Trece años
Trece años de aprender que la letra entra con sangre, 13 años de entender que las leyes están hechas para torcerlas, 13 años de violaciones sistemáticas a la ley, de cientos de feminicidios, de asesinatos, y de vulneración tras vulneración a la ley de leyes.
Estamos viviendo un penoso proceso de aprendizaje en el cual la enseñanza fundamental se traduce en que el verdadero vencedor es el más pendejo, el más vivo, el más sinvergüenza, el más ladino y, en definitiva, el más abusivo.
Durante este tiempo hemos podido comprender que los abogados están hechos para recomponer lo que se ha hecho mal y que biología combina perfectamente bien con geometría, y que no importa la reforma educativa porque en los libros, o en las enseñanzas impartidas en el aula, o en cualquier ámbito público, lo que más importa es la figura política. La figura del caudillo.
No importa si éste ha nacido hace 100 años o en el siglo pasado. Nos hemos acostumbrado a ver y a creer que una figura encarna a nuestra salvación y que debemos seguirlo como las ratas siguieron al flautista de Hamelín, sin acordarnos que las ratas murieron ahogadas porque fueron tan estúpidas que sólo escucharon la melodiosa música y siguieron al flautista, sin reparar que caminaban hacia su destrucción.
Estamos viviendo 13 años de las rentas petroleras de pozos de gas que fueron encontrados antes de esta década y sus tres años. Vivimos de la cosecha de otras semillas que fueron sembradas en un tiempo que ahora es considerado como maldito.
Vivimos una mentira. Creemos que tenemos una moneda fuerte cuando en realidad tenemos una moneda artificialmente sostenida por el vaivén político.
En 13 años hemos aprendido que hay que meterle nomás.
Así le metemos fuego al parque Tunari, fuego a la Chiquitania y contamos hectáreas como si estás fueran simples números sin considerar que tienen un amplio simbolismo asociado directamente con la vida.
En 13 años hemos aprendido que las coimas son la moneda corriente, que hay que comprar césped sintético, porque es más barato, para canchitas que nadie usa, sin comprender que lo barato cuesta caro. Muy caro porque pagamos con consultas al médico, al oncólogo y a quien nos pueda tratar diversas afecciones en la piel y los pulmones.
Durante esta década y un poco más hemos entendido que es muy fácil exprimir a dos millones y medio de formales para que carguen a sus espaldas a nueve millones de informales.
Estamos cansados de escuchar que la economía se recupera mientras todo se hunde a nuestro alrededor, sin empleo, sin ayuda, sin esperanza. Y ahora, además, quemados por fuera.
La autora es máster en comunicación empresarial y periodista
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