¿El fin de la Historia? de Francis Fukuyama, resumen y crítica

Columna
Publicado el 28/06/2020

En el verano de 1989, Francis Fukuyama pensador estadounidense de origen japonés publicó un artículo de 16 páginas con el título citado más arriba, el cual habría de convertirse, tres años después (1992), en el libro El fin de la Historia y el último hombre, donde, en 400 páginas, el autor argumenta las razones que le asisten para plantear (no proclamar) el fin de la historia.

El mencionado artículo levantó tanta controversia como entusiasmo pues había interés en amplios sectores del público de Occidente en acercarse a una demostración teórica de que el sistema liberal-capitalista era insuperable y, en consecuencia, era previsible su imposición en todo el mundo.

El punto central del célebre artículo denota que, con el derrumbe del comunismo en la URSS podíamos estar ante el fin de la historia, es decir, que con la derrota del fascismo en la segunda guerra mundial y luego del comunismo (1989) ya no quedaban rivales serios a la democracia liberal.

Valga significar que Fukuyama usa el término ”historia” en el sentido hegeliano restringido de “Historia de la ideología”, por lo que el fin de ésta no se traduce en el fin de los acontecimientos mundiales sino en el fin de la evolución del pensamiento humano.

A continuación, resumimos los argumentos claves planteados por Fukuyama en el referido artículo de 1989.

En dicha publicación –aparecida apenas meses antes de la caída del muro de Berlín– se plantea que no solo se podría estar presenciando el fin de la guerra fría a partir de la disolución de la URSS sino el fin de la historia como tal, es decir, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y, a su vez, la proyección al plano universal de lo que es la democracia liberal occidental como forma final de gobierno para los seres humanos. Esto no significa el cese de acontecimientos y divergencias en el ámbito de las relaciones internacionales (entre países), dado que lo sucedido es la victoria del liberalismo en el mundo de las ideas o de la conciencia y que todavía es incompleta en el mundo real o material, aunque esto sí sucederá a largo plazo.

La idea del fin de la historia no es original pues ya Carlos Marx la difundía pensando que la orientación del desarrollo histórico culminaría con la realización de la utopía comunista. Marx rescató el concepto de historia como proceso dialéctico de su predecesor G. W. F. Hegel, lo cual consideramos una desgracia y es todavía mayor desgracia el hecho de que pocos de nosotros conocemos la obra de Hegel de manera directa, mientras que la inmensa mayoría la conoce filtrada y distorsionada por el marxismo.

Aquí conviene indicar que Fukuyama destaca entre los modernos intérpretes de Hegel al ruso-francés Alexander Kojève quién reveló que, para el autor de La Fenomenología del Espíritu, la historia había llegado a su fin en 1806 cuando Hegel vio en la derrota de la monarquía prusiana –por Napoleón en la batalla de Jena– el triunfo de los ideales de la Revolución Francesa con los principios de libertad e igualdad, hecho que nos conduciría a la democracia liberal puesto que estos principios no pueden ser mejorados.

Dice Fukuyama que el Estado que surge al final de la historia es liberal porque reconoce el derecho universal del hombre a la libertad, y es democrático porque cuenta con el consentimiento de los gobernados.

En el siglo XX, los dos grandes desafíos que enfrentó el liberalismo fueron el fascismo y el comunismo. El fascismo consideraba que “las contradicciones o debilidades del liberalismo podían resolverse con un Estado fuerte que generara ‘un nuevo pueblo’ sobre la base del exclusivismo nacional.” Sin embargo, ese fascismo fue eliminado como ideología viviente en la Segunda Guerra Mundial; dicha derrota fue material, pero también fue la derrota de una idea.

Al fascismo lo destruyó no solo el rechazo moral universal sino su falta de éxito. Las ruinas de la Cancillería del Reich y las bombas de Nagasaki e Hiroshima acabaron con esta ideología, tanto a nivel de la conciencia como en lo material.

El otro gran desafío fue el comunismo. Marx señalaba que la sociedad liberal no podía resolver, dentro de sí, la contradicción fundamental que existe entre el capital y el trabajo.

No obstante, el problema de clase ha sido resuelto con éxito en Occidente: el precitado Kojève señaló que el igualitarismo de EEUU moderno representa el mayor logro de la sociedad sin clases ideada por Marx, aunque esto no significa que no haya ricos y pobres en ese país o, incluso, que la brecha se haya ensanchado sino que –explica Fukuyama– “ las causas profundas de la desigualdad económica no tienen tanto que ver con la estructura legal y social subyacente de nuestra sociedad (que sigue siendo igualitaria y redistributiva) sino con las características culturales y sociales de los grupos que la forman”. Por ejemplo, la pobreza de los negros en EEUU no es el resultado o un producto del liberalismo sino el legado de la esclavitud y el racismo.

Resalta Fukuyama que los grandes cambios en materia ideológica que se han producido en Asia son extraordinarios, remarcando que la alternativa asiática al liberalismo fue la fascista que representó el Japón Imperial, la cual fue derrotada en la Guerra del Pacífico y fue entonces cuando EEUU impuso el capitalismo y liberalismo en Japón, siendo el caso que se han implantado con mucho éxito en las tradiciones e instituciones japonesas garantizando su supervivencia a largo plazo; ya se conoce el éxito de otros países asiáticos que han seguido los pasos de Japón.

Por otra parte, la idea liberal no sería tan impresionante si no hubiera contagiado al país más grande: China que, por su tamaño, parecía una amenaza al liberalismo.

El célebre Décimo Comité Central del Partido Comunista Chino, en 1978, ordenó la descolectivización de la agricultura para 800 millones de chinos que vivían en el campo; esa reforma dejó al Estado como un mero recaudador de impuestos y duplicó en cinco años la producción china de cereales y luego pasó a extender la reforma a otros sectores de la economía.

Hoy en día, de ninguna forma China es una democracia liberal, pero la nueva élite sabe que el marxismo y sus principios ideológicos se han vuelto intrascendentes como orientadores de la política, y el consumismo burgués ya tiene relevancia en ese país.

El maoísmo se ha convertido en un anacronismo y los chinos continentales se vieron definitivamente influidos por la prosperidad de sus hermanos de raza en ultramar con la victoria final de Taiwán.

Más allá del caso China, los avances de la URSS fueron los que permitieron sellar el ataúd del marxismo-leninismo como alternativa frente a la democracia liberal, aunque –en términos de instituciones formales– en 1993 quedó claro que no ha habido grandes cambios con Gorbachov en el poder, dado que seguía existiendo la planificación central y su ideología seguía siendo el marxismo, pero el objetivo de Fukuyama no es analizar eventos de corto plazo sino examinar las tendencias en la esfera de la ideología y de la conciencia.

Entonces, destacamos que Gorbachov llegó al poder y empezó a sustituir los principios e instituciones del estalinismo por otros principios que, si bien no son parte del liberalismo, tienen como único hilo conductor precisamente el liberalismo, esto se hace más que evidente en el ámbito económico donde sus economistas son cada vez más radicales en su apoyo a los mercados libres, llegando a afirmar que la planificación central y el sistema de asignación de fondos son las causas de la ineficiencia económica, por lo que para sanear el sistema soviético se requiere la toma de decisiones libre y descentralizada respecto a la inversión, el trabajo y los precios.

En lo que concierne al aspecto político, los cambios propuestos no significan ni mucho menos el establecimiento de un Estado liberal.

Ciertamente, cuando Gorbachov habla de democratización se refiere exclusivamente a la del partido comunista y no da señas de querer terminar con el monopolio del poder de ese partido.

Gorbachov también afirmó que estaba regresando al verdadero Lenin y eso es comprensible pues denunció el estalinismo y el brezhnevismo de la situación caótica que vivía la URSS, pero eso solo fue una necesidad táctica pues los principios democráticos y descentralizadores que él enunció son claramente contrarios al marxismo-leninismo.

Fukuyama asevera que al final de la historia no es necesario que todas las sociedades del mundo se conviertan en sociedades liberales exitosas, basta con que abandonen sus pretensiones de ser superiores a la democracia liberal. Ahora bien, si partimos del hecho de que el fascismo y el comunismo han muerto, entonces ¿queda algún otro competidor ideológico? Saltan a la vista, la religión y el nacionalismo.

Respecto a la religión, solo el Islam se ha presentado como alternativa frente al liberalismo y al comunismo, pero no tiene atractivo para quienes no son musulmanes y, por tanto, no alcanzará significación mundial.

Al otro reto que sería el nacionalismo, le observamos que solo los nacionalismos altamente organizados, como el nacionalsocialismo alemán, pueden considerarse ideologías igual que el liberalismo o el comunismo. La mayoría de los movimientos nacionalistas en el mundo no poseen programa político, ni ofrecen un programa de organización socioeconómica.

Con respecto a las consecuencias del fin de la historia para las relaciones internacionales, resulta evidente que la mayoría de los países del tercer mundo siguen empantanados en la historia por largos años, por tanto, fijemos nuestra atención en los Estados más grandes y desarrollados que son los responsables de la mayor parte de la política mundial; en este sentido, observemos la URSS –en razón de su tamaño y su fuerza militar– y su elección entre seguir el camino de Europa occidental o seguir estancada en la historia debido a su propia singularidad.

La desaparición del marxismo-leninismo, primero en China y luego en la URSS, significó su muerte como ideología, aunque puedan quedar algunos Estados aislados, pero el hecho que no haya un solo Estado importante en el que tenga éxito dicha ideología significa, por un lado, la “mercantilización” de las relaciones internacionales y, por otro, la disminución de la probabilidad de un conflicto a gran escala entre Estados.

Todo lo dicho no implica el fin de los conflictos entre naciones. Puede seguir existiendo un alto nivel de violencia étnica y nacionalista, pues se trata de impulsos que no se han superado del todo: palestinos y kurdos, sijs y tamiles, católicos irlandeses y protestantes, etc. seguirán sus reclamaciones de forma tal que el terrorismo y las guerras de liberación nacional continuarán en la agenda internacional.

Fukuyama concluye diciendo que el fin de la historia será un tiempo muy triste pues “la lucha por el reconocimiento y respeto de los demás, la disposición a arriesgar la vida por algo abstracto, la lucha ideológica con su coraje e idealismo se verá reemplazada por el cálculo económico, la interminable solución de problemas técnicos, la preocupación del medio ambiente y la satisfacción de un sofisticado consumo”. En esa era no habrá arte ni filosofía solo la continua conservación del museo de la historia humana.

El autor siente nostalgia por aquel tiempo en que existía historia y remarca que, ante la perspectiva de siglos de aburrimiento, tal vez la historia vuelva a empezar.

Hasta aquí las palabras de Fukuyama en su ensayo relativo al fin de la historia, ahora veamos la crítica más importante que se plantea cuando se pregunta si podrá la democracia liberal, según Juan García Morán, llegar a satisfacer plenamente la naturaleza humana.

Para Fukuyama son dos las respuestas: la izquierda dice que la democracia liberal reconoce a las personas como iguales, pero las trata de forma desigual; esta crítica señala al sistema capitalista como obstáculo para lograr el reconocimiento universal porque tanto el mercado como la división del trabajo crean desigualdad y reconocimiento desigual.

Pero la crítica más peligrosa apunta a la derecha, sosteniendo que el mayor defecto del sistema democrático es que trata a personas desiguales de manera igual. Aquí el autor se refiere a la derecha filosófica (no política) representada por Nietzche quién manifiesta que no todos los hombres son creados iguales. Nietzche afirma que todo hombre desea ser reconocido como mejor que los demás. Si todos fuésemos reconocidos como iguales nos quedaríamos con lo que él denominó “el último hombre” o sea el más despreciable, pues estaríamos ante un ser sin ideales, sin ambiciones, sin orgullo. Es decir, un ser que retorna a ser meramente animal.

 

El autor es economista

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