Tantas idas y venidas
Una cueca tarijeña: “Tantas idas y venidas, tanto venir por aquí, se han de gastar tus zapatos y no has de gozar de mí”, era introito adecuado para una nota sobre el ruido de la Asamblea masista para destituir al ministro de Defensa, su defenestración de acuerdo a protocolo luego que fuera censurado, su reposición por la presidente Añez de acuerdo a potestad constitucional, y otra vez la bulla. Tanto, tanto ruido, cantaría Joaquín Sabina en dúo con Ana Belén.
Sin embargo, no puedo quedar impertérrito –como moái pétreo de la isla de Pascua– al enterarme de la crueldad de mujeres cambas negando auxilio a una dama aquejada del mal causado por el coronavirus, reflexioné que no es rasgo bárbaro exclusivo de altiplánicos solamente, que en otro tiempo sacaran a un militar herido de un hospital y, luego de ensañarse con el moribundo, le asesinaran.
Mi afiebrada imaginación pensó que al menos no hacen chicharrón y se lo comen, cual dicen pasó a los sucrenses heridos y quemados vivos en la iglesita de Ayoayo, en 1899. ¿Cuántos están presos por el secuestro y asesinato del infortunado Viceministro en bloqueos de mineros en 2016? Ni multarán a los que usan el coronavirus para hacer electoralismo repartiendo barbijos, que a la sazón ni sirven; podrían esforzarse repartiendo jabón de barra con la efigie esculpida (y sonriente) del candidato.
La gente pobre se arriesga en atestados transportes públicos. Si recomiendan lavar las manos ocho veces al día; en los baños públicos, ¿se lavarán las manos antes y después del número dos con papel que ni da para sonarse los mocos? Cuentan millones los mercachifles del comercio informal y colegas que construyeron adefesios de dos pisos (con ascensor o por lo menos gradas, seguramente) en ferias amontonadas como en Calcuta.
Recalé en una noticia de que en la búsqueda de vacunas, los laboratorios están experimentando con roedores. “No son únicamente ratas”, dicen, sino “hurones, macacos, titíes y monos verdes africanos. Todos están en la lista”, luego de que el viernes 13 de marzo los muertos por el Covid-19 alcanzaran las 5.000 víctimas.
¿Y las sociedades de protección a los animales? Para extinguir las especies solo falta que los chinos descubran una vacuna con marfil de colmillo de elefante; que los japoneses encuentren que la grasa de ballena es eficaz antídoto; que además del trofeo de una cabeza disecada de tigre de Bengala en su biblioteca, los ingleses hallen que su semen (de la fiera, aclaro) es remedio seguro.
Seguí con mi triste reflexión, con la nota de que las ratas y los humanos evolucionaron de forma similar. Un genetista de la Universidad de Columbia descubrió que en la Gran Manzana las ratas prefieren pretzel y cerveza; las parisinas gustan de cruasanes y mantequilla galas. ¿Será que las ratas paceñas gustan de llauchas, las cochalas de tranca-pechos, las cruceñas de masaco de yuca? Si las ratas de Nueva York son marrones, ¿de qué color serán las chapacas o las orureñas? ¿Qué de las “morena-claras” del Salvador de Bahía de Jorge Amado?
Más preocupante aun fue enterarme de que las ratas de Nueva York tienen las mismas dificultades que los humanos en adaptarse al ajetreo de la vida urbana. El estrés es una dolencia que afecta a ratas y humanos por igual. ¿Adónde tendremos que migrar los que vivimos angustiados con tanto mal gobierno que ocasionan los políticos y sus adulones o ladrones por encargo?
Los chinos acusan a EEUU del nuevo coronavirus. Tal vez tienen razón: el megalómano a cargo atrasó la reacción de su país a la emergencia a la que Europa había respondido adecuadamente. Ahora, uncen su poderoso motor con medidas que van más allá de prohibir viajes de la Unión Europea a su país, llegando, finalmente, a incluir a británicos e irlandeses en el baile. Como en las guerras mundiales, siempre atrasados pero las ganan. Ni los eventuales portadores brasileños del virus contagiaron a Trump. Las repercusiones bursátiles castigarán a naciones paupérrimas, como Bolivia.
Todas estas sesudas disquisiciones distrajeron mi atención del coronavirus y otros males, quizá de chinos comebichos que, según algunos, presagian el fin del mundo. Sin sentido es la actual psicosis histérica de la especie humana. Qué les puede importar a los gringos o europeos, si en Bolivia no eliminan muertos por la gripe H1N1, por el dengue, por la chicunguña, por la malaria, o las narices carcomidas por lepra blanca: la leishmaniasis.
Encima machacan que bebamos infusiones calientes: amalaya que dejaré de llenar de hielo mi vaso largo de whisky escocés aguado, así la edad me tenga en un grupo de riesgo.
El autor es antropólogo
win1943@gmail.com
Columnas de WINSTON ESTREMADOIRO






















