La verdadera lucha social en Bolivia: del 21F a los 21 días de las pititas (IV)
El tiempo histórico político en Bolivia siempre estuvo (está) enfrascado en una pugna de poderes, ideologías, colores y pillería. Las crisis sociales y políticas tuvieron y tienen su campo de acción en las mezquindades, egoísmos, preferencias individuales y, cuándo no, en un puñado de militantes al servicio incondicional del mandamás. Eso resume, esencialmente, una acción política histórica de amo y servil, jefe y servidumbre.
Si la política es fundamentalmente un triángulo amoroso en el que interaccionan: jefe supremo, militancia obediente y delincuencia de cuello blanco y negro, la boliviana es un Frankenstein, una orgía. Un pugilato de todos contra todos. Es una hechura, multicolor y multisigno, de conceptos y prácticas deleznables. Una política criolla que acoge a vivillos, arribistas, oportunistas y llunk’us. ¡Caín y Abel en grado sumo!
Los 14 años de evomasismo se encargaron de acentuar y consolidar todas las anteriores definiciones y características relacionadas con la política criolla boliviana. Esos 14 años sirvieron para institucionalizar la trampa, la corrupción y la pérdida de la ética y la moral.
Esos 14 años bastaron para hacer que las injusticias de la justicia boliviana, sean un instrumento político de cambio imponiendo la voluntad suprema del Jefazo.
Ciertamente, el corto período de la expresidenta Jeanine Áñez no estuvo exento de esas artes. El ‘kamasutra’ de la política masista aún estaba caliente y en plena vigencia.
En La microfísica del poder, Foucault enfatiza en que: "El poder no es un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre los otros, de una clase sobre las otras; sino tener bien presente que el poder, si no se lo contempla desde demasiado lejos, no es algo dividido entre los que lo poseen, los que lo detentan exclusivamente y los que no lo tienen y lo soportan”. El poder tiene que ser analizado como algo que circula, o más bien, como algo que no funciona sino en cadena. No está nunca localizado: aquí o allí, no está nunca en las manos de algunos, no es un atributo como la riqueza o un bien. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular.
Y en sus redes no sólo circulan los individuos, sino que además están siempre en situación de sufrir o de ejercitar ese poder, no son nunca el blanco inerte o consintiente del poder ni son siempre los elementos de conexión. En otros términos, el poder transita transversalmente, no está quieto en los individuos”.
La accidentada administración de Jeanine sirvió para corroborar que el cáncer de la corrupción en Bolivia formaba parte de la esencia política en todos los sectores del Gobierno.
En medio de un desgaste político, Jeanine Áñez asume la decisión de postularse a la presidencia con una visión inocente, mediocre y, claro está, peligrosa. No era el momento. La coyuntura que se vivía era de confrontación, beligerante y caótica. Era necesario concentrar toda la atención a su administración, la crisis económica, social, política y, fundamentalmente, la pandemia.
18 de octubre de 2020, día de elecciones generales. Jornada clave e histórica que definiría el destino de un país desmembrado y brutalmente polarizado.
Luis Arce Catacora, quien fuera ministro de Economía y Finanzas de Morales, partía como uno de los favoritos, Carlos Mesa que, en teoría se perfilaba como ganador y alternativo a los 14 años de masismo, se debilitaba cada vez más: desde lo político discursivo, hasta la posibilidad de hacerle frente a un aparato paraestatal que continuaba en manos de los leales a Evo.
Catacora, sin todo el recorrido nefasto de Evo, superó, con el 55% y en primera vuelta, el 53,72 % que Morales obtuvo en 2005. Ese fue, cuando menos, un formidable antecedente para pensar que el jefazo había perdido cierta legitimidad en tanto que mandamás absoluto al interior del masismo.
¡Y volvieron las oscuras golondrinas de la injusticia y la impunidad!
Aquí es donde se me hiela la sangre. Convertir la justicia en un instrumento de poder a gusto del cliente. Evo y sus elites lo hicieron con todo éxito. El de Arce Catacora, no está exento de esa acción.
Como un déjà vu, vislumbro el retorno al punto exacto en el que se inició toda esta penuria social y política.
Estamos como estamos. Con un continuismo peligroso, con un oscurantismo que desalienta a mirar un país futuro con justicia y democracia.
Hay un afán supremo de parte de esta coyuntura de desvirtuar o ningunear el rol protagónico que tuvieron los movimientos cívico-democráticos para sacar a Evo Morales de su silla dorada.
La democracia ganada y las libertades rescatadas son y serán patrimonio absoluto de un pueblo combativo y valeroso. ¡De nadie más! No de los politiqueros, tampoco de la oposición, menos de los que laceraron durante 14 años al país.
¡No hubo golpe, hubo fraude! ¡La Corte Interamericana de Derechos Humanos restregó en el rostro de Evo que la reelección indefinida no es un derecho humano! El GIEI concluyó en que los gobiernos de Morales y Áñez violaron derechos humanos. La OEA ratificó que hubo fraude. Senkata y Sacaba seguirán siendo un excelente motivo para una investigación objetiva, neutral y seria.
Mientras tanto, todo un pueblo continúa en apronte. Las pititas siempre estarán listas, por si acaso la fiesta del chivo decide reactivarse.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.






















