Los Tiempos
Edición Especial
 
Cochabamba - Bolivia
Cochabamba Arqueológica
Viernes, 14 de septiembre de 2007

Sociedades de gran complejidad y arte

El estilo Tupuraya, denominación hecha por los hallazos en un barrio de nuestra ciudad, también se halla en Arani. Se caracteriza por ser policroma.

Tupuraya

Rydén documentó un estilo en el montículo de Tupuraya, barrio de nuestra ciudad, y que también se halla en Arani. Característica: cuencos con patitas

Cochabamba fue hogar de muchas de las culturas arqueológicas más tempranas de Bolivia. Las poblaciones prehispánicas de esta fértil región se relacionaron, en tiempos diferentes, con dos de las entidades más grandes de los Andes prehispánicos: la sociedad Tiwanaku y el Estado Inka.

Es una zona geográfica que, por la gran entrada de la cordillera de los Andes, forma muchos valles templados, lugares amables para vivir y prosperar. Mucha de su prosperidad la basaron en la producción de cerámica y su posterior intercambio con otros productos, como sal, coca, ají, carne y lana de llama, etc.

Los arqueólogos han establecido algunas grandes zonas ceramistas: en el sudeste, los sitios más interesantes son: Aiquile, Mizque, Omereque, Yuraj Molino, Sehuencas. En el valle alto, los más importantes son Cliza, Santa Lucía, Aranjuez y Tarata. En el valle central: Cerro Mojo de Quillacollo, Quillacollo mismo (la plaza de San Ildefonso está sobre un montículo arqueológico), Tupuraya, el recién descubierto Montículo de Piñami. Hacia el oeste, Capinota y Ayopaya.

El Periodo Formativo temprano es caracterizado por una tradición de la cerámica monocromática, terrosa, engobada (es decir pulida). En un principio, el elemento estético viene dado por incisiones sobre la capa de la cerámica, consistente en hacerle surcos con un punzón, o incisiones geométricas, circulares, concéntricas, a veces líneas de puntos, otras veces con la uña, en lo que Pereira grafica como “un pellizcadito”. En ocasiones hay una especie de apliqué de elementos antropomorfos, incluso elementos sexuales como pechos femeninos, o zoomorfos como murciélagos o serpientes.

Pese a ser Formativo temprano no hay razón para pensar que la cerámica es de mala calidad. En muchos casos, explica Pereira, “es más sofisticada, muy bien cocida, muy bien laminada, las paredes de ambos lados están bien cocidas, tiene buen engobe”.

Las formas más comunes en el sudeste cochabambino —Yuraj Molino, Aiquile, Mizque— son vasijas con base plana pero con paredes circulares, para uso personal, como para dos porciones de sopa, una lawa tal vez. La otra forma común es el ch’illami, una fuente grande como para poner choclos cocidos. Tienen también ollas globulares (forma de globo) con asas muy prácticas para sujetar.

El color aparece alrededor del 300 d.C. (recordemos que el Formativo alcanza hasta el 600 d.C.). Las primeras vasijas, ollas, cuencos que inicialmente incluyen pintura tienen dos colores: negro sobre rojo, una línea negra sobre fondo rojo, por ejemplo.

En el Periodo Medio e Intermedio del Formativo, donde abundan los estilos locales, la cerámica ya es polícroma, como la cerámica de Tupuraya. F

Legado ancestral

La misma geografía, tiempos distintos

Nuestros antepasados vivieron en este mismo escenario geográfico. Esas sociedades ahora ya muertas respondieron a los retos de su tiempo con laboriosidad, imaginación y trabajo. Supieron extraer los recursos de su ámbito geográfico, como la greda, o practicaron la agricultura, preferentemente el maíz. Usaron el algodón o la lana de origen animal para vestirse. Lo que no lo tenían, lo buscaron mediante el intercambio.

Esos antiguos cochabambinos, seres de carne y hueso, vivieron sus días también en alegría. Supieron elaborar la chicha para alegrar sus festividades, danzaron al son de la música quizás ritual, se fabricaron textiles para vestirse. Lo más importante, supieron hacer nexos con gente de confines lejanos, la costa del Pacífico, las regiones amazónicas, funcionando como una bisagra geopolítica. No sufrieron, parece, hambrunas y tampoco hay huellas de guerras masivas, de exterminios entre sí, aunque seguramente tuvieron sus miserias.

Posteriormente, se dejaron influir por la emergente cultura tiwanakota y vivieron la dominación del Imperio Inka.

Esa es la lección que nos dejan esos antiguos qhochalas: la interrelación entre grupos diversos, la laboriosidad, el desafío de superar las dificultades propias de la convivencia humana.

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