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“De equipo no se cambia”

Por Mónica Oblitas Zamora - Los Tiempos - 21/03/2013


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“El Wilster era mi vida paralela” Fotos: Archivo hinchas -     Agencia

“El Wilster era mi vida paralela” Fotos: Archivo hinchas - Agencia

PASIÓN | NO TODOS PUEDEN ENTENDER HASTA QUÉ PUNTO SE PUEDE AMAR A UN EQUIPO, EN ESTE CASO DE FÚTBOL. ACÁ TRATAMOS DE ENTENDERLOS.

Los hay que utilizan cábalas, se tatúan el escudo en el cuerpo, le ponen el nombre del equipo a uno de sus hijos, y van, llueva o truene, al estadio para alentar a esos 11 jugadores que le dan alma momentánea al cuadro de sus amores, amor que quizá heredaron o que están queriendo enseñar.

El cuento del periodista Franchesco Díaz Mariscal, hincha acérrimo como pocos que he conocido, titula justamente “De equipo no se cambia”, y fue publicado en el libro Warikasaya de la editorial Letralia. En él narra que su amor por el Tigre comenzó con su abuelo y se extendió por su familia hasta llegar al más pequeño de los integrantes, que recién comenzó a caminar.

Un poco como forma de homenajear al recientemente fallecido amigo y otro tanto para comprender esa pasión incondicional que muchos tienen hacia el equipo de algún deporte, en Bolivia el fútbol más que todo, es que hablamos con varios personajes que no dudaron un momento en escribir algo sobre por qué son hinchas. Estas son sus historias.

Wilster


“El Wilster era mi vida paralela”


Gonzalo Lema*

“Hace muchos años expresé que el fútbol era la alegría del pueblo. Dije eso ante un intento de "apropiación" del Wilstermann por uno o dos comerciantes del medio. Es decir: yo afirmaba que esa alegría no podía ser privatizada. Era de todos nosotros. Ahora que ha pasado el tiempo, advierto que de niño era testigo del entusiasmo popular y del cariño de la camiseta rojo sangre que sacaba cara, con mucha ventaja, por el fútbol cochabambino y nacional. Eran fines de los sesenta.

A los doce años, el 71, comencé a asomarme por el Félix Capriles, ese hermoso e histórico estadio que sobrevive incluso a la maldad de quienes imaginaron y construyeron un horrible sub-estadio en su interior, (rompiendo el paisaje, gastando inútilmente nuestro dinero) y el fervor de la gente había crecido. Por supuesto que me sumé de lleno a esa pasión. Y más tarde, en los ‘80, fui feliz acompañando el talento, mortífero y goleador, de mi amigo Gastón Taborga. Creo, ahora que recuerdo todo, que el Wilster era mi vida paralela, la que caminaba junto a mi vida íntima de manera inseparable.

El tiempo ha pasado a raudales desde entonces. Si bien no voy al estadio, estoy al tanto de sus logros y fracasos, y sufrí un año entero cuando descendió, y fui nuevamente feliz cuando ascendió. El Wilstermann es el símbolo de mi infancia y juventud. Mi novela "Si tú encuentras a Mari Jo" testimonia ese hecho. ¡Larga vida de triunfos para el poderoso Wilstermann!”

*Gonzalo Lema es escritor

“El wilstermanista

no es parte de una dinastía”

Yuri F. Tórrez*
 “Desde aquellos lejanos domingos de mi  niñez donde mis amiguitos iban agarrados de sus papás al estadio. Mientras yo  me escapaba de mi casa desde muy temprano para esconderme en aquellas escaleras que conectaba el palco oficial con la planta baja del estadio. Allí leyendo aquellas historietas de niño, esperaba por cuatro horas, para ver a mi equipo gratis y así se construía una gran pasión: ser wilstermanista. A diferencia de otros hinchas, el wilstermanista no es parte de una dinastía que se le impone, sea por presión o reflejo paternal, el hincha wilstermannista es por convicción. Ese sentimiento es inconmensurable tanto en la derrota como en la victoria. Así el dolor de este infortunio del descenso fue tan grande que ni siguiera el consuelo redentor de un próximo retorno aliviana, porque habíamos caído a los fuegos de azufre del infierno.  Esa tarde dominical de nuestro descenso se parecía a un poema de José Agustín Goytisolo “cuando yo soñaba en un mundo al revés”.  Esas imágenes eran indescriptibles. Nunca visto, el Capriles que fue testigo a lo largo de seis décadas de esas victorias hacedoras de épicas jornadas. Ese domingo fatídico era mudo espectador de una realidad lacerante; aunque en un gesto de impotencia los hinchas  tratábamos de mitigar algo que resultaba ser imposible de mitigar y arengábamos dignamente un último griterío de estoicismo:   volveremos, volveremos, volveremos.

Y cuando volvimos del infierno, también lloramos, esta vez de alegría. La televisión mostraba a los hinchas aviadores atiborrados de regocijo. En aquel instante sentí cómo aquella opresiva amargura, tendida sobre nosotros desde aquel fatídico domingo de nuestro aciago descenso al infierno, llegaba a su fin. Me brotó un nudo en la garganta. Me di cuenta que la vida está construida por aquellos instantes de eternidad que le dan sentido. Por eso me aferré a que ese instante sea perenne. Me abracé al televisor con fuerza. Las lágrimas se convertían en sonrisas. Mientras los hinchas en aquella noche otoñal, fría en Sucre arengaban a todo dar: “Dale rojo, Dale rojo…”. Nos estábamos redimiendo. La pesadilla terminaba.”

* Yuri F. Tórrez es sociólogo

Aurora


“Historia de amigos”

Marcelo Gonzáles Yaksic*

“Era un barrio muy heterogéneo ese de Cala Cala, allí vivían mis amigos, hijos e hijas de periodistas, ingenieros, peluqueros, ovejeros, ricos, pobres, obreros o empresarios. Desde la canchita de la calle Enrique Arce allá por 1975, ellos y yo inventábamos unos disparos formidables con el balón de fútbol  sin saber que la actitud que demostrábamos en cada partido nos definiría para toda la vida.

Definitivamente, no puedo entender el mundo sin amigos, por eso no comprendo el destino de aquellos niños de mi generación que jamás jugaron al fútbol.

En la universidad y con nuevos amigos, las tardes de domingo estaban reservadas para el fútbol  Desde la entrada en el estadio Félix Capriles todo se renovaba en un ritual religioso celebrado por once sacerdotes titánicos vestidos de celeste con blanco. Esta afición me la transmitieron mis amigos Cayo Maldonado y Picho Rojas, fue por contagio directo de ese morbo endémico propio del refugio cochabambino y que se denomina Aurora. Todos ya profesionales con nuestro amigo Jorge Iriarte, compartimos el proyecto liderado por empresarios auroristas para que nuestro equipo retorne a la Liga. El año 2008 el presidente del club José Luis Montaño, otro buen amigo, lograba el campeonato nacional en una monumental labor junto con unos jugadores hasta ahora tenaces. En estos tiempos como dirigentes deportivos, junto con Fernando Mayorga, Manuel Pérez, Rolando Tellería, Totoño Pavisic y otros amigos inolvidables, con pasión y compromiso agigantamos al Equipo del Pueblo. Es que desde 1935 sólo entre amigos se pueden inmortalizar esos sones que deleitan el orgullo radical: “Éste es mi equipo señores, del gran Aurora soy hincha”.

Así es. El Aurora, por esas razones herméticas, siempre ha atraído y concentrado a la gente buena. Esa gente amiga que vive el futbol, admira el Tunari nevado y lo descarga sobre el gran cielo de Cochabamba, siempre de infinito celeste. Como todos los días reservados para el futbol, ahí estarán mis amigos auroristas en las mismas graderías, disfrutando de los triunfos por encima de los tiempos borrascosos y gritando los goles como manda la gente buena. Mejor imposible, soy del Aurora... del Aurora soy yo.”

*Marcelo Gonzales Yaksic es abogado

“Se nace aurorista”


Fernando Mayorga*

“Dicen que el fútbol es una pasión, y es tan cierto como las historias que se cuentan en las cuecas y en los boleros. El corazón impera sobre la razón, el sentimiento somete al intelecto. Por eso, una persona no decide ser hincha de un equipo; no es el resultado de su elección, son cosas del destino, de manera particular si eres hincha de Aurora, el “equipo del pueblo”. Un aurorista se ata a la casaca celeste así como Ulises se amarró a un mástil para enfrentar los desafíos de la vida y en su entrega dominguera encuentra sentido a su existencia y la trasciende. Por eso, celeste es “su gran cielo”, inconmensurable, porque no cesa de crecer, como su pasión. A los auroristas -hablo en plural, si me permiten- no nos interesa la gloria mundana y la soberbia efímera porque estamos templados en la lucha contra la adversidad y festejamos un triunfo con la misma templanza como asimilamos los gol(p)es de la vida. Como Joaquín Sabina, nos gusta cantar diciendo: qué manera de aguantar, qué manera de crecer, qué manera de sentir, qué manera de soñar, qué manera de aprender, qué manera de sufrir, qué manera de vencer, en fin, “qué manera de vivir”. Y cantamos con un nudo en la garganta que se desata cuando gritamos un gol. Se nace aurorista y se sigue una tradición, y no se reniega de la sangre ni se olvida la historia.”

*Fernando Mayorga es sociólogo

Blooming


“Una fiebre que no se fue nunca”

Marcelo Suárez Ramírez*

“En el mundo futbolero, el hincha es indispensable para que este deporte conserve el sitial que lo coloca por encima de las otras disciplinas deportivas. Es gracias al fanático que el fútbol deja de ser un deporte más para convertirse en una auténtica pasión, un fenómeno social, una enfermedad, como si se tratase de una pandemia que continúa extendiéndose.

A mí siempre me ha llamado la atención la historia del hincha, el origen de ese personaje que un día escogió vestir los colores de un equipo para que lo acompañe toda la vida. Porque ser de un equipo es para siempre.

El verdadero hincha es aquel que se forma desde niño. Sólo así puede ser auténtico ese sentimiento y con el paso de los años tomar fuerza al punto de convertirse en un aspecto indisoluble de la personalidad del hincha. La forma más común en el mundo futbolero de hacerse fanático de un equipo es por la herencia de padres a hijos. De ese padre que lleva a su pequeño al estadio y lo viste con la camiseta de club, algo que puede ser discutible por el carácter casi autoritario de la decisión, pero que al final es válida.

Yo soy hincha de Blooming, ha sido mi equipo desde niño y nunca se me ha pasado por la cabeza ser de otro club.

En mi caso, se podría decir que me hice hincha por la influencia de mi hermano, siete años mayor que yo. Sin embargo, el hecho de que seamos del mismo equipo es circunstancial. En mi caso fue gracias a un vecino que conocí cuando tenía cinco o seis años y que no me caía bien.  Recuerdo que una vez me preguntó de qué equipo era hincha, yo le pedí a él que me lo dijera primero, y cómo me afirmó que era de Oriente, como una forma de darle la contra, se me salió espontáneamente que era de Blooming.

Lo demás se dio por añadidura, a la vez que me enteraba que mi hermano era de Blooming, el equipo comenzaba una de sus mayores épocas de gloria, al salir campeón nacional y lograr una de las mejores actuaciones que un equipo boliviano ha tenido en copas internacionales.

Así nació mi amor por Blooming, así nació una fiebre que no se me quitó nunca.”

*Marcelo Suárez es periodista

Oriente Petrolero


“Genética albiverde”

Darwin Pinto Cascán*

“La primera cosa que recuerdo de manera consciente sucedió en Santa Rosa del Sara. Y la segunda y la tercera también.

Recuerdo que allá no pasaba nada. Sólo esos camiones destartalados que venían de monte más adentro cargados de troncos amarrados con cables de acero, y con cisternas llenas de petróleo que yo entonces no sabía para qué servía.

Y el ¿fútbol? Era natural que todos los que vivían ahí sean de Oriente Petrolero. Es decir, tan natural como el surazo que llegaba de golpe dando gritos de guerra atropellándolo todo o como el duende que espiaba en las casas más humildes para robarse a los niños que no habían recibido bautizo. Como orientales, éramos el Oriente Petrolero de Bolivia (uno miraba el mapa y sabía por qué del nombre) éramos el verde y el blanco de nuestras selvas, nuestros llanos, nuestra alma, la espuma de nuestros ríos…

Me hice hincha de Oriente en esa gloriosa época entre 1986 y 1989, cuando el albiverde hizo estragos en el Defensores del Chaco eliminando a Olimpia y a Cerro Porteño, y luego dejó en el camino a Colo Colo en el mismísimo estadio nacional de Santiago. Y aunque perdimos por penales con el América de Cali, ya no importaba. Nunca me había sentido tan orgulloso de algo, y no sólo yo, sino también mi generación, la que vio a Maradona jugar y al cometa Halley romper el cielo. Los periódicos llegaban cuatro días tarde al pueblo y aún así en las aulas hediondas a estuco y siempre húmedas por las todopoderosas goteras, leíamos las proezas de Carlos da Silva, Celio Álvez, Marciano Saldías, el ratón Monasterio, el Pingüino Brunetto, Lazcano, Wilson Ávila, Amodeo, Coimbra, Trucco… esos legionarios que nos hacían vibrar el corazón en ese sitio donde no pasaba nada.

Para mí, blooming (no puedo escribirlo con la b alta, no quiero) era algo ambiguo. Un chiste. La primera vez que vi a un bluminista de carne y hueso fue a los 17 años ya viviendo en Santa Cruz de la Sierra. Eran como extraterrestres. Aún lo son. Y cuando tuve a mi hija, como cualquier padre que quiere lo mejor para su hijo, la hice Orientista lo antes posible, con polera, bandera e idas al estadio. Un día de esos raros, cuando aún ella no sabía la diferencia entre el bien y el mal, me dijo: "Papá, como usted es de Boca y me dejó ser de River por eso de que yo aprenda a tomar decisiones... Quiero ser de bloo....” Corté educadamente la frase porque esa palabra es prohibida en mi casa... Le di un par de requisitos que debía cumplir para cambiarse de equipo y naturalmente no los aceptó... Claro... después de ese día reafirmó su orientismo consuetudinario hasta hoy, porque sabe a qué patria deportiva pertenece, porque sabe que hace dos años y medio que blumin no nos gana un clásico, porque sabe que Oriente Petrolero no es un equipo, es un carné de identidad.”

*Darwin Pinto es periodista


The Strongest


“Por qué amo a mi equipo”

Martín Diaz Meave*

“Este amor comenzó en casa de mis abuelos, en Miraflores. Mi viejo, como buen comunista, sostenía que el fútbol es el opio del pueblo. Mi madre, como buena bolivarista, se enteraba de los resultados de pasada, los lunes por la mañana. Pero mientras ellos socializaban, yo me escapaba escaleras arriba a un lugar mágico, donde el tiempo se había detenido: la habitación de mi bisabuela. Doña Josefina Brun, en un aymarañol que sólo el cariño descifraba, me daba dulces, galletas, consejos y uno que otro cocacho "por si acaso". Pero en medio de eso me heredaba, en calidad de tesoros, recortes, cromos, recuerdos y almanaques de Alasitas anteriores a mi nacimiento, todos teñidos con el oro y negro de The Strongest.

La Mamá Josefa me contaba entonces, en épicas narraciones, las circunstancias en las que el Derribador de Campeones se había ganado ese nombre; me hablaba de Cañada Strongest, y de cuando podía ir al estadio a apoyar al equipo hasta el último minuto, porque hasta el último minuto de cada partido era que los chicos tenían que pelear. Me mostraba las fotos de ella en la cancha, poniéndoles coronas de flores en algún clásico sin fecha en la noche del tiempo. Me enseñaba a cantar la Chayñita, el Qunusqiwa y la Negra Samba. Me contaba las hazañas de Vicente Arraya, de Max Ramírez, del hexacampeonato y del campeonato invicto con valla invicta; pero sus ojos se hacían de cristal y su voz se quebraba cuando recordaba a los caídos en Viloco. "Yo lo conocía a Angelaccio, ¡tan joven!", lloraba. Ver a mi abuela en contacto con esas memorias producía en mí un efecto hipnótico, un trance mágico del que no me sacaban los gritos de la familia llamándonos a almorzar.

Yo volvía a casa, los domingos en la tarde, lleno de banderines, posters y souvenirs para decorar mi cuarto, repitiendo las tonadas en el asiento trasero. Y si había partido, alguien de la familia, algún tío o alguien así, tenía que llevarme al Hernando Siles ya no por darme gusto, sino para que me dejara de joder.

Sé que en el amor no se elige. El sentimiento rey, en su irracionalidad inexpugnable, hace que lo único que entendamos es que donde manda corazón no gobierna cabeza. La puntería burlona de Cupido ha producido guerras, desaciertos políticos, canciones de Cristian Castro y otro tipo de catástrofes. Es difícil describir el amor por un club de fútbol, en especial a quien, sin sentirlo, trata de entenderlo. Pero algo puedo decir: cada vez que el Tigre hace un gol, hay un instante de pausa en medio de la euforia en el que miro al cielo, y busco la sonrisa jubilosa de mi bisabuela, multiplicada por miles que seguramente, tienen cada uno una historia parecida para contar.”

*Martín Díaz es Director Creativo en Kinesis AV


Bolivar


“Empecé a ir solo al estadio”


Oscar Martínez*

“Soy del Bolívar gracias a mi mamá. Como no tenía papá, a mi mamá le daba pena que no tenga a nadie que me lleve al estadio los domingos (en general, mi madre odia ir a los lugares dónde hay multitudes). En ese entonces, todos los niños menores de doce años entraban gratis al estadio por la puerta 12 de la curva sur.  Entonces, cuando jugaba el Bolívar mi mamá me preparaba una bolsita con un termo con café y dos sándwiches: uno de huevo y otro de carne. Cuando me despachaba de la puerta, me decía que me coma el sándwich de carne en el segundo tiempo, porque era más emocionante.

Así empecé a ir solo al estadio desde los nueve años.

Un tiempo, cuando tenía catorce o quince años aproximadamente, estuve en la “Furia Celeste” la Barra Brava del Bolívar, pero después de un año dejé de ir por esto de que te escupían cuando no cantabas y que a veces había problemas con la policía. No me gusta la violencia y me da pena que los partidos y las barras sean lugares cada vez más peligrosos para los jóvenes.  Actualmente voy a recta y disfruto del futbol en general y más de mi equipo.”

*Oscar Martínez es psicólogo

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