José Coca Loza “Creían que estaba loco, la pasión por el canto me arrastraba”

Entrevista
Publicado el 16/07/2018 a las 0h00

Texto: Mónica Briançon Messinger

Fotos: Cortesía del entrevistado

Se acaba de presentar en Versalles. Anteriormente, estuvo en Salzburgo y en Múnich. Entre agosto y octubre estará de gira por Suiza, España e Italia. Ha cantado junto a las renombradas divas del canto lírico Cecilia Bartoli (Italia) y Vesselina Kasarova (Bulgaria) y el siguiente año lo hará junto a la ganadora del primer premio Reina Sonia Competencia Internacional, Kristina Mkhitaryan (Rusia).

Hace menos de tres meses, tuvo su debut en el Festival de Salzburgo en el papel de Haly en la ópera L’italiana in Algeri de Rossini, y ya se prepara para su rol como Alidoro en La cenerentola, también de Rossini que se presentará en el Festival de Lucerna este año. Además, recorrerá el L’olimpiade de Vivaldi con la Orquesta Barroca La Cetra de Basilea (Suiza) bajo la dirección del maestro italiano, Andrea Marcon entre 2018 y 2019.

Él es José Coca Loza, bajo cantante y posiblemente el cochabambino que más alto ha llegado y continuará alcanzando altos sitiales en el difícil y exigente mundo de la ópera.

Ha cantado junto con la Orquesta Sinfónica de Basilea, la Orquesta del Festival Menuhin y la Orquesta Barroca Capriccio, también cantará el solo de bajo en la Misa en Si Menor de Bach en el Usedom Music Festival.

Su novísima historia puede resumirse en causas y azares, entrelazados para proveerle un fascinante camino.

Entre los ensayos para el FestKonzert, que dirigirá en la iglesia de la Compañía de Jesús y sus compromisos familiares, aparta un tiempo de su corta vacación en Cochabamba, para contarnos acerca de su vida.

 

¿Cuándo comenzó con el canto?

Mi mami es Julieta, secretaria de la Compañía de Jesús. Hace de todo y me acompaña en mis locuras. Hace cuatro y seis años me ayudaron con la puesta en escena de la ópera Suor Angélica, cosieron los trajes, pintaron la escenografía.

Soy hijo único, pero tengo hartos primos. Vivimos en la misma casa en Jaihuayco, cerca de la Base Aérea. Todos los domingos me trasladaba a la iglesia. Como no teníamos niñera estaba ahí todo el día y cantaba en el coro de las once y de las siete. Le decía a mi mami que nos quedemos a la misa de siete, que quiero cantar. Ella trabajaba hasta las cinco y no entendía por qué me quería quedar más. Era por cantar.

Empecé el colegio en el San Francisco, pasé al Don Bosco, luego al Laredo y terminé en el Ricardo Terrazas.

 

¿Sabía que tenía el talento?

Yo estaba en el Don Bosco y allí conocí a Dante Madariegue y Judith Carmona que eran profesores de música y me descubrieron. Judith me llevó al Laredo de manera clandestina por las tardes. No sabía leer música, cantaba así no más. Escuchar al coro de niños a tres voces y ver las partituras por primera vez fue sorprendente. Ella arregló mi ingreso al Laredo. En ese momento tenía 11 años, y soñaba con entrar a ese colegio.Me preparó para el examen de ingreso. No sabía solfear, ni sabía teoría. Canté el Ave María en el examen de ingreso. Me fui con la idea de que no aprobé el examen y volví el siguiente año al Don Bosco, me dio vergüenza preguntar si pasé el examen en el Laredo, pasé clases dos meses hasta que fuimos a un concierto en la Compañía de Jesús y desde el lugar donde Judith cantaba me vio y apenas terminó el concierto, se me acercó y me dijo: “Por qué no vienes al cole”, y le dije que sí estaba yendo y que estaba pasando clases. Me dijo: “Te estamos esperando hace dos meses”. Y mi mamá, sin tener mucha idea de lo que era el Laredo, le contestó: “Muy bien, llévelo”. Comencé las clases tarde, me aplacé en todo y encima me dijeron que tenía que escoger un instrumento. Elegí el piano y el profesor me dijo que estaba muy viejo para piano y que tenía que elegir entre trombón o trompeta. Yo no quería saber de esos instrumentos. Por un año estuve sólo con coro. Ahí conocí a Betty Matienzo quien fue mi maestra de piano, solfeo y teoría. En séptimo, en ese entonces, los niños tenían que dar un examen frente a un jurado, y si pasabas tienes derecho a continuar con ese instrumento e incluso a seguir en el cole. La condición era que si pasaba el examen, continuaba con el piano y sino con el trombón. Pasé con la segunda mejor nota. Al año y medio de estar en el Laredo me cambió la voz y seguir en el coro de niños fue imposible. Mi voz estaba rota, pasé de soprano a bajo. Nunca más abrí la boca para cantar, pero descubrí que los estudiantes que hacían canto en el colegio necesitaban acompañante. Judith también necesitaba piano para el coro de niños y acompañaba todas las clases tocando piano. Me cambiaron de cole para segundo medio, me fui al Mariano Terrazas.

 

¿Y luego qué sucedió?

Apenas se enteraron que cambié de colegio obtuve una beca en el Mus Art a cargo de Ana María del Carpio y Ana María Canedo para continuar con el piano. Me acerqué a la cantante Katia Escalera como pianista acompañante y mantuve esa pasión por el canto, escondida, hasta los 18. Ese año hubo un montón de proyectos ya que las personas aprovechaban de mi facilidad de lectura a primera vista. Era en 2008.

 

PROYECTO PROPIO

¿Es en ese momento que surge su coro?

Mis compañeros creían que estaba loco cuando les pedía en el recreo a las chicas que cantaran o que tocaran flauta y yo las quería acompañar con el piano.

Entonces hice algo bien loco. Entré a la dirección del colegio, saqué datos del directorio y me anoté quién hizo canto con los maestros Koichi Fuji y Elizaveta Vorojeikina. Anoté todos los teléfonos de varias promociones. Ahorré mis recreos y almuerzos para fotocopiar partituras y comencé a llamar a estas personas y las convoqué para formar un coro. No me conocían en persona. Los esperé y buscaban a alguien para que dirigiera el coro. Buscaban a alguien mayor no esperaban a un adolescente y cuando les dije que era yo, se preguntaron qué irían a hacer con ese niño. Entonces hicimos un trato, ellos cantaban y yo los acompañaba con el piano. Desde ese entonces hice varios conciertos. La pasión me arrastraba.

Esa temporada me dio tendinitis y el médico me prohibió escribir por dos meses y ocho meses sin tocar. Un año condenado, sólo para hacer cosas básicas con las manos. Ahí Katia tuvo la idea que aprenda a cantar, para que así pudiera acompañar mejor a los cantantes. Y por primera vez abrí la boca para cantar. En ese momento, mi registro era muy pequeño. No tenía ni agudos ni graves. No sé qué me vio. Pero me dijo que tenía un color de voz hermoso. Tenía cinco notas de registro.

Elizabeth Schwimmer me metió al coro del festival cuando su ayudante dejó el coro. Fui su asistente por tres años. Era mi sueño. En ese tiempo me contrataron para dar clases como profesor en el Hughes School y en el Milán.

Pasaba clases, dirigía el coro de niños en el Hughes y convencimos a Elizabeth para llevar a escena el Magnificat de Bach con coro de niños. Era la única persona que nos hacía temblar a todos por lo estricta que era. Los proyectos salían y éste fue uno de ellos. Fue el último en Bolivia.

 

EL SALTO HACIA AFUERA

Al notar su talento los directores del Hughes le dijeron que no se podía quedar en Bolivia. Era 2010, Coca les informó que no tenía los recursos. Se movieron entre todos. Katia grabó una clase, los Hughes la enviaron y le consiguieron una media beca en los Estados Unidos en la Facultad de música de la Universidad de Arizona. Llegó el momento de pagar el pasaje y su mamá le dijo que no había. Pidió un préstamo a Elizabeth y ella le contestó que le daría el dinero no como préstamo sino como regalo de parte del Bach Fest y un poco más para los primeros meses.

Estuvo dos años en Estados Unidos estudiando canto y piano. En 2012, se cortó el apoyo internacional a los estudiantes de fuera. Pero le llegó una carta donde le indicaban que tenía que pagar cinco mil dólares más, cifra que no tenía.

 

¿Qué fue lo que sucedió?

Milagrosamente me llegó una carta del Padre Piotr Nawrot, que había encontrado una obra para estrenarla con un cuarteto boliviano y uno francés, en Dijón, Francia. Era para hacerlo en mayo y junio. Los integrantes europeos me hicieron un contacto con el profesor de la universidad de Basilea. Allá se paga el 10 por ciento de lo que se paga en Estados Unidos. El año en Arizona costaba $us 14 mil. Julyard cuesta $us 40 mil. El conservatorio de París cuesta 400 Euros al año. El de Milán 800, donde estaba yo costaba 2.300 al año. De inmediato me fui a ojos cerrados. En septiembre partí e hice la licenciatura en canto lírico. En 2015, comencé a trabajar. Hice el papel de Sparafucile en Rigoletto, otro en una ópera de Ravel y en una de Britten. Terminé de estudiar y los del directorio del teatro de Basilea, que estuvieron cazando talentos, vinieron a mi examen final y me ofrecieron un contrato. Durante tres años fui solista con todo tipo de repertorio. 130 funciones al año. Cada semana, cantábamos tres veces. Es el único teatro en Europa que tiene tantas funciones. Me he construido con esta prueba de fuego.

 

¿Cuándo entra Cecilia Bartoli a su vida profesional?

En 2016, tuve la fortuna de cantar en Zürich donde estaba una directora de festival y me invitaron para audicionar para Cecilia Bartoli, la mezzosoprano más popular del mundo, para hacer el rol de Alidoro en la ópera La Cenerentola de Rossini. Rechacé el contrato, no me sentía listo para ese rol. Me llamó mi agente para saber si cantaría o no. Le hablé de mis temores y recibí un consejo que guardo para toda mi vida: “Si tú piensas que no puedes cantar como tú quieres en este proyecto al lado de semejante artista, es mejor decir que no y tal vez te llamen a proyectos futuros a que lo hagas una vez mal y nunca más te llamen”.

Seguí trabajando en el teatro de Basilea, en el verano tuve un papel en El rapto del Serallo, de Mozart. Después, me invitaron para ser parte del Festival en Múnich, el Star and Rising Stars, para cantar con Bartoli dos duetos. Estuve dos meses en la biblioteca mirando partituras, elegí un dueto de La italiana en Argelia y el dueto La ci darem la mano de Don Giovanni.

Fue una experiencia increíble. Compartí cartelera con ella. El concierto fue un éxito total, después fuimos a cenar y Cecilia me preguntó: “¿Alguna vez has cantado el rol de Haly en La italiana en Argelia?”, le dije que sí, y me preguntó cómo te va el rol, le dije que no conocía toda la ópera. En cinco minutos me hizo llegar la partitura al hotel, la leí, y todo estaba en mi registro. Inmediatamente me dijo: “Estás contratado para cantar en el Festival de Salzburgo 2018”. Yo estaba en el cielo. Al día siguiente, tuvimos un desayuno con la directora del festival de Múnich y me contó que el público me ama. Tuve que terminar mi contrato en Basilea, porque, además, Cecilia me ha invitado a cantar en La Cenerentola. Me dijo: “Ya han pasado dos años ¿te sientes listo?” Yo le respondí que sí. Vamos a hacer una gira, con ella. Nos presentaremosen agosto en el festival de Salzburgo y vamos a rehacer La italiana. La Cenerentola comienza en septiembre y octubre en Suiza, en el teatro KKL, sigue en el Teatro Real de Madrid, en seguida el Palau de la música en Barcelona y finaliza en el teatro de ópera en Rimini, Italia. Se me comenzaron a abrir las puertas y tengo contratos hasta 2021. Veremos qué pasa después.

 

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INNATO José Coca tenía desde niño facilidad para la lectura musical a primera vista, fue siempre una de sus virtudes.
Cortesía del entrevistado

PREMIOS

2018: Premio de Estudio del Porcentaje Cultural de Migros

2017: Premio de Estudio del Porcentaje Cultural de Migros

- Finalista del concurso Antonio Cesti, Innsbruck

-3er premio en el concurso Renata Tebaldi, San Marino

- 3er premio en el concurso Schloss Hallwyl Opera

2014: 3er premio en el concurso Schloss Hallwyl Opera

2011: Ganador de la competencia “Búsqueda de lo mejor” en Tucson, EE. UU.

 

 

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