Borraron del mapa a la novela minera
Hace algo más de un lustro que surgió la idea de seleccionar las 10 mejores novelas (no 10 de las mejores novelas, como hubiera deseado Gonzalo Lema). Como aún les escocía los bolsillos, había que gastar en algo. Se hizo cumpliendo la nobiliaria costumbre de 10 problemas para una solución. Era una especie de antología. ¡Ardua y delicada tarea! Se convocó a académicos, escritores, editores y cámaras del libro; quienes, a su turno, justificaron su propuesta.
Inicialmente debían ser 10, después se amplió a 15, con una característica común: lo más representativo de la literatura nacional en lo social y en lo estético. Con elástica flexibilidad, podía ser incluso sólo una, como el Quijote en España. A Cervantes lo consagró el tiempo. ¿Con qué fundamento se determinó en Bolivia la cantidad? Un crítico autorizado dijo que nuestras novelas valen más como documentos sociológicos y no propiamente como novelas; es decir, no como obras de arte. En el siglo XXI, ¿se ha superado esa situación?
Como ésa, hay otras preguntas. ¿Por qué precisamente novelas? ¿En ese género y no en otro está la mejor producción literaria del país? Por deducción lógica se puede llegar a esa conclusión; con algunas derivaciones, por ejemplo, que de un plumazo se lo quiere destronar al “príncipe de las letras bolivianas”: Gabriel René Moreno. A pesar de esa alevosa preterición, nos parece que sigue siendo el mejor escritor de Bolivia, sobre todo por el “donaire del estilo”. Pero no es novelista. Su campo es el ensayo y la historia.
Y lo más extraño es que ninguna novela minera figura en las listas. ¿Son malas acaso todas? Estamos hablando de En la tierras del Potosí (1911), de Jaime Mendoza; El metal del diablo (1946), de Augusto Céspedes; El precio del estaño (1960), de Néstor Taboada, y Socavones de angustia (1979), de Fernando Ramírez Velarde. Por varias razones, no deberían estar ausentes; más bien incluida siquiera alguna de ellas. Bolivia sigue siendo un país minero, y la literatura sin relación estrecha con la vida es vacía, pura retórica.
Por la disparidad y discrepancia, se recurrió a la votación. Es decir, a la democracia. Y la novela minera fue olímpicamente ignorada otra vez, ni se acordaron de Mendoza y Céspedes pese a que son autores de nota y parte de la tradición reconocida. El recurso demagógico del voto siempre funciona, pero no sirve para valorar cualidades profesionales o artísticas. Es la dictadura de la cantidad, del “número”, donde ganan los que son más, aunque no tengan razón.
Y se les ocurrió también crear la Biblioteca del Bicentenario, con 200 títulos a la carta, donde tampoco está la novela minera. En cambio figuran varios “clásicos” desconocidos y otros improvisados; con un error notable: el bicentenario es desde 1825 y el referente fundacional del Estado Plurinacional es el 22 de enero de 2006. “El 6 de agosto no hay nada que celebrar”, dijo el fraudulento Gobernador actual de Chuquisaca.
El autor es escritor, miembro del PEN Bolivia.
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