Autoengaño mutuo y compartido en el desmoronamiento de la UMSS
Es una especie de autoengaño mutuo y compartido. Los estudiantes buscan el título, lograr esta finalidad a como dé lugar, con el menor esfuerzo. Los docentes buscan afincarse en su cátedra, también sin mayores esfuerzos, y, lo peor, sin vocación
Varios estudios sociológicos coinciden que las universidades latinoamericanas al ingresar al siglo XX seguían siendo el fiel reflejo de las estructuras sociales que la Independencia no logró modificar, seguían siendo los “virreinatos del espíritu” y conservaban, en esencia, su carácter de academias señoriales y en la actualidad la historia se repite, aprovechando la estructura de la autonomía universitaria y el cogobierno, se conformaron clientelas perversas, que legalizan a docentes y a estudiantes triviales, en los cuales prepondera la estrategia del menor esfuerzo y del engaño.
En un trabajo denominado: “De la revolución universitaria. Cultura, discurso y políticas de educación superior en Bolivia”, de Gustavo Rodriguez O., Mario Barraza B., y Guido de la Zerda V. sugieren que en Bolivia se habría erigido un modelo de relacionamiento Estado/Universidad basado en lo que Rollin Kent llamaría “patrocinio benigno sin intenciones directivas”, lo que daría cuenta de una relación caracterizada por el Instituto Universitario Ortega y Gasset (Iuog) como de “inferencia esporádica” que, en definitiva, no traduce sino la debilidad del Estado como actor para definir políticas de educación superior. En ese marco, el único nexo entre Estado y Universidad vino a ser la agenda presupuestaria, tema alrededor del cual se retrata la asignación de recursos del Tesoro Nacional a las universidades desde los años 50 hasta los 90, cuando surgen los primeros intentos por volcar la actitud del Estado hacia la evaluación de la gestión universitaria. Es por eso, que la cultura actual de las universidades públicas y sus estructuras de poder no condicen con el discurso modernizador que pregona buscar la calidad y la excelencia académica, más bien se observa: Ausencia del Estado, pactos prebendales en los consejos universitarios, actitudes complacientes y pragmáticas, Docentes que dedican su tiempo marginal a la universidad.
Existe hoy una adulteración de la política, es decir, formas viciosas. Es de éstas que la universidad debe desprenderse, de la oficialista, de la opositora, de la de los partidos, de las posturas religiosas. No solamente el Estado detenta el control sino también los intereses corporativos incrustados en la universidad. ¿Qué alimenta este ocaso académico? Este desmoronamiento institucional, es una especie de autoengaño mutuo y compartido. Los estudiantes buscan el título, lograr esta finalidad a como dé lugar, con el menor esfuerzo. Los docentes buscan afincarse en su cátedra, también sin mayores esfuerzos, sin preocuparse por actualizaciones, y, lo peor, sin vocación.
Teóricamente se comprende que la permanencia en el tiempo de un conjunto de valores comunes que hagan de quienes realizan la actividad educativa (estudiantes, profesores, administradores, familias) los mejores evaluadores de su propio desempeño, en procesos en los que todos contribuyen a un propósito público que supera los intereses privados e individuales, mejoraría la institucionalidad, pero ¿Cómo lograr esta comprensión? Si las acciones de nuestros estudiantes y docentes en vez de plantear propuestas programáticas de institucionalización, se reducen a: oferta de manicura, planchado y corte de pelo, futbolines y bocaditos para ganar el voto estudiantil rumbo a las elecciones de este viernes 14 de octubre, al parecer, esto es un insulto a la inteligencia de los estudiantes.
El autor es estudiante de la UMSS.
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