Intercambio
Varios descubrimientos arqueológicos le dan a los valles y trópico cochabambinos un rol estratégico en las culturas de Tiwanaku e Inka
Todos los caminos conducen a lo que hoy es Cochabamba. Tanto la historia escrita a puño y letra, así como aquella que fue recuperada a partir de restos materiales que dejaron los hombres que habitaron antiguamente este territorio, corroboran el rol estratégico que jugaron los valles al engrandecer civilizaciones como Tiwanaku e Inka.
Las historias sobre esta región, aquellas que se tejieron desde la arqueología, dan cuenta que las culturas locales que habitaron en esta zona tuvieron un dinamismo muy particular. Cochabamba fue un territorio de confluencia de las culturas, un territorio de migrantes y de migradores. “Un territorio de paso”, como afirma el director de la Fundación Alcides d"Orbigny, Ricardo Céspedes.
El estudioso sostiene que esta zona fue desde entonces un “centro caravanero”, de donde se llevaban productos a todas partes y adonde venían desde Tiahuanacu o del Cuzco. Tenían un interés muy especial por esta zona, tenía todo, pero principalmente maíz.
Los habitantes que vivieron en lo que hoy es Cochabamba aportaron, pero también se beneficiaron. Las culturas de los periodos Formativo, Tupuraya, Omereque, Tiwanaku, las culturas regionales e Inka se nutrieron con la alianza estratégica que establecieron con los valles, y éste con la calidad de ser la capital económica.
No en vano se hallaron, a lo largo y ancho de lo que hoy es Cochabamba, restos materiales de todas estas culturas que formaron grandes civilizaciones.
Sin embargo, la importancia de Cochabamba para la arqueología no termina ahí, más bien, comienza. El hombre de Jaihuaycu, hallado en 1967 en la actual Base Aérea de la Fuerza Aérea Boliviana, fue uno de los hallazgos más importantes en estos valles en ese entonces. Los restos humanos fechados en 13.200 años y hallados por Ibarra Grasso en terrenos clasificados como limo cenozoico llamado “loess pampeano”, al sur de la ciudad, fueron datados por la Universidad Goethe, de Francfort, Alemania. Años después hicieron una nueva fechación con Carbono 14 y una institución norteamericana fechó los restos humanos en 1750 aC.
Otro descubrimiento arqueológico importante se hizo en 1916 en la colina de San Sebastián, donde se encontró toda la joyería de oro de una sacerdotisa de Tiwanaku, según sostiene el arqueólogo Ricardo Céspedes. Actualmente, estas piezas (una diadema, un juego de brazaletes, un collar, un par de pectorales) y más de 400 lentejuelas se hallan en el Museo de Metales Preciosos de La Paz. Se sabe que un ingeniero paseaba por la colina y vio un objeto brillante en el suelo que resultó ser una joya, de lo que hoy se conoce como el “Tesoro de San Sebastián”.
Sin embargo, Omereque, cultura casi paralela a Tiwanaku, nacida en estos valles, también hizo historia al aportar hermosa cerámica policroma cuyos diseños se destacan hasta hoy por sus sofisticadas figuras geométricas. Otro de sus aportes fue el qeru, un vaso utilizado para servir chicha, que fue adoptado por Tiahuanacu, producto del fluido intercambio económico y comercial que había entre esa región y estos valles.
También es menester mencionar a los descubrimientos de 1988 y a los más recientes de Piñami, de la cultura de Tiwanaku y, por si fuera poco, a Incallajta, e Incachaca, del Incario, cada una de estas últimas con toda la gran importancia que se merecen.