Delito, delincuente y pena
“Ubi societas, ibi ius”, donde hay sociedad, hay derecho, sistema de valores, principios y normas, cuya efectividad y eficacia condiciona la certeza y la seguridad necesarias para una vida satisfactoria y próspera. Por tanto, queda fuera de discusión la inherencia de los fenómenos jurídico y humano: “donde hay humanos, hay derecho”, desde el comienzo de la historia.
La primera manifestación del derecho fue la noción de lo prohibido bajo sanción, naciendo así el objeto del derecho penal: delito, delincuente y pena. Fue construido larga y dificultosamente desde la mezcla entre magia, religión, moral y derecho en la primitiva norma indiferenciada, hasta el derecho garantista, hijo del liberalismo, cuyo eje es el reconocimiento de la dignidad de cada ser humano, libre como todos, igual a los otros, y cuyo contenido son los derechos y sus garantías, universales, aunque soplen vientos relativistas amenazantes en el contexto actual de hastío e insensatez alentado por quienes se revelan expertos para destruir, de todas las maneras posibles.
La evolución de la doctrina penal se nutrió con aportes de hombres atentos a la realidad y sensibles ante ella, dispuestos a descontentarse por el sufrimiento de otros sobre quienes caía el rigor de la ley condenándoles por haber cometido delitos. Entre ellos se encuentran Cesar Beccaria y John Howard, desconocidos por las generaciones más jóvenes de licenciados en derecho, víctimas de un sistema de formación que, desde hace mucho tiempo, por acciones y omisiones, abdicó tácitamente de la esencia de la educación superior y se hundió en el camino del adiestramiento artesanal en la gestión de los procedimientos.
El primero, Beccaria (1738-1784), cuestionó la brutalidad de las concepciones y prácticas penales de su época en su obra De los delitos y de las penas, publicada anónimamente, habiendo merecido elogios de brillantes pensadores, entre ellos Voltaire y Diderot. Ese texto, de clara inspiración liberal, fue una las bases del principio de legalidad, “nullum crimen, nulla poena, sine lege” (no hay delito ni pena sin ley) que caracteriza hasta hoy a los Estados democráticos, inspirado en el reconocimiento de la dignidad humana de todas las personas y la justicia de limitar en función de ella el poder punitivo estatal.
Por su parte, Howard (1726-1790) plasmó sus reflexiones acerca de la ejecución de las penas en aquellos tiempos en la obra El estado de las prisiones en Inglaterra y Gales, calificada de “informe sobre la geografía del dolor” por el prestigioso jurista español especializado en derecho penal y criminología Constancio Bernaldo de Quirós. Con tal aporte sentó las bases de los principales avances en materia del derecho penitenciario, una de cuyas premisas es coincidente con aquella de Beccaria: la consideración del delincuente como persona con dignidad y, por ello, la pena como una medida destinada a su rehabilitación a través de la educación y el trabajo.
Sobre tales aportaciones fue avanzando el proceso de humanización del derecho penal que en la actualidad, en el mundo civilizado, ha adoptado el enfoque garantista ya mencionado, cuyas notas ponen en evidencia el alcance de la protección de esta rama fundamental del derecho no solamente hasta las víctimas y damnificados por los delitos y a la sociedad que es afectada por ellos, sino también hasta los propios sujetos activos de las acciones típicamente antijurídicas cometidas, encontrados probadamente culpables con los resultados de procesos debidos donde fueron condenados después de haber sido oídos en pleno ejercicio de su derecho a la defensa.
Asumir en la práctica esta concepción tiene sus dificultades, requiere en cada persona una victoria sobre el instinto de venganza característico de quienes, así seamos racionales y afectivos, no dejamos de ser animales movidos por instintos. Prueba de ello son las ansias que sentimos por la llegada del castigo ejemplar, mejor aún si es cruel, sobre el delincuente antagonista de la serie o película que estamos viendo. Sin embargo, de eso se trata precisamente en la vida real, de luchar contra ese instinto que en el pasado desembocó largamente en la venganza trastocada en guerras interminables hasta ser limitada por la ley del Talión, y comprender el sentido y la extensión de esa dignidad humana inherente a todas y cada una de las personas por ser tales, más allá de si en ellas predomina la bondad o la maldad; ese es el tremendo desafío, una de las condiciones de la derrota verdadera del crimen.
Dos lecturas son altamente recomendables en la dirección de responder a ese desafío: La venganza es amarga, de George Orwell (1903-1950), y Reflexiones sobre la guillotina, de Albert Camus (1913-1960), dos de los más reconocidos escritores militantes de la libertad.
Fernando Mires, prestigioso académico chileno contemporáneo, en un artículo dedicado a la reflexión sobre la democracia asevera que no es fácil vivir en ella y tiene mucha razón. No es fácil por varios motivos. Uno de ellos atañe al reto planteado en este artículo.
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