Cuatro candidaturas de América Latina se disputan la silla de la ONU
En los pasillos de vidrio de Naciones Unidas, en Nueva York, ya se libra una de las disputas diplomáticas más silenciosas y trascendentes del planeta. No hay mítines, caravanas ni debates televisados. La competencia transcurre entre reuniones privadas, conversaciones reservadas y negociaciones discretas entre cancillerías. Sin embargo, de ese proceso surgirá el próximo secretario general de la ONU, el funcionario internacional de mayor jerarquía del mundo, llamado a conducir una organización que atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente.
El portugués António Guterres concluirá su mandato el 31 de diciembre de 2026, después de diez años al frente de Naciones Unidas. Su salida abre una sucesión especialmente relevante en un contexto marcado por conflictos armados, tensiones geopolíticas crecientes, crisis climáticas y un evidente desgaste del sistema multilateral. Y esta vez América Latina aparece en una posición inusual: cuatro figuras de la región buscan convertirse en la próxima autoridad política y moral de la organización.
Cómo se elige
Aunque suele hablarse de una elección, la designación del secretario general se parece mucho más a una compleja negociación diplomática. Formalmente, la Asamblea General de la ONU es la encargada de nombrarlo, pero antes debe existir una recomendación del Consejo de Seguridad. Es allí donde realmente se define el resultado.
El Consejo está integrado por quince países, aunque el peso decisivo recae en sus cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido. Cada uno de ellos dispone de poder de veto, una facultad que puede bloquear cualquier candidatura independientemente del respaldo que haya conseguido. En la práctica, un aspirante necesita al menos nueve votos favorables y, al mismo tiempo, evitar la oposición de cualquiera de esas cinco potencias.
Desde 2016 el procedimiento incorporó mecanismos orientados a una mayor transparencia, como audiencias públicas, presentación de propuestas y diálogos abiertos con los Estados miembros. Sin embargo, quienes conocen el funcionamiento interno de Naciones Unidas coinciden en que las decisiones más importantes continúan tomándose lejos de las cámaras y de los discursos oficiales.
Los candidatos
En este escenario, la gran novedad es la fortaleza de las candidaturas latinoamericanas. Nunca antes la región había llegado a una sucesión de estas características con tantas figuras de peso compitiendo simultáneamente.
Uno de los nombres más visibles es el del argentino Rafael Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica. Su protagonismo internacional creció a raíz de las negociaciones relacionadas con la seguridad de las centrales nucleares durante la guerra en Ucrania. Diplomático de carrera, políglota y con una extensa trayectoria en organismos internacionales, es percibido como una figura técnica, moderada y capaz de dialogar con Occidente, Rusia y China en un contexto de creciente polarización global.
Otra de las candidatas con mayores posibilidades es la costarricense Rebeca Grynspan, economista y actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Exvicepresidenta de Costa Rica y exsecretaria general iberoamericana, acumula una larga experiencia dentro del sistema multilateral. Durante los últimos años ganó visibilidad por su participación en iniciativas vinculadas al comercio internacional y a la seguridad alimentaria derivada de la guerra entre Rusia y Ucrania. Su candidatura, además, incorpora un elemento simbólico de enorme relevancia: podría convertirse en la primera mujer en dirigir Naciones Unidas desde su fundación.
La expresidenta chilena Michelle Bachelet también figura entre las aspirantes. Su trayectoria internacional es ampliamente conocida. Fue dos veces presidenta de Chile y posteriormente alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos. Aunque el actual gobierno chileno decidió retirar su respaldo oficial, continúa contando con apoyos políticos relevantes en la región, particularmente de Brasil y México. Su experiencia en temas de derechos humanos y gobernanza global sigue otorgándole un peso considerable dentro de la carrera.
La cuarta candidata es la ecuatoriana María Fernanda Espinosa, excanciller y expresidenta de la Asamblea General de Naciones Unidas. Su postulación fue presentada oficialmente por Antigua y Barbuda y consolidó aún más la presencia latinoamericana en la competencia. Con experiencia directa dentro del sistema de la ONU, ha centrado buena parte de su propuesta en la reforma institucional, la transición energética y la modernización de los mecanismos multilaterales.
El turno de la región
La fortaleza de estas cuatro candidaturas no responde únicamente a las trayectorias personales. También existe la percepción de que ha llegado el momento de que América Latina vuelva a ocupar el cargo. Aunque Naciones Unidas no contempla un sistema formal de rotación regional, históricamente ha existido una distribución informal entre distintas regiones del mundo. El actual secretario general es europeo; anteriormente hubo líderes asiáticos y africanos. América Latina lleva décadas sin acceder a la máxima responsabilidad de la organización.
A ello se suma otro argumento que gana cada vez más apoyo entre las delegaciones: en ochenta años de historia, ninguna mujer ha ocupado la Secretaría General. Por esa razón, diversos gobiernos consideran que la próxima conducción debería reflejar tanto un equilibrio regional como una deuda histórica en materia de representación de género.
La batalla invisible
Mientras tanto, los candidatos continúan desplegando una intensa actividad diplomática. Reuniones con gobiernos, encuentros con embajadores y presentaciones ante representantes de los 193 Estados miembros forman parte de una campaña que rara vez aparece en los titulares. Sin embargo, la decisión final seguirá dependiendo de las complejas relaciones entre las grandes potencias.
Lo que está en juego
Para América Latina, esta elección trasciende el simple acceso a un cargo de prestigio. La presencia de cuatro candidatos refleja la posibilidad de recuperar influencia política en un escenario internacional que se encuentra en plena transformación. Una eventual llegada de la región a la Secretaría General permitiría colocar en el centro de la agenda asuntos históricamente promovidos por los países latinoamericanos, como el multilateralismo, la reducción de las desigualdades, el desarrollo sostenible, la cooperación Sur-Sur, los derechos humanos y la reforma de los organismos internacionales.
También enviaría una señal política significativa en un mundo donde el protagonismo parece concentrarse cada vez más en la competencia entre Estados Unidos, China y Rusia.
En definitiva, para América Latina esta carrera no se limita a la posibilidad de ocupar una oficina en Nueva York. Lo que está en juego es algo más profundo: la oportunidad de volver a ser escuchada en una etapa decisiva para el futuro del orden internacional.
























