La solución pionera de Brasil para la escasez de vacunas

Columna
Publicado el 04/12/2021

NUEVA YORK – Se suponía que la Organización Mundial de Comercio (OMC) iba a reunirse esta semana para considerar una propuesta que ha venido languideciendo desde hace un año: una exención temporaria, durante la pandemia, de la propiedad intelectual farmacéutica que permita que los países pobres realicen muchas de las mismas pruebas, tratamientos y vacunas que los países ricos han tenido para combatir la propagación de la Covid-19. Sin embargo, en un cruel recordatorio de la urgencia del problema, la reunión de la OMC se pospuso, debido a la aparición de la variante ómicron.

Existe un consenso casi unánime de que vacunar al mundo entero es la única manera de terminar con la pandemia. Cuanto mayor sea la tasa de vacunación, menores serán las probabilidades de que el virus adquiera mutaciones peligrosas. Antes de convertirse rápidamente en la principal variante global, delta fue detectada por primera vez en India, donde menos del 3% de la población había sido vacunada. Hoy, África tiene las tasas de vacunación más bajas del mundo: sólo el 7% de los africanos tiene un esquema de vacunación completo.

Hay una razón muy sencilla de por qué los países más pobres no tienen suficientes vacunas: no hay suficientes dosis para distribuir. Las donaciones no han resuelto el problema, porque ningún país tiene excedentes de vacunas para satisfacer los varios miles de millones de dosis que hacen falta. La filantropía tampoco cumplió con lo esperado. El mecanismo de Acceso Global para Vacunas Covid-19 (Covax), un consorcio internacional que prometió enviar dos mil millones de dosis de vacunas a los países pobres para fines de 2021, ha enviado sólo el 25% de esa cifra.

El mundo no está produciendo la cantidad de vacunas que podría. Cada empresa en cada país que tenga la capacidad de fabricar vacunas debería estar haciéndolo. Sin embargo, después de pagar a Moderna, Johnson & Johnson y Pfizer/BioNTech para desarrollar sus vacunas, los gobiernos de EEUU y Alemania no están dispuestos a exigir a estas empresas que compartan su tecnología con fabricantes en otros países.

A menos que estos gobiernos cambien de postura, las empresas seguirán explotando el lucrativo poder de monopolio que les otorgó el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio de la OMC (Adpic), que se firmó cuando se formó la organización en 1995. Según la directora general de la OMC, Ngozi Okonjo-Iweala, la propuesta para no aplicar el Adpic está “empantanada”. Si bien la cantidad de países ricos que se oponen a ella ha disminuido, todavía hay oposición suficiente para frustrar una solución.

Mientras la OMC titubea, Brasil ha tomado el asunto en sus propias manos, dándonos lo más cercano que tenemos a una salida de esta crisis. En abril, el senador brasileño Paulo Paim propuso un proyecto de ley que permitiría al país evitar las barreras erigidas por el Adpic. La legislación aprovecha la oportunidad de que, como explica el profesor de derecho comercial Frederick Abbott, “el artículo 73 del acuerdo Adpic, que se ocupa de la protección de los intereses de seguridad, ya ofrece a cada gobierno la autoridad para emprender cualquier acción que considere necesaria para hacer frente a la pandemia de Covid-19, inclusive la suspensión de los derechos de propiedad intelectual”.

Si esta opción ya está disponible, ¿por qué tantos países siguen esperando que la OMC les otorgue un permiso formal? La respuesta es que, desde la creación de la OMC, los países ricos han castigado a los países en desarrollo por hacer lo que están facultados a hacer según las propias reglas de la organización. Cuando Sudáfrica, Brasil, India y Tailandia intentaron desactivar los monopolios de drogas antirretrovirales inasequibles durante la crisis del VIH/Sida, EEUU y la Unión Europea los sometieron a juicio —a veces literalmente. Esta historia ha creado un efecto paralizador.

La propuesta de exención actual, por lo tanto, funcionaría como una promesa de los niños grandes de no hostigar a los demás durante el recreo. La respuesta de Brasil representa otra opción: las víctimas del acoso pueden tomar el control de sus propias circunstancias. La nueva legislación contó con el apoyo de gran parte del espectro político, y fue aprobada tanto en la Cámara Baja como en el Senado brasileños con amplias mayorías. Entre otras cosas, el proyecto de ley intentaba establecer una cláusula permanente para desbaratar a los monopolios de propiedad intelectual en materia de tecnologías esenciales necesarias para hacer frente a las emergencias sanitarias (empezando por la pandemia de Covid-19). Y contemplaría la transferencia de conocimiento sobre vacunas —una suerte de manual de instrucciones— a fabricantes farmacéuticos alternativos.

En septiembre, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, convirtió el proyecto de ley en ley, no sin antes usar sus poderes de veto para eliminar o revisar cláusulas cruciales, entre ellas las que especifican cuándo y cómo la ley entraría en vigencia, y las que requieren que las empresas farmacéuticas compartan su conocimiento, datos y material biológico. Un mes después, el Senado brasileño recomendó acusar a Bolsonaro de “crímenes contra la humanidad” por causar una pérdida innecesaria de vidas en la pandemia. Pero los cargos no incluyeron su intervención en el proyecto de ley de propiedad intelectual, un acto que podría conducir a más pérdidas innecesarias de vidas.

La ley regresó al Senado, que puede anular los vetos de Bolsonaro. Pero el Senado no cumplió con su plazo para rectificar la legislación y no fijó uno nuevo. Ahora debe actuar con celeridad para eliminar la incertidumbre generada por los cambios de Bolsonaro, así como soportar la resistencia de las asociaciones de la industria farmacéutica de EEUU y Europa, cuyos líderes intentaron derribar el proyecto de ley, amenazando inclusive con interrumpir los suministros de vacunas si Brasil seguía adelante.

Los legisladores brasileños deben enfocarse en el objetivo final. Han redactado una ley que desmantelaría los monopolios farmacéuticos que bloquean una solución a la pandemia. Aquí hay una lección para todos —tanto para los que le piden una exención a la OMC como para aquellos que están en contra. Lo que resulte para Brasil resultará para los demás. En cuanto a los países más ricos del mundo y a las instituciones que los observan, todavía resta por verse cuánta credibilidad están dispuestos a sacrificar al servicio de permitir que las empresas farmacéuticas gocen de ganancias monopólicas durante un tiempo más.

Estamos librando una guerra en dos frentes: uno contra la Covid-19, el otro contra las compañías farmacéuticas cuyas ganancias dependen de precios altos y producción restringida. Tarde o temprano, nos daremos cuenta, como ya pasó en Brasil, de que no podemos prevalecer en el primer frente sin ganar en el segundo.

 

Los autores son: premio Nobel de Economía; escritor y activista; y coordinador de la Campaña de Acceso a Medicamentos de MSF, respectivamente. © Project Syndicate y Los Tiempos, 1995-2021.

Columnas de JOSEPH E. STIGLITZ, ACHAL PRABHALA, FELIPE CARVALHO

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