exigen que esté muy limpio. 

Mientras sube el cargamento de rocas en su mochila, la voz de Rubenson se endurece.

“Puras dificultades. Ahora dicen que los minerales llevan impurezas y nos las cobran a nosotros. Ellos tienen la tecnología para limpiarlos pero a nosotros nos castigan con la plata. Así están matando la minería artesanal”.

Años atrás, los componentes químicos para esta limpieza eran escasos. Hoy abundan, pero son muy caros. Por eso los pirquineros aplican métodos que han aprendido a lo largo de los años para hacer sus propios exámenes sintéticos. 

Es suficiente un vistazo para darse cuenta de la pericia de estos hombres. Mientras con una mano trituran a mazazos las rocas menudas, con la otra sostienen delicadamente el cuerno de toro que usan para revisar qué tan buena es la muestra. 

En la “poruña”, como llaman a esta rudimentaria herramienta, Rubenson vacía el polvo de roca y lo diluye en agua para determinar la pureza de la veta. Rara vez se equivoca.

 

MANEJO DE EXPLOSIVOS

Los mineros artesanales se enfrentan a otro problema: no pueden adquirir material de alto riesgo sin la supervisión de un técnico especialista. 

“¡Llevo más de medio siglo mascando tierra y ahora me salen con que necesito un prevencionista para hacer un hoyo!”, comenta con enojo. 

La voz se le ha ido caldeando. Aunque tiene un carácter mesurado, a Rubenson se le acaba la paciencia ante lo que considera un abuso. 

“Los peligros los traen los empresarios de la mediana minería. Ellos contratan a gente inexperta. Ahorran plata, pero cuesta vidas. Si no, es cosa de ver lo que ocurrió en la mina San José”.

Es “vox populi” entre los mineros de la zona, que el alto porcentaje de oro que rendía el hoy famoso yacimiento (alrededor de 36 gramos por tonelada) fue la causa del desplome que sepultó durante 70 días a los 33 mineros. 

“El cerro parecía un queso suizo. Con tanto hoyo ya no se afirmaba bien. Pura ambición de los dueños: invertían en extraer, pero nunca en asegurar los túneles”. 

Para evitar una repetición más dramática de aquel accidente, las autoridades han aumentado la fiscalización. 

Muchas minas artesanales están cerrando porque no pueden pagar a los  especialistas en prevención de riesgos. Los pirquineros que siguen trabajando lo hacen con temor a que los inspectores las clausuren. Así las cosas, lo peor sería que aumentase la explotación ilegal y, en consecuencia, la tasa de accidentabilidad. 

Araya ha conocido de cerca el peligro. Varios compañeros muertos en un derrumbe, cuando él tenía quince años, un terremoto que casi lo sepulta vivo y la experiencia de su padre, que murió de silicosis, la enfermedad de los mineros y que él mismo padece.

“Es por la tierra y por la ignorancia”, explica. 

Antes, los pirquineros entraban a excavar la mina inmediatamente después de haber colocado la dinamita, cuando aún había gran cantidad de polvo en suspensión como consecuencia de la explosión. Además, las máquinas trabajaban en seco y los trabajadores se tragaban todo el polvo. 

“Pero ahora no, ahora hay cursos que explican cómo cuidarse, aunque nunca falta alguien que se equivoque, como en la mina San José”.

Mientras observa el barro que ha quedado en el fondo del cuerno, Rubenson Araya reflexiona con amargura.

“Ese accidente nos remató. Si antes ya era difícil trabajar, hoy es casi imposible”.

Pero de pronto el viejo minero sonríe. Un barro verdoso reluce en la negra “poruña”. Sabe inmediatamente que ha encontrado una buena veta.

Atardece. El frío del desierto cala la ropa. Rubenson Araya camina lentamente hacia su tuerta camioneta Chevrolet. Hoy la faena ha terminado. Mañana, con el alba, encenderá de nuevo su lámpara y bajará a perseguir el escurridizo oro.  

“Siempre he dicho que las piedras me vieron crecer y las piedras me verán morir”.

Antes de desaparecer bajo tierra, los pirquineros alcanzan a saludar al sol. Es una despedida breve y cotidiana antes de entrar en la oscuridad y enfrentarse a la aspereza del polvo y la frialdad de la roca para encontrar el anhelado reflejo. Es la quimera del oro.  

 

 

 


• 1. Detalle de una roca con un alto porcentaje de oro, en la localidad de Inca de Oro, en la cordillera de los Andes.

 

• 2. Imagen tomada el 20 de junio de 2012 donde se ve al minero artesanal Rubenson Araya trabajando en la mina aurífera que explota en las cercanías de la localidad de Inca de Oro, a unos 700 kilómetros al norte de Santiago de Chile.

 

• 3. Imagen del 20 de junio de 2012 donde se ve al minero artesanal Rubenson Araya descendiendo a la zona de explotación de la mina de oro que trabaja en las cercanías de la localidad de Inca de Oro.

 

•  4. Imagen de José Flores, un minero artesanal, en las afueras de la mina aurífera en las cercanías de la localidad de Inca de Oro.

 

• 5. El minero artesanal Rubenson Araya.

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