El valor de los procesos
Dos exclusiones caracterizaron la fundación de nuestra patria el año de 1825: la étnica y la territorial. Bolivia se constituyó sin sus indios, ya lo sabemos, pero además nunca pudo ejercitar soberanía plena en los confines preciosos que se fueron quedando en los países vecinos. Esa es la historia y nos toca enmendarla. La vida de los pueblos se modifica constantemente.
La refundación de Bolivia en Estado Plurinacional subsana, primero en lo formal, el inicial gran pecado. Decenas de pueblos originarios dijeron su parecer en la Asamblea Constituyente y se sintieron tan partícipes, como todos nosotros, de la nueva organización del Estado. La nacionalización de las riquezas naturales vino a subrayar la voluntad de soberanía a que aspira el pueblo boliviano desde siempre. Nacionalizar nos sale del alma misma. La prueba es que la practicamos en distintos momentos de la historia desde la conclusión de la Guerra del Chaco.
Ambas noticias: inclusión social y nacionalización, me ponen feliz.
Gracias a estas esenciales medidas, gracias al espectacular precio de los recursos en el mundo exterior, ha podido ejercitarse una redistribución de la riqueza mucho más ecuánime entre los bolivianos, y entre el campo y la ciudad. La infraestructura nacional ha crecido para beneficio de todos y la calidad de vida pedalea con tesón para abandonar la miseria, la pobreza, y ojalá un día Bolivia entera tenga acceso pleno a los servicios básicos, a la firme educación y salud, a la economía estable, al arte, la cultura, la ciencia y tecnología, y seamos capaces de argumentar en la política con verdadera y democrática conciencia social; es decir, en serio.
No es una aspiración inalcanzable. Desde el mismo momento en que se desata un proceso, ya estamos en camino. Lo terrible es el nudo ciego. El triple que solemos aplicar de enojados. Un proceso en marcha es señal clara de búsqueda de realización. Un nudo, por muy ciego, es corredizo, y ahorca la natural esperanza. Nunca es democrático. Es, en múltiples sentidos, una esclavitud al dogma conservador.
Nuestro país ha vivido algunos procesos sociales esenciales. Todo el 52 es eso. Además de la nacionalización de las minas, o la ciudadanía para los indígenas y la reforma agraria, la vertebración caminera de Santa Cruz, Cochabamba, Oruro y La Paz. Una suerte de columna vertebral bien capaz de sostener en pie al país entero. De allí viene este actual proceso, estúpido negarlo. ¿Para qué? ¿Acaso la vida nacional comenzó recién ahora? No, el comienzo tiene fecha en el siglo XIX. Quien se proclama revolucionario lo sabe: se debe revisar la historia con sentido crítico y sin echarle paladas de tierra. Se debe desarrollar una visión de país surgida de su historia. Se debe vivir el presente con la verdad en la punta de la lengua.
Otro maravilloso proceso, patrimonio de los bolivianos, es la retoma y, en los hechos, fundación de la democracia. Qué gran momento el 82, con dos generaciones victoriosas abriendo brecha para desembocar también en lo que ahora vivimos. ¿Vamos a negar a esa gente que se jugó la vida? ¿A la que ya murió? ¿Y por qué? Reitero: la vida no comenzó con nosotros ni ha de terminar con nosotros. La vida ha de continuar sin nosotros.
Debemos valorar los procesos y admirar a la gente que se animó, con riesgo de toda índole, a hacerlos andar. No se desatan siempre. Es más: nos indica la historia que estamos plagados de gobiernos anodinos. Más aún si tomamos en cuenta los gobiernos de facto. Los gobiernos de empiedre, de paso. Y no se trata tan sólo de muy buena voluntad, sino de acumulación de capital reivindicativo. Y de capital social. En algún momento se agotan. En algún momento vuelven a acumularse, a brotar y a reventar.
Todavía recuerdo las palabras de un gran expresidente dirigidas a un escritor: “No administre la política, pero acompañe los procesos con sentido crítico”. Esta inteligente recomendación va a propósito de quienes piensan que me arrepentí de algo.
El autor es escritor.
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