Mujeres: cultura del silencio
Bajo la sombra, como seres desprovistos de voz propia fue como nuestras ancestras crecieron. Por ley, para que una mujer fuera considerada como sujeto de diversos derechos debía tener autorización previa del hombre de la familia que podía ser su padre, su hermano o su esposo.
Cierta clase de derechos tales como heredar u obtener un trabajo debían estar avalados por un representante masculino. Sólo después de diversas olas de lucha feminista, se lograron reivindicar varios derechos humanos negados por décadas a las mujeres.
Sin embargo, después de tanto tiempo, en este siglo aún seguimos atadas al silencio y son determinadas condiciones sociales como culturales, las que desde niñas nos condicionan a guardar silencio. Nos enseñaron que la mujer que hablaba en un tono de voz más allá del permitido para una señorita, estaba mal vista. Automáticamente, una mujer alborotadora, que proteste o se queje de su situación se convertía en un ser indeseable para un hombre y en una especie de peligro para el equilibrio de la sociedad.
Paulo Freire (1921-1997) pedagogo y filósofo brasileño, en su momento se refirió a la cultura del silencio como una imposibilidad de que no sólo las mujeres, sino incluso los hombres, se manifiesten como sujetos de praxis y ciudadanos políticos, capaces de interferir y transformar su propia realidad.
Cabe aclarar que el silencio tiene una doble cara, la más dañina de ellas es la que nos adormece y nos impide percibirnos como sujetos que puedan proponer nuevas prácticas culturales, sociales que posibiliten una estrategia certera para salir de la escalada continua de violencia de género.
La otra cara del silencio, se manifiesta en la capacidad de escuchar al otro, para a partir de ello posibilitar la reflexión y el diálogo.
Como mujeres, desde la infancia nos negaron determinados sentimientos y emociones, nos enseñaron a manejarnos en el espectro de todos aquellos sentimientos agradables a los demás, que no generaran molestia y posiblemente eso se haya convertido en un factor generador de que cientos de mujeres mueran en el anonimato.
Feminicidios, violaciones en manada, abusos sexuales a cientos de niñas que fueron educadas para callar, para mantenerse en silencio incluso en medio de la peor situación y no denunciar. ¡Fuimos educadas para aguantar!
En Bolivia, las protestas y marchas del 8 de marzo, día en que se conmemora la reivindicación de nuestros derechos y la lucha feminista, a través de diferentes colectivos o de forma individual, se sale a las calles a expresar molestia por la situación actual de miles de mujeres. Nos solidarizamos con las que sufren o sufrieron situaciones de violencia, con las desaparecidas, con las asesinadas (con el dolor de sus familias).
Es uno de los tantos días para levantar la voz, para luchar y desmarcarse del espectro condicionador de la cultura del callar, de mantener en silencio lo que debe combatirse.



















