La economía naranja
En medio del asfixiante estatismo y extractivismo que caracteriza a la economía nacional, con el concomitante fortalecimiento de grupos corporativos que están conectados a las venas del sector público, resulta gratificante conocer el estado de la economía naranja en Cochabamba.
Sin ser exhaustivos, se puede definir a la economía naranja como aquel innovador sector vinculado a las iniciativas que se desarrollan en los campos cultural y creativo y que se identifican mejor por su desvinculación absoluta con el rentismo y el extractivismo maridados con la explotación de materias primas.
Es como si la economía naranja hubiera surgido por el hastío de espectar tantos fracasos del Estado como empresario y de la élite política que dice impulsar “programas de industrialización para la sustitución de importaciones”, aunque tardíos, al estilo de fines del siglo XIX, inspirados en la corriente cepalina de los 60 que ya han fracasado estrepitosamente, pero que sirven como instrumento para la inagotable creación de elefantes blancos destinados al cierre, pero que antes producen, además de déficit fiscal, pingües comisiones —conocidas en el país como “diezmos”, porque como mínimo llegan al 10 por ciento del monto de la “inversión” pública— y numerosas pegas para los militantes del partido en función de gobierno.
La economía naranja es, según un concepto ampliamente difundido, el conjunto de actividades que consisten en la transformación de ideas en bienes y servicios de carácter cultural. Hace referencia al mundo de la cultura, a la industria creativa y a la creación de contenido y, en general, a la transformación del conocimiento en un bien o un servicio que trate de fomentar, además del beneficio económico, el desarrollo de la cultura y la creatividad.
Un reciente estudio, el Censo de Economía Naranja, elaborado por el Instituto de Progreso Económico y Empresarial de la Universidad Franz Tamayo y la Federación de Entidades Empresariales de Cochabamba, trae importantes noticias para nuestra capital.
Aunque este censo ratifica la vocación gastronómica cochabambina con un 49%, destaca también el impulso de la industria creativa con 15%, las artesanías con 14%, la moda con 10%, editoriales y escritores con 7% y el emergente rubro de la innovación tecnológica y digital (creaciones funcionales, nuevos medios y software) con 6%.
En cuanto a la generación de empleos formales e informales, la economía naranja tiene un 50,3% de incidencia, en tanto que dos de cada tres nuevas fuentes de empleo generadas en este rubro son ocupadas por mujeres. Además, está la peculiaridad de la presencia en la nube de las empresas naranja, ya que el 70% de los negocios censado operan en la nube y el 58% es híbrido, es decir, presencial y virtual.
Éstas son buenas y alentadoras noticias. Es como confirmar que hay vida más allá de la perjudicial dependencia del “papá Estado” para conseguir una pega y luego ser acarreado para asfixiar a los opositores, para apalearlos porque piensan diferente y para soportar con estoicismo los abusivos descuentos “voluntarios” para el partido.
La economía naranja valluna ya no es una promesa sino una realidad: hay que fortalecerla, pero también apoyar a quienes, con su iniciativa personal, abren una brecha felizmente distinta a las orientaciones estatistas y genéticamente deficitarias de la actual política pública.

















