Cambio climático, mercados y marxismo

Columna
PROJECT SYNDICATE
Publicado el 24/11/2018

El nuevo ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Ernesto Araújo, dijo oficialmente que cree que el cambio climático es un plan lanzado por “marxistas culturales” para asfixiar a las economías occidentales. Este dogma ambientalista de fuerzas perversas “ha sido utilizado para justificar el aumento del poder regulatorio de los estados sobre la economía”.

Dado el papel clave que Brasil ha desempeñado en los debates sobre el cambio climático en el pasado, inclusive en la elaboración del acuerdo climático de París de 2015, la elección de Araújo por parte del presidente electo Jair Bolsonaro debe perturbar a todo aquel que crea que el cambio climático amenaza con provocar un daño severo al bienestar humano. Luego del retiro del presidente estadounidense, Donald Trump, del acuerdo de París, su nombramiento atenta contra el progreso hacia una economía con bajo consumo de carbono.

Parte de la respuesta a estas teorías conspirativas debe ser seguir defendiendo el argumento científico de que el cambio climático está ocurriendo y que causará un daño considerable a los países de ingresos medios como Brasil (aún más que a las economías desarrolladas). Pero también es importante convencer a la gente de que combatir el cambio climático no es una amenaza ni para la prosperidad ni para la empresa privada.

Es verdad, la necesidad de afrontar el cambio climático efectivamente plantea un desafío para la ideología de libre mercado simplista y extrema. Los mercados libres por sí solos no pueden lidiar con las “externalidades” que surgen cuando las actividades económicas producen consecuencias perjudiciales que no imponen ningún costo directo a los productores y consumidores individuales. Y el cambio climático es la mayor externalidad de todas y sus consecuencias dañinas probablemente afecten a las generaciones futuras en todo el mundo, y no principalmente a quienes hoy producen y consumen combustibles fósiles.

Como resultado de ello, es necesario que haya intervenciones de políticas públicas significativas. Éstas deberían incluir precios del carbono, que se creen incentivos para reducir las emisiones; regulaciones que exijan edificios, aparatos de consumo y vehículos más eficientes en cuestión de uso de energía, y subsidios para tecnologías nacientes que todavía no han alcanzado las economías de escala necesarias para una producción de bajo costo.  

Considerando la necesidad de este tipo de intervenciones, la idea de que el cambio climático es un engaño le resulta reconfortante a cualquiera que piense que el gobierno no debe ejercer ningún papel en la economía. La novela “La rebelión de Atlas” de Ayn Rand, un himno al espíritu empresarial sin restricciones ambientales o sociales, es un favorito de los negadores del cambio climático.

Pero las intervenciones de políticas públicas necesarias para combatir el cambio climático no plantean ninguna amenaza para los negocios privados responsables o para las aspiraciones de las economías en desarrollo. Un informe que acaba de publicar la Comisión de Transición Energética (CTE) –que incluye a muchas empresas importantes y a ningún “marxista cultural” evidente– describe cómo generar una economía global con consumo de carbono cero con un costo económico mínimo en 2060. De hecho, una economía de esas características ofrecería tantas oportunidades laborales y comerciales como las creadas por la economía dependiente de combustibles fósiles de hoy.

Esto es válido especialmente para los países en desarrollo. Por ejemplo, la India necesitará triplicar su consumo de energía anual per capita –actualmente de unos 30 gigajulios– para alcanzar el estándar de vida del mundo desarrollado de hoy. Pero puede hacerlo al mismo tiempo que recorta las emisiones de gases de tipo invernadero y reduce drásticamente la terrible contaminación ambiental que asola a sus principales ciudades. Nadie debería intentar frenar una economía, y nadie tiene por qué hacerlo.

El análisis de la CTE demuestra que la India podría aumentar su oferta total de electricidad de los 1.100 TW horas de hoy a 2.500 para 2030, con un crecimiento rápido y continuo después, sin volver a construir centrales eléctricas alimentadas a carbón más allá de las que ya están en construcción, y sin que el crecimiento se vea afectado. En términos más generales, una economía global de carbono cero en 2060 probablemente consumiría cuatro a cinco veces más de electricidad que los 20.000 TW horas de hoy, lo que permitiría ofrecer mejores servicios de transporte, aire acondicionado y calefacción más limpia a miles de millones de personas.  

Esto creará enormes oportunidades de inversión, creación de empleos y crecimiento del ingreso. Hicieron falta subsidios iniciales para impulsar las drásticas reducciones de costos que hoy benefician a la energía eólica y solar. Pero son principalmente las compañías privadas las que hoy producen turbinas eólicas y paneles solares, y son los inversores privados, que presentan ofertas competitivas en los remates de energía, los que están financiando la energía renovable y obteniendo buenos retornos, a pesar de los precios siempre en caída. Los capitalistas de riesgo –un grupo no conocido por sus inclinaciones marxistas– desempeñan un papel importante en el desarrollo de nuevas tecnologías de baterías y vehículos eléctricos.

La competencia de mercado no sólo es compatible con una economía de carbono cero. Es esencial. Los precios del carbono y una regulación apropiada pueden ofrecer los incentivos necesarios, pero la competencia entre empresas motivadas por las ganancias es crucial para garantizar que la descarbonización se logre al menor costo posible. La capacidad del mercado para una “determinación de precios”, elogiada por el pensador de libre mercado Friedrich Hayek y esencialmente ignorada por Karl Marx, será crucial.

Las economías capitalistas vibrantes siempre han dependido de un equilibrio meticulosamente calibrado entre política gubernamental y competencia privada. El Nuevo Trato de Franklin Delano Roosevelt, en los años 1930, amplió significativamente el rol mínimo que antes tenía el gobierno federal de EEUU. Pero, en lugar de frenar el crecimiento y destruir a la empresa privada, lo que vino después fueron 30 años de desarrollo capitalista espectacular, que expandieron la prosperidad como nunca antes y ampliaron drásticamente la dimensión de la clase media norteamericana.

La utopía de libre mercado de Ayn Rand, tan aclamada por los negadores del cambio climático, es tan ajena a las complejidades del mundo real, y tan proclive a producir un desastre social y ambiental, como la simplista fe marxista en la eficiencia inevitable y la incorruptibilidad del estado.

En la extrema derecha, los ideólogos del libre mercado niegan el cambio climático porque amenaza su ideología económica simple. Y probablemente haya algunos en la extrema izquierda a los que, como teme Araújo, les gustaría transformar la lucha contra el cambio climático en un nuevo justificativo, para acabar con la empresa privada. Ambos lados niegan la realidad, y por esa razón seguramente se sentirán profundamente desencantados.

 

El autor es presidente del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico y ex presidente de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido
© Project Syndicate y LOS TIEMPOS 1995–2018

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